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29 dic. 2017

Seis campanadas para cambiar de año

"Grabad esto en vuestro corazón: cada día es el mejor del año".
Ralph Waldo Emerson

Cada final de diciembre nos trae la despedida y recibimiento de un año. Es como si marcáramos a fuego el cambio de calendario y tuviéramos que hacer borrón y cuenta nueva en algunas de nuestras costumbres, defectos o decisiones.
Unido a esto, hay cierta necesidad social de comenzar el año nuevo rodeados de personas y con ambientes divertidos, como si la felicidad, la ilusión o nuestros anhelos dependieran de este momento.
Esta ambivalencia de sentimientos que nos embargan los resolvemos en cada caso según nuestros gustos y circunstancias, con unas costumbres y usos que van desde las tradicionales doce uvas hasta las más ruidosas y multitudinarias celebraciones.
Te propongo unos minutos de reflexión a través de seis pinceladas a modo de campanadas sobre los sentimientos que nos ocupan antes y después de la entrada del año nuevo, con textos y músicas que van desde el deseo de celebrar estos momentos a los que no le dan más importancia. Nos acompañan el agudo ingenio de Mark Twain, un inusual estilo de Mario Benedetti, la desgarradora escritura de Julio Cortázar y la desenfadada música de Johann Strauss... y, sobre todo, un deseo: Que tengas un ¡Feliz año nuevo! Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!


Uno de los más populares y emblemáticos escritor americano del siglo XIX, posiblemente junto con Herman Melville (el autor de Moby Dick), fue Mark Twain. Creador de personajes como Tom Sawyer o Huckleberry Finn y autor de El príncipe y el mendigo o Un yanqui en la corte del rey Arturo, sus relatos nos evocan sobre todo la vida alrededor del Mississipi. Escritor de un extraordinario sentido para la observación de la conducta humana, un ingenio, una mordacidad y una ironía exquisitos, comenzó su andadura en el mundo de las letras escribiendo en periódicos locales y dedicó buena parte de su tiempo una vez consagrado como escritor a moverse por distintos escenarios impartiendo conferencias.



En el comienzo del año 1863 publicó en el periódico Territorial Interprise de Virginia City (Nevada) para el que escribía habitualmente el párrafo que nos acompaña.


Conocido como el Rey del Vals, Johann Strauss hijo es uno de los músicos más representativos de la Viena del XIX, una ciudad que acogió a compositores de la talla de Haydn, Beethoven, Schubert, Liszt, Brahms o Mahler. Continuador de la saga musical que comenzó su padre, aunque con la oposición de éste, junto con sus hermanos Joseph y Edouard, llegó a ser una de las personalidades de la segunda mitad del siglo en Viena. ¿Quién no ha oído algunas de sus polkas y valses como el del Emperador, El Bello Danubio Azul o los de la obertura de El Murciélago, o ha acompañado con palmas la marcha Radetzky?
Aunque especializado en este tipo de obras, a las que logró llevar a un elevado nivel de excelencia técnica sin renunciar a la alegría que transmitían, Strauss también compuso obras escénicas. Entre éstas destacan las operetas El Murciélago, El barón gitano o Una noche en Venecia.



Die Fledermaus (El Murciélago) es una comedia típicamente vienesa, basada en un libreto inédito escrito para Offenbach que Haffner y Genée adaptaron al gusto del compositor y las características de la capital austriaca. Se estrenó en abril de 1875 en el Theater an der Wien, ese recoleto espacio que está coronado con los relieves de Papageno y sus hijos por haberse estrenado también La flauta mágica de Mozart.
El Murciélago es una comedia con unos personajes que carecen de buenas intenciones y que disfrutan con el mal ajeno. El argumento es leve desde el punto de vista narrativo, con personajes que se engañan unos a otros, pero que dan juego para que una puesta en escena bien llevada y unos cantantes que sepan desenvolverse por el escenario den ocasión para una disfrutar de una experiencia espectacular y divertida.
Hace tiempo acudieron a un baile de disfraces el matrimonio Eisenstein y su amigo Falke que iba disfrazado de murciélago. En la fiesta bebió más de la cuenta y su amigo decidió gastarle una broma, dejándolo dormido en un banco en plena calle con su disfraz, convirtiéndose en el hazmerreír de los pilluelos y los transeúntes. Esta obra narra la venganza amistosa con que Falke devuelve la broma.
Los tres actos suceden en tres escenarios distintos: La casa del matrimonio Eisenstein, donde se traman las relaciones de infidelidad entre el esposo y Rosalinde; la residencia del príncipe Orlofsky, un príncipe ruso que da una fiesta entre canciones, bailes y champán; y la cárcel, en la que debe acabar Eisenstein según conocemos desde el primer momento, y que concluye, como imaginamos entre risas y brindis. Si quieres acceder a un resumen del argumento, puedes hacerlo en el enlace al blog de Fiorella Spadone
El enlace ofrece, en plena celebración en casa del príncipe Orlofsky, interpretado habitualmente por una mezzo-soprano, un brindis con champán, el rey de los vinos. Un momento musical y festivo a propósito para estas fechas.



