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29 dic. 2017

Seis campanadas para cambiar de año

"Grabad esto en vuestro corazón: cada día es el mejor del año".
Ralph Waldo Emerson

Cada final de diciembre nos trae la despedida y recibimiento de un año. Es como si marcáramos a fuego el cambio de calendario y tuviéramos que hacer borrón y cuenta nueva en algunas de nuestras costumbres, defectos o decisiones.
Unido a esto, hay cierta necesidad social de comenzar el año nuevo rodeados de personas y con ambientes divertidos, como si la felicidad, la ilusión o nuestros anhelos dependieran de este momento.
Esta ambivalencia de sentimientos que nos embargan los resolvemos en cada caso según nuestros gustos y circunstancias, con unas costumbres y usos que van desde las tradicionales doce uvas hasta las más ruidosas y multitudinarias celebraciones.
Te propongo unos minutos de reflexión a través de seis pinceladas a modo de campanadas sobre los sentimientos que nos ocupan antes y después de la entrada del año nuevo, con textos y músicas que van desde el deseo de celebrar estos momentos a los que no le dan más importancia. Nos acompañan el agudo ingenio de Mark Twain, un inusual estilo de Mario Benedetti, la desgarradora escritura de Julio Cortázar y la desenfadada música de Johann Strauss... y, sobre todo, un deseo: Que tengas un ¡Feliz año nuevo! Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!


Uno de los más populares y emblemáticos escritor americano del siglo XIX, posiblemente junto con Herman Melville (el autor de Moby Dick), fue Mark Twain. Creador de personajes como Tom Sawyer o Huckleberry Finn y autor de El príncipe y el mendigo o Un yanqui en la corte del rey Arturo, sus relatos nos evocan sobre todo la vida alrededor del Mississipi. Escritor de un extraordinario sentido para la observación de la conducta humana, un ingenio, una mordacidad y una ironía exquisitos, comenzó su andadura en el mundo de las letras escribiendo en periódicos locales y dedicó buena parte de su tiempo una vez consagrado como escritor a moverse por distintos escenarios impartiendo conferencias.



En el comienzo del año 1863 publicó en el periódico Territorial Interprise de Virginia City (Nevada) para el que escribía habitualmente el párrafo que nos acompaña.


Conocido como el Rey del Vals, Johann Strauss hijo es uno de los músicos más representativos de la Viena del XIX, una ciudad que acogió a compositores de la talla de Haydn, Beethoven, Schubert, Liszt, Brahms o Mahler. Continuador de la saga musical que comenzó su padre, aunque con la oposición de éste, junto con sus hermanos Joseph y Edouard, llegó a ser una de las personalidades de la segunda mitad del siglo en Viena. ¿Quién no ha oído algunas de sus polkas y valses como el del Emperador, El Bello Danubio Azul o los de la obertura de El Murciélago, o ha acompañado con palmas la marcha Radetzky?
Aunque especializado en este tipo de obras, a las que logró llevar a un elevado nivel de excelencia técnica sin renunciar a la alegría que transmitían, Strauss también compuso obras escénicas. Entre éstas destacan las operetas El Murciélago, El barón gitano o Una noche en Venecia.



Die Fledermaus (El Murciélago) es una comedia típicamente vienesa, basada en un libreto inédito escrito para Offenbach que Haffner y Genée adaptaron al gusto del compositor y las características de la capital austriaca. Se estrenó en abril de 1875 en el Theater an der Wien, ese recoleto espacio que está coronado con los relieves de Papageno y sus hijos por haberse estrenado también La flauta mágica de Mozart.
El Murciélago es una comedia con unos personajes que carecen de buenas intenciones y que disfrutan con el mal ajeno. El argumento es leve desde el punto de vista narrativo, con personajes que se engañan unos a otros, pero que dan juego para que una puesta en escena bien llevada y unos cantantes que sepan desenvolverse por el escenario den ocasión para una disfrutar de una experiencia espectacular y divertida.
Hace tiempo acudieron a un baile de disfraces el matrimonio Eisenstein y su amigo Falke que iba disfrazado de murciélago. En la fiesta bebió más de la cuenta y su amigo decidió gastarle una broma, dejándolo dormido en un banco en plena calle con su disfraz, convirtiéndose en el hazmerreír de los pilluelos y los transeúntes. Esta obra narra la venganza amistosa con que Falke devuelve la broma.
Los tres actos suceden en tres escenarios distintos: La casa del matrimonio Eisenstein, donde se traman las relaciones de infidelidad entre el esposo y Rosalinde; la residencia del príncipe Orlofsky, un príncipe ruso que da una fiesta entre canciones, bailes y champán; y la cárcel, en la que debe acabar Eisenstein según conocemos desde el primer momento, y que concluye, como imaginamos entre risas y brindis. Si quieres acceder a un resumen del argumento, puedes hacerlo en el enlace al blog de Fiorella Spadone
El enlace ofrece, en plena celebración en casa del príncipe Orlofsky, interpretado habitualmente por una mezzo-soprano, un brindis con champán, el rey de los vinos. Un momento musical y festivo a propósito para estas fechas.



El príncipe Orlofsky está interpretado por Doris Soffel, Adele por Hildegarde Heichele y Eisenstein por Herman Prey que son quienes realizan los brindis por ese orden. Les acompaña, sin cantar, Kiri Te Kanawa en una producción de Año Nuevo de 1983 bajo la dirección musical de Plácido Domingo en el Royal Opera House, Convent Garden londinense.


En los últimos años de su vida el poeta uruguayo Mario Benedetti se animó a escribir Haiku, ese género de origen japonés formado por tres versos de cinco, siete y cinco sílabas. La sensación del instante, la manifestación de la naturaleza y ser puerta de lo sagrado están entre sus características. Es un género que precisa concisión en la expresión y supone un sutil concierto entre el poeta y el espectáculo que nos ofrece el mundo, entre la meditación y la naturaleza.
Fruto de ese acercamiento a ese estilo japonés, Benedetti publicó en 1999 Rincón de haikus, un libro con más de doscientos de estos poemas en los que hace un personal acercamiento, más alejado de la naturaleza y más próximos a la condición humana.
De ellos, estos tres nos sirven como una nueva campanada para el cambio de año, mezclando el pesimismo con el optimismo y la mirada al incierto futuro, si modificamos en el último la palabra siglo por año, ya que mirar al cambio del primero se antoja aún visión muy lejana.



El acto segundo de El Murciélago y, por lo tanto la fiesta del príncipe Orlofsky, finaliza con el vals que da título a la opereta y que es solapado por las intervenciones de los personajes. Eisenstein quiere conocer quien es la invitada enmascarada, sin saber que es su esposa, su amigo de francachelas es el director de la cárcel a la que debe entrar y las campanas marcan las 6 que es la hora en que ambos, director y preso, deben encaminarse a la prisión para cumplir sus cometidos.
Se trata de una producción de la que desconozco más datos y que nos sitúa en el final del acto entre demasiados excesos por parte de los protagonistas.



En Bajo el crepúsculoJulio Cortázar recoge una serie de poemas que acumuló durante cerca de cuarenta años. Reunidos como un collage, sin orden, saltando de un tema a otro; de una sensación a un sentimiento; del aroma de una calle al paseo por un café; de la participación a la complicidad de los autores que amaba y significaban para él; desde un estilo más clásico -aunque decir esto de Cortázar nunca es acertado- a otro más experimental, lúdico y novedoso, donde recoge lo que ha quedado perdido en un rincón, lo que no encajaba en otro lugar. Bajo el crepúsculo es un libro donde confluyen y divergen, se cruzan y evocan sus opiniones, aficiones y recuerdos en un caos delicioso que es la última publicación del escritor.



De este libro, casi como una miscelánea es el poema Happy New Year que Cortázar fechó en la Nochevieja de 1951.



Para finalizar estas seis campanadas sobre el cambio de año, comparto un enlace de la interpretación de la obertura de El Murciélago que se realizó en el Concierto de Año Nuevo de 1989 con la dirección de un experto en esta opereta, el siempre elegante Carlos Kleiber. Como suele ser habitual en estas obras, la obertura recoge los temas más importantes de la obra y escuchándola no deja de recordarnos algún anuncio publicitario de sopas instantáneas.

 

Si lo deseas, puedes seguir en el enlace ¡Feliz año nuevo! el trozo escénico, quizás el más brillante de toda la obra, que transcurre entre el brindis y el vals en el final del segundo acto de El Murciélago.

Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!

2 comentarios:

  1. De Johan Strauss, había escuchado la pieza última que pones de El Murciélago, la obertura, es magistral y muy conocida, aunque me ha parecido muy animado el primer vídeo, esa pieza no la había escuchado. Todos los escritores que nombras son muy apreciados por mí, sobre todo, Julio Cortázar. Y lo que no sabía era que Benedetti había elaborado haikus, un tipo de estrofa que me encanta. Yo la he escrito y qué mejor que aprender de maestros como él.
    Asistimos, comentando tu introducción, a una especie de deslegitimación o desvirtuación del sentido de la Navidad, en detrimento de la ritualización festiva, el jaleo, la fiesta, el alcohol, lo púramente comercial y consumista. No es que esté en contra, lejos de criticarlo, allá cada cual con sus creencias y opiniones, lo que sí es cierto es que ni aun los más escépticos se libran de este derroche de vistosidad y carga navideña. A mí, particularmente, la navidad me encanta.
    Excelente post, Miguel.
    Un abrazo

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    Respuestas
    1. Hola Marisa
      El Murciélago es una opereta bastante divertida en su libreto y con todo el estilo musical de Johann Strauss.
      Las citas del post tratan de reflejar distintas opiniones sobre cómo nos acercamos al final y comienzo del año, los propósitos, las celebraciones, ritos y costumbres. Un poco como nos pasa a todos.
      Gracias por comentar, Marisa.
      Un abrazo :-)

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