11 nov. 2016

#ViajedeOtoño Un paseo por Egipto

Hay veces que parece que el tiempo juega a adelantarse o a retroceder. En algunos momentos nos da la impresión de que lo anterior es más nuevo o, por decirlo de alguna manera, más civilizado que lo que es reciente o actual y, al contrario, lo que ahora ocurre se nos antoja atrasado, bárbaro o caduco y, en ocasiones, incluso se nos antoja atemporal.
En esa entrada del #ViajedeOtoño te propongo un paseo por las tierras que recorren el Nilo, un viaje hacia atrás y hacia adelante en Egipto, desde el antiguo al actual. Nos acompañan en el mismo dos autores tan distintos y distantes como lo puedan ser un finlandés y un egipcio, Mika Waltari y Naguib Mahfuz. La música correrá a cargo de uno de los grandes de la historia operística mundial, Verdi y su faraónica obra Aída.
Después del descubrimiento de la cultura egipcia por parte de Napoleón y sus tropas e historiadores, a quién no nos ha llegado a seducir en algún momento el conocimiento de la cultura, la vida y las costumbres de los habitantes del antiguo Egipto, sus templos, pirámides, rituales, la escritura jeroglífica o el uso de papiros, todo ello pasado al imaginario popular a través de libros y películas donde se desarrollaban los conocimientos que se tenían sobre el tema.


Mika Waltari es, posiblemente, el escritor finlandés de más reconocido prestigio, un autor que se movió en distintos géneros literarios, pero reconocido mundialmente por su novela Sinuhé, el egipcio, un relato histórico ambientado en el impero del Akenatón en el que retrata al faraón como el profeta de un dios único y justo, ante la oposición de un grupo sacerdotal corrompido en su poder. Para esta su primera novela histórica estuvo documentándose durante una década, logrando un relato fiel y riguroso al contexto de la narración. Posiblemente no fue su novela más lograda, acaso lo sea El ángel oscuro, otra novela histórica ambientada en el Imperio Bizantino, pero Sinuhé sin duda fue la obra que más popularidad y reconocimiento le ha dado a su autor.

Sinuhé existió en realidad. La historia de este médico se encuentra recogida en varios de los documentos más antiguos que existen de la época de los primeros faraones. Pero no es este el protagonista de la novela, sino que, basándose en el relato conocido, Waltari dibuja un cuadro completo y complejo en el que el protagonista, apartado del mundo en su ancianidad, rememora la historia de su vida como él mismo dice, no para los dioses ni para los hombres, sino para sí mismo.
El texto que nos acompaña nos puede hacer dudar del tiempo en que ocurre. Podríamos presumir de que es actual y sucede en nuestros días, o acaso hace unos pocos decenios. También podríamos pensar que aún no ha llegado el momento en que pueda contarse, pues en muchos lugares de nuestro planeta es impensable un viaje como el que se relata, pese al determinismo de las últimas frases, que muestran el concepto de la época en la rigidez de los estratos sociales. ¿Viajó Sinuhé por unos territorios más seguros que en la actualidad?











Tras este relato que, en alguno aspectos puede ser intemporal, nos movemos entre las intrincadas calles que configuran la cosmopolita ciudad de El Cairo de la mano de un escritor local. Naguib Mahfuz ha sido el primer escritor en lengua árabe ganador del premio Nobel de literatura. Desde que a finales de la década de los años 40 publicara su novela El callejón de los milagros y su Trilogía (formada por Entre dos palacios, El palacio del deseo y La azucarera), que apareció una década después, Mahfuz dedicó su obra a la defensa de los valores universales, la libertad de expresión y la convivencia entre las culturas cristiana y musulmana. El hecho de apoyar el tratado de paz entre Egipto e Israel de 1979 y sus ideas de tipo laico hizo que fuera repudiado por algunos países árabes y llegó a sufrir varios ataques de los cuales perdió movilidad en un brazo, en la vista y el oído.



El callejón de los milagros es una novela por la que transitan personajes como el barbero Abbas, enamorado de la joven Hamida, quien desea casarse con un comerciante rico y otros que pasean sus desdichas y marcan el pulso de las calles, aunque la gran protagonista es la ciudad de El Cairo. De esta novela se hizo la película del mismo nombre, ambientada en México y dirigida en 1995 por Jorge Fons.  


Giuseppe Verdi recibió en 1869 una oferta para estrenar una ópera de ambiente egipcio en el Teatro Italiano de El Cairo. Ismail Pachá, riquísimo soberano de Egipto, esta dispuesto a pagar lo que fuera para que el más grande de los compositores de la época compusiera una ópera para poder competir con el Canal de Suez, un proyecto que Francia le había arrebatado a su antecesor. No fue el dinero, sino un argumento de apenas cuatro hojas, lo que convenció a Verdi de embarcarse en la composición de Aída. En él vio la fascinación por el antiguo Egipto recién descubierto por los europeos, una dramática rivalidad entre Aída y Amneris por Radamés y, posiblemente, una forma de reflejar sus ideas anticolonialistas. Se dedicó a estudiar en profundidad el tema egipcio, asesorándose por grandes expertos. Llegó incluso a emplear, junto a los clásicos instrumentos de metal, algunos nuevos, como las llamadas "trompetas de Aída" que tenían metro y medio de largo, con forma recta y sin pistones, utilizando en el estreno tres afinadas en La y otras tres en Si. Las primeras entonan la marcha al unísono y son contestadas por las otras.


Relieve de Akenatón y Nefertiti, Museo Arqueológico de Berlín


Esta ópera solemne, pero a la vez épica e intimista y apropiada para festivales fue estrenada en 1871 en El Cairo sin la presencia del compositor. Para el estreno en el Teatro Alla Scala de Milán, Verdi se ocupó de todos los detalles, incluidas las joyas de las protagonistas, aumentó el número de músicos para ganar en sonoridad, rebajó el nivel del foso para hundir a la orquesta (hasta entonces, los músicos estaban a la altura del público) y no permitió que entrara nadie al ensayo general. El estreno fue una de las noches de triunfo de Verdi que tuvo que salir a saludar en treinta y dos ocasiones.
Una de las piezas más conocidas y épicas de toda la ópera es la segunda escena del segundo acto en el que se entona el Gloria all'Egipto, una marcha seguida de una poco usual escena de baile. 






El enlace pertenece a una producción del Teatro alla Scala de Milán con la orquesta y coro titulares dirigidos por Lorin Maazel en la que se busca recrear el ambiente y colorido de las ilustraciones que se tenían de Egipto. Sin interpretar en esta escena, podemos reconocer a un joven Pavarotti.



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