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El arte del Lamento

Una situación de pena, dolor o un sentimiento similar produce en nosotros un lamento. En ocasiones es un simple quejido asociado a un dolor momentáneo (un golpe, un susto); en otras, se trata de una queja que, al expresarla, cubre su función terapéutica y nos ayuda al enunciarla a comenzar a plantear nuestra disposición. Mas en otras ocasiones, el lamento expresa un fuerte dolor, una situación que nos supera.
En el título de este publicación no se hace referencia a la inclinación y facilidad que algunas personas tienen para hacer del relato de sus vivencias y problemas una forma de vida.   
Si buscamos la definición en el diccionario, la RAE la define como «queja con llanto y muestras de aflicción», procedente del término latino Lamentum. Y en ese sentido nos acercamos al lamento, basándonos en su aparición en la música como una composición con una temática y estilo propios. Basado en esas características de la lírica, nos acercaremos también a algunos poemas.
Te propongo un paseo por algunos lamentos en la ópera acompañados de poemas con esa temática. Nos dejamos llevar por obras de Monteverdi, Gluck, Purcell, Charlotte Brontë y Lord Byron. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!  

Edvard Munch. El Grito (1893), detalle

El Lamento o Lementazione es un tema recurrente en la ópera desde sus inicios. Asociado a la temática doliente y triste, suele expresar el dolor que se siente ante una pérdida, generalmente amorosa y es habitualmente cantado por personajes femeninos. 
Por su índole, el Lamento tiene forma de aria, en ocasiones acompañada de un recitativo, en otras con estrofas de métrica libre que deja liberar las emociones que transmite el personaje. Es frecuente que estos lamentos se acompañen únicamente con la sección de cuerda de la orquesta, en un tiempo lento como el Adagio, utilizando el denominado «tetracordio descendente», una serie de cuatro notas que van descendiendo en la escala mostrando musicalmente la aflicción.


Herederos de la Camerata Fiorentina, el grupo del que acabó surgiendo la ópera, las primeras obras de Monteverdi ya muestran esta temática y sus características. En su ópera Il ritorno di Ulise in patria (El retorno de Ulises a su patria), Monteverdi muestra alguno de ellos como los de Penélope o Iro. Tanto Monteverdi como la Camerata Fiorentina seguían la idea de Platón de la simbiosis entre lo real y lo bello, buscando una dimensión musical que articulara la expresión verbal, el sonido y el movimiento escénico para crear la verdad poética de la obra.
Pero es en otro lamento donde Monteverdi lleva en grado sumo este tipo de situaciones a la escena. Lasciatemi morire, el conocido Lamento de Arianna, es la única pieza cuya música se conoce de la ópera Arianna, pese a que el libreto de Ottavio Rinuccini se conserva completo.
En Lasciatemi morire, Monteverdi funde la palabra y su expresión en un monólogo que desvela sus sentimientos, abre las contradicciones del corazón herido y transforma lo representado en la escena -la ficción- en esa realidad poética que conmueve al espectador. 


Angelica Kauffmann. Arianna abandonada por Teseo (1771)


La interpretación corre a cargo de la soprano Marie Théoleyre acompañada por el Ensemble La Palatine formada por Noémie Lenhof en la viola de gamba, Nicolas Wattinne en la tiorba y Guillaume Haldenwang al clavecín.


Las hermanas Brontë forman parte de la primera generación de escritoras inglesas del XIX, después de Jane Austen y Mary Shelley.
Hijas del vicario de la aldea de Haworth, los seis hermanos tuvieron un vida corta. Huérfanos de madre desde pequeños, Emily, Elizabeth y Maria fallecieron mientras estaban con Charlotte en una escuela para hijas de clérigos. Su único hermano, Patrick Brandwell se dedicó a la pintura y la literatura, hasta su prematura y precipitada muerte. Las tres hermanas dedicaron su vida a la literatura. Junto a Emily (autora, entre otras, de Cumbres borrascosas) y Anne ( de Agnes Grey o La inquilina de Widfel Hall), iniciaron su camino en las letras en 1846 con un libro conjunto de poesía: Poemas de Currer, Elly y Acton Bell, en el cada una de ellas publicaba con un pseudónimo y el mismo apellido. 
Esta primera pasión de Charlotte la llevó al desánimo un poeta conocido que la convenció de la conveniencia de que las mujeres no escribieran poesía, aún reconociendo su facilidad para la misma. Así, continuó escribiendo, publicando novelas como Jane Eyre, Shirley o Villette. 