El príncipe Orlofsky está interpretado por Doris Soffel, Adele por Hildegarde Heichele y Eisenstein por Herman Prey que son quienes realizan los brindis por ese orden. Les acompaña, sin cantar, Kiri Te Kanawa en una producción de Año Nuevo de 1983 bajo la dirección musical de Plácido Domingo en el Royal Opera House, Convent Garden londinense.


En los últimos años de su vida el poeta uruguayo Mario Benedetti se animó a escribir Haiku, ese género de origen japonés formado por tres versos de cinco, siete y cinco sílabas. La sensación del instante, la manifestación de la naturaleza y ser puerta de lo sagrado están entre sus características. Es un género que precisa concisión en la expresión y supone un sutil concierto entre el poeta y el espectáculo que nos ofrece el mundo, entre la meditación y la naturaleza.
Fruto de ese acercamiento a ese estilo japonés, Benedetti publicó en 1999 Rincón de haikus, un libro con más de doscientos de estos poemas en los que hace un personal acercamiento, más alejado de la naturaleza y más próximos a la condición humana.
De ellos, estos tres nos sirven como una nueva campanada para el cambio de año, mezclando el pesimismo con el optimismo y la mirada al incierto futuro, si modificamos en el último la palabra siglo por año, ya que mirar al cambio del primero se antoja aún visión muy lejana.



El acto segundo de El Murciélago y, por lo tanto la fiesta del príncipe Orlofsky, finaliza con el vals que da título a la opereta y que es solapado por las intervenciones de los personajes. Eisenstein quiere conocer quien es la invitada enmascarada, sin saber que es su esposa, su amigo de francachelas es el director de la cárcel a la que debe entrar y las campanas marcan las 6 que es la hora en que ambos, director y preso, deben encaminarse a la prisión para cumplir sus cometidos.
Se trata de una producción de la que desconozco más datos y que nos sitúa en el final del acto entre demasiados excesos por parte de los protagonistas.



En Bajo el crepúsculoJulio Cortázar recoge una serie de poemas que acumuló durante cerca de cuarenta años. Reunidos como un collage, sin orden, saltando de un tema a otro; de una sensación a un sentimiento; del aroma de una calle al paseo por un café; de la participación a la complicidad de los autores que amaba y significaban para él; desde un estilo más clásico -aunque decir esto de Cortázar nunca es acertado- a otro más experimental, lúdico y novedoso, donde recoge lo que ha quedado perdido en un rincón, lo que no encajaba en otro lugar. Bajo el crepúsculo es un libro donde confluyen y divergen, se cruzan y evocan sus opiniones, aficiones y recuerdos en un caos delicioso que es la última publicación del escritor.



De este libro, casi como una miscelánea es el poema Happy New Year que Cortázar fechó en la Nochevieja de 1951.



Para finalizar estas seis campanadas sobre el cambio de año, comparto un enlace de la interpretación de la obertura de El Murciélago que se realizó en el Concierto de Año Nuevo de 1989 con la dirección de un experto en esta opereta, el siempre elegante Carlos Kleiber. Como suele ser habitual en estas obras, la obertura recoge los temas más importantes de la obra y escuchándola no deja de recordarnos algún anuncio publicitario de sopas instantáneas.

 

Si lo deseas, puedes seguir en el enlace ¡Feliz año nuevo! el trozo escénico, quizás el más brillante de toda la obra, que transcurre entre el brindis y el vals en el final del segundo acto de El Murciélago.

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15 dic. 2017

Conciertos de Navidad: El Mesías de Händel

¿Quién no ha escuchado música en Navidad? En las fechas cercanas se suelen realizar conciertos de diversos tipos que nos acercan a las celebraciones: de villancicos populares, zambombas flamencas, de música clásica o cualquiera de los estilos con la temática de la época.
En casi todas las localidades se realizan este tipo de conciertos, dependiendo de los gustos, los recintos y el tipo de agrupaciones que preparan y realizan estas actuaciones musicales.
En esta entrada te propongo un paseo por los conciertos y recitales navideños y una de las obras más conocidas y populares del repertorio, El Mesías de Händel, con un texto de Stefan Zweig sobre el compositor. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!



Actuaciones como el Gran Concierto de Navidad que la Coral Municipal de La Palma del Condado realiza con la colaboración amiga de la Banda Municipal Virgen del Valle, que se celebra el 23 de diciembre en el Teatro España de la localidad y en el que interpretaremos obras relacionadas con estas fechas. Una ocasión para la que se preparan distintas piezas musicales relacionadas con la temática navideña.



Entre los conciertos de música clásica, en estas semanas previas a la Navidad el más celebrado es el de El Mesías de Händel, un acontecimiento que se vive en la mayoría de ciudades con auditorios y orquestas sinfónicas. En las últimas décadas se ha popularizado además que en muchos de estos conciertos se incluya la participación de aficionados en algunos de los coros que componen la obra.


Coral Municipal de La Palma del Condado - 2016


Messiah (El Mesías) de Georg Friedrich Händel es una de esas obras de música clásica de la que todos hemos oído hablar, especialmente su conocido ¡Aleluya!, una pieza que absolutamente todos hemos exclamado con mayor  menor entonación en alguna oportunidad. En otra ocasión le dediqué una entrada en el blog en Un ¡Aleluya! para Händel en la que los protagonistas eran Händel y esta pieza, la más conocida de la obra.
El Mesías es un oratorio, un tipo de obra que explica con música una historia de tipo religioso o sagrado. En él suelen participar una orquesta, solistas y coro, siendo éste último esencial, ya que suele representar al pueblo, a quienes explica y narra la historia. En los oratorios se toman elementos de las óperas como las arias, dúos y coros, no se caracterizan ni los personajes con vestuario ni hay decorados y no hay interpretación dramática como en éstas. Son muy importantes los recitativos, unas piezas en las que, imitando la forma del habla y con un acompañamiento musical sencillo, se va avanzando en la narración de la historia. Muy utilizados en la obra de Bach y sus contemporáneos, Händel dio a los oratorios unas características que lo hicieron muy populares en su producción, llegando a componer 26 de estas obras entre italiano, alemán y, en su época británica, en inglés. 
La importancia de El Mesías radica en que no sólo cuenta la historia de Jesús y cómo tras su muerte y resurrección salva a toda la humanidad. La grandeza de esta obra se basa en dos pilares: Por un lado, no hay que tener convicciones religiosas para conectar con la historia, ya que habla de situaciones que podemos encontrar en otras vidas: el nacimiento de una persona, su esfuerzo por ayudar a los demás y su sacrificio con la muerte como culminación del mismo. En este aspecto, El Mesías habla de situaciones humanas, sentimientos y pasiones arquetípicas y universales. En segundo lugar está una música muy especial e inspirada que hace que muchos de los temas que componen esta obra trasciendan de ella y se hayan incorporado a la lista de músicas que hemos oído, aunque no sepamos bien dónde ni a qué obra pertenecen.



Stefan Zweig, también un escritor que ha aparecido en varias ocasiones en este blog, dedicó una obra a transcribir parte de la biografía de Händel en Momentos estelares de la humanidad, una obra con matices didácticos en la que narra algunos de los acontecimientos que han marcado la historia de nuestras civilizaciones. En este libro, posiblemente el más conocido de Zweig se reflejan el ocaso del imperio de Oriente con la caída de Constantinopla, la derrota de Napoleón en Waterloo, el viaje en tren de Lenin hacia Rusia en 1917, el indulto de Dovtoievski poco antes de ser ejecutado o el relato que traigo hoy, el nacimiento del Mesías de Händel y el fallecimiento de su autor.
El mismo compositor señala en el prólogo que "cada uno de estos momentos estelares marca un rumbo durante décadas y siglos", por lo que podemos considerarlos momentos clave de inflexión de la historia. 
En el citado Un ¡Aleluya! para Händel me centraba en la composición, ensayos y estreno de El Mesías. En esta ocasión, el primer texto que nos acompaña se refiere al comienzo del final de la vida del compositor alemán en su Inglaterra adoptiva.


