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La muerte de Kafka

Pocos autores alcanzan una notoriedad mayor que sus propias obras y llegan a ser más conocidos que éstas. Es cierto que nos movemos entre los clichés y los tópicos, entre los conocimientos superfluos y triviales más allá de profundizar en los mismos. 
Escritores como Dante, Proust o Kafka, por citar algunos, son más conocidos que leídos y, aunque de los primeros podemos citar obras como La divina comedia o En busca del tiempo perdido, del último, sus obras, más abundantes, no llegan a ser tan conocidas de nombre entre el gran público.
Kafka es tan citado que su nombre ha dado lugar a un adjetivo que está incorporado en nuestro vocabulario activo y del que tratamos en este blog en Dantesco, maquiavélico, kafkiano y otros más.
Decir kafkiano nos acerca, en primer término a la obra relacionada con Kafka y, más allá, es un término que aplicamos a una situación angustiosa y absurda que nos sobrepasa, dejándonos un poso de culpabilidad que no llegamos a comprender.
Al escribir esta publicación se cumplen un siglo del fallecimiento de Kafka, uno de los escritores más influyentes del siglo XX cuando contaba cuarenta años de edad y no era un escritor muy conocido en ese momento, pese a que se habían publicado algunas de sus obras. Éstas han ido publicándose y leyéndose después de su muerte y su figura ha ido conociéndose y creciendo desde entonces.
Cuando hace ya más de un siglo del fallecimiento de Kafka el 3 de junio de 1924, te propongo recordar la parte final de su biografía, sus indicaciones y algunos textos sobre él. Nos acompañan textos de Reiner Stach, Milena Jesenská y Gustav Janouch y música de Jiří TemlFrank Moon y Aribert Reimann. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere! 


Después de doctorarse en Derecho, y tras pasar por algunos trabajos, Franz Kafka comenzó a trabajar en el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo del Reino de Bohemia, donde fue valorado como un brillante planificador y excelente abogado. Aunque era un trabajo rutinario y no el que había deseado realizar, le proporcionaba una gran oportunidad: Al ser un trabajo que finalizaba a las dos del medio día tenía libre el resto de la jornada para desempeñar otras actividades. Así, las tardes y noches las dedicaba a sus grandes pasiones: pasear, hacer ejercicio, especialmente remo y natación, conversar en las tertulias de los cafés de Praga y, sobre todo su gran vocación, escribir.
Esta situación permaneció inalterablemente rutinaria hasta que en el verano de 1917 se le diagnosticó una tuberculosis pulmonar. Con la enfermedad, cogió unas vacaciones y en septiembre se trasladó a Sirem, una aldea al norte de Bohemia, donde vivió en plena naturaleza asesorando a su hermana Ottla sobre una granja que tenía allí. 
El compromiso matrimonial que tenía con Felice Bauer se rompió en este tiempo. Pese a que nunca se casó, el biógrafo Reiner Stach afirma que fue un mujeriego incesante, aunque con miedo al fracaso sexual y una aversión radical al compromiso. 
Tras seis meses de trabajo en la oficina se le vuelve a conceder un nuevo periodo de vacaciones para recuperar la salud, trasladándose en esta ocasión a una pensión en Libechov donde se comprometió con Julie Wohryzek, hija de un zapatero, lo que le produjo un enfrentamiento con su padre, que desencadenó la famosa Carta al padre.
Durante cinco años estuvo luchando con la Compañía de Seguros que le exigía la reincorporación al puesto de trabajo hasta conseguir la jubilación definitiva en junio de 1922, semanas antes de cumplir los treinta y nueve años. Era un hombre laboralmente libre, pero condenada e irremediablemente enfermo.

   Sanatorio de Kierling donde falleció Kafka. Se puede observar el cartel Sanatorium entre el segundo y tercer piso. Aunque no se sabe con certeza, su habitación estaba en la segunda planta, probablemente en la parte de atrás que da al jardín.
Checo como KafkaJiří Teml (Vimperk, 1935) es un compositor musical, productor de radio y dramaturgo que comenzó trabajando como economista. Su trabajo como compositor comenzó con obras populares de danza, pasando más adelante a la música vocal, de cámara y orquestal. Desde finales de los 70 del pasado siglo estudió las obras de la escuela polaca, llegando a la Nueva música que, a partir de una base folclórica, estiliza elementos de la estructura y del ritmo para conseguir una obra personal que, en muchas ocasiones, estrena en colaboración con el conjunto folclórico de Radio Pilsen.
Su producción incluye varias sinfonías, conciertos, ciclos de canciones, obras corales, algunas óperas infantiles, música de cámara, canciones y obras para órgano y piano.
Nos acompaña, como música de fondo para seguir esta publicación, su Symponie č 3 Kafka (Sinfonía nº 3, Kafka) compuesta en un solo movimiento y estrenada en 1998.
La interpretación, en la que Teml ha logrado captar el inquietante y angustioso mundo que refleja el escritor checo que da nombre a la obra, corre a cargo de la Symphonický Českèho rozhlasu v Praze bajo la dirección de Ondřej Kukal. La fotografía que acompaña al audio es del propio compositor.


Durante los años de enfermedad Kafka realizó diversos viajes por espacios naturales buscando la curación, alternando periodos de producción literaria con otros en los que la abandonaba. En febrero de 1922 comenzó a escribir El castillo, aunque después del verano había desistido de terminarla. «He tenido que abandonar la historia del castillo. todo hace pensar que para siempre...», escribió a su amigo Max Brod.
En una estancia una colonia judía en el Báltico conoce a Dora Diamant, una judía ortodoxa que había huido de su familia con quien se instala en Berlín en 1923, hasta que una pulmonía le obligó a regresar a Praga con sus padres.
En marzo ingresó en el sanatorio de Wiener Wald, cerca de Viena, donde sufrió un ataque de tuberculosis en la laringe que le impedía tragar alimentos sólidos. En ese tiempo retomó y terminó de escribir Un artista del hambre que no sería publicado hasta después de su muerte. 
A finales de abril, Dora y Robert Klopstock lo trasladaron al Sanatorium del Doctor Hoffmann de Kierling, una pequeña ciudad cercana a Viena, en la Baja Austria. Cuando ingresó, Kafka que medía 1'85 m tan sólo pesaba 45 kilos. Su habitación tenía un balcón soleado que asomaba al jardín y al bosque donde iba a leer cuando podía. 
Aunque el edificio de dos plantas en el 187 de Hauptstrasse se ha convertido en viviendas privadas, aún se conserva un apartamento convertido en memorial de Kafka cercano al que él ocupó. Allí falleció el 3 de junio de ese 1924 poco antes de cumplir los cuarenta y un años de edad.  