Pero el texto que nos acerca a esta publicación sobre los lamentos es uno de esos poemas publicados como Currer Bell. Editado en ocasiones simplemente como Lamento y en otras como Regret (Arrepentimiento), es un regreso a su pasado, a lo desgraciada y solitaria que ha sido su vida, buscando un presente más feliz en la búsqueda del amor y su reciente matrimonio. La escritora asimila su vida a un viaje, navegando en busca de un lugar al que llamar hogar, debatiéndose entre el regreso al antiguo hogar triste y solitario y lo que denomina el reino glorioso de la felicidad.

Charlotte Brontë fue la más longeva de los seis hermanos, falleciendo en 1855, antes de llegar a los cuarenta años, meses después de casarse y mientras estaba embarazada. 

Aunque el reconocimiento y la fama no le llegó por esta obra, Dido and Eneas (Dido y Eneas) es no sólo la ópera más conocida más conocida de Henry Purcell, sino la primera ópera inglesa, frente a algunas de sus semióperas más exitosas como King Arthur o La reina de las hadas.
Con libreto del dramaturgo Nahum Tate, la primera representación se llevó a cabo en la escuela femenina de Josias Priest en verano de 1688, mientras su estreno comercial se produjo en Londres a comienzos de 1700, casi cinco años después del fallecimiento de Purcell.
Como la mayoría de las óperas del barroco, el argumento trata de dioses o seres mitológicos, un elemento fundamental para el público aristócrata. El libreto de Dido y Eneas refleja la historia del héroe que recala en el reino de Dido en Cartago huyendo de Troya, hasta recalar finalmente en la península itálica donde acabará, según las fuentes mitológicas, fundando Roma. El argumento se centra en la historia de amor de ambos personajes y la desesperación de la reina norteafricana cuando Eneas parte en el mar abandonándola.

Joshua Reinolds. Muerte de Dido (1871)
Este Lamento de Dido, The hand, Belinda (Tu mano, Belinda) es, posiblemente, uno de los más bellos y conocidos lamentos de la ópera, reflejando la muerte de la protagonista femenina tras la partida de su gran amor.
Purcell crea la melodía de este lamento a partir de un ostinato en el citado tetracordio descendente en tonalidad de sol menor, la más apropiada para expresar la pena y la muerte. Esta melodía principal se acompaña por un bajo descendente a cargo de los violoncellos que se mantiene durante todo el aria y el coro siguiente, presentando una progresión lenta, como una marcha fúnebre, sin prisas, pero constante.
Una vez finalizada el aria de Dido, el bajo continuo pasa a ser protagonista hasta dar paso a la melodía del coro, basada también en notas descendentes que refuerzan el avance imparable de la muerte.


La interpretación de este impresionante Lamento de Dido pertenece a una producción de la Ópera de Amsterdam con la mezzosoprano neerlandesa Xenia Meijer en el rol de Dido y la dirección musical de Jan Willem de Vriend grabado en la capital de los Países Bajos en 1996. 


Cambiamos de nuevo del lamento musical al poético literario, en esta ocasión de uno de los más grandes escritores ingleses del romanticismo, el inquieto, inconformista y aventurero Lord Byron.
El poema que nos acompaña pertenece a Occasional pieces (Piezas ocasionales), un conjunto de poco más de medio centenar de poesías escritas entre 1809 y 1924, algunas de los cuales fueron publicadas en periódicos o revistas, especialmente el Morning Chronicle, aunque otros solo vieron la luz tras la muerte del escritor. Recogidos en su antología poética Poemas escogidos, en el que se incluyen estas Occasional pieces junto a los poemarios de Horas de inactividad, The childe Harold's pligrimage o sus Melodías hebreas, forman parte de la ingente obra poética del apasionado romántico inglés.


Uno de los primeros poemas de Occasional pieces, escrito en 1808, nos acerca de nuevo al lamento, en esta ocasión no debido a causas o consecuencias tan trágicas como los anteriores, sino como fruto de la distancia que aplaca, aunque no olvida, que deja un dolor que acompaña.
Byron, y con él gran parte del romanticismo, no necesitan ya recurrir a dioses o mitos, a seres idealizados para crear obras y acercarnos a los sentimientos más profundos, sino que ahondan en los propios sentimientos y cuanto de universales tienen.


La última de las piezas que conforman este paseo por los lamentos en la música y la literatura es otra de esas arias que forman parte del acervo cultural. Basada en el mismo mito que Monteverdi llevaba a la primera ópera que nos ha llegado completa, aunque no la primera compuesta, Christoph Willibald Gluck estrenó su Orfeo y Eurídice en 1762.
Narrado por Virgilio en el Libro IV de la Geórgicas y por Ovidio en el Libro X de sus Metamorfosis, tanto Monteverdi como Gluck, entre otros compositores, llevaron la historia a sus óperas. Orfeo, el más afamado de los músicos es capaz de calmar a las fieras e incluso las tempestades con el poder de su lira y su voz. Al morir su esposa Eurídice por la mordedura de una serpiente, Orfeo baja al inframundo a convencer a Caronte para que le deje llegar la mundo de los muertos a por su amada. Tras acallar al can Cerbero llega a convencer al mismísimo Plutón de que libere a Euridíce, aunque con la condición de que no vuelva la vista para mirarla hasta que no llegue al mundo de los vivos.

Alexandre Séon. Lamento de Orfeo (1896)
El aria que nos acompaña, Che farò senza Euridice (¿Qué haré sin Eurídice?) muestra la desesperación inicial del mítico músico ante la noticia de la muerte de su amada esposa. Está escrita para contratenor siguiendo la costumbre de la época según la cual algunos papeles masculinos estaban pensados para esta tesitura, siendo cantada actualmente por este tipo de voz o por la de soprano.




En esta ocasión es el contratenor francés Philippe Jaroussky, quizás el más completo de nuestros días, quien interpreta este aria Que farò senza Euridice de la ópera de Gluck, en una grabación de estudio dirigida en 2018 por Diego Fasolis

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Bibliografía y webgrafía consultadas:
  • Brontë, Charlotte. Poemas de Currer Bell, ebook, Alba Editorial, 2019.
  • Byron, George Gordon, Lord. Poemas escogidos, traducción de José María Martín Triana, Visor Libros, 2007.
  • www.kareol.es: Letras y traducciones de óperas y música vocal.
  • Batta, András. Ópera. Compositores, obras, intérpretes. Könemann Verlagsgesellschaft mbHl, 1999, Colonia (Alemania).

La vida entre los libros

Buchmendel - Mendel el de los libros de Stefan Zweig 

Leer un libro es abrir una ventana a un nuevo mundo. Es dejar entrar en tu vida nuevos elementos, a veces inesperados, pero siempre diferentes y enriquecedores.
Quienes dedican sus vidas a los libros -escritores, bibliotecarios, libreros...- ayudan a que crezca en nosotros el placer por leer y entrar en esos mundos que sólo nos ofrece la literatura.
De entre todos los libros hay autores que fijan y centran su mirada precisamente en los libros y lo que les rodea. Todos tenemos en la mente algunas obras cuyos protagonistas son los libros o quienes dedican su vida a ellos. 
Te propongo dedicar unos minutos a conocer uno de esos personajes que dedican su vida a los libros, únicamente a ellos. Nos acompañan obras de Stefan Zweig y Gluck. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!


Los libros amarillos (1887) Vicent van Gogh
Nacido en Viena en 1881, la vida de Stefan Zweig está ligada a los libros y la literatura en la que ha trabajado en prácticamente todos los géneros. Sus ensayos ahondan en los problemas culturales, políticos y sociales tanto de su época como de la anterior a la que vivió. Sus novelas muestran la lucha de los individuos de nuestra época con sus pasiones, sus dudas y rebeldías. Sus biografías, siempre rigurosas, muestran el lado más humano a la vez que el más admirado genio que los protagonistas poseen. Zweig es un erudito, un ilustrado que no quiere mostrarse de esta manera, sino que busca en todo momento dar a conocer el sentido de su obra, el equilibrio de lo tratado. En todas sus obras destaca siempre un afán por mostrar a sus lectores la fortaleza de la unidad y la unión de las culturas y los pueblos acompañados de una profundidad psicológica y filosófica que desea transmitir continuamente en su literatura. Las crisis profundas de la primera mitad del siglo XX, los movimientos provocados por las guerras en un pacifista irredento como él, el fin de una época que devino en la destrucción de las estructuras conocidas por la barbarie de la sinrazón son siempre los motivos que movieron a Zweig a escribir. 
De entre sus obras traemos en esta ocasión un retrato pequeño, una miniatura de narración basada en uno de los motivos que más lo acompañaron en su periplo vital: el amor a los libros.
Buchmendel (Mendel el de los libros), así con una sola palabra, con esa concisión con que el idioma alemán concentra significados, es un pequeño libro de apenas una treintena de páginas que se centra en la figura Jakob Mendel, un librero de viejo que pasa su vida entre catálogos de libros en uno de los muchos cafés de la Viena de comienzos del siglo XX.
El amor a los libros, la vida dedicada a ellos es el tema sobre el que se mueve la narración, además de presentarnos un retrato de un personaje que se hará inolvidable a quien lo lea.



Un aguacero sorprende a nuestro narrador, que entra en un café próximo a protegerse de la lluvia tras años fuera de la ciudad. Una vez dentro, el narrador -¿por qué no Zweig?- comienza a recordar algunos elementos del café, un lugar en el que sabe que ha estado hace lustros. Así nos introduce en el recuerdo de quien será el centro de la obra.



Zweig, un europeista convencido, un escritor al que deberíamos rescatar de su estado de semi olvido, no deja de mover los datos y los detalles por donde viene bien a sus intereses. El café recibe su nombre de uno de los músicos más notables del siglo XVIII, Christoph Willibald Gluck, uno de los grandes reformadores de la historia de la ópera. Frente a la costumbre de la época en la que los compositores debían someterse a la dictadura de las sopranos o los castratos, adaptando sus arias, algunos números o argumentos a sus deseos e intereses, Gluck indagó en las razones que tenían a la ópera seria en crisis. De aquí surgió la idea de someter la ópera al drama, otorgando una estructura más acorde a los argumentos que a los caprichos de los divos. Pero esto es otra historia y tendrá su momento en este blog.
El hecho sintomático es que Zweig se fija entre otros cualesquiera en el nombre de Gluck para denominar el café donde realizaba su vida Mendel. Entre las óperas del compositor destacan Orfeo y Eurídice, sobre el conocido mito, Alceste o Ifigenia en Áulide
De Orfeo y Eurídice nos acompañan en este momento el aria de Amore (Cupido) en el que advierte a Orfeo de que no debe mirar a su amada Eurídice hasta que no salgan de los infiernos, ya que la perderá para siempre si lo hace.
El aria de Amore Se il dolce suon (Si el dulce sonido) seguida de Gli sguardi trattieni (Contén tu mirada) del Orfeo ed Euridice de Gluck está interpretada por Vaia Mani en el concierto de Caprile Iluminata que se celebró en junio de 2018 con la dirección de Salvatore Francavilla.



Una vez el narrador trae a su memoria y a nosotros el lugar donde conoció a Mendel, sus recuerdos se desencadenan. Vuelve a rememorar la inconfundible figura del librero y su proverbial capacidad de concentración. La capacidad descriptiva de Zweig nos lo presenta de una manera inconfundible como uno de esos personajes a los que podemos reconocer y recordar con la familiaridad de alguien a quien vemos con frecuencia.


El Orfeo y Eurídice de Gluck posee una de esas piezas no cantadas que pasan a formar parte de nuestra cultura, una de esas músicas que nos suenan aunque no sepamos bien dónde las hemos oído. La danza de los espíritus benditos o de las ánimas benditas es, como su nombre indica, una pieza de ballet dentro de una ópera, una concesión a la tradición de la gran ópera francesa, en la que el ballet era requisito imprescindible.
La simbiosis entre esta pieza orquestal, en la que la flauta se erige en protagonista, y nuestro Mendel es proverbial. Un personaje que no vive con los pies en el suelo, que no ha prestado atención jamás a la música, un alma que no habita en el mundo de los mortales, sino en el suyo propio, el que está formado por libros, catálogos, inventarios, títulos o traducciones, bien puede considerarse uno de esos espíritus benditos de Gluck.
En esta ocasión se adecua a acompañar a la lectura del relato de Zweig mientras se escucha la música. La unión entre música y literatura en esta ocasión es quasi perfecta.


Zweig continúa su relato narrando el primer encuentro que tuvo con Mendel. Curiosamente el autor quiere que la búsqueda sea sobre una bibliografía de Mesmer, un curioso médico autor de teorías paracientíficas sobre magnetismo animal que fue mecenas de Mozart, ya que en el teatro del jardín de su casa palacio estrenó éste su primera ópera, una obra para marionetas, Bastián y Bastiana. Como podemos observar, los datos que utiliza Zweig no dejan de mostrar sus conocimientos, aunque sean de forma subliminal.


En el segundo acto de Orfeo y Eurídice Gluck nos presenta el Coro de las Furias que interpreta Chi mai dell'Erebo. En una horrible caverna más allá de la laguna Estigia un grupo de Furias y espectros surge de entre las llamas y el humo para interpretar este coro al que sigue un baile.



La interpretación corresponde a la adaptación Orphée, un opéra imaginaire interpretada por L'Ensemble Baroque de Toulouse y el Choeur Baroque de Toulouse con la dirección de Michel Brun.


El relato continúa con la propuesta que el narrador hace a Mendel y cómo éste responde. Zweig logra que nos pongamos en su lugar para sentir en nosotros mismos la enorme admiración que un personaje como este librero provoca en quienes le oyen.



Desgraciadamente la historia de este librero de viejo se trueca en drama con la irrupción de la Gran Guerra, un conflicto devastador del que Mendel ni se llegó a enterar. Pese a la movilización para el ejército, con los cambios de personas que entran y salen de un café vienés, las noticias que a diario aparecen en los periódicos, los temas de las conversaciones de los tertulianos, las bajas provocadas en el campo de batalla no fueron suficientes para que Mendel saliera de su ensimismamiento y su vida entre libros para darse cuenta de la realidad que lo rodeaba.
No fue la brutalidad de la guerra, ni el devastador aumento de los muertos, ni la desgarradora desaparición de la sociedad tal como se conocía los que acabaron con Mendel. Fue la increíble estupidez humana, la irracional burocracia la que fueron minando su persona.
Pero eso es parte del desarrollo de esta historia con un protagonista tan singular como enciclopédico, de memoria tan magnífica como estéril. El libro de Zweig, que se lee en un rato en sus pocas páginas, es una invitación a conocer y hacer formar parte de nuestra vida de un personaje que puede llegar a ser más cercano e inolvidable para nosotros que algunos reales a los que hemos conocido.
Naