22 abr. 2018

Se abre el telón y... La emoción de comenzar un libro

Uno de los comienzos de chascarrillos y chistes más conocidos es aquel que se inicia con Se abre el telón y..., que continúa con algún juego de palabras con el que hay que adivinar el título de una película, un libro o una obra de cualquier tipo.
Comenzar a leer un libro o a escuchar música son experiencias que nos elevan de nuestra propia existencia, enriqueciéndola con la emoción de vivir otras vidas ajenas a la nuestra, asumir sentimientos que nos son ajenos, aunque también propios, a la vez o gozar de "la música, esa misteriosa forma del tiempo" en palabras de Borges
La emoción con que nos enfrentamos a la lectura de un nuevo libro surge de distintos ámbitos. En ocasiones nos es recomendado por conocidos de los que confiamos en sus gustos; en otros momentos surge de críticas o reseñas de especialistas reconocidos; o por haber leído obras del mismo autor; e incluso por referencias surgidas en otros espacios: películas, otros libros, programas especializados en televisión o radio o alguna conversación. 
De la misma forma, acercarnos a nuevas experiencias musicales tiene similares procedencias. Si se trata de la llamada música clásica, los cauces son ciertamente similares, con el añadido de los conciertos o representaciones de ópera o ballet que se programan en los distintos teatros.
Hay comienzos de libros que nos vienen a la memoria, nos evocan el momento en que los leímos o, simplemente no los reconocemos salvo por una palabra, una frase o un personaje. En esta entrada te propongo sentir la emoción de comenzar a leer un libro o escuchar o una obra como una ópera, con las sensaciones que recibimos mientras lo hacemos. ¿Reconoces estos comienzos? Ponte a prueba. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!


Sostenía el añorado Terenci Moix que un libro debe comenzar con una frase contundente, rotunda. Una frase que atrape al lector y lo haga asirse con todas sus fuerzas al texto que acaba de iniciar. Hay libros así, que te agarran, te atrapan como con una red desde el comienzo, te hacen devorarlos, emocionarte desde el inicio. Otros no tienen ese comienzo, sino que van adentrándose en ti a la vez que tú adentras en ellos, poco a poco, hasta que descubres que, irremediablemente, tienes la condena -bendita condena- de terminarlo y comenzar a formar parte de tu vida.
La escritora brasileña Clarice Lispector nos acerca a la emoción de comenzar un libro deseado, ese juego entre quiero y espero, deseo y renuncio, sólo con el fin de hacer que esa felicidad que califica de clandestina que supone abrir un libro y comenzar a sentirlo perdure aún más tiempo.



De los libros que conocemos o de los que hemos oído hablar hay comienzos que quedan en la memoria. Te recuerdo la primera frase de algunos de estos libros antes de presentar algo más del texto. Hay desde los evidentes e imprescindibles hasta algunos menos conocidos, pero todos al alcance de cada lector. ¿Reconoces de qué libros se tratan?
  • "Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto".
  • "En el principio era el Verbo y el Verbo era en Dios, y el Verbo era Dios".
  • "Cuando yo tenía seis años vi una vez una lámina magnífica en un libro sobre el Bosque Virgen que se llamaba Historias vividas".
  • "¿Encontraría a La Maga?"
  • "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo".
  • "Y dijo la mujer: Maldito sea Amor, que me asesina".
  • "Todas las familias felices se parecen; las desdichadas lo son cada una a su modo".
¿Las conoces? ¿Sabrías asociarlas a su autor? 

Empezamos con la emoción de iniciar un libro con una de las historias mas leídas y uno de los comienzos más reconocibles de todo el siglo XX, uno de los pocos que puede hacer sombra a quijotesco "En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme..." Con Cien años de soledad, Gabriel García Márquez removía los cimientos de la narrativa de habla hispana del siglo pasado con esta descomunal obra de realismo mágico.

Asistir a un concierto, sea del tipo que sea, supone una intención motivada por nuestro deseo, obtener las entradas con anticipación y desplazarnos hacia el lugar en que se celebra. En un tiempo en que el cine está dejando de ser un medio que convoca de forma masiva a los espectadores por la división de las salas en pequeños espacios donde asistir a diversas películas, donde los espectadores salen por lugares distintos a los que entraron y se ha perdido la relación social y la costumbre de comentar las emociones vividas, pocos acontecimientos continúan ofreciendo esa posibilidad como los conciertos de cantantes o grupos musicales, los conciertos de música clásica o las representaciones de ópera.
Asistir a una representación de ópera tiene una semejanza con abrir el libro. El comienzo es casi como un concierto con su rito: se afinan los instrumentos, entra el director, se apagan las luces... En ese momento, cuando comienza la obertura y se espera que se abra el telón, se recuerdan las emociones que narraba Clarice Lispector mientras se intenta adivinar qué surgirá tras la cortina, cómo serán los decorados, qué vestuario tendrán los protagonistas, cómo nos propondrán que nos adentrarnos en la historia. 
En una representación del Metropolitan Opera House de 2009 dirigida por Maurizio Benini, la obertura de La Cenerentola (La Cenicienta) de Rossini nos mostraba, a modo de trailer para el DVD, la presentación de los personajes y algunas situaciones que se iban a desarrollar durante la función..


La prosa poética, la memoria de un escritor que recordaba que en un tiempo fue niño, la amistad o el valor de lo que pensamos que es importante son algunas de las características que Antonie de Saint-Exupéry nos transmitió con otra de las obras fundamentales del pasado siglo, Le petit Prince



Su delicioso inicio enfrenta las mentalidades sensatas y racionales de los adultos con la libertad del pensamiento aún sin límites de los más jóvenes, una capacidad que con el tiempo vamos amoldando hacia esa sensatez y raciocinio que se supone va ocurriendo mientras vamos haciéndonos mayores.



Lo último que hacía Wolfgang Amadeus Mozart cuando componía una ópera era escribir la obertura. En ella citaba las ideas musicales que se desarrollaban a lo largo de la obra y las mostraba a los espectadores. Es conocida la anécdota que hasta la mañana del estreno de Don Giovanni no tuvieron los músicos de Praga las partituras de la obertura y dispusieron de poco margen de tiempo para prepararla.



El enlace pertenece a una representación de Die Zauberfötte (La flauta mágica) celebrada en el Metropolitan Opera House de New York bajo la dirección del que fuera tantos años su director musical, el defenestrado James Levine. El telón se abre en plena obertura mostrándonos un decorado de cuento sobre el que se desarrollará la obra.


Uno de los autores fundamentales y con mayor personalidad de finales del siglo XIX, con una influencia determinante en escritores posteriores es Lev Nicoláievich Tolstói, conocido entre nosotros simplemente como León Tolstói. Autor de una gran cantidad de obras que retratan la vida y el alma rusas aunándolas con el pensamiento de la Europa occidental, algunas de sus obras han pasado a formar parte de nuestro universo cultural: Anna Karennina, Guerra y Paz, La muerte de Iván Illch o Sonata a Kreutzer.
Leer a Tolstói es adentrarnos en la complejidad de la personalidad humana, acercarnos a los más íntimos y profundos sentimientos de todos y cada uno de sus personajes. El inicio de Anna Karenina es toda una declaración de intenciones que el autor desarrolla y explica en varios centenares de páginas por las que transitan la propia Anna acompañada de un gran número de personajes perfectamente dibujados por el autor.



Al comienzo del siglo XIX, cuando se está gestando ese estilo brillante conocido como Belcantismo, Rossini comienza sus óperas con unas oberturas brillantes, efectistas y con un estilo peculiar consistente en comenzar con un ritmo sosegado e ir incrementándolo con un crescendo envolvente que tenía, fundamentalmente la intención de hacer que el público se fuera sentando y metiéndose en la historia que iba a narrar. Eran unos tiempos en que no había en las salas el silencio que se acostumbra en nuestros días -una costumbre que comenzó a instaurar Mahler- y había que dirigir la atención del público callándolo para que entrar en situación. 
Más brillante aún que la obertura de La Cenerentola y mucho más conocida es esta de El barbero de Sevilla del propio Rossini, ambas con su estilo rossiniano. En esta ocasión se trata de una versión que se desarrolló en el Teatro Real de Madrid en 2005 con la dirección musical de Gianluigi Gelmetti y en la que Juan Diego Flórez, María Bayo y Pietro Spagnoli representaban los papeles principales. En esta versión a la vez que suena la obertura se abre el telón y se nos muestra la construcción del decorado sobre el que se va a desarrollar el primer acto.


Aunque no se dedicó a la literatura de forma exclusiva, ya que compaginó la escritura con, entre otras, su cátedra de Semiótica en la Universidad de Bolonia, Umberto Eco saltó a la fama y al conocimiento del público mayoritario con su novela El nombre de la rosa, a la que siguieron, con distintos resultados de aceptación popular, El péndulo de Foucault, La isla del día antes, El cementerio de Praga y la última Número cero de la que hablamos en este blog en Manipulación e incomprensión con Umberto Eco y Benjamin Britten.
El nombre de la rosa es una obra histórica cargada de referencias culturales, que se puede considerar como una novela detectivesca que se desarrolla en un monasterio benedictino en el siglo XIV, además de una novela histórica e incluso filosófica. Su comienzo nos adentra en una celda del monasterio de Melk en el que el protagonista nos narra una historia que sucedió en su juventud.

Tras comenzar su carrera en el belcantismo, la obra de Giuseppe Verdi se fue decantando hacia un estilo más homogéneo en el que la coherencia de la historia ganaba protagonismo sobre el virtuosismo de los protagonistas que estaban habituados a cambiar o añadir cuanto les parecía adecuado al lucimiento de sus voces. 
Compuesta por encargo para la inauguración del canal de Suez, Aida es una ópera con ambiente en el antiguo Egipto. En esta producción del Royal Albert Hall de Londres con Duncan Riddell dirigiendo la Royal Philarmonic Orchestra, el telón cerrado desaparece en la obertura mostrándonos una excavación arqueológica de la época del estreno en la que se desarrollará la obra. El enlace presenta la versión completa de la ópera de Verdi.


Ambientada en Egipto, uno de los lugares míticos para Terenci Moix, el autor catalán ganó el Premio Planeta de 1986 con No digas que fue un sueño, un relato sobre la pasión desbordante y trágica entre Cleopatra y un crepuscular Marco Antonio. Haciendo honor a la idea de cómo deben atrapar los libros al lector, el comienzo no nos deja indiferentes.



Ambientada en la Inglaterra del siglo XVII, I Puritani es una de las obras más representativas del belcantismo con múltiples melodías que no dejan de surgir en cada una de las escenas. Vincenzo Bellini compuso esta obra que, junto con Norma y La sonnambula forman lo más representativo de su obra.
En esta versión del Teatro Opera de Florencia de 2015 el telón se levanta con los primeros compases de la obra para situarnos directamente en la acción. La orquesta del Maggio Musicale Fiorentino bajo la dirección de Matteo Beltrami ponen la música a la obertura, aunque el vídeo recoge también la ópera completa.


Pocos autores han hecho que su nombre o el de alguno de sus personajes se incorporen a nuestro vocabulario. Adjetivos como quijotesco, wagneriano o donjuanesco proceden de las características de los nombres a los que se aluden, igual que kafkiano se ha incorporado a nuestro vocabulario como sinónimo de absurdo o angustioso en referencia a la obra de su autor Franz Kafka.
Una de las obras más representativas de su autor, La metamorfosis, representa la inexplicable transformación de un personaje en un insecto como pretexto para hablar de la vida del individuo de comienzos del XX frente a la sociedad e incluso la familia y cómo, finalmente, debe aceptar la realidad con la crudeza como se plante. Desde la primera frase el lector se siente inmerso en la piel -en este caso un duro caparazón- del protagonista. 

Anterior a Aida, La traviata es la ópera más representada de todos los tiempos, la más conocida y la más reconocible. Con un estreno poco afortunado, Giuseppe Verdi supo que la obra tenía futuro y, tras ese primer momento y con algunos cambios, logró el aplauso del público, un éxito que continúa casi ciento cincuenta años más tardes.
Una obra tantas veces representada ha tenido multitud de escenografías y montajes diferentes. En el Salzburger Festspiele (Festival de Salzburgo) de 2005 se presentó una impactante puesta en escena de Willy Decker protagonizada por Anna Netrebko y Rolando Villazón junto con Thomas Hampson. El decorado permanece invariable toda la obra con un enorme reloj que marca el inexorable destino de Violeta y un personaje que no aparece en ningún momento la obra original, el anciano que muestra el reloj en sus diversas apariciones. El éxito de la producción ha hecho que se lleve a distintos escenarios y que sus protagonistas demostraran sus magníficas condiciones vocales para pasar a formar parte de los más grandes cantantes de ópera de la actualidad, especialmente la Netrebko


El último inicio de libro nos acerca a otro de los grandes escritores del siglo XX, un habitual de este blog, Julio Cortázar. Explorador de mundos invisibles, la literatura y la vida se mezclan en él para formar una sola existencia, de forma que sus sentimientos y amores influyeron en su obra en la misma manera en que sus escritos influyeron en sus sentimientos y amores. 



Si tuviéramos que elegir una de sus obras, sin duda nos quedaríamos con Rayuela, una novela fundamental del siglo XX, un intrincado recorrido por el París de la parte central del siglo, con unos personajes que deambulan por su calles, sus cafés y sus noches, una estructura que se puede leer en varias direcciones, las músicas que marcaron sus existencias, un personaje fundamental, La Maga y, en las primera líneas con una de las frases de Cortázar que más recorrido han tenido en la literatura: Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.

Para terminar esta entrada dedicada a cómo sentir la emoción de comenzar un libro o una ópera, te acerco a otra de las grandes obras, en este caso del siglo XX. Giacomo Puccini compuso Madama Butterfly tras asistir a una representación teatral de la obra homónima de David Belasco. Tras un estudio de la música japonesa el estreno se realizó en febrero de 1904 en el Teatro alla Scala de Milán con un éxito por debajo de las expectativas del autor que decidió convertir la obra de los dos actos originales en tres que se estrenaron con un éxito arrollador en el Grande Teatro de Brescia tres meses después. 
La versión que cierra esta entrada se inicia con el montaje del decorado de la casa de Cio-Cio-San que va a servir para el desarrollo de la obra,
La Orquesta y Coro del Teatro Alla Scala bajo la dirección de Lorin Maazel ponen música a esta versión completa de Madama Butterfly con subtítulos en castellano con una corta obertura que se presenta con sombras chinescas.



Y para tí, ¿cómo és la emoción de iniciar un libro o una obra musical? ¿Qué comienzo recomendarías?

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14 abr. 2018

Rivalidades artísticas: El Siglo de Oro

El diccionario de la Real Academia Española define el dualismo como "la creencia religiosa de pueblos antiguos, que consistía en considerar el universo como formado y mantenido por el concurso de dos principios igualmente necesarios y eternos, y por consiguiente independientes uno de otro". Esta creencia que se remonta a Zoroastro en la Persia del siglo VI a. de C. con Omuz, principio divino del bien y Ahrimán, del mal, continúa más adelante con el orfismo, el gnosticismo o el maniqueísmo e incluso alcanza hasta tiempos más cercanos con los conceptos taoístas del Yin y Yang.
La dualidad entre lo espiritual y lo material, entre la luz y la oscuridad o simplemente entre el bien y el mal son, en el fondo, reflejos de nuestra propia concepción de las ideas y reflejo del vocabulario que nos ayuda, por un lado a dar forma al mundo al imaginarlo y expandirlo cuando lo verbalizamos y, por otro lado, a reducirlo en cuanto que ese mismo lenguaje, en nuestras limitaciones, nos impide llegar a conocerlo mejor.
Consustancial a nosotros es ese dualismo con que nos enfrentamos a la existencia. La constante variedad de antónimos con que configuramos el mundo nos limita en cierto sentido: frío y calor, natural y artificial, luz y tinieblas, amigo y enemigo, lo mío como lo acertado y lo tuyo como lo erróneo determinan nuestra mirada en los extremos de ciertos conceptos que, con frecuencia nos llevan a posicionarnos en uno u otro lugar. 




Tomar partido en una discusión, optar por un participante en una competición deportiva, ante determinadas ideas políticas o sociales son opciones interesantes si utilizamos nuestras capacidades para argüir, aunque podemos encontrarnos en la opción opuesta: el haber tomado partido no nos permite buscar e imaginar nuevos argumentos, sino seguir el dictado de la opción a la que seguimos sin abrir nuestra mente a nuevos razonamientos que se salgan de la línea marcada.
Este acercamiento a una postura, a una ideología no se escapa al terreno de las artes. Siguiendo el lema del movimiento de la Secesión de Viena (Sezessionsstil) "Der Zeit ihre Kunst, der Kunst ihre Freiheit" (A cada tiempo su arte y a cada arte su libertad), cada periodo histórico, cada cultura e incluso cada país, han tenido movimientos artísticos que han sucedido a otros anteriores adaptándose a las sensibilidades del momento, las emergentes condiciones sociales y políticas o la aparición de alguna personalidad que abrió nuevos caminos de expresión.
Mas en determinadas circunstancias esta situación de cambio o preeminencia en el ámbito de las artes no se ha producido sólo por esos tipos de movimientos, sino que distintas personalidades han llevado sus ideas y principios artísticos, su forma de ver e interpretar el mundo más allá, llegándose a convertir en rivalidades personales.



No sólo en nuestro momento presente se llevan a cabo algunos extremismos en cuanto a gustos y aficiones con argumentos a favor de las descalificaciones, el improperio y la búsqueda de la humillación del rival más que en la defensa de los argumentos y valores propios. En otras épocas el carácter humano, las costumbres y, posiblemente el apasionamiento, el querer ver y que otros vean las cosas en forma de dicotomía, lo blanco y lo negro, lo amigo y lo enemigo o lo bueno y lo malo, sin apreciar el valor de los matices y las distintas gamas que toda posición o argumento poseen, ha llevado a límites la enemistad en conceptos sociales, políticos y artísticos.
En Rivalidades artísticas: Mozart y Salieri traía un acercamiento a la ¿supuesta? rivalidad entre los dos compositores y la tradición a través de la cual una historia sin mucho fundamento ha llegado a nuestro conocimiento, más por entrar en lo que para nuestra mente es posible que por serlo en realidad.
En esta entrada te acerco a una de las rivalidades artísticas más enconadas, la que tuvo lugar entre los escritores del Siglo de Oro de nuestra literatura. Escritores tan consagrados como Góngora, Quevedo o Lope de Vega entre otros se enzarzaron en disputas que comenzaron por lo estilístico entre cultistas y conceptistas y llegaron, en algunas ocasiones, a lo personal, junto con canciones de la época interpretadas por Raquel Andueza y La Galanía.
Aunque los mayores protagonistas de estos enfrentamientos fueron los poetas citados, Miguel de Cervantes también terció en la disputa posicionándose en el bando de Góngora. Quizás su afán de ser reconocido como poeta y cierta animadversión hacia la figura de Lope de Vega le hizo tomar partido.



Luís de Góngora, el mayor en edad, comenzó a escribir en lo que se llamó "la manera antigua", en un movimiento que tomaba su nombre de un término pictórico como el manierismo, aunque era, con mayor exactitud, petrarquista en un estilo que busca la brillantez y cierta imitación de los postulados de la poesía renacentista. Dedicaba mucho tiempo a la concepción y la métrica de sus poemas, llegando a estar horas hasta que algún verso quedaba a su gusto. Esta dedicación, el lujo del tiempo, condicionó su actitud ante la poesía, una de las bellezas de la vida, no comparable a ningún otro arte.



En su recorrido por España, la estancia en Valladolid donde se había instalado la corte tuvo como consecuencia, entre otras, que comenzara la relación con Lope de Vega, en la que quedó claro desde un primer momento la dificultad para entenderse. Góngora, una persona poco dada a la popularidad fácil, concentrado en su forma de trabajar chocaba con la fama y el carácter abierto y fácil de Lope, así como la facilidad con que componía.
La aparición en escena de un joven Quevedo, que bajo el pseudónimo de Miguel de Musa, parodiaba el estilo culto del poeta cordobés encendió los ánimos. No están muy claras las causas por la que comenzó este enfrentamiento entre Quevedo y Góngora, pero pudieron ser las ganas de hacerse un nombre atacando a un poeta ya consagrado. 


Tenemos un momento interesante en cuanto a la investigación e interpretación de músicas de entre el Renacimiento y el Siglo de Oro. Agrupaciones como La Galanía con la presencia de la soprano Raquel Andueza han hecho que la música del siglo XVII tanto de autores españoles como italianos, comience a sonar entre nosotros y sea alabada por los críticos y expertos de distintos países.
La personal voz de Raquel Andueza, el timbre, la intención con que interpreta, el estilo con que canta esas composiciones con su particular recitativo airoso que ayuda a transmitir los diversos estados de ánimo, los afetti musicali,, hacen que oírla sea una experiencia cercana y enriquecedora.



Buena parte de la música del siglo XVII se supeditaba al texto poético al que acompañaban. A Calderón de la Barca se atribuyen las primeras composiciones escénicas para ser cantadas que se realizaron en nuestro país. De su obra Fortunas de Andrómeda y Perseo y con música atribuida a Juan Hidalgo es esta Ya no le puedo pedir que la voz de Raquel Andueza interpreta con su particular e inconfundible estilo acompañada por La Galanía, con Jesús Fernández Baena a la tiorba, Alfredo Barrales en la viola da gamba y Manuel Vilas al arpa.


Los tres escritores coincidieron viviendo en el Barrio de las Letras de Madrid, donde se cuenta que solían decirse versos hirientes por la calle. El más lamentable de los incidentes ocurrió cuando Quevedo compró la casa que Góngora tenía en la calle Cantarranas por las deudas que el cordobés acumulaba. En pleno invierno de 1625 lo desahució al no poderle pagar el alquiler que le correspondía. 




Previo a este acontecimiento, ambos escritores se enzarzaron en una serie de poemas en que se iban atacando utilizando el ingenio, adornando los insultos con ingenio, en algunas ocasiones poco entendibles, especialmente para los lectores de nuestro tiempo. 
Góngora consideraba en estos escritos a Quevedo como un simplón ignorante que desconocía el griego que quería traducir y un empedernido bebedor de vino en antros y tabernas, llegando a referirse a él como "Francisco de Quebebo"



Figuras retóricas como las metáforas rebuscadas, el hipérbaton desbordado o los latinismos continuos hicieron que la poesía de Góngora se convirtiera en un campo enrevesado al alcance de lectores elitistas. Con el tiempo se reconocerá el valor de la obra por poetas de la talla de Baudelaire.
Mas la relación entre Lope y Góngora, como se ha citado antes, no resultaba fácil. El primero veía cómo la obra del poeta cordobés le producía irritación por lo enrevesado de los contenidos y textos, a la vez que respeto, por lo que no se atrevía a indisponerse contra su persona, sino que lo hacía de forma indirecta contra sus seguidores.






Góngora, por su parte, achacaba al dramaturgo su excesiva popularidad y una poesía fácil, ligera, simple en algunos momentos.



Una parte fundamental de la interpretación de los temas que lleva en su repertorio La Galanía se basa en la preponderancia del texto, la historia que muestra los sentimientos sobre la música. En palabras de Raquel Andueza, "cuando tienes una letra en español debe entenderse lo que cantas, aunque eso suponga hipotecar un poco la belleza de la voz".
Con discos como Miracolo d'amore, Yo soy la locura (1 y 2), Pegaso, Alma mía, In Paradiso o Dàmore e tormenti, La Galanía se ha creado un nombre en el panorama nacional e internacional de la música especializada en el siglo XVII con algunas incursiones en repertorios anteriores.
Anónimo del siglo XVII, Vuestros ojos tienen d'amor no sé qué representa una muestra de la música del Barroco y este estilo interpretativo de La Galanía con la inconfundible voz de Raquel Andueza.



Quevedo
atacó a Góngora como clérigo huraño, amigo de los juegos de azar (con los que llegó a contraer las citadas deudas) y, lo que en aquella época era la peor de las acusaciones: de judío. Prueba de ello es el famoso soneto que dedicó a la característica más caricaturesca por la que eran conocidos, la nariz prominente, así como las alusiones al personaje bíblico de Anás, el sumo sacerdote judío que condenó a Jesús, además de las vertidas en otros poemas anteriores como el huir del tocino, producto obtenido del cerdo.

Finalizamos este acercamiento a la rivalidad artística entre los grandes poetas de nuestro Siglo de Oro de las letras con el que es posiblemente el más conocido de los poemas.



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