Para el libreto de El Mesías, Händel buscó la colaboración de Charles Jennens, quien escribió el texto dividido en actos y escenas, con cierta semejanza a una ópera, lo que propiciaba que los asistentes pudieran seguir con facilidad la narración, aunque sin acción dramática escenificada. El libretista compiló y adaptó algunos textos de la Biblia, generalmente de pocos versos o sin rima y escritos en inglés, de forma que se pudiera enlazar y los espectadores seguir la narración.
La historia está dividida en tres partes. En la primera se centra en el nacimiento de Cristo, mientras que la segunda lo hace en su sufrimiento y muerte, y la tercera en su resurrección. 
Uno de los momentos más espectaculares de la obra es el aria para barítono Why do the nations, un furioso alegato contra las luchas y rivalidades entre naciones narrado con fuerza y energía.
Los instrumentos de cuerda y el continuo realizan una introducción impetuosa con una intensa melodía. El solista canta con este carácter enérgico que mezcla lo bélico con la rabia en una contradicción entre la paz y la guerra, basado en un texto del Salmo 2. 



La interpretación corresponde al barítono neozelandés Teddy Tahu Rhodes que canta este aria con rotundidad y energía, mostrando la dificultad de cantar esta pieza. Está acompañado por The Orchestra of the Antipodes bajo la dirección de Antony Walker.


El relato de Zweig continúa con los últimos momentos de la vida de Händel, con una narración que se mueve por derroteros de un dramatismo afectado y excesivamente melodramático, pero dando sentido al final de la vida del compositor.



El final de El Mesías no podía ser vulgar ni simple. Händel termina su oratorio con una pieza que sólo contiene una sola palabra, Amén, pero de una innegable calidad musical y que sabe mantener con una duración de más de tres minutos.
Se trata de una fuga, un tipo de composición en la que el texto y la melodía van de una voz o un tipo de instrumento a otro. El Amén va pasando por las voces en el siguiente orden: bajos, tenores, contraltos y sopranos. El tema musical pasa después a los instrumentos en el orden de violines primeros, violines segundos y coro. Tras un desarrollo de la fuga que va pasando de la parte instrumental al coro, con progresiones y contrapuntos se llega a una pausa general que deja en el aire la música inconclusa. Un tutti de la orquesta y coro marca el final de El Mesías, una de las obras maestras de Händel y de la historia de la música.
El enlace muestra una interpretación de el Amén con la Orquesta y Coro de la Academy of Saint Martin in the Fields dirigida por su alma mater, Sir Neville Marriner en la ciudad en que se estrenó este oratorio, Dublín, en 1992, en el momento en que se cumplieron 250 años del estreno de la obra.


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Si te apetece escuchar una versión completa de El Mesías, te propongo esta versión en un concierto participativo celebrado en Madrid en 2009 con el patrocinio de La obra social de La Caixa.

10 dic. 2017

Roma eterna en 3D

Quien hace el primer viaje a Roma no ve nada, en el segundo la conoce y en el tercero se la lleva en el alma.
P. J. Harrebomeé

Viajar es un forma de abrir nuestras mentes, descubrir lo que no está en nuestro día a día, conocer otras formas de vida distintas de las nuestras. Si las primeras veces que viajamos apenas si utilizamos el verbo comparar, con el tiempo y la práctica vamos acercándonos hacia verbos como asimilar, entender o aprehender enriqueciendo nuestra vida con la complejidad de la comprensión y las múltiples respuestas ante la diversidad de la condición humana, aceptando y acogiendo la mirada del otro.
En este blog, en la sección #ViajedeOtoño, propongo una reflexión desde la distancia de viajes reales, algunos reales, otros imaginados con el acompañamiento de libros y música. Proponer desde la intimidad del hogar, buscar una reflexión sobre el concepto de viaje, de aventura, en la que el viajero se sumerge en otra forma de vida, costumbres o circunstancias para conocer qué circunstancias y condicionantes llevaron al lugar, a sus habitantes, a ser lo que son.
En las ciudades, los países, las civilizaciones se cruzan y se ven no sólo lo que son, sino lo que fueron, lo que desapareció y lo que ha posibilitado que lo que ahora sea como es.
En esta última entrega del #ViajedeOtoño de esta temporada, las reglas han cambiado. No escribo desde la distancia en el recuerdo, con los posos que la experiencia o los recuerdos o la lectura o la música han dejado. En esta entrega escribo con el intenso cruce de emociones, el asombro del encuentro, la sorpresa de lo que se esconde al doblar una esquina, la sensación del viaje en el tiempo, en un continuo ir y venir por los años y los siglos, la sensación y la emoción de relacionar lo que ya se conoce con lo que se aprecia con los sentidos.
Roma no es en sentido literal la Ciudad Eterna, porque no se puede ver su Coliseo, sino las ruinas de lo que fue el Coliseo; ni su Foro, ni los edificios que le daban vida, sino los huesos de lo que fueron sus columnas o sus muros. El paso del tiempo transcurre para los monumentos, los cuadros o las iglesias como con todo lo que vive en la naturaleza con su desgaste y decadencia.
Pero la naturaleza, la descomposición, la ruina no pueden con la idea de Roma. Si los edificios del Imperio Romano cayeron fue por los mismos que destruían para construir sobre los restos, como más tarde cayó el Imperio, como antes se hacía, sin ese concepto de la historia que tenemos ahora. Y cuanto nos queda de esa civilización o de otras hace que podamos afirmar que esta ciudad, como otras en menor medida, es eterna.
En esta entrega del #ViajedeOtoño te propongo un viaje a la Roma eterna en 3D, que nos acerca a su presente y su pasado en tres dimensiones culturales: libros, música y cine, con el acompañamiento de grandes autores y protagonistas de cada una de estas artes. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!




Poeta, escritor e historiador de la cultura de la antigüedad clásica, Robert Graves se hizo popular por una obra que publicó en los años treinta del pasado siglo y fue llevada a la televisión casi cincuenta años después.
Comenzó su carrera literaria con un libro de poemas Over the brazier. Alistado en la I Guerra Mundial, el horror que encontró le influyó de forma determinante el resto de su vida. Su obra se decanta entre los libros de poemas, algunas biografías y obras sobre temas relacionados la cultura como La diosa blanca, Los mitos hebreos o Los mitos griegos.
De entre sus novelas destacan la biografía novelada sobre el emperador romano que publicó en dos tomos: Yo, Claudio y Claudio, el dios y su esposa Mesalina
La primera pincelada sobre Roma nos acerca al comienzo del relato que Graves narra como una supuesta autobiografía que el emperador esconde con el augurio de que será encontrada a comienzos del siglo XX.


Llevada a la televisión en la década de los '80 del pasado siglo por la BBC, Yo, Claudio supuso un aumento del interés por la época de los emperadores romanos desde Octavio Augusto hasta llegar a Claudio y su sucesor Nerón. El guión basado en la novela de Graves, la espléndida puesta en escena, aunque con el handicap de ser rodada completamente en estudios, sin exteriores, junto con una exquisita interpretación del equipo de actores, hizo que la serie fuera un éxito internacional.
El enlace pertenece al comienzo de la serie que se puede seguir completa en la red.


Georg Friedrich Händel volvió su mirada a la antigüedad clásica para muchas de sus producciones musicales en forma de óperas y de oratorios, estilos ambos que llevó a cabo con éxito entre el público. De entre ellas, la segunda mirada nos acerca a su ópera Julio César (Giulio Cesare in Egitto), una obra que, como su nombre indica transcurre en el país del Nilo, aunque con personajes emblemáticos de la historia de Roma.

Primer acto de Giulio Cesare in Egitto.
Tras la victoria sobre Pompeyo que ha huido a Egipto, Ptolomeo, hermano de Cleopatra entrega su cabeza a César para darle la bienvenida a su país. Éste no da muestras de agradecimiento, por lo que Ptolomeo convence a Aquiles para que asesine al emperador romano en una fiesta que da en su honor. El atentado falla y Cornelia y Sexto, viuda e hijo de Pompeyo, entran en el palacio para matarlo por su cuenta, siendo detenidos a causa de una venganza. Sexto es llevado a las mazmorras y su madre llevada al harén de Ptolomeo. En este momento se produce uno de los más bellos dúos que nos ofrece la historia de la ópera Son nata a lagrimar (He nacido para llorar) interpretado entre Cornelia (contralto) y su hijo Sexto (soprano o contratenor).
Se trata de un dúo sencillo, con pocas palabras, en forma de Aria de capo, con una estructura A-B-A, tres partes bien diferenciadas en la que la primera se repite al final.
La contralto Nathalie Stutzmann dirige y canta junto al contratenor Philippe Jaroussky, un habitual de este blog Son nata a lagrimar (en el texto de Cornelia) y Son nato a sospirar (en la letra de Sexto). El lamento de la madre se mezcla con el del hijo en uno de los dúos más bellos de la historia de la ópera. Para disfrutar en total silencio, sin ninguna distracción que nos aleje de la música de Händel.


La tercera mirada romana nos acerca a uno de los momentos cumbres en que confluyen la historia de la iglesia y la del arte en pleno Renacimiento.
Pensando el Papa Julio II en la construcción de su tumba, buscó al más grande de los escultores de la época confiando el encargo a Michelangelo Buonarroti. Éste diseñó un mausoleo para el pontífice y marchó a Carrara para seleccionar el mármol, mientras Bramante, el arquitecto que diseñó la basílica de San Pedro del Vaticano, convencía a Julio II de la imprudencia de construir una tumba para alguien que está aún vivo. El Papa renuncia a su construcción y decide emplear el talento de Michelangelo en finalizar la decoración de la Capilla Sixtina.



Esta capilla fue encargada por Sixto IV y un grupo de pintores de finales del Quatroccento se encargó de su decoración, con Sandro Boticelli, Perugino o Lucca Signorelli entre otros. Sólo quedaba la bóveda que, a la sazón imitaba un cielo azul con estrellas doradas. Ofendido por el encargo, Michelangelo huyó a Florencia y fueron necesarios varios años para el acuerdo entre el Pontífice y el artista para comenzar a trabajar en tan monumental obra.
La tormentosa relación entre el escultor renacentista y Julio II fue llevada al cine como The Agony and the Ecstasy en 1965 y titulada en nuestro país El tormento y el éxtasis con Charlton Heston en el papel del gran Buonarroti y Red Harrison en el rol de Julio II y la dirección de Carol Reed. Un película recomendable de la que enlazo la escena en que Michelangelo se enfrenta al estrellado techo azul al que debe ilustrar.


Moverse por Roma supone un constante salto hacia adelante y atrás en el tiempo. A la vuelta de una esquina o tras un edificio el sorprendido viajero puede dar un salto en el tiempo hasta no sabe qué momento de la historia.

Uno de los escritores que mejor supieron admirar y asimilar la belleza de la Italia que recorrió fue Stendhal. La sensibilidad con que apreciaba cuanto veía, el sentido de la belleza que poseía dio origen a lo que conocemos como el Síndrome de Stendhal, esa sensación de vacío y vértigo que se produce cuando la mente queda sobrecogida al no poder asimilar cuanta belleza atesoran los monumentos, esculturas o pinturas que se contemplan.
De Stendhal es el texto que nos presenta la siguiente mirada a la ciudad de Roma, una reflexión que enlaza la mirada anterior con época que nos acompañará más adelante perteneciente a su libro Paseos por Roma




El Séptimo Arte nos ha dejado también miradas a la Roma del pasado más cercano, casi del presente. Evitando menciones de películas de pseudo aventuras crípticas que tienen su espacio en otros blogs, no podemos dejar de recordar algunas de directores italianos que reflejaron la vida de la capital italiana en las décadas centrales del pasado siglo como la neorrealista El ladrón de bicicletas de Vittorio de Sica, la turística y deliciosa Vacaciones en Roma con Audrey Hepburn y Gregory Peck o toda una obra maestra como La dolce vita de Federico Fellini.



La ultima mirada que nos acerca a Roma es una historia de ficción que ha entrado a formar parte de la historia. 
Cuando Giacomo Puccini vio el drama Tosca de Victorian Sardou, no cesó hasta que consiguió llevarla al escenario como una ópera. Perteneciente al estilo verista, la historia de Tosca transcurre el 14 de junio de 1800 en tres escenarios concretos: El primer acto en la iglesia de Sant'Andrea della Valle, el segundo en el Palacio Farnesio y el tercero en el Castillo Sant'Angelo. Tal realismo ha dado lugar al tópico difundido entre aficionados y algunas guías turísticas de que Tosca existió en realidad y se suicidó arrojándose desde esta fortaleza.


El enlace con que termina este #ViajedeOtoño por Roma muestra a Plácido Domingo en el rol de Mario Cavaradossi cantando en el mismo Castillo Sant'Angelo, con el Vaticano al fondo el aria E lucevan le stelle, el dramático canto de despedida a la vida que entona el protagonista masculino de Tosca ante su inminente ejecución. Se trata de una versión dirigida en 1992 por Zubin Mehta.


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3 dic. 2017

Mozart y Jorge Manrique: Requiem y coplas

Todos tenemos marcados momentos de ausencias definitivas en nuestra vida. Familiares íntimamente cercanos -quizás primero abuelos, más adelante padres-, algún otro muy cercano a nosotros, amigos, parejas que han sido verdaderos compañeros de vida.
El dolor de la ausencia nos lleva a un duelo interior que debemos superar para seguir nuestro camino, aunque hay ocasiones en que esta ausencia marca definitivamente y no deja continuar.
La forma en que pasamos este duelo ha cambiado con el paso del tiempo, así como el concepto de la vida. Desde la edad media, por ejemplo, en que la vida era un "valle de lágrimas", hasta nuestros días en que todo se oculta como si haciendo desaparecer la ausencia, se llenase nuestro vacío.
En 1991 se conmemoraron los doscientos años del fallecimiento de Mozart con una interpretación de su Requiem en la catedral de Viena. Después de mucho tiempo disfrutando de su música, ese día me hice definitiva e irremisiblemente mozartiano. Fue para mí una afortunada celebración luctuosa. Desde entonces, nunca he faltado a la cita con el Requiem ese día. Sólo una vez falté. Quiso la vida, la casualidad que, después de varios años luchando contra su memoria, perdiéndose en los vericuetos de sus recuerdos, mi padre falleciera tal día como ese. El Requiem adquirió desde entonces otro significado más profundo, doloroso e intenso.
Te propongo un recorrido por dos obras dedicadas al dolor que produce la muerte como reflexión de los límites de la vida. Son dos obras históricamente reconocidas en sus artes: Las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique y el Requiem de Mozart. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!


Hans Holbein el joven. Danzas de la muerte
El fallecimiento de don Rodrigo Manrique en 1476 llevó a su hijo Jorge a componer una de las obras capitales del medievo español, Las coplas a la muerte de su padre. Se trata de una elegía funeraria, un tipo de obra en la que la muerte recibe el sentido que la sociedad medieval le otorgaba.
Está compuesta por 40 coplas en que se alternan dos versos octosílabos y uno tetrasílabo en dos estrofas de 6 versos con rima A-B-C, formando las Coplas manriqueñas o de pie quebrado.
Manrique trata en su poema temas como el paso del tiempo; la vida como metáfora de camino, de río; la vanidad que tenemos sobre las cosas; los tipos de vida -la terrenal, la de la fama o la eterna- o la muerte que iguala a todos sean de la condición que sean.
El comienzo del poema, uno de los más conocidos por quienes lo hemos visto, leído y trabajado, e incluso aprendido, en la época de estudiantes, nos sitúa de entrada en el tema principal.



El 5 de diciembre de 1991 se cumplieron 200 años del fallecimiento de Wolfgang Amadeus Mozart, uno de los compositores e intérpretes más grandes de la historia de la música. La ciudad de Viena organizó, con todos los fastos, la efemérides y se interpretó para tan especial ocasión su Requiem, una obra que el compositor dejó inconclusa.
Mucho se ha hablado del Requiem de Mozart: su misterioso encargo, la composición mientras el autor agonizaba, su fallecimiento, el trabajo para concluirla que hizo uno de sus discípulos, Süsmayr y el estreno, dos años más tarde a cargo del conde Walsegg.
Niemetschek, uno de los primeros biógrafos de Mozart y el primero que trata de la composición del Requiem fue también quien comenzó a fabricar el mito: "El día de su muerte, Mozart pidió que le acercaran las partituras a la cama. "¿No predije que estaba escribiendo este réquiem para mí?", dijo, y volvió a repasar la partitura con ojos lacrimosos. Fue la última y dolorosa mirada de despedida a su música, a su amado arte... ¡una premonición de su inmortalidad!". Aunque Mozart no finalizó la obra, había planteado la obra y la instrumentación y su discípulo Süsmayr la finalizó en un intento de que su aportación no se notara, añadiendo detalles de la instrumentación y la intervención de los solistas según el esquema mozartiano.



El siguiente enlace presenta una reconstrucción de la leyenda de la composición del Requiem de Mozart con el siguiente título: The (true) Story of the Mozart's Requiem, La (verdadera) historia del Requiem de Mozart. True está entre paréntesis, como advertencia de que, en realidad no se dice de forma escrita que es cierta. Como toda leyenda, es apetecible que así sea. El texto, aunque fácil de seguir, está en inglés.



Las Coplas a la muerte de su padre están divididas en tres partes. En la primera, Manrique reflexiona sobre la fugacidad de la vida y la muerte en unos versos cargados de metáforas. De todas ellas, la más conocida es la que recoge en el poema III (Nuestra vida son los ríos que van a dar a la mar...). En esta primera parte también refleja el autor el pensamiento cristiano y la idea de sacrificio, junto con la idea de que la muerte iguala a ricos y pobres. 



La popularidad de estos versos comenzó apenas se publicaron y tuvieron una gran difusión e influencia durante el Siglo de Oro de nuestras letras, llegando incluso a la pasada centuria, en la que llegaron a realizarse adaptaciones y grabaciones con músicos como Paco Ibáñez.
El enlace pertenece a un recital que el cantautor dio en Íllora (Granada) en agosto de 2008


Mozart hace que el Requiem comience con un tiempo de adagio, lento y solemne. A la cuerda se unen fagots y clarinetes que realizan una fuga a cuatro voces, llevando la melodía de unos a otros. Tras unos acordes de trombones se da paso al coro que canta, mezclando las voces en distintos contrapuntos hasta la entrada de la soprano solista que lo hace con el acompañamiento de la cuerda. Vuelve el coro y la música, que comenzó sosegadamente, va ganando en volumen y rapidez hasta casi desaparecer y dar paso al Kyrie, con su letra Kyrie eleison, Christe eleison, Kyrie eleison (Señor ten piedad, Cristo ten piedad, Señor ten piedad).



El enlace pertenece la histórica interpretación del Requiem ese histórico 5 de diciembre de 1991 en la catedral de Viena con motivo de la celebración del 200 aniversario del fallecimiento del compositor, bajo la dirección de Sir Georg Solti y muestra el comienzo del Requiem y el Kyrie.



En la segunda parte de Las coplas a la muerte de su padre, Jorge Manrique trata de la vida eterna, mencionando difuntos conocidos y personajes históricos y planteándose el tópico Ubi sunt (¿Dónde están?) interpelando directamente a la muerte.



La última parte es la elegía funeraria sobre su padre propiamente dicha, ya que las anteriores tienen un carácter más general. Manrique exalta las virtudes y gestas de su padre, lo compara con prohombres como César y acude a su noble comportamiento para justificar el merecimiento de la vida eterna. 



En las últimas estrofas cede la palabra a la muerte para que alabe a don Rodrigo, exhortándolo a que abandone la vida para entrar en la eternidad. Finalmente, éste responde a la muerte y acepta con estas palabras.








Según parece, la historia de la composición del Requiem es más prosaica. Poco después del fallecimiento del compositor algunos entendidos estaban al corriente del mecenas que en agosto de ese año había encargado la composición, aunque aún faltaban meses para que su anonimato fuese desenmascarado para el público. Se trataba del conde Walsegg, compañero masón de Mozart, quien había comenzado a tener una abundante obra musical al encargar a diversos compositores, siempre en secreto, obras que copiaba e interpretaba como suyas propias en conciertos privados. Este encargo fue el más atrevido de todos, ya que deseaba "componer" una misa de Réquiem a su recientemente fallecida esposa.
Tras la finalización de la obra por Süsmayr, se estrenaron algunas piezas en enero de 1793 a beneficio de la viuda de Mozart y en diciembre de ese mismo año, el Requiem completo en un concierto que dio en su palacio el conde Walsegg a la memoria de su esposa. 
El siguiente enlace muestra una de las piezas más conocidas de la obra, Dies Irae. Se trata de una composición dramática en la que el coro refleja la ira de Dios, mientras suenan las trompetas, reflejando Mozart la grandeza del creador ante la angustia de los mortales que se enfatiza con las cuerdas, trombones y el timbal. Tras un pequeño descanso vocal a cargo de los violines se vuelve a la atmósfera inicial reexponiéndose el tema.




La interpretación corresponde a un concierto en directo celebrado en la Concertebouw de Amsterdam bajo la dirección de Pieter Janleusink.



En otra ocasión se dedicó otra entrada a esta obra con más detalles de la composición y los últimos días de Mozart en Un réquiem para Mozart

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