La última foto conocida de Kafka, probablemente de 1923
Nacido en Rochlitz, Sajonia en 1951, Reiner Stach cursó estudios de Filosofía, Literatura y Matemáticas en la Universidad Johann Wolfgang Goethe de Frankfurt am Main, doctorándose con el trabajo Kafkas erotischer Mythos. Eine ästhetische Konstruktion des Weiblichen (El mito erótico de Kafka. Una reconstrucción estética de la feminidad). Trabaja como editor científico y de no ficción para diversas editoriales, además de publicar diversos ensayos sobre las obras de Hans Henny Jahnn y Kafka. 
Documentándose para realizar una biografía completa de Kafka, Stach encontró diversos documentos inéditos en distintas bibliotecas y archivos de Praga e Israel: manuscritos, fotografías, fragmentos de cartas y testimonios de quienes le trataron que aportaban nuevas informaciones sobre la personalidad y la obra del escritor. Estos documentos fueron publicados en 2012 en ¿Este es Kafka? 99 hallazgos en los que reúne los más sorprendentes e inesperados, comentando su procedencia, contrastándolos con los datos conocidos y aportándolos a una biografía que nos descoloca de la imagen del autor atormentado y neurótico para mostrarnos una personalidad más rica y caleidoscópica que la que teníamos.

Facsímil de la última carta de Kafka a sus padres, anverso

Del día anterior a su fallecimiento, Stach publica la última carta que escribió a sus padres de puño y letra. Al final de la misma hay un texto escrito por Dora Diamant que queda inconcluso al llegar a los dos puntos.

Le quito la carta de las manos. De todas formas. Sólo unas líneas más que, por su insistencia, parecen ser muy importantes:

Al final de la carta hay una última doble anotación escrita a lápiz por su hermana Ottla:
Escrito el lunes
2.6.1924

Muerto 3.6.1924

Última carta de Kafka a sus padres, reverso
El texto que nos acompaña muestra esta última carta que el escritor dirigió a sus padres la víspera de su muerte, un documento de innegable valor. En ella, el escritor muestra su deseo de que vayan a verlo, aunque más adelante valora los pros y los contras de tal intención, descartándola de momento. Más adelante, escribe sobre el trato que recibe en el sanatorio, su evolución y la ayuda y compañía que recibe de Dora y Robert. No se aprecia el inminente final de su vida que el escritor y sus acompañantes deseaban evitar a los familiares, lo que agrega más dramatismo a esta última misiva.

El cuerpo de Franz Kafka fue trasladado en tren y enterrado el 11 de junio en el 
Nový židovský hřbitov (Nuevo cementerio Judío) de Praga.
Hasta este punto, poco nos habría llegado de la obra del escritor checo si no hubiera sido por la insistencia de su amigo Max Brod y las dos disposiciones de Kafka a las que no hizo caso. 



Esquelas funerarias en alemán y checo publicadas por sus padres
Escrita la primera de ellas posiblemente en el otoño o invierno de 1921, y la segunda el 29 de noviembre de 1922, Brod las recibió entre los papeles que le entregaron por indicación del escritor tras su muerte. Pese a indicar que no se publicaran sus escritos, el amigo y albacea literario decidió hacer lo contrario, una opción que tanto lectores como críticos y biógrafos agradecemos. En realidad, estos dos testamentos fueron los primeros escritos que se publicaron, viendo la luz en el número de la revista Weltbühne el 17 de julio de ese 1924.  
Es posible que hubiera un texto anterior a estos dos, probablemente en el mismo sentido, ya que a finales de 1916 Max Brod pidió a Kafka que, en caso de morir, él se hiciera cargo de sus documentos y los destruyera, a lo que Kafka le respondió: «No será necesario, pero lo tendré en cuenta. Por cierto, desde hace tiempo guardo en mis carpetas una tarjeta de visita dirigida a ti con indicaciones parecidas, aunque también trata de asuntos de dinero».

Indicación testamentaria de Kafka a Max Brod
El primero de los textos recoge las instrucciones fechadas a finales de 1921, en las que, a grandes rasgos, le pide que queme sin leer los documentos que encuentre y que haga lo posible para que se destruyan las cartas enviadas a cualesquiera destinatarios.


En la segunda nota vuelve a indicar similares instrucciones, aunque dedica algunas a los libros que ya han sido editados, además de detallar el destino de algunas de las cartas que debe destruir junto a los demás escritos. Al cita el título La transformación se refiere a La metamorfosis.
Afortunadamente, estos documentos, muchos de los cuales acabaron en la Biblioteca Nacional de Israel, han podido ver la luz.


Franz Kafka conoció a Milena Jesenská en una visita que la periodista checa realizó a Praga en abril de 1920. Nacida en la capital checa, provenía de una familia aristocrática y su padre era cirujano y profesor de la Universidad de Praga. Comenzó a estudiar medicina por sugerencia paterna, aunque abandonó los estudios al casarse con el escritor austriaco de origen judío Ernst Pollak pese a la prohibición familiar, por lo que el matrimonio se estableció en Viena, donde comenzó a realizar traducciones y colaboraciones en periódicos. Cuando conoció a Kafka su matrimonio estaba prácticamente destruido.
Al conocerse gracias a amigos comunes, Milena le propuso traducir al checo varios de sus relatos, entablándose así una relación con pocos encuentros debido a las distancias y una abundante correspondencia. 

