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Cien años con Miguel (Delibes)

Ya lo he dicho a menudo, soy un cazador que escribe.
Miguel Delibes

El 17 de octubre de 1920 nacía en Valladolid Miguel Delibes Setién, quién llegaría a convertirse en uno de los más grandes escritores en lengua castellana del siglo XX.  
En 2020 se celebra el centenario del nacimiento de una personalidad que ha marcado una época en la literatura de nuestro idioma, reflejando en su obra una gran parte de la sociedad de su siglo, sus personajes, sus sentimientos y pasiones, incidiendo en un mundo que le apasionaba, el rural y el castellano, con sus gentes y su apego a una tierra que, poco a poco, se ha ido despoblando. 
Queremos dedicar esta publicación a recordar algunos textos de sus obras buscando así el propósito de volver a leerlas o, en su caso, iniciarnos en su lectura. No se trata de realizar un repaso exhaustivo de su obra, sino de evocar algunas de ellas, muchas de las cuales han trascendido al mundo de los libros para pasar al lenguaje cinematográfico, televisivo e, incluso, a las tablas de los escenarios.
Así, a partir de estos cien años transcurridos desde su nacimiento, tenemos la oportunidad y también la excusa de leerlo y pasear por una de las obras más completas y completas del siglo pasado. Pese al tiempo transcurrido, Delibes sigue con nosotros y, como quienes escriben de los grandes temas que se encuentran tras las pasiones humanas, podemos leerlo y encontrarnos con él y con nosotros mismos cuando queramos.
Siguiendo la vocación de este blog, buscando una excusa para unir la literatura y la música, nos acompañan algunas piezas vocales para rendir este homenaje.
En las redes podemos seguir algunos de estos hashtags hashtag y cuentas: #Delibes100, #Delibes, #DelibesALosCien, @MiguelFundación, @MiguelDelibes o @Delibes2020.
Te propongo un paseo por algunos textos de Miguel Delibes aprovechando que estos días se celebra el centenario de su nacimiento con la idea de acercarnos a su obra literaria. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!


Escritor, antes y durante su carrera literaria fue periodista, como caricaturista primero, para pasar a reportero de calle, redactor y finalizar como director de El Norte de Castilla hasta su dimisión. También obtuvo la cátedra de Derecho Mercantil, impartiendo clases en La Escuela de Comercio de Valladolid. Pero lo que más lo definía según él mismo era ser cazador. "Ya lo he dicho a menudo, soy un cazador que escribe".
Su carrera literaria comenzó en 1947 con La sombra del ciprés es alargada, una novela con la que obtuvo el Premio Nadal el año siguiente.
En esta novela, Delibes trata sobre los problemas existenciales del protagonista, reflejados en una época pesimista y gris como la postguerra en la que se desarrolla la obra como el momento en que esta se escribe. Pedro, el protagonista, va modificando su carácter optimista y alegre hacia la desesperación, la desolación y la angustia en los que vive rodeado desde que comienza a ser criado por su tío y don Mateo, su profesor. La amistad con Alfredo y su vida junto a Jane, una americana con la que se casa, le hacen salir momentáneamente de este círculo vicioso hasta que desaparecen definitivamente.
El primer texto que nos acompaña nos acerca a uno de los viajes de Pedro, quien conoce en Málaga al curioso Julián Royo, a quien encontrará ocasionalmente en sus viajes mientras está enrolado en la marina.

Miguel Delibes estaba emparentado con el compositor francés Léo Delibes, ya que su abuelo paterno Fédérick era sobrino del compositor. Así, por esta sencilla razón, nuestra primera obra musical procede del arraigo familiar, sin más relación antes de pasar a obras más cercanas a la vida y estilo literario del escritor vallisoletano.
Hace pocas publicaciones traíamos a este blog Coppelia, uno de los ballets de Delibes, mientras en esta ocasión nos acompañará un dúo de una de sus óperas, posiblemente el más conocido de todos. Se trata de Viens, Mallika, aunque es más conocido como El dúo de las flores del Acto I de la ópera Lakmé. La interpretación que nos acompaña procede de una grabación en estudio para el disco French Arias Opera y corre a cargo de Sabine Devieilhe y Marianne Crebassa con Las Siècles, todos dirigidos por François-Xavier Roth.


Cuando la sociedad española comenzaba a abrirse a nuevos pensamientos y la literatura buscaba nuevas estéticas con que afrontar ese aire renovado que se necesitaba que entrara, Delibes publicó Cinco horas con Mario en 1966, una novela original y sorprendente que renovaba el estilo. En ella, Delibes muestra una radiografía de la España de la época a través de los pensamientos de Carmen, la esposa del fallecido Mario, que fluyen con la naturalidad con que transcurren y van de una idea a otra en nuestra mente, ágil y mostrando la enorme capacidad del escritor para reproducir el lenguaje cotidiano a base de frases hechas, coloquialismos y lugares comunes.


En Cinco horas con Mario, durante el tiempo que Carmen vela a su marido, Delibes utiliza las frases que el difunto ha subrayado en la Biblia y que generan el pensamiento en su viuda con su monólogo interior. Así, se muestra también, esas situaciones que se reproducen en tantas convivencias, saber hasta qué punto se conoce a la otra persona, ese deseo de que la persona con la que se convive sea, en algunos aspectos como queremos que sea o cómo los demás influyen en sus actos y pensamientos.
Así, esta obra dio un salto fuera de la literatura y tuvo su recorrido en los escenarios teatrales y cinematográficos, como otras novelas de Delibes.


Conocido en el mundo del cine y la televisión, Antón García Abril (1933) es uno de los compositores más escuchados en nuestro país en estos medios durante varias décadas. Autor de la sintonía de El hombre y la tierra de Félix Rodríguez de la Fuente y un largo número de series televisivas, también puso música a algunas de las adaptaciones para la pequeña o gran pantalla de las obras de Delibes.
Nos acompaña con la canción No por amor, no por tristeza, en la coz de la soprano Estrella Cuello, acompañada al piano por Miguel Ángel Tapia.

 

Posiblemente Los santos inocentes sea una de las obras más conocidas de Delibes, quizás por llegar al gran público en la adaptación cinematográfica que realizó Mario Camus con Paco Rabal, Alfredo Landa y Juan Diego en los personajes principales, contando con la música de García Abril.
La novela retrata la Extremadura profunda de los años sesenta en la que la familia de Paco, el Bajo sirve sometida, casi en un régimen feudal, a la explotación de los dueños, siendo el señorito Iván quien los representa. Las figuras del citado Paco el Bajo, su esposa Régula y el hermano de ella, Azarías, un adulto encerrado en la mente de un niño, que hace más migas con su Milana bonita -una grajilla que le acompañaba a todas partes-  que con las personas, refleja un tiempo que parece haberse detenidos hace siglos y que, en aquellos momentos, aún perduraba. El lenguaje de Delibes se desdobla entre el narrador omnisciente y el lenguaje simple, coloquial y sencillo de los protagonistas, reflejando esa España profunda de la que salieron historias como las del crimen de Puerto Hurraco.


Hijo de un joyero alemán y madre española, Ernesto Halffter es el primero de una dinastía que ha dedicado su actividad creativa a la música. Autor precoz, su primera gran obra, Crepúsculo, la compuso con apenas quince años, lo que acabaría convirtiéndolo en el único discípulo de Manuel de Falla.
Halffter (1905 - 1989) compuso música sinfónica, de cámara, para la escena, canciones e incluso para el cine.
De entre su obra, nos acompaña en este paseo por la obra de Delibes con una de las canciones que compuso a partir de poemas de Rafael Alberti, La corza blanca.
La soprano Soledad Vidal, acompañada por el pianista Aurelio Viribay interpretan La corza blanca en un recital celebrado en Málaga en marzo de 2019.


Miguel Delibes contrajo matrimonio con Ángeles de Castro en 1946, un momento decisivo en la vida de ambos que, como es habitual, se abría con la incógnita sobre lo que sucedería entre ambos con el paso del tiempo. Fue Ángeles quien le animó a escribir y continuar posteriormente su carrera, hasta tal punto que las primeras obras fueron firmadas con el acrónimo MAX, donde las dos primeras letras representaban las iniciales de la pareja, mientras la incógnita era el futuro que se les depararía a ambos.
Tras una vida intensa juntos con siete hijos frutos de su relación, en 1974 falleció Ángeles dejando al escritor marcado por una profunda tristeza, un año después de que fuera admitido en la Real Academia Española de la Lengua para ocupar el sillón e, ingreso que no se produciría hasta 1975.
Después del fallecimiento de Ángeles y la publicación de nuevas novelas, no fue hasta 1991 en que Delibes publicó una obra que estuviera dedicada a su esposa. En Señora de rojo sobre fondo gris, Delibes compone un emocionado canto al amor de su vida. Un pintor sumido en una crisis de creación narra su vida a su hija en un nuevo monólogo que, además de homenaje a su esposa, es una suerte de exorcismo con el que saca el dolor sufrido por su pérdida. 


Se trata de una obra con tintes biográficos por la que transitan algunos conocidos de la época como Evelio Estefanía, inspirado en Julián Marías, César Varelli en César Alonso de los Ríos o Primitivo Lasquetti, basado en Francisco Umbral.
En Señora de rojo sobre fondo gris, Delibes dibuja en poco más de un centenar de páginas el contexto sociocultural y político de la España de 1975.
Verdadera inspiradora, animadora e instigadora de la vocación literaria de su esposo, Ángeles de Castro surge aquí, no ya como la esposa desaparecida, sino como un personajes femenino que sirve para encauzar un canto al amor de madurez, sereno, de toda una vida.


Compuesta por Antón García Abril a partir de un poema de José Viñals, nos acompaña Ciego de amor, una de las dos composiciones que forman Canciones para el recuerdo. La grabación pertenece a un registro del estreno mundial interpretado por la mezzosoprano Ana Häsler y el pianista Enrique Bernaldo de Quirós.


Publicada en 1998, El hereje es la última novela de Miguel Delibes. En un regreso al pasado, narra la vida de Cipriano Salcedo, dibujando un abigarrado retrato del Valladolid del tiempo de Carlos V por el que deambulan sus costumbres, los paisajes urbanos y rurales y sus gentes, la lucha entra la continuidad de la fe y los cambios en un momento en que los valores inmutables se tambalean. Los personajes se debaten -como ahora, como siempre- entre la lucha consigo mismos y con el mundo en que viven, en un relato duro por momentos que, en el fondo es una defensa de la libertad de conciencia, la tolerancia y las pasiones humanas.
El texto elegido se centra en el descubrimiento de el protagonista hace del placer de la lectura, algo que será determinante en el desarrollo de su vida.


Volvemos a buscar el acompañamiento de la música de Ernesto Halffter para continuar nuestro paseo por la obra de Delibes.
En esta ocasión se trata de la Canción de Dorotea, compuesta a partir del capítulo XXVII de la primera parte de El Quijote que comienza con las palabras ¿Quién menoscaba mis bienes? cantada por Cardenio y que ya trajimos a este blog en Cervantes y Shakespeare unidos por Cardenio.
La soprano María Zapata acompañada de nuevo por Aurelio Viribay al piano interpretó esta Canción de Dorotea en un recital celebrado en Ciudad Real en septiembre de 2016.


El último de los textos con el que hacemos este emocionado homenaje a Miguel Delibes, pretendiendo propiciar que desempolvemos esos libros suyos que tenemos en nuestras bibliotecas o adquirirlos para disfrutar con la lectura y el pensamiento de uno de los grandes creadores del siglo XX en nuestro idioma, nos lleva a una de sus primera novelas, El camino.
Publicada en 1950, es la tercera obra de Delibes, una suerte de libro, no de iniciación, sino en el momento previo a esa iniciación a una nueva vida, ese momento en que se intuye que acaba un momento de la vida y comienza otro, una obra que ha sido llevada al cine y la televisión en varias ocasiones.
Daniel, el Mochuelo va a ser enviado por su padre a la capital a estudiar el bachillerato, aunque el desea que, a sus once años, su vida siga ligada a la aldea, junto con sus amigos, los campos, los animales y sus vecinos.


La noche previa a la marcha, Daniel, el Mochuelo la pasa en desvelo evocando a Roque el Moñigo y Germán el Tiñoso por esos campos en que descubren la vida, el poblado cielo nocturno, la tierra, las costumbres de sus convecinos. 
Delibes refleja aquí ese momento que nos trae a la memoria un tiempo pasado de ensoñación, fascinante y nostálgico que sólo lo adivinamos cuando notamos que se nos está escapando. Esa mirada infantil, que no capta la realidad sino desde un particular e incompleto punto de vista, viene acompañada por una galería de personajes nítidamente dibujados, reconocibles por todos en las comunidades pequeñas y cercanas, y repleto de una fuerza y unas relaciones que, en ocasiones, viene repleta de un fascinante sentido del humor.
Con la presentación de uno de esos personajes que quizás nos recuerden a alguien y que no se nos irá de la memoria, la Guindilla mayor, finalizamos este paseo por la obra de Miguel Delibes con una socarrona sonrisa en nuestra cara y nuestro corazón. 

Nos despedimos definitivamente con otra canción de Antón García Abril perteneciente a Tres nanas para voz y piano compuestas en 1961. Acompañada por Nana de la Negra y Nana del niño malo, la última pieza que nos acompaña es la Nana de la cigüeña. Basada en un poema de Rafael Alberti, está interpretada por la soprano María Orán acompañada al piano por Chiky Martín.


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Bibliografía y webgrafía consultadas:

Las canciones grises

La línea que separa la literatura y la música es imperceptible en muchas ocasiones. Hay obras literarias que sentimos cargadas de música, pese a que no fueron compuestas para ser cantadas, de la misma forma que existen piezas musicales que se presentan ante nosotros y se sienten como verdaderos textos escritos.
En cuántas ocasiones ha habido un trasvase de medio, pasando ideas, argumentos y textos escritos a formar parte de obras musicales, desde canciones a óperas, ballets o composiciones meramente instrumentales. Si dedicamos unos minutos a pensarlas, podemos descubrir un enorme número de piezas que han pasado de un medio a otro como una forma natural de crecimiento y adaptación a un nuevo lenguaje. La mayor parte de las óperas han tenido ese proceso, pasar de un relato, una obra literaria, e incluso una tira de cómic -como ocurre con La zorrita astuta de Leos Janacek- a los escenarios. 
Pero el caso más frecuente de este tipo de transmutación se realiza con los poemas y su conversión en canción. Aquí es aún mayor el número de obras que somos capaces de recordar.

Te propongo un homenaje a todos esos poemas que se han convertido en canciones de la mano de dos autores únicos, Paul Verlaine y Reynaldo Hahn y sus Canciones grises. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!

Jean-Antonine Watteau. Paysage avec une cascade (1713-15)
Si hay un poeta maldito, ese es Paul Verlaine. Precursor del Simbolismo y del Decadentismo, es quizás el más auténtico escritor impresionista y el gran poeta francés del XIX junto a Victor Hugo.
A los siete años se instaló en París donde llegó a ser empleado del ayuntamiento, publicando su primer libro a los veintidós años, Poemas saturnianos (1866). Se trata de un poemario en que se descubre la influencia de Baudelaire o Hugo en los poemas más tempranos, mientras en los posteriores muestran su personal estilo de poeta refinado, secreto y confidencial, tamizado con ese poso angustiado que encuentra en cualquier experiencia o mirada. La referencia a Saturno procede de la astrología renacentista según la cual el planeta regía los temperamentos melancólicos, algo usual entre poetas.
Dividido en cuatro secciones, Poemas saturnianos refleja el lenguaje sutil y nebuloso de Verlaine: Melancolía, Aguafuertes, Paisajes tristes y Caprichos.
A Paisajes tristes pertenece el poema que nos acompaña: Chanson d'automne (Canción de otoño), unos versos que muestran la fusión entre el paisaje y los sentimientos, la melancolía y los recuerdos que se unen a la tristeza del otoño.
Cabe reseñar la anécdota que las dos primeras estrofas de este poema fueron utilizadas por los aliados para comunicar a la resistencia francesa del inicio del desembarco en Normandía.


Algo olvidado en la actualidad, Reynaldo Hahn Etxenagusia nació en 1874 en Caracas de padre judío alemán y madre venezolana de origen vasco. Con tres años su familia se trasladó a París donde el pequeño Reynaldo Hahn demostró sus dotes de niño prodigio. Con el paso del tiempo fue pianista, cantante, compositor, coreógrafo, crítico musical y director de orquesta. Autor de muchos ballets, operetas, comedias musicales e incluso bandas sonoras, en la obra de Hahn destacan especialmente sus canciones. 
Nacionalizado francés en 1909 participó como voluntario en la Gran Guerra, aunque su ascendencia judía le valió la censura de los nazis en su trayectoria profesional durante la II Guerra Mundial, siendo nombrado tras la misma director de la Ópera de París. Amigo de Sarah Bernhardt y Marcel Proust -de quien fue amante-, Hahn era uno de los alumnos predilectos de Massenet y cuñado de Madrazo, llegando a vivir en Madrid durante un tiempo.


Continuador de la tradición musical francesa de la chanson, el equivalente galo del lied alemán, de entre sus composiciones destaca el ciclo Chansons grises editado en 1893 sobre poemas de Verlaine.
La primera de las canciones del ciclo es la anteriormente mencionada Chanson d'automne que nos acompaña en el siguiente enlace interpretada por la mezzo-soprano  Anne Sofie von Otter perteneciente a su disco Douce France de 2013.


Tras una crisis que le produjo el amor no correspondido con su prima Élise Moncomble, Verlaine alcanzó una breve estabilidad emocional con su matrimonio con Mathilde Mauté, que fue dramáticamente sustituido por sus relaciones con Arthur Rimbaud con quien viajó por Bélgica y Gran Bretaña. En julio de 1873 disparó a Rimbaud ante la amenaza de este de abandonarle. Tras pasar dos años en prisión, salió tras haber recobrado la fe en el catolicismo.
Poco antes del encuentro entre los dos poetas, Verlaine publicó Fiestas galantes (1869), una colección de veintidós poemas breves, coherentemente homogéneos, con paisajes y figuras que se mueven entre los trazos borrosos y difuminados del poeta. Aquí utiliza tipos de la Commedia dell arte italiana, la pintura de Tiépolo y recursos de la pintura galante francesa del siglo XVIII. Esta colección pasó sin pena ni gloria hasta pocos años antes de la muerte del poeta en que volvió a ser tomada en consideración por los lectores.

Jean-Antoine Watteatu. L'assemblé dans un parc (1717)

En sourdine (En sordina) es un poema inspirado en música en tono menor, con un ambiente calmado, tranquilo de versos heptasílabos, inspirado por la pintura de Watteau Assemblée dans un parc. El poeta pasea con su amante fusionado en la calma del día, transmitiendo la sensación de lo impreciso en que los personajes desaparecen, solo cuenta el espíritu, como cuando se empieza un viaje hacia la nada, quizás a un mundo desconocido, irreal, sin pensar, en el que no hay tiempo ni espacio. Al final encontramos la oscuridad de la noche y un ruiseñor que cantará a la desesperanza.



En Chansons grises, Reynaldo Hahn recopila siete poemas de Paul Verlaine extraídos de distintos poemarios y que reflejan, en esencia, el estilo y la temática del escritor maldito.
Las canciones que lo forman son:
Chanson d'automne
Tous deux
L'allée est san fin...
En sourdine
L'heure exquise
Paysage triste

En ellas, Hahn muestra su refinamiento y elegancia como compositor, el distanciamiento emotivo que defendía en el arte, así como la evocación de lugares y recuerdos que marcan la estética impresionista, logrando una fusión perfecta entre la música y la poesía de Verlaine.
En sourdine se muestra un ambiente que aún es de amor ligero no exento de frivolidad que irá desapareciendo en las composiciones siguientes. 
La interpretación corresponde a una actuación en directo de Phillippe Jaroussky, quizás el mejor contratenor de la actualidad, acompañado al piano por Jérôme Ducros.


Fue el propio Paul Verlaine quien acuñó el término Poetas malditos, una denominación que se puede aplicar más a su persona que a los escritores a los que se refería. Su vida se vio marcada por el escándalo cíclico y continuo. Borracheras, peleas, amores prohibidos, condena y cárcel por intento de asesinato marcan su biografía desbaratando su interés por consagrarse como un poeta cristiano y un referente en la literatura.
Así, su obra ha sido objeto de un interés contradictorio e irregular entre el público por su personalidad inestable, independiente y controvertida. Poco duró ese efímero momento para un escritor que mientras crecía su fama caía en la más triste de las miserias, pasando el tiempo entre cafés y bares y el hospital, como refleja en obras como Mis hospitales y mis prisiones. En 1894 lo nombraron Príncipe de los Poetas, falleciendo demacrado y prematuramente envejecido dos años después con cincuenta y un años de edad.


Mucho antes, en 1869, en pleno proceso de romance con Mathilde, publica La buena canción, un libro que se puede considerar una particular crónica de su noviazgo, aunque no haya un relato de hechos o personajes. La obra se estructura en dos planos paralelos: los estados de ánimo por los que pasa el propio protagonista y el proceso que plantea el conflicto entre el bien y el mal, con una sutil referencia al paso del tiempo y su reflejo en las estaciones. 
Ese proceso psicológico que va del entusiasmo por la declaración amorosa a la culminación de la relación, las dudas que producen la distancia y el reencuentro, junto con el debate moral ponen a Mathilde -a quien nunca nombra- en el eje sobre el que gira la obra, siendo su presencia una esperanza de salvación. El libro de desarrolla entre continuas oposiciones: ella y el bien frente a él, su pasado y sus continua recaídas; ambos como un único ser frente al mundo, como aislados en su amor como en un bosque oscuro.
En esta contradicción se desarrolla uno de los poemas más logrados y conocidos de Verlaine, L`heure exquise (La hora exquisita) que refleja ese entusiasmo amoroso, la serena melancolía que intenta capturar esos momentos que se saben irrepetibles. El poeta refleja la apacible quietud, la belleza de la naturaleza que sirve de nuevo como metáfora de sus propios sentimientos para definir y nombrar uno de esos momentos como la hora exquisita.


Poseedor de una hermosa voz, con frecuencia solía cantar Reynaldo Hahn sus composiciones acompañado del piano, siendo considerado una de las figuras destacadas del impresionismo musical junto con Debussy y Ravel.
De todas las canciones que forman el ciclo es, con toda seguridad L'heure exquise la más conocida y en la que la perfecta unión entre poema y música se acerca más a la perfección. Aquí, el acompañamiento crea un delicado ambiente con el uso de las prolongadas ligaduras en la melodía de la voz. Se cuenta la anécdota de que esta canción llegó a conmover tanto a Paul Verlaine que hizo le llorar de emoción.
La interpretación con la que despedimos este paseo y, a la vez, homenaje por la obra de Verlaine y Hahn tienen una lujosa interpretación. De nuevo es Phillippe Jaroussky, acompañado también al piano por Jérôme Ducros canta L'heure exquise en un concierto que se celebró en el Festival de Verbier en julio de 2009.


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Bibliografía y webgrafía consultadas:

E.T.A. Hoffmann y la muñeca de Coppelius

Hubo un tiempo en que la investigación, los descubrimientos y los inventos prometían avances, pero a la vez se veían con miedo a sus desconocidas consecuencias. Quizás se parezcan a otros muchos.
A partir del siglo XIX algunos relatos e historias estaban poblados por el miedo y el terror hacia lo desconocido. La ciencia y los inventos que traían consigo, además de avances en la psicología, la medicina o en otros campos, abrieron una caja de pandora en la imaginación de la población que los autores encauzaron a nuevos géneros literarios como las novelas de ciencia ficción o de terror. 
Algunos autores fueron abriendo caminos desconocidos hasta entonces y llevaron su influencia a sus contemporáneos y a nuevas generaciones como el caso que nos acompaña en esta publicación.
Te propongo un paseo sobre uno de los relatos de E.T.A. Hoffmann que sirvió como fuente de inspiración a distintas obras musicales. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!


A Ernst Theodor Wilhelm Hoffmann le apasionaba tanto la música que decidió cambiar el tercero de sus nombres por Wolfgang en homenaje a su idolatrado Mozart. Así que fue conocido artísticamente como Ernst Theodor Amadeus Hoffmann y, más brevemente, E.T.A. Hoffmann.
Nacido en 1776 en Königsberg, capital de la Prusia Oriental alemana hasta que pasó a formar parte de Rusia con el nombre de Kaliningrado desde 1945, Hoffmann sufrió las consecuencias de la separación de sus padres, siendo educado de forma estricta por su tío materno.
Aunque por tradición familiar su principal profesión fue la de jurista, su verdadera pasión lo llevó por todas las artes desde la música a la pintura, pasando por la literatura, la decoración o el diseño, siendo en su tiempo uno de estos creadores que en la cultura alemana se conoce como Totalkünstler (artista completo). E.T.A. Hoffmann vivió en varias ciudades donde alternó sus trabajos jurídicos -fue consejero de justicia del tribunal de Berlín- con otros como la dirección de algún teatro, la dirección de orquesta o el trabajo de arquitecto.
Pero lo que nos ha llegado con más fuerza hasta nuestros días es su obra literaria. Autor de varios libros -algunos como Las opiniones del gato Murr han pasado por este blog-, sus colecciones de relatos son las que han alcanzado más éxito y reconocimiento. Integrado en el segundo impulso del romanticismo alemán, la obra de E.T.A. Hoffmann se desarrolló en un corto periodo de tiempo, desde su primera publicación en 1814 hasta su fallecimiento en 1822 antes de cumplir los cincuenta años, desarrollando una visión innovadora que se adelanta a los movimientos artísticos, siendo una influencia notable para muchos autores posteriores. 
En 1818 publicó Nachtstücke (Cuentos nocturnos), una colección de relatos en la que se incluye un cuento escrito el año anterior, Der Sandmann (El hombre de arena), un relato que podríamos clasificar como un precedente de los relatos de terror gótico en que lo psicológico tiene una presencia fundamental en el interior del protagonista. 
El protagonista Nataniel perdió a su padre cuando era joven, un recuerdo que asocia a la historia del hombre de arena con que su progenitor hacía que él y sus hermanos se fueran a la cama antes de que llegara amenazador.
El profesor Copellius -o quizás el vendedor Coppola, quién sabe-, el profesor universitario Spalanzani y su peculiar y adorable hija Olimpia forman parte fundamental en el desarrollo del relato.
Así relata Nataniel en una carta a su amigo Lotario la primera visión que tuvo de Olimpia. 


Este cuento ha sido fuente de inspiración para algunas obras musicales. Con seguridad, la primera de las ocasiones en que se utilizó el argumento de El hombre de arena fue para un conocido ballet del francés Léo Delibes. Con un libreto de Arthur Sain-Léon y Charles Nuitter y coreografía del primero. En mayo de 1870 se estrenó el ballet con el nombre de Coppélia en la Ópera de París con una prometedora protagonista, Giuseppina Bozzachi que solo contaba con 16 años de edad.
Coppélia es el nombre que dan en el ballet a la muñeca creada, en esta ocasión no por Spalanzani, sino por el misterioso Doctor Coppelius. La historia se desarrolla en un pueblo en el que el joven Franz -ya no es Nataniel- queda prendado de la autómata bailarina, olvidándose de su amada SwanhildaAquí, el color oscuro, casi tenebroso del cuento da paso a un color alegre, desenfadado, de comedia. 
Con una música que casi con seguridad es conocida, aunque puede que no reconocida, por todos, este primer enlace nos muestra el vals lento conocido como Swanhilda's Waltz del Acto I con la gran bailarina Natalia Osipova en la llamada Variación Osipova, creada por ella misma. El baile de la muchacha se desarrolla ante la mirada de la estática joven en la ventana del doctor Coppelius a la que quiere llamar la atención con sus movimientos sin conseguirlo. La interpretación está acompañada por la Orquesta del Royal Opera House de Londres con la dirección de Mark Ermler.


Los relatos cortos se prestan a entrar en el terreno que más atrae a E.T.A. Hoffmann, el relato fantástico en el que entran aspectos tan diferentes e innovadores como la magia, la cábala, el magnetismo animal, la psicología o la psicopatía, además de la medicina, que indagan en los avances y descubrimientos o el miedo que algunos de ellos producían en los lectores por las desconocidas consecuencias que pudieran acarrear en un futuro. La desbordante imaginación, el domino del idioma y de los resortes que subyacen en el lenguaje literario hace que su obra haya trascendido a su época y haya tenido tantos seguidores.
Un año antes de escribir El hombre de arena, Hoffmann comienza a celebrar reuniones con amigos y compañeros sobre la literatura, las Serephinen-Abenden (Veladas seráficas) que en unos años se convierten en Die Serapions-Büder (La Confraternidad de Serapión).
En El hombre de arena, Hoffmann mezcla el recurso de las cartas que se cruzan los protagonistas con el relato de un narrador en tercera persona. Así, va presentando la historia de Nataniel desde la visión subjetiva de quienes escriben la correspondencia a sus amigos. No es hasta que conocemos algo sobre ellos cuando el omnisciente narrador se decide a plantear a los lectores el comienzo de su relato a media res -a la mitad de las cosas- como él mismo dirá, de una forma tan particular como esta.


Coppélia se desarrolla desde el lado amable de la historia: la muñeca del Doctor Coppelius que interrumpe la apacible vida del pueblo. Mientras Franz deja de fijar su atención en Swanhilda y centra su curiosidad en el extraño doctor y su corazón comienza a palpitar por la estática muchacha, la joven desdeñada toma la iniciativa y, con sus compañeras, irrumpe en el piso de Coppelius. Allí descubre que la muchacha es en realidad una muñeca y ante un Franz que ha sido dormido por el inventor, ella misma se hace pasar por la muñeca, haciendo creer a Coppelius que su creación es capaz de tomar vida propia. 
Todo se presenta desde una óptica desenfadada, feliz y alegre, con un desenlace en consonancia con el desarrollo. Si obras como Frankenstein de Mary Shelley muestran el lado oscuro y sórdido del científico inventor que es capaz de crear vida, Coppelia presenta el lado liviano y ligero, como la otra cara de la moneda.
Quizás el lado más triste de esta historia venga con su primera protagonista. Cuando a sus dieciséis años Giuseppina Bozzacchi debutó con gran éxito en este papel se le auguraba una prometedora carrera. Una epidemia de cólera durante el asedio de París en el transcurso de la guerra Franco Prusiana truncó su carrera al acabar con su vida al cumplir los diecisiete años.
El enlace nos muestra el momento en que Swanhilda se hace pasar por la muñeca de Coppelius. La joven está interpretada por Marianela Núñez y el doctor por Gary Avis en una producción del Royal Opera House de Londres.


En un periodo de unos quince años se publicó toda la obra literaria de E.T.A. Hoffmann, desde su primer volumen de relatos Fantasiestücke in Callots Manier (Piezas fantásticas a la moda de Callots) aparecido entre 1814 y 1815, su primera novela Die Elixiere des Teufels: Nachgelassene Papieers der Bruders Medardus, einer Kapuziners (Los elixires del diablo. Papeles póstumos del hermano capucnino Medardus) cuyo título inspiraría a Dickens para Los papeles póstumos del Club Pickwick. A estas obras le siguió la citada Nachtstücke que incluye El hombre de arena en el bienio siguiente, hasta completar una veintena de obras entre colecciones de relatos cortos y novelas. No olvidemos que el ballet El cascanueces de Tchaikowsky parte de su relato Nussknacker und Mausekönig (El cascanueces y el príncipe de los ratones) y hay casi una decena de óperas y ballets que se basan en relatos suyos.

Una vez Nataniel ha conocido a través de su ventana a Olimpia, cuando el relato parece centrarse en lo idílico y tranquilo, la imprecisa figura de Coppola/Coppelius vuelve a entrar en escena de un modo inquietante.


La obra de E.T.A. Hoffmann ha servido como fuente de inspiración para muchos compositores. Además de la Coppélia de Delibes o El Cascanueces, podemos encontrar ideas suyas en Don Pasquale de Donizetti o en obras de Bellini e incluso algunas ideas en Wagner.
Pero la ópera más conocida basada en textos suyos es Les contes d'Hoffman (Los cuentos de Hoffmann) de Jacques Offenbach, en la que el propio creador es el protagonista sobre el que gira la obra.
Dividida en cuatro actos, la obra se basa en varios cuentos de E.T.A. Hoffmann: El hombre de arena, El consejero Krespel y El reflejo perdido. La ópera se desarrolla en una taberna de Luther en Nurenberg en un intermedio de Don Giovanni de Mozart a la espera de la gran cantante Stella. Qué menos que un homenaje a Mozart, ya que, si Hoffmann cambió su nombre por él, Offenbach era conocido como El Mozart de los Campos Eliseos). Instigado por Nicklause y los parroquianos, Hoffmann relata en cada uno de los actos restantes tres de sus fracasos amorosos con Olympia, Antonia y Giulietta, para terminar reconociendo ante su musa que su fracaso en el amor le lleva a su completa dedicación a la literatura. 


El segundo acto se basa en la historia de Nataniel y su relación con la muñeca Olympia de El hombre de arena. Aunque no sigue el argumento del escritor alemán, el libreto de Jules Barbier recoge algunas ideas y escenas con una sugerente y sorprendente fidelidad al original.
No hay diferencia entre Coppelius y Copelio en la ópera y el personaje protagonista es el propio Hoffmann, apareciendo marginalmente Nataniel como un estudiante, mientras Spalanzani y su hija Olympia -aquí con y- desarrollan el mismo rol que en la novela. 
C'est moi, Coppelius (Soy yo, Coppelius) muestra cómo Offenbach adapta el encuentro anterior entre Nataniel y el doctor al escenario con la intervención de Nicklause, un personaje que interactúa durante toda la obra sobre la conciencia del protagonista. El desarrollo de la escena, como comentaba anteriormente, es similar al del relato.
El enlace que nos acompaña pertenece a una representación celebrada en el Teatro Nacional de Ópera de Praga en 2010 con el terceto C'est moi, Coppelius interpretado por el barítono Tomasz Konieczny como Coppelius, el tenor Marc Laho como Hoffmann y la contralto Atala Schöck como Nicklause.


E.T.A. Hoffmann es uno de esos autores que han tenido una gran influencia tanto entre sus contemporáneos como en autores posteriores, tanto del mundo literario como de otras disciplinas artísticas.
Ese lado oscuro al que se dirigen sus obras, el punto en que ciencia y futuro, psicología y mente buscan lo que pueden ser avances que mejoren el mundo en que vivimos, aunque con el peligro de encontrar la destrucción, aparece en obras de escritores como Edgar Allan Poe, Theophile Gautier o Kafka. Su obra es la otra cara de la moneda de lo que serán los escritos de Julio Verne.


Siguiendo la historia de El hombre de arena, asistimos a un momento cumbre en el relato, el momento en que Spalanzani presenta a Olimpia -así con i latina- en sociedad y la fascinación con que Nataniel la observa, en primer lugar tal como la percibe, más adelante con los objetos de Coppelius.


Una personalidad tan polifacética como la de E.T.A. Hoffmann no dejó de moverse hacia donde le llevaban todas sus pasiones. Como músico compuso una treintena de obras que van desde la sinfonía hasta la misa o el miserere, pasando por canciones, oberturas o músicas incidentales para obras teatrales, además de algún singspiel -esa ópera en idioma alemán en que se combina lo cantado con el recitativo- y colaboraciones en libretos.
Además, esa pasión y el conocimiento que tenía sobre la música los puso al servicio de su actividad como crítico musical, especialmente en la revista Allgemeine Musikalische Zeitung, uno de los semanarios más veteranos de su especialidad y que aún continúa editándose.
Sus críticas sobre las obras de Beethoven, por ejemplo, demuestran el profundo conocimiento que Hoffmann tenía de la música, la estructura de las obras y los cambios y avances que el músico iba introduciendo en sus composiciones, hasta tal punto que, tras un tiempo sin conocer estos artículos, el propio Beethoven llegó a admirar la importancia e influencia de la crítica e incluso algunas obras de Hoffmann.


La escena en que el escritor muestra la presentación de la autómata fue recreada con el mismo espíritu e intención en Los cuentos de Hoffmann por Offenbach en la que, casi con seguridad, es el aria más conocida de esta parte de la obra, el aria de Olympia -aquí con y-.
Ante los invitados, Spalanzani muestra a Olympia a quien todos ven y reconocen como una autómata, salvo Hoffmann que la ve como el ideal de mujer que le corresponde en su amor. Olympia canta para todos el aria Les oiseaux dans la charmille, una canción que tiene la doble dificultad de tener una tesitura compleja y con algunos agudos complicados y el hecho de que debe ser interpretada como si de una autómata se tratara.
El enlace nos muestra una interpretación de la soprano Katheleen Kim grabada en el Metropolitan Opera House de New York en 2009 y dirigida por James Levine.


Todo el esfuerzo y el trabajo desarrollado por E.T.A. Hoffmann comienza a dar sus resultados a partir de sus primera publicaciones de 1814. A partir de entonces, su éxito y su reconocimiento crecen de forma progresiva. Su sensibilidad para todos los temas artísticos, la necesidad de seguir indagando en el lado más oscuro de la personalidad y una vida poco ordenada hacen que su salud se vea afectada por el alcoholismo y algunas enfermedades, una situación de la que no pueden sacarlo ni sus amigos ni su familia. Con cuarenta y seis años se encuentra paralítico, es incapaz de escribir por sí mismo y necesita quien le escriba al dictado. En marzo de 1822 dicta su testamento y muere tres días más tarde en Berlín sin ver terminados algunos de sus escritos.


El hombre de arena continúa más allá de la relación entre Nataniel y Olimpia para terminar centrándose en los desvaríos producidos en la mente del primero por la presencia del profesor Coppelius desde el fallecimiento de su padre cuando era un niño hasta las apariciones que va teniendo a lo largo de su vida.
Centrándonos en el paralelismo entre relato y ópera, después de la presentación, Nataniel y Olimpia bailan juntos, mientras el enamoradizo muchacho va apreciando las cualidades de la joven... a su manera.


Cuando Offenbach se propuso componer Los cuentos de Hoffmann era consciente de que sería su obra maestra, la gran obra seria que culminaría una serie de operetas que bebían y vivían de la actualidad de la sociedad francesa, unas obras que indagaban en los resortes sociales para indagarlos, reírse de ellos y criticarlos. Se le consideraba solo un fecundo creador, autor de un alto número de obras menores aunque muy populares como Orfeo en los infiernos o La bella Helena.
Los cuentos de Hoffmann era su oportunidad de entrar a formar parte del olimpo de los grandes compositores y lo consiguió, aunque el tiempo luchaba en su contra. Entrando en los sesenta años de edad, Offenbach notaba que el tiempo se le escapaba y no terminaría su obra. Como Hoffmann, la obra de Offenbach quedó incompleta. Falleció en octubre de 1880, quedando la obra inacabada y Ernest Giraud terminó de orquestarla y le añadió algunos recitativos, estrenándose en L'Opéra Comique de Paris en enero de 1881 sin el acto correspondiente a Giulietta. Tras un incendio en que se perdieron las partituras, se encontraron las originales en pleno siglo XX, montándose la obra tal como se representa en la actualidad. 
Pero eso es otra historia.



El acto de Olympia, el primero de los que forman Los cuentos de Hoffmann, finaliza con el desengaño del protagonista. Será el primero de los fracasos amorosos de Hoffmann al que seguirán los de Antonia y Giulietta.
El desenlace de este acto comienza con Voici les valseurs... (Aquí están los bailarines...) en el punto en que dejamos el relato de El hombre de arena y que continúa hasta el final de la historia.
El enlace nos muestra una representación del Teatro Alla Scala de Milán de 1995 con Natalie Dessay como Olympia y Neil Shicoff como Hoffmann, acompañados por Samuel Ramey, Cristina Gallardo-Domas con la dirección de Ricardo Chailly.


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Bibliografía y webgrafía consultadas: