16 oct. 2015

Viaje de otoño. Viena, la ciudades dentro de la ciudad

¿Qué vemos cuando visitamos una ciudad?
Vida y dolor, equilibrio y sufrimiento, desgarro y felicidad. La esencia de la vida está presente allí donde aparecemos los seres humanos.
Hay lugares que no sólo muestran lo que son. En ellos podemos vislumbrar lo que fueron en distintos momentos, qué personajes transitaron por ellos, qué papel jugaron en la historia los acontecimientos que transcurrieron por sus calles, sus edificios o sus habitantes.
Visitar una ciudad y quedarnos con sus centros comerciales, sus restaurantes de multinacional presentes con la misma imagen en todas las ciudades y no aprehender su cultura, su historia, lo que nos cuentan sus edificios, sus rasgos característicos, es desaprovechar una visita perdiendo la oportunidad de apreciar decenas de miradas distintas.
Seguimos nuestro Viaje de otoño después de Aún hoy, cada madrugada, Praga y En busca de América, nos acercamos a Viena.


Dos miradas nos acercan a esta ciudad centroeuropea. Por un lado nos acompaña el escritor Stefan Zweig, uno de los más prolíficos ensayistas, biógrafos y novelistas de la primera mitad del siglo XX. La música viene de la mano de Richard Strauss y pertenece a uno de los momentos claves de su ópera El Caballero de la Rosa.
La vida de Zweig vida está marcada, como tantos, por la sucesión de conflictos bélicos, el exilio y la certeza de la pérdida de su identidad entre la que contaba con el europeísmo que siempre mantuvo. Su habilidad para comprender el sufrimiento de las personas era formidable y supo transmitirlo en su obra. 






 En esta ocasión el texto pertenece a su libro El mundo del ayer, una obra en la recuerda el sueño compartido por su generación de una Europa en paz unidad por el arte y la cultura. Zweig se erige en la voz de toda una generación de pensadores y artistas que fue derrotada por la barbarie y la inhumanidad que asoló a todo el continente.


Tras esta dura mirada, la música nos acerca a Viena de una forma más amable de la mano del muniqués Richard Strauss, sin ningún lazo familiar con la conocida familia de músicos austriacos. Strauss, que había revolucionado el mundo operístico de comienzos de siglo con Salomé y Electra, decidió realizar una obra al estilo de Mozart. Los personajes y las situaciones están en la línea de las obras del autor de Salzburgo. El personaje de Octavian está interpretado por una mezzo igual que el Cherubino de Las bodas de Fígaro, mientras que La Mariscala recuerda a La Condesa. Hay entradas, salidas, parientes que aparecen, confusión de papeles y griterío. Incluso algunas notas homenajean temas de otras obras suyas.






 El libreto, como el de otras óperas es obra de Hugo von Hofmannsthal y se estrenó en Dresde en 1911. Uno de los momentos culminantes de la obra es el momento en que, siguiendo una costumbre de la época, un joven aristocrático, Octavian, lleva una rosa de plata a Sophie en nombre del barón Ochs, su novio, un arrogante aristócrata arruinado que desea con ella un matrimonio de conveniencia. Cuando Octavian y Sophie se encuentran el uno frente a la otra, los dos muchachos sienten algo extraño, una indescifrable turbación. Él queda encantado por la gracia de ella y se refrena con esfuerzo para no reaccionar encantado por su gracia y se refrena con esfuerzo para no reaccionar cuando el tosco barón intenta besarla ante todos.








Strauss consiguió lo que llamó el tono de la plata, una delicada mezcla de tonos agudos a cargo de tres flautas, tres violines, un arpa y una celesta, con el que quiso traducir al lenguaje musical el brillo de la plata y el motivo decorativo de la rosa, típicos del estilo Jugensdstil, del que Gustav Klimt es el más conocido representante en pintura.




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