Tumba de Kafka en el Nový židovský hřbitov (Nuevo Cementerio Judío) de Praga
La influencia de Kafka ha llegado a un ingente grupo de escritores entre los que podemos encontrar a Albert Camus, Jean-Paul Sartre, J. D. Salinger, Borges, García Márquez, José Saramago, Mircea Cātāescu o Murakami. También ha inspirado a compositores, tanto el escritor y su personalidad, como hemos podido apreciar en la obra de Jiří Teml, como sus obras.
Entre estos compositores se encuentra Frank Moon, que estrenó el ballet The Metamorphosis (La Metamorfosis) en el Royal Opera House londinense en 2011, volviéndolo a llevar al escenario de nuevo en 2013 donde se grabó para editar en DVD.
Nos acompaña el inicio de la obra en la que un metamorfoseado Gregor Samsa interpretado por Edward Watson es descubierto por sus padres (interpretados por Nina Goldman y Anton Skrzypiciel) y su hermana Grete (Laura Day). La línea en el suelo representa el tabique que separa la habitación de Gregor de la sala de la casa.
La partitura de Frank Moon y los diseños blancos austeros, casi minimalistas, ayudan a crear la atmósfera claustrofóbica de la novela original, a la vez que el horror que produce el cambio físico en Gregor está representado por los movimientos espasmódicos e inusuales y una mancha negra en el escenario.
A partir de una coreografía de Arthur Pita y decorados de Simon Daw, la grabación realizada en marzo de 2013 contó con la dirección musical de Marc Albrecht.
  

Las cartas entre Kafka y Milena muestran una pasión que fue creciendo entre el escritor y la culta y temperamental traductora, periodista y escritora. 
La relación epistolar comenzó tratando de asuntos e intereses literarios para ir derivando en una relación que muestra la sensibilidad emocional del escritor checo hasta convertirse en una relación sentimental que finalizó con la muerte de Kafka. Milena encontró la muerte veinte años después en el campo de concentración de Ravensbrück.
Las cartas que Milena escribió a Kafka han desaparecido, posiblemente por parte del escritor. Cuando Alemania invadió Checoslovaquia en 1939, Milena entregó las cartas de Kafka al escritor Willy Haas, quien preparó una edición y las publicó en 1952. Dos años más tarde, Max Brod las volvió a publicar incluyendo las cartas que él mismo recibió de la traductora, añadiendo la reseña necrológica que escribió sobre el escritor checo.

Fotografía de Milena Jesenská (probablemente anterior a 1938)
En Franz Kafka. Cartas a Milena, con traducción de Carmen Gauger encontramos esta reseña necrológica que Milena Jesenská publicó para Národní Listy el 6 de junio de 1924, tres días después del fallecimiento del escritor. En ella, la escritora de origen checo muestra su pesar y su admiración, habla de la personalidad de Kafka y del valor y potencial de sus obras.


Fallecido en marzo de 2024, Aribert Reimann (Berlín, 1936) estudió piano y composición. Como pianista, su contacto con cantantes como Dietrich Fischer-Dieskau le ayudó a tomar una mayor sensibilidad con las posibilidades que proporcionaban la expresión de la voz. Entre sus composiciones destacan Ein Traumspiel (Fantasmagoría, 1965), Melusine (1971), Lear (1978), quizás su obra más conocida, Troades (Troya, 1986) y Das Scholss (El castillo,1992).
Basada en la novela de Kafka y su dramatización a cargo de Max Brod, Das Scholss es una ópera en dos partes formada por diez cuadros con entreactos y mutaciones con libreto del propio compositor.
Estrenada en septiembre de 1992 en la Deutsche Oper de Berlín, El castillo muestra musicalmente la terrible odisea de un ser humano, el forastero K., que cree que tiene razón, pero es acusado por su entorno de un delito poco claro que no llega a entender.
Nos acompaña el Primer cuadro de la ópera en el que K. llega exhausto a la posada Zur Brücke. A falta de alojamiento pasa la noche en un saco de dormir. Apenas comienza a descansar, lo despierta Schwazer indicándole que no puede acampar sin permiso del castillo. Cuando se presenta como el nuevo agrimensor que ha solicitado el castillo y pregunta detalles sobre el mismo, piensan que es un farsante. 
El enlace, solo de audio, muestra este primer cuadro de la ópera con la Bayerisches Staatsorchester, el barítono Richard Salter como K. y la dirección musical de Michael Boder, editada por la discográfica Wergo en 1997.


Personalmente, me fascina además de su obra, la figura de Kafka como personaje. Leer sus múltiples biografías, sentir su compleja personalidad a través de sus cartas y escritos, evocar sus paseos, los cafés y lugares por los que discurrió en Praga, seguir las casas en las que vivió ayudan a descubrir y conformar los claroscuros de un personaje tan fascinante y fundamental en la literatura.
Tras su muerte comenzó a conocerse la obra de un autor con un estilo inconfundible y original que nos traslada a una atmósfera opresiva mientras explora los rincones más oscuros y recónditos de la psicología del siglo XX y del ser humano en general. Su lenguaje preciso, sus metáforas, los extraños simbolismos que utiliza, esas descripciones vívidas y oníricas que se mueven en un mundo surrealista profundamente enigmático nos hablan de la alineación, la angustia existencial y la relación del individuo con una sociedad que lo aprisiona.

Gustav Janouch
Gustav Janouch (1903-1968) sería un desconocido si no hubiera disfrutado de la amistad de nuestro protagonista. Hijo de un compañero de trabajo de Kafka en el Instituto de Seguros, su padre se lo presentó cuando vio que su hijo tenía vocación literaria. Así, se entabló una relación a través de las visitas y encuentros que tuvieron entre 1920 y 1924.
El adolescente Janouch descubrió y admiró a Kafka como un maestro antes de que lo descubriera el mundo y tuvo la capacidad de mostrarlo en su libro Gesprache mit Kafka (Conversaciones con Kafka, 1951) un libro en el que deja entrever la sensibilidad y lucidez del escritor al que muestra como un conversador agudo e inteligente. Se trata de un libro que tiene un gran valor para los admiradores de este gran escritor.
Despedimos esta publicación sobre el centenario del fallecimiento de Kafka con un texto de Conversaciones con Kafla que Janouch sitúa al final del libro. En él, muestra una conversación con la mujer que limpiaba el despacho del escritor, además de la vivienda familiar del joven, en el que aporta detalles de sus costumbres y recibe unos objetos de su admirado maestro. 
¿Qué haríamos nosotros en su situación? ¿Cómo los recibiríamos y qué haríamos con ellos?


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Bibliografía y webgrafía consultadas:
  • Stach, Reiner. ¿Este es Kafka? 99 hallazgos, traducción de Luis Fernando Moreno Claros, Editorial El Acantilado, Ebook (2021). ISBN. 9788418370472.
  • Kafka, Franz. Cartas a Milena, traducción de Carmen Gauger, Alianza Editorial, Ebook (2016).ISBN: 9788491041481.
  • Janouch, Gustav. Conversaciones con Kafla, Editorial Destino, traducción de Rosa Sala Rose, Barcelona, 1998. ISBN: 97884233328321.
  • Reimann, Aribert. Das Scholss, Bayerisches Staatsorchester, dirección musical de Michael Boder, Wergo (1997),

El arte de escribir cartas

Escribir en una hoja de papel, doblarla, introducirla en un sobre, cerrarlo, ponerle un sello y depositarlo en un buzón con destino a una persona concreta es un acto que ha pasado a la historia como tantos otros en la existencia humana.
Enviar cartas como medio de comunicación puede llegar a ser uno de los actos más íntimos que realizamos las personas.
Durante varios siglos fue una actividad habitual, intensa e íntima entre personas, que comenzó con envíos a los destinatarios llevados a través de personas del entorno doméstico y que generó la formación y un aumento sin precedentes de los servicios de correos en todos los países.
Las cartas nos remiten a un tiempo distinto en el que la inmediatez que nos abruma no existía. Enviar una carta, llegar a su destino, ser leía, contestada y devuelta la respuesta al escritor original suponía días e incluso semanas de espera que en nuestras vidas actuales se han solventado con la rotunda inmediatez que nos proporcionan los medios digitales. ¿Cómo esperar la respuesta a una carta postal teniendo los correos electrónicos al alcance de las yemas de nuestros dedos y su respuesta en el preciso momento en que nos la escriban?
Miles, e incluso millones de cartas, se escribieron y guardaron durante el transcurso de varios siglos, desde los antiguos imperios hasta nuestros días. Escritores, políticos, pensadores, artistas, comerciantes, amigos o enamorados se cartearon durante todo ese tiempo. Muchas cartas llegaron a sus destinos, fueron leídas -en ocasiones no-, destruidas, olvidadas en armarios o escondidas entre libros. Algunas fueron leías y rotas, otras releídas con sorpresa, cariño o amorosamente, guardadas con esmero en la memoria y en cajones, atadas en cuidadosamente en fajos con cintas de colores.
De estas que quedaron surgió un género asociado a la curiosidad por conocer los entresijos de quienes las escribieron: la literatura epistolar. Colecciones de cartas entre distintas personas se han publicado por parecer interesantes sus contenidos y desveladores de la personalidad de quienes las enviaron o recibieron.
Te propongo acercarnos a algunas de las miles de cartas de escritores conocidos que han sido publicadas acompañadas de obras musicales en algunas de cuyas escenas las cartas se presentan como elementos esenciales. Nos acompañan Cortázar, Kafka, Rilke, Mozart, Puccini y Massenet Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!


Las cartas en su versión de envío postal han ido perdiendo fuerza hasta casi desaparecer, de la misma forma que los descubrimientos e inventos han ido cambiando los hábitos cotidianos de todos nosotros. Hacer copias con papel carbón o un cliché para fotocopiar en la máquina de escribir, realizar la colada a mano, ir a la barbería a afeitarse, cocinar en hornillas alimentadas por carbón o utilizar el teléfono -con cable- única y exclusivamente para hablar son costumbres que hemos ido abandonando con el paso del tiempo y que no tienen vuelta atrás.
Pensamos que las cartas han perdido su tradicional uso por la incorporación de las tecnologías digitales en nuestra vida, pero ya, en los albores del siglo pasado, se culpaba al telégrafo o al teléfono, entre otros nuevos inventos de comenzar el fin de las cartas escritas a mano y la necesidad de su empleo.
Hace poco más de cien años, en enero de 1919, la Yale Review estadounidense publicaba: 

Algunos culpan a la máquina de escribir, al teléfono, al telégrafo o al ferrocarril. Otros dicen que el arte de escribir cartas se perdió con la pluma de ganso. Pero la mayoría achaca la pérdida al moderno arte del ocio.

En un declive que se prolonga desde hace tanto tiempo, no todo es achacable a los últimos y revolucionarios inventos, sino a un cúmulo de factores entre los que encontramos los arriba indicados y algunos más que cada uno de nosotros tengamos en consideración.



No hay material escrito tan abundante como las cartas. De amor, amistad, de negocios, de tema político o filosófico, las cartas que se han cruzado entre personajes nos han llamado la atención cuando han salido a la luz y han sido publicadas. Qué escritor, científico, pensador, político, artista o personaje conocido no ha escrito estas misivas y han sido publicadas años después despertando el interés del público lector. Algunas de estas cartas son las protagonistas de esta publicación.
Más de mil cartas inéditas escritas por Julio Cortázar entre 1937 y 1984 forman la extensa colección que se publicó con el explícito título de Julio Cortázar. Cartas y que por su abundancia ha sido publicada en cinco volúmenes en una edición que ha corrido a cargo de Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga.
Incansable escritor epistolar para sus amigos y familiares, sus cartas pueden leerse como esa colección de cartas que es o servirnos para conocer a la persona, como si se tratara de un diario personal, una autobiografía o cuaderno de anotaciones sobre sus obras. Nos acercamos al quinto y último volumen, Julio Cortázar. Cartas (1977-1984) y una carta dirigida a María Luisa Perdomo, profesora en la Universidad de Bonn y la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, donde ha mostrado su interés por la crítica literaria y su admiración por escritores como el propio Cortázar.
Escrita en enero de 1977, la carta que nos acompaña refleja el poco interés y capacidad del escritor argentino hacia la crítica, tanto de sus obras como de las ajenas y la admiración hacia Perdomo, a la que no conoce personalmente, por cómo se adentra en esa faceta.


Con esta paulatina desaparición del género epistolar hemos ganado en inmediatez y agilidad, aunque también hemos perdido en otros aspectos.
El tiempo que transcurre entre el envío de una carta y la llegada de su respuesta genera una evocación y un deseo de recibirla, mientras la mente va generando expectativas y posibles respuestas. 
Además, escribir una carta supone un proceso complejo en el que la voz interior de quien escribe entra en diálogo con su interlocutor. Sus pensamientos, ideas y sueños, además de sus ilusiones, dudas o emociones se convierten en palabras que se mueven entre lo público y la intimidad, entre lo que se pude contar a otros y lo que entra en el ámbito de lo privado. 
En el fondo, todos hemos participado de estos sentimientos al escribir cartas, pero también al ilusionarlos cuando las recibíamos, al descubrir que el cartero nos las entregaba, observando los sobres: si tenían ribetes del correo aéreo porque venían del extranjero, si nos habían puesto algún detalle personal escrito o dibujado en el exterior, una clave de complicidad para con nosotros. Considerar, antes de abrirla, que alguien había dedicado unos minutos a pensar en nosotros, que había buscado papel y bolígrafo, se había sentado ante una mesa, había buscado sobre y sello y la había llevado a un buzón, ya significaba que le importábamos y teníamos importancia en su vida.


También en la música encontramos tanto alusiones a las cartas como presenciamos escenas en la ópera en las que estas son protagonistas o, cuanto menos, realizan una función en el desarrollo de la historia.
La primera de las escenas que nos acompaña, y que nos sirve como preludio, pertenece a La nozze di Figaro (literalmente Las nupcias de Fígaro o, como aquí la conocemos Las bodas de Fígaro), una de las obras maestras de Mozart.
Quizás aquí es más una nota para una cita que una carta, aunque cumple la misma función que esta y es un delicioso dúo en el que la Condesa de Almaviva dicta la nota, mientras su criada Susana escribe de su propia letra. La cita es para un encuentro con el propio Conde que, supuestamente será con la criada, en el jardín de la casa, aunque quien acudirá será la condesa. Un genial juego de engaños y enredos en el que Mozart nos sumerge. 
Este duettino (un dúo breve) Che soave zeffiretto (Qué suave céfiro), alude a la brisa del atardecer y pertenece al Acto III de la ópera. Está escrito para dos sopranos con acompañamiento de cuerdas, oboe y fagot y se desarrolla en Tempo Allegreto y en él Mozart nos muestra su dominio del estilo de conversación.
El duettino comienza con la condesa dictando el título y el mensaje de la nota, mientras Susana va intercalando a ese dictado la repetición de cada palabra, como si fuera un eco, hasta que cantan al unísono separadas en terceras y continúan como al inicio.
La interpretación, que hemos insertado en el blog en una ocasión anterior, corresponde a Renee Fleming como la Condesa y Cecilia Bartoli como Susana y pertenece a una representación que se grabó en el Metropolitan Opera House de New York en 1998 con la dirección del entonces imprescindible James Levine. Una delicia.



Coger el bolígrafo, tocar y rasgar con nuestra escritura el papel y dedicar por un tiempo el pensamiento al destinatario genera una energía especial que se transmite en cada carta que se escribe. Personalizarla con una elección concreta de papel o un sobre especial, añadir algún detalle en el margen de la escritura o introducir algún pequeño objeto personal con significado sentimental convierten una carta en algo muy especial, que la convierte, además de un mensaje personal, en un objeto físico que ha sido configurado por la mente y las manos de una persona y que llega a las de otra con la que se consolida una relación especial.
De esta manera, en To the letter, Simon Garfield afirma que «existe una integridad en las cartas que no existe en ninguna otra forma de comunicación escrita», mientras Virginia Woolf cree rotundamente que escribir cartas «es el arte más humano, puesto que hunde sus raíces en el amor a los amigos».



Si la primera carta que nos acompaña trataba sobre la crítica, esta segunda está escrita con el fin de mostrar el camino que un escritor debe seguir, buscando en sí mismo, para alcanzar su propia voz, aquella que le dé personalidad y lo diferencie de otros escritores.
Rainer María Rilke está considerado uno de los poetas más importantes e influyentes de comienzos del siglo XX por su estilo preciso, su imágenes simbólicas y unas reflexiones que se acercan a lo espiritual.
Publicado pocos años después de la muerte de su autor, Cartas a un joven poeta tuvo durante dos décadas un único lector, el escritor Franz Xaver Kappus, que las recibió entre 1903 y 1908, desde los diversos lugares donde el escritor praguense vivió su vida itinerante tras distintos mecenas que lo acogieron.
Escritas en un momento en que Rilke se acercaba una poesía cercana al mundo de la materia y las formas frente al anterior más ensoñador e íntimo, las diez cartas que conforman este volumen nos muestran las ideas del escritor, sus fuentes de inspiración o sus meditaciones sobre la soledad en la que debe sumirse la creación literaria.
Publicada por el propio Kappus tres años después de la muerte del poeta, a la que aludimos en Las rosas de Rilke. Dirait-onBriefe an einen junge Dichter (Cartas a un joven poeta) es un libro cuyo título podría haber sido Cartas al aprendiz de hombre, porque ese es el tema que trata en sus reflexiones: Cómo ser lo que estamos llamados a ser, cómo entrar en contacto con la energía que tenemos en nuestro inconsciente, o cómo transformar esta conciencia en una conciencia poética y creadora que nos permita captar la grandeza y la belleza de lo que nos rodea, para que los términos «hombre» y «poeta» sean un solo término.
Nos adentramos en las reflexiones que Rilke dirige a su joven aprendiz de hombre con la primera de las cartas que le dirigió, una invitación a que mire hacia su interior.




Con el paso del tiempo, esas cartas escritas y guardadas con pasión y deleite por quienes las recibían, han dejado de ser privadas entre quienes las escribían y las leían y han llegado a publicarse. De esta manera surgió la literatura epistolar, ese tipo de publicaciones que, por un lado recogen las cartas que se cruzaron entre distintos personajes dignos de interés, mientras en otra opción, conforman una trama novelesca a partir de la sustitución del narrador convencional por cartas que ayudan a formar la historia. En la primera de estas opciones nos estamos centrando en esta publicación, mientras, la última tendrá otro momento en el blog. 
En esta literatura epistolar, como algunas muestras que estamos leyendo en esta publicación, mostramos esa capacidad que poseemos para curiosear en las vidas ajenas, para escrudiñar en la voz interior de una persona que dialoga con otra, adentrarnos en un rincón de su ser que se mueve entre la privacidad y la discreción, pero nos muestra algunos indicios de un pensamiento que hemos apreciado en algunas de sus obras y creaciones por las que los admiramos.
A través de estas cartas tenemos acceso a un espacio íntimo, personal, a un lugar y una mente reservados a la privacidad del autor, sobre el que podemos llegar a pensar que estamos invadiendo un ámbito que no se estaba abriendo para nosotros, sino para otro destinatario. No obstante, poseen el atractivo de acercarnos la comprensión de la persona que hay detrás del personaje y sus acciones.


Si la primera de las músicas que nos acompañan tiene ese aire desenfadado que le otorga Mozart, en la segunda, nos centramos más en la profundidad que transmiten los mensajes plasmados en las cartas y en los sentimientos que provocan en sus destinatarios.
Basada en Las desventuras del joven Werther de Goethe, Jules Massenet estrenó en la Staatsoper de Viena su ópera Werther en febrero de 1892. Con un libreto de Édouard Blau, Paul Milliert y Georges Hartmann y dividida en cuatro actos, esta ópera supuso la consagración del sentimiento romántico que se estaba gestando en Alemania.
En el inicio del Acto III, Charlotte relee en su casa en la tarde de Nochebuena las cartas que Werther le escribió, interrogándose sobre cómo se encontrará el joven poeta y cómo ella tuvo la fuerza necesaria para alejarlo y seguir el noviazgo que le fue impuesto con Albert. Es el conocido Aria de las cartas o Aria de las lágrimas: Ces larmes! Ces lettres! (¡Esas lágrimas! ¡Esas cartas!).
La mezzosoprano letona Elina Garança, una de las voces más consolidadas en nuestros días, interpreta esta versión del Aria de las cartas del Werther de Massenet en una versión con subtítulos en castellano publicada por la televisión austriaca ORF 2.


Las cartas que encontramos en la literatura epistolar muestran el atrevimiento y la sinceridad de quien escribe única y exclusivamente para una persona, lejos de miradas extrañas e indiscretas, una idea radicalmente distinta que cuando se escribe una obra para un gran público.
Los libros epistolares tienen en nuestros días un gran aceptación, puesto que muestran el discurrir y, en algunos casos, la evolución del pensamiento y la relación entre quienes escribieron esas misivas y sus destinatarios. Para los lectores son fáciles de leer, ya que se pude interrumpir la lectura al finalizar cualesquiera de las cartas sin perder el hilo de una narración por capítulos y nos permite entrar como privilegiados espectadores en la intimidad de los personajes y las relaciones que han entablado 



La última de las cartas nos acerca a un universo onírico, aunque en forma de pesadilla, casi como el de toda la obra de su autor, uno de los más emblemáticos del siglo XX y uno de los escasos que han incorporado su nombre a nuestro vocabulario con el adjetivo kafkiano como símbolo de una situación que es absurda y angustiosa.
Kafka conoció a la periodista Milena Jesenská en un viaje que ella realizó a su Praga natal desde Viena, donde residía con su esposo en un matrimonio que se estaba que se estaba disolviendo lentamente. Durante ese encuentro, que se produjo en un café, Milena le propuso al escritor traducir al checo algunos de sus relatos. Así comenzó una relación que se desarrolló entre dos ciudades, algunos encuentros esporádicos y una correspondencia que ayudó a mitigar las distancias que los separaba, convirtiéndose en documentos que atestiguaron el desarrollo de una relación tan particular. 
Pocas veces se vieron hasta que Kafka viajó a Viena donde pasó cuatro días con Milena, unos días que el escritor contaba entre los más felices de su vida y que supusieron el cénit de la relación entre ambos. De la misma manera que los amores entre Werther y Charlotte, el de Kafka y Milena fue eminentemente epistolar.
La correspondencia entre ambos se desarrolló entre abril de 1920 y diciembre de 1923, pocos meses antes del fallecimiento del escritor. Milena, falleció veinte años más tarde en el campo de concentración de Ravensbrück.
Editadas por primera vez en 1952 por Willy Hass con el título de Briefe an Milena. Franz Kafka (Cartas a Milena. Franz Kafka), se recogen las misivas que el escritor dirigió a su traductora y amiga. En la edición definitiva de 1983 de estas Cartas a Milena se añaden las ocho cartas que Milena dirigió a Max Brod, el amigo y albacea de la obra de Kafka, aquel que la publicó desoyendo la orden de destruirla; además de la necrológica que Milena publicó a la muerte del escritor. Todas las cartas de Milena a Kafka han desaparecido, por lo que esta colección se muestra en una única dirección, sin conocer las respuestas y reacciones que las cartas del escritor provocaron en su amiga.
Leídas todas, tienen el aire de una novela, un relato de amor apasionado a la vez que desesperado, donde se trasluce una relación que comenzó por intereses literarios y poco a poco se fue convirtiendo en sentimental.
La carta que nos acompaña fue escrita en junio de 1920 y muestran el miedo cerval que Kafka tenía hacia ese viaje a Viena que se citaba anteriormente, que supuso el punto álgido en la relación y marcó un enfriamiento y distanciamiento tras el regreso. Como si de uno de sus kafkianos relatos se tratara, la carta narra una pesadilla que el escritor tuvo en aquellos inquietos días.




En ocasiones nos gusta asomarnos al pasado y contemplarlo con ojos benévolos, como si se tratara de un lugar mejor que el presente. Lo decía Jorge Manrique en las coplas que escribió a la muerte de su padre: «Cómo a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor», una frase en la que, con cierta frecuencia, olvidamos su primera parte y nos aferramos a la segunda.
Así, si nos lo llegamos a plantear, nos debatimos entre la profundidad de dedicar un tiempo al otro o la espera de las cartas por envío postal y los rápidos y eficientes envíos por correo electrónico. ¿Podemos llegar a añorar las cartas porque han desaparecido y sólo pertenecen a un pasado nostálgico? 
Cuando tenemos a nuestro alcance la posibilidad de personalizar nuestras comunicaciones con la eficacia de los mensajes de voz, fotografías, vídeos o conexiones con imágenes desde cualquier lugar del mundo, ¿podemos anhelar buscar una mayor complicidad con quienes nos comunicamos, dedicarles más tiempo en nuestros pensamientos y discursos?
Quizás la carta postal haya muerto, igual que los libros epistolares y pronto nos encontremos con libros que se basen en correos electrónicos, mensajes de WhatsApp u otro tipo, pero en nuestras manos se haya el poder profundizar más con las personas con las que nos relacionamos, sea cual sea el medio que utilicemos.
En nuestras manos está que las comunicaciones con aquellos a los que queremos, quienes nos importan como personas sean fluidas, ricas e intensas, evitando los formulismos impersonales, sean cuales sean los medios por los que las llevemos a cabo.



Del delicioso duettino de Mozart  y el Aria de las cartas del Werther de Massenet pasamos a una escena con cartas mucho más dramática, un aria que, en ocasiones, escuchamos fuera del contexto en que está escrita.
Una de las obras maestras de Giacomo Puccini, Tosca, muestra en su último acto cómo la protagonista ha logrado del despreciable Scarpia la promesa de una falsa ejecución de su amado Cavaradossi. Éste, que no sabe nada, encerrado en el romano Castel Sant'Angelo, pide papel y pluma para despedirse definitivamente de su amante Tosca. La escena comienza con la pregunta Mario Cavaradossi? en boca del carcelero y continúa con el inolvidable aria E lucevan le stelle (Y brillaban las estrellas), una dramática y desconsolada despedida de la vida escrita en una agónica carta.


La interpretación corresponde al tenor alemán Jonas Kaufmann, uno de las grandes voces del momento en una representación que se realizó en la Bayerische Staatsoper de Munich en julio de 2010.

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Bibliografía y webgrafía consultadas:

Nunca llueve a gusto de todos

La lluvia es un bien necesario que forma parte de la vida del planeta, gracias a un ciclo incesante que la transforma y vuelve a utilizar incansablemente. En un planeta que nuestra corta mirada e imaginación ha llamado Tierra en lugar de Agua, las tres cuartas partes están cubiertas de este elemento, aunque en un altísimo porcentaje no se puede utilizar para las necesidades de la naturaleza o nuestra y debemos esperar el interminable ciclo de regeneración que incluye la presencia de las precipitaciones, en su mayor parte en forma de lluvia.
Como elemento fundamental para el desarrollo de la vida en nuestro planeta, la lluvia forma parte consustancial de nuestra existencia reflejando muchas manifestaciones artísticas su presencia entre nosotros. Casi tan abundante e innumerable como las gotas que caen desde las nubes, en la literatura, la música o el cine podemos recordar multitud de escenas que transcurren con la presencia de la lluvia, las tormentas e incluso interminables diluvios. 
¿Quién de nosotros no recuerda las interminables lluvias que anegaban Macondo, la multitud de poemas dedicados a la tormentas y precipitaciones o su presencia como un personaje persistente más que un decorado en tantas novelas de países lluviosos? 
¿Quién no se ha abrigado un poco más al verla en tanta películas, o deseado chapotear y bailar bajo ella como Gene Kelly?
¿Quién no la ha sentido al escuchar la música de Vivaldi con su aguacero veraniego, las tempestades de la 6ª Sinfonía de Beethoven, de Britten o las varias que compuso Rossini
Más cuando llueve nunca lo hace a gusto de todos. Intereses económicos, problemas de circulación, planes que se vienen abajo o, simplemente, gustos personales, hacen que la lluvia que tanto desean algunos otros la rechacen.
Te propongo un paseo por textos y músicas que nos acercan a la lluvia y nos evocan algunos de los sentimientos que nos invaden cuando entra en nuestras vidas. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!

Vincent van Gogh. Champ de blé dans la pluie (1889)

La lluvia forma una simbiosis con la naturaleza que se repite cíclicamente, aunque no con la regularidad que los seres humanos deseamos y nos conviene. No suele disgustarnos la lluvia que cae suave y lentamente y penetra en la tierra para regenerarla, aunque nos aterran las precipitaciones intensas y repentinas que destruyen cuanto encuentran a su paso.
En sus diarios se recogen las confidencias que Kafka se realiza a sí mismo. Publicados anteriormente en distintas ediciones, Diarios & Carta al padre es un libro que recoge la primera edición íntegra en nuestro idioma de los Diarios de Kafka, sus Diarios de viaje y la famosa Carta al padre, una obra que amplía los primeros escritos de este tipo que su amigo Max Brod publicó en 1950, como ya sabemos, en contra de la voluntad del autor que determinó que fueran destruidos sus escritos.
En Los diarios de viaje, el escritor checo recogió en sus reflexiones sus impresiones de los pocos viajes que realizó. En el viaje de Weimar a Jungborn realizado entre junio y julio de 1912 recoge las sensaciones que la lluvia le produjo en esos días de verano, unas sensaciones que podemos sentir como propias.


Son innumerables las canciones tanto populares como de la música que solemos denominar clásica que la lluvia ha inspirado, aunque por la vocación de este blog nos acercamos a una música escrita especialmente para la escena.
Retirado de la composición tras el estreno de su ópera Aida, amante confeso de la obra de Shakespeare, Verdi volvió a escribir una ópera dieciséis años más tarde, a partir de un libreto de Arrigo Boito
Otelo marca el regreso de Verdi que contaba con setenta y cuatro años para poner música a una de las grandes obras de su admirado dramaturgo.
Otelo comienza en la isla de Chipre en las afueras de un castillo con el mar al fondo. Al anochecer, entre relámpagos y truenos, los chipriotas esperan la llegada de Otelo el nuevo gobernador tras una batalla contra los turcos. El exitoso compositor, quien marcó el desarrollo de la ópera en la segunda mitad del XIX, utiliza todos sus recursos musicales con la ayuda del texto de Boito para mostrarnos, al comenzar la obra, una de las tormentas más magistrales de la música.


El coro Una vela...! seguido de Esultate! nos sumergen en la tempestad inicial de Otelo de Verdi en una producción del Teatro Alla Scala de Milán, dirigida por Riccardo Muti en 2001 con Plácido Domingo como Otelo y Leo Nucci como Yago.
Un desesperado coro espera con ansias la llegada de Otelo quien anuncia que la flota turca ha sido destruida con Esultate! L'orgoglio musulmano sepolto è in mar.


La lluvias torrenciales, propias de determinadas zonas como la mediterránea, el este asiático con los monzones o los ciclones que se generan en la zona caribeña para afectar al continente americano, pese a ser estacionales son irregulares en su condición, proporcionando en determinadas ocasiones más daños que beneficios, aunque cada vez se desarrollan más en cualquier lugar de nuestro planeta.
Premio Nobel de Literatura en 1961, Ivo Andrić fue un escritor y diplomático yugoslavo de origen bosnio que sufrió las vicisitudes de las dos guerras mundiales y se interesó en sus obras por la diversidad cultural, religiosa, étnica y humana de su Bosnia natal, además de profundizar y trasladar a sus escritos una historia cargada de influencias, invasiones, alternancias en el predominio y dramas sociales y particulares.

Ivo Andrić delante del puente que protagoniza su relato.

En Un puente sobre el Drina Andrić relata la vida de la ciudad de Visegrad, situada a orillas del río Drina desde que Mehmed Bajá mandara construir el puente en 1566 que uniera los territorios entonces musulmanes y cristianos, convirtiéndolo en testigo, juez, víctima y refugio de los conflictos humanos, bélicos y sociales que los habitantes de la ciudad, y por extensión Bosnia, sufrieron hasta el momento en que escribió la novela.
Protagonista importante en estos siglos de historia, también la lluvia aparece en las vidas de sus habitantes con sus trágicas inundaciones que devienen y son recordadas de modo singular de generación en generación y que, en un tiempo de desmemoria histórica como el que vivimos cada vez tienen mayor significado.


Si muchos compositores han abordado el tema de la lluvia, y con frecuencia el de las tormentas, Rossini es uno de los que con mayor asiduidad lo ha hecho. Basta recordar los temporales que introduce en El barbero de Sevilla, casi como un añadido por su gusto personal, en La Cenerentola y en su última obra Guillermo Tell que anticipa en la lluvia que aparece en su obertura.
Heredera de la tradición músico pluvial de finales del XVIII y comienzos del XIX, como Vivaldi o Beethoven, Rossini introduce en La Cenerentola (La Cenicienta) una tormenta festiva, deliciosa y felizmente ajetreada con esos elementos musicales y teatrales que dominaba a la perfección. 
Nos adentramos en este Temporale de La Cenerentola de Rossini en una representación que se llevó a cabo en la Den Norske Opera Osla de la capital noruega en enero de 2017 con producción de Stefan Herheim y una escenografía de Daniel Unger que evoca las representaciones del XIX con el eolífono, esa máquina que imita el sonido del viento, los decorados con un aspecto tan teatral, el globo aerostático que se alza en el escenario, los árboles que pasan corriendo, la artificiosidad del vestuario y los gestos de los intérpretes que encajan a la perfección con la música de Rossini y su espectacular sonido del temporal.


Pero si la lluvia paraliza como a Kafka o destruye como narraba Ivo 
Andrić, para muchos de nosotros es bien recibida, especialmente a los que vivimos en zonas del sur de Europa con precipitaciones siempre escasas. Los días de lluvia contagian la felicidad del regalo a la naturaleza y sentirla, venga como venga, es uno de los placeres que son más bienvenidos cuanto más escasos son.
Médico, escritor, periodista, diputado y ministro argentino en la década de 1880, Eduardo Wilde fue uno de los personajes que más influencia y controversia tuvo en la sociedad del país hispanoamericano.
Prometeo & Cia es un libro publicado en 1899 que se puede considerar a camino entre una colección de artículos literarios o de cuentos. Sus escritos cruzan la línea que separa -o une- el relato con el razonamiento filosófico o el ensayo con la prosa poética.


Uno de los textos más conocidos suyos incluidos en este libro es La lluvia, un relato que no sigue un argumento definido, sino que adopta un discurso entre lo narrativo, lo evocador y lo poético, una meditación sobre un fenómeno como la lluvia, que no sigue las secuencias del espacio o el tiempo.
En la publicación de la edición original Wilde escribe sin atender a reglas ortográficas que desviaba la atención hacia el texto en detrimento de la atención a la riqueza del cuento y su evocación, publicándose más adelante con las reglas habituales.
El texto que nos acompaña es un extracto de La lluvia, una apasionada apología del placer de disfrutar de la lluvia tras el calor del hogar, por momentos interesada frente a las consecuencias de quienes la padecen. En la parte final de la publicación se puede encontrar el enlace al cuento completo.


Como nunca llueve a gusto de todos, evocarla y sentirla desde la música es un placer que siempre nos apasiona, sea desde el tipo de música que sea, desde la popular hasta la de las salas de concierto.
Nuestra despedida es una creación de ese gran genio de las sensaciones que fue Claude Debussy y su obra para piano Estampes, catalogada como CD 108A y que se compone de tres piezas, Pagodes, La soirée dans Grenade (La tarde en Granada y Jardins sous la pluie (Jardines bajo la lluvia) compuesta en 1903. El gran pianista ruso Nicolai Lugansky la interpreta en un concierto celebrado en  2019 en Orbec de Calvados.
Pensando en la música sobre la lluvia que cada uno de nosotros deseemos, nos despedimos con esta evocación de Debussy.

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Bibliografía y webgrafía consultadas: