23 ago. 2016

Omran de Alepo: No apaguemos nuestro dolor y rabia

Una imagen nos ha vuelto a sobrecoger en las últimas semanas. No podemos permitirnos acostumbrarnos a que el dolor y la rabia nos invadan y, unos días después, se mitiguen, se apaguen y desaparezcan... hasta la próxima.
Omran, niño de Alepo, en edad de correr, jugar y aprehender el mundo, como tantos de su edad, ha sido portada, ha abierto informativos en todas las televisiones del mundo provocando un seísmo en el interior de todos que ha removido nuestras conciencias. Por desgracia, no es la primera vez que ocurre y no podemos caer en la rutina con estas situaciones. 



Tenemos que (sería mejor decir debemos) rebelarnos ante lo que está ocurriendo con una parte de la humanidad, mientras la otra vivimos cómoda y tranquilamente, ajenos a problemas que, aparentemente, apenas nos influyen. Todo lo que ocurre es, en cierta medida, responsabilidad nuestra y nos afecta. No podemos permitir, ser cómplices indirectamente, mirar a otro lado, cuando ocurren situaciones que hacen sufrir a tantas personas. Los seres humanos estamos perdiendo humanidad, estamos perdiendo nuestra esencia.
En esta entrada del blog uno una poesía y una escena de ópera, ambos salidos del horror. Un horror que surge de las injusticias, los sufrimientos de los más débiles y necesitados de nuestro mundo. También con la idea de tener que profundizar en nuestros pensamientos ya que no todo es como puede parecer a la primera mirada. Ni quien disparó a Omran, ni Wozzeck pueden considerarse culpables, sino víctimas de su mundo.

Mi compañera de colegio y amiga, Teresa Guerra García, gran y sensible persona, con un corazón curtido en profundos desgarros y de un desbordante humanismo, en la página de Facebook que tiene con su nombre, ha transcrito las sensaciones y sentimientos que este suceso le han producido, rebelándose por el hecho de que vaya a pasar al olvido. Otro texto suyo nos acompañó en El desgarro del exilio y el derecho del retorno. Con estas palabras busca transcribir el dolor y la rabia para que nunca olvidemos ni dejemos que se apaguen. Como seres humanos no podemos permitirlo sobre nuestras conciencias. Cada uno desde nuestro lugar y posición debemos aportar nuestra fuerza y luchar porque así sea.



Un suceso ocurrido a comienzos del siglo XIX. En Leipzig, el peluquero Johann Christian Woyzeck fue condenado a la pena capital por haber acabado con la vida de su novia. Los periódicos y la opinión pública centraron su atención en tan horrible crimen, pero había algo que no encajaba. ¿Cómo este hombre había acabado convertido en un monstruo capaz de acabar con una vida tan querida para él? Un intenso debate se creó en la sociedad científica alemana. Existían dudas sobre las facultades mentales del peluquero y todo indicaba que los sádicos juegos con que un despiadado capitán y un diabólico médico estuvieron divirtiéndose a costa de los desequilibrios del infeliz, acabaron convirtiéndolo en un asesino.
El joven George Brüchner -su padre trabajó en el caso como forense- dejó inconclusa, al fallecer a los 24 años, un drama teatral con una treintena de escenas acerca de este "asesino inocente". Casi un siglo después, Alban Berg, en plena Gran Guerra decidió convertirla en ópera, trasladando una mirada compasiva a los marginados y débiles, víctimas de la explotación de los poderosos.
De la treintena de escenas de la obra de teatro original, Berg eligió quince que dividió en tres actos con cinco escenas cada uno. Por error cambió el nombre de Woyzeck por Wozzeck, pero decidió dejarlo así al comprobar que tenía una sonoridad más dura y adecuada a la obra.
El estreno en 1925 en Berlín mostró una ópera que oscilaba entre la música tonal y atonal, para reflejar, a grandes rasgos, con la primera los momentos de humanidad y ternura y con la segunda la brutalidad, la desesperación o el abuso. Para algunos está considerada la ópera más significativa del siglo XX.


Boceto para el estreno de Wozzeck de Frankfurt en 1931






De entre toda la obra, enlazo una de las más duras, la segunda escena del tercer acto, en la que se narra la muerte de Marie. Está recogida de una producción de 2012 e interpretada por el tenor Julian Tovey como Wozzeck y Merav Barnea como Marie bajo la dirección de David Stern.



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