28 may. 2017

Walkirias de hoy

A Mónica

Una graduación universitaria es un momento cargado de trascendencia. Para todos los que lo hacen o lo hicieron representa el final de una etapa que comenzó muchos años atrás y que se entrelaza con un futuro que, en el más común de los casos, es incierto, pero que viene cargado de dudas, ilusiones y sueños. Estos días, Mónica ha terminado sus estudios universitarios. A ella va dedicada esta entrada.

Vivimos en el mundo que nos ha tocado. No debemos fijarnos si es mejor o peor que otros, sino en el hecho de que es el que tenemos. Después de muchos años, toda una vida, de formación, es el momento de salir al mundo, a la realidad, a la vida. Es la ocasión de luchar, defender las cualidades y virtudes de esta sociedad a la que pertenecemos, la cercana y la lejana. De batallar por mejorar lo que encontramos, ser osados y valientes para soñar, pensar lo imposible, lo que aún no se ha conseguido para que la sociedad, adormecida en una vida que se nos ofrece plana y en la que es más fácil no pensar, pueda avanzar en la igualdad, la justicia y los derechos, y que todos puedan -podamos- vivir una vida más plena y mejor.
Los tiempos cambian y también algunos prototipos. Las walkirias del título eran luchadoras, aguerridas, decididas, fuertes, pero su función era acompañar a los guerreros caídos en la batalla hasta el Walhalla. Hoy se está, se debe estar, haciendo impensable esa función. La mujer está cambiando su rol en la sociedad y eso es irreversible como se ha puesto de manifiesto en la publicación de vuestra clase La pluma violeta
Es momento de soñar, de hacer que lo impensado y lo impensable se vuelva cierto y habitual.
En esta entrada te propongo dos acercamientos a la lucha por un nuevo papel en el mundo y por conseguir alcanzar los sueños en nuestra sociedad. La primera a una de las músicas más conocidas de Richard Wagner perteneciente a su ópera La Walkiria, mientras que la segunda nos acerca a un elogio de los sueños con la escritora polaca, Premio Nobel de Literatura Wislawa Szymborska.


Guste más o menos, nadie puede negar que Richard Wagner es uno de los grandes compositores que ha dado la música a lo largo de su historia, pese a la relación que se estableció en tiempos entre su obra y la propaganda nazi. Aunque no fue el primero en utilizarlo, desarrolló el leit-motiv, esa serie de sonidos que identifican, describen o evocan a personajes, ideas o situaciones a lo largo de las obras. Las bandas sonoras cinematográficas deben mucho a Wagner al aplicar esta técnica.
De su obra podemos destacar Tristán e Isolda o El holandés errante que hemos traído al blog, Los maestros cantores de Nuremberg, Lohengrin, Tanhauser o Parsifal.
Pero donde mejor se puede apreciar y disfrutar su obra es en la tetralogía El anillo de los Nibelungos basada en antiguas leyendas germánicas. Está formada por un prologo, El oro del Rin, y tres jornadas, La walkiria, Sigfrid y El ocaso de los dioses, una obra que Wagner tardó veintiséis años en componer en su totalidad.
La Walkiria (Die Walküre), la primera jornada es la más conocida de toda la obra. Se trata de una ópera romántica con amores épicos, violentas emociones, muertes trágicas en extremo y un final con un lirismo dramático de una gran intensidad. Wagner se ve reflejado en el personaje de Siegmund, un proscrito perseguido por la justicia como él mismo lo era tras participar en la Revolución de 1848 de Dresde y tener que exiliarse en Zurich.
Entre sus protagonistas aparecen Wotan, rey de los dioses, que se verá presa de su codicia y las contradicciones de sus acuerdos y pactos. Fricka, su esposa y Diosa del Matrimonio que consigue arrancarle la promesa de que Siegmund morirá en combate. Éste, junto con Siglinda, hermanos gemelos sin conocerlo y amantes que provocan la ira de la diosa con sus incestuosas relaciones. Brunilda, una de las nueve walkirias, la favorita de Wotan, quien primero le pide que proteja a Siegmund y luego le retira el compromiso. Brunilda se rebela contra su padre y se resiste a obedecerle porque sabe que Wotan ama a Siegmund. La cólera del dios caerá sobre su walkiria predilecta.



El tercer acto se inicia con una de las músicas más populares y conocidas de Wagner, la Cabalgata de las walkirias (Walkürenritt) que va acompañada del canto de guerra (¡Hojotoho!) de las ocho walkirias y que, aunque se conozca así, el compositor nunca reconoció este nombre ni vio bien que se sacara del contexto de su ópera. 
Es una escena complicada con relámpagos y truenos, con las guerreras cabalgando por el cielo con los héroes muertos sobre sus sillas de montar para llevarlos al Walhalla. Al entrar Brunilda sus hermanas se sorprenden al comprobar que no lleva a un héroe muerto, sino a una mujer, Sieglinde. Desesperada les pide un caballo para poder escapar, pero sus hermanas se niegan a actuar contra Wotan.
Además de haber sido utilizada, como la mayor parte de la música de Wagner como parte de la propaganda alemana durante la II Guerra Mundial, esta Cabalgata ha sido llevada al cine, con mayor o menor fortuna en múltiples ocasiones. Quizás la más conocida para nosotros sea en Apocalypse Now de Francis Ford Coppola, una escena en que se hace una apología brutal de la guerra.



El enlace que te propongo pertenece a una versión histórica de la Tetralogía que se llevó a cabo en el Bayreuther Festspiele (Festival de Bayreuth) en 1980 bajo la dirección de Pierre Boulez y que se editó en vídeo. Este festival, que se viene desarrollando desde 1879 en el teatro y con las condiciones que Wagner ideó fue inaugurado con la primera representación de la Tetralogía que, de forma ceremoniosa se lleva a cabo todos los veranos desde entonces. A esta inauguración asistieron personajes como Franz Liszt, Eduard Grieg, Anton Bruckner, Tchaikovsky, Saint-Saëns, Nietzsche, León Tolstoi, el kaiser Guillermo I y Luís II de Baviera, el llamado Rey Loco, que fue quien sufragó los gastos para construir el teatro.


Wislawa Szymborska comenzó escribiendo relatos cortos, pero su gusto por las palabras, sobre todo las palabras cotidianas, le hizo ir acortando sus relatos hasta quedarse con las palabras esenciales para terminar escribiendo poemas. La Szymborska amaba la poesía, aunque no le gustaba hablar sobre ella.
Le gustaba la pintura de Vermeer, detestaba el ruido, amaba los monos, no le hacía ascos a las películas de terror y le gustaban las de Woody Allen, disfrutaba con las visitas a museos arqueológicos y no se imaginaba que alguien no tuviera en la biblioteca de su casa un volumen de Los papeles póstumos del Club Pickwick.
Polaca, nació en 1923 en Bnin, aunque residió casi toda su vida en Cracovia. Perteneció al Partido Obrero Unificado Polaco, aunque devolvió su carnet y colaboró con la oposición democrática. Pese a que comenzó a escribir en su juventud, su timidez le impidió presentar sus trabajos, comenzando a publicar a partir de 1945. Desde su primer libro Por eso vivimos, aparecido en 1952, fue publicando obras como Preguntas a mí misma, Llamada al Yeti, Sal, Gente en el puente, De la muerte sin exagerar, Paisaje con grano de arena, Instante, Dos puntos hasta llegar a su última obra Hasta aquí en 2009. A esta mujer tímida y poco dada a los festejos y discursos se le concedió el Premio Nobel de Literatura en 1996 "por su poesía que con precisión irónica permite que los contextos histórico y biológico salgan a la luz en los fragmentos de la realidad humana".



A Paisaje con grano de arena pertenece este poema Alabanza a los sueños, en que la Szymborska nos invita a dejarnos seducir por esos sueños que rompen la realidad y quién sabe, a romper la realidad con nuestros sueños. No seamos conformistas.




Para finalizar el post te enlazo con los sonidos de una nueva versión, instrumental y sólo de audio, de la Cabalgata de las walkirias en una adaptación de jazz cargada de frescura y lirismo interpretada por Uri Caine con su agrupación Uri Caine Ensemble grabada en directo en Venecia en 1997.



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20 may. 2017

Un reencuentro contigo mism@

Hay ocasiones en que un destello del pasado se cruza por nuestra vida y convoca los recuerdos y las dudas. 
Cuando menos te lo esperas, en un momento determinado, te cruzas con una situación, un acontecimiento o una persona que te hacen recordar una decisión que tomaste, una acción que llevaste a cabo, una amistad o una relación que se rompió.
Si tus razones fueron consistentes, tus argumentos serenos y meditados, si superaste con determinación la situación, este momento es algo fugaz que te recuerda lo sucedido sin un poso de amargura, con la conciencia tranquila y serena y regresas luego a tu normalidad decidida.
Pero no siempre nuestras decisiones, nuestros actos y nuestras amistades o relaciones se tomaron con esa determinación, sino que hubo otros factores que actuaron: la inexperiencia de la juventud, la presión a la que estamos sometidos, otras personas o condicionantes que nos empujaron en esa dirección precisamente sin tener claros ni nuestros sentimientos, ni las razones, ni las últimas decisiones.
Con el tiempo, casi sin darnos cuenta, vamos adquiriendo una mayor capacidad para tomar las riendas de nuestro destino, aunque nunca las tendremos ciertamente controladas.
Cuando te reencuentras con tu pasado te reencuentras contigo mismo.
Te propongo dos miradas a situaciones que nos vienen como destello de nuestro pasado y lo iluminan momentáneamente, aunque en ambas no se quedan en el recuerdo, sino que toman una nueva presencia. Dos grandes autores son responsables de las mismas. Gabriel García Márquez con unos fragmentos de El amor en los tiempos del cólera y Giacomo Puccini con una de las arias más conocidas de La Bohème.


Gabriel García Márquez es uno de estos escritores que han traspasado su obra para convertirse ellos mismos en personajes. Autor de una larga lista de narraciones entre las que destaca Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera, Crónica de una muerte anunciada, El otoño del patriarca o Vivir para contarla, Gabo trajo con su obra el Realismo mágico y comenzó el Boom de la literatura iberoamericana que, junto con Julio Cortázar, Carlos Fuentes o Vargas Llosa, llevó a estos autores a lograr el mayor reconocimiento y máximo esplendor a partir de los años 60 del pasado siglo.
En El amor en los tiempos del cólera, Gabo narra una historia de amor que transcurre durante más de medio siglo, desde que comienza con los jóvenes Florentino Ariza y Fermina Daza en su juventud, pasando por unos años de matrimonio de ella, enmarcados en la felicidad con su esposo Juvenal Urbino y, que una vez viuda, vuelve a surgir entre ambos gracias a la persistencia de Florentino. En este caso, los destellos del pasado que recibe Fermina no quedan como fugaz recuerdo, sino que forjan una nueva historia de amor entre ambos en la que García Márquez trata de temas como la familia, el amor en la diferentes etapas de la vida, la fidelidad, la muerte o la familia.



Dos fragmentos, separados ambos por un lapso de más de medio siglo, nos acompañan. Desde el incipiente y febril amor epistolar de la juventud al sereno de la avanzada madurez.






En varias ocasiones he traído al blog obras de Giacomo Pucini, el último gran compositor del siglo XIX, pues aunque estrenó y publicó gran parte de su obra en el siglo XX, su música bebe en los estilos de las últimas décadas del siglo anterior. Con un gran sentido de lo teatral, sus descubrimientos melódicos y la facilidad con que su música caracterizaba y describía los ambientes, Puccini es el último heredero del bel canto italiano. Óperas como La Bohème, Tosca, Madama Butterfly o Turandot le han hecho tener un lugar importante entre los compositores operísticos y ser el autor del siglo XX más representado.
En Escenas de bohemios en París hacía referencias al primer acto de la obra con las arias de Rodolfo (Che gelida manina!) y Mimí (Si, mi chiamano Mimí). 
En esta ocasión traigo otra de las piezas más conocidas de la obra, el aria para soprano Quando me'n vo' soletta per la via (Cuando voy solita por la calle), el llamado Vals de Musetta. El segundo acto se desarrolla en el Barrio Latino en plenas celebraciones navideñas creando Puccini un ambiente festivo, abigarrado, lleno de cantos y sonoridades. Allí, entre las mesas del Café Momús los protagonistas están de fiesta. Entra en escena una dama elegante, Musetta, acompañada de su actual amante Alcindoro. Igual que ocurriera e el primer acto en la escena entre Rodolfo y Mimí, con la entrada de Musetta parece que el tiempo se detiene. Musetta y su antiguo amante Marcello se ven y toda la escena es un alarde de seducción en la que ella provoca una escena de celos para llamar la atención del pintor, logrando que éste vuelva con ella.



Además del protagonismo que la cantante tiene en esta pieza, la melodía que Puccini compone a ritmo de un vals lento con protagonismo del arpa y los violines, junto con la flauta y el clarinete. Toda la orquesta se pone al servicio de la creación de una atmósfera con los varios personajes que intervienen en la escena, aunque el protagonismo final pertenezca a Musetta.
En los próximos días podremos disfrutar de esta ópera en el Teatro Maestranza de Sevilla.




El enlace pertenece a una representación del Teatro Alla Scala de Milán de 2003 con la interpretación en el personaje de Musetta de la cantante Hei-Kyung Hong.


La segunda es una interpretación de Kiri te Kanawa con el acompañamiento de la London Philharmonic Orchestra dirigida por Sir John Pritchard. Se trata de una grabación de audio en estudio sin acompañamiento de más cantantes en la que la soprano neozelandesa muestra su elegancia, la versatilidad de su voz y la dicción clara que siempre la han caracterizado.


Para terminar, enlazo con toda la escena, la primera parte del segundo acto en la versión que se representó en el Teatro La Fenice de Venecia en la temporada 2010-2011 con Juraj Valcuha dirigiendo a la orquesta y coro del citado teatro.


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5 may. 2017

Las ciudades errantes

¿De dónde surge la creatividad? ¿Qué hechos o ideas posibilitaron que un autor llegara a crear una obra? 
Hay muchos casos en que el autor cuenta cómo surgió la idea que le llevó a escribir un libro, componer una canción o música determinada, una pintura o escultura. En cambio, hay otras de las que desconocemos su génesis y sólo a base de conjeturas, entresacando datos de uno y otro sitio se puede llegar a suponer cómo llegaron a ser realidad.
La sensibilidad del creador parte en muchos casos de su experiencia, de otra obra anterior que lo inspira, de una percepción de la realidad que ve injusta, de un suceso o incluso de un sueño.
Te propongo dos miradas a obras que crean una realidad poética de tipo legendario a partir de unas carpetas con anotaciones y un accidentado viaje. Nos acompañan un peculiar libro de Italo Calvino y una balada de uno de los más grandes y controvertidos compositores de toda la historia.


En Las ciudades invisibles Italo Calvino recrea una serie de ciudades inexistentes, todas con nombres de mujer y que responden a determinados temas: la ciudades continuas, las escondidas, los símbolos, el deseo, los intercambios, el nombre, la memoria o los muertos. Estos temas se repiten hasta nueve veces en una serie de relatos que nacen del desorden, sin importar dónde está el inicio o el término, pudiéndose leer desde el comienzo al final o al revés, o comenzarlo por el centro, sin cronología alguna, como el juego que propone Cortázar en Rayuela
Este devenir anacrónico, la seriación desordenada, el fluir de la recreación utiliza el pretexto de una conversación en la que el mismo Marco Polo, como si fuera Sherezade en Las mil y una noches, narra al Kublai Kan las experiencias de las supuestas ciudades visitadas, sin trama argumental, utilizando bocetos asociados a cada uno de los lugares y que permanecen incompletos, como el inicio de una historia que no se llevará a cabo.



Italo Calvino escribió Las ciudades invisibles a intervalos, como relatos o poemas compuestos según la inspiración, a modo de bocetos que iba guardando en carpetas según su costumbre hasta plantearse qué libro podría haber en ellos. La carpeta viajó de ciudad en ciudad siendo completada según estados de ánimo, a veces las ciudades tristes, en ocasiones las ciudades bajo las estrellas o entre las basuras. Pero no encontraba la forma del libro, "ese lugar en que el lector podía perderse, buscar un camino o una reflexión, una o varias salidas, un algo que justificara la lectura". El hilo, la trama surgió, como decía, con Marco Polo narrando sus viajes a Kublai, Kan de los Tártaros, aunque históricamente no sea kan de éstos, sino de los Mongoles tal como dice el famoso viajero en sus relatos, esta vez sí históricos.



Qué sería de nuestra existencia si las experiencias que vivimos no tuvieran en cuenta el orden en que han ocurrido o bien ocurrirán. ¿Seríamos los mismos si lo que nos sucedió en nuestra infancia aún estuviera por llegar? ¿Si las cicatrices de los últimos meses las cargáramos desde hace décadas? 
Luchando contra la secuencia temporal a la que la vida nos acostumbra, te propongo que te internes, con toda la curiosidad de quien se aventura por los sendero, calles, laberintos y estelas de caminos y mares, en una de las Ciudades de los Intercambios tal como la imaginó y recreó Italo Calvino.



Director de orquesta desde los veinte años, admirador desde niño del teatro, a los cinco vio su primera ópera, a los diez quedó admirado con El cazador furtivo que el propio autor Carl María von Weber dirigió en Dresde. Antes había interpretado al joven Guillermo Tell, mientras su hermana Klara hacía de Walter Tell y su padrastro Geyer representaba a Gessler. Desde pequeño quedó prendado por los ropajes extravagantes y disfrutaba maquillándose. Años después volvió a quedar fascinado al escuchar cantar a Wilhelmine Schröder-Devrient en El vampiro
Todo su vida buscó sus orígenes entre su padre Carl Friedrich Wilhelm, fallecido el año de su nacimiento, y Ludwig Geyer, pintor y actor amigo de la familia, que casó con su madre al año siguiente. La prohibición de preguntar sobre su origen y la búsqueda de su padre acompañó a Richard Wagner toda su vida a la par que sus personajes lo hacían en sus obras: ParsifalTristán o Sigfrido no conocieron a sus padres, los dos últimos tenían padrastro; Lohengrin debía ocultar su nombre y su identidad, Siegmund en La Walquiria lo conoce, pero no sabe quién es realmente. 
Apasionado, excesivo, beligerante, revolucionario en la música y en los levantamientos populares como en el de 1849 que le llevó al exilio, de ardiente temperamento, megalómano, arruinado varias veces, la personalidad de Wagner representa al artista completo del siglo XIX y su influencia se extiende hasta la actualidad. Cuántas bandas sonoras de películas y series de las mismas utilizan las técnicas y elementos que él creó.
Director de orquesta, innovador de la escena y el teatro, Wagner sentó las bases de las representaciones operísticas tal como las conocemos en la actualidad. Diseñó el teatro de Bayreuth, ideó el foso para la orquesta con la finalidad de dar más protagonismo a la escena y las voces. Reformó la estructura de la ópera para dar más importancia al todo que a sus partes: el texto, la música, los cantantes, el decorado están al servicio de la obra. Todo era controlado por él, desde los libretos que escribía, a la disposición de los músicos en el foso, pasando por la escenografía, el vestuario o los cantantes. Desarrolló el leitmotiv en sus obras, ese tema musical que está vinculado a un personaje, una idea e incluso un objeto y los simboliza, recuerda y evoca a lo largo de toda la obra. 



Estrenada a comienzos de 1843, El holandés errante o El buque fantasma surge tras una accidentada travesía hacia Londres del propio autor: "El miércoles a las dos y media de la tarde nos considerábamos perdidos. No eran las terribles embestidas del mar embravecido, que lanzaban constantemente el buque a la aventura, ora en una sima profunda, ora en la cresta de empinadísimas olas, lo que me hacía sentir el horror de la muerte. Lo que me estremecía era el desaliento de los marineros y las miradas desesperadas que nos dirigían acusándonos en su superstición, de ser la causa del inevitable naufragio. El propio capitán, en el momento más crítico, pareció lamentarse de habernos admitido a bordo. A su entender, no cabía duda de que nosotros éramos la causa de la desdichada travesía".
Tras esta experiencia la obra tiene, según el compositor, un origen dramático y musical. La Balada de Senta puede considerarse el momento cumbre de la obra. "Escribí el texto y la melodía de la balada de Senta antes de haberme puesto a trabajar en El holandés. Inconscientemente, deposité en ese fragmento los gérmenes temáticos de la partitura entera; tanto fue así, que una vez acabada tuve la intención de llamarla Balada Dramática".
Esta Balada de Senta (Johohoe!) consta de tres estrofas, a través de las cuales relata la historia del Holandés Errante, su maldición, su penoso vagar por el mundo y su anhelo de salvación a través de la redención por amor. Todo este relato está lleno de onomatopeyas. La incredulidad de las muchachas que hilan se transforma en interés por la convicción con que Senta narra la historia. Finalmente ésta afirma rotunda que será ella la salvación del Holandés, lo que alarma a las hilanderas. La evolución desde la alegre escena del canto de las muchachas previo a la balada hasta el final melancólico de ésta marca toda la evolución dramática de la obra.


El enlace muestra una interpretación de Catarina Ligendza en la Deutsche Oper de Berlin de 1986, con una buena toma de sonido a persar del tiempo transcurrido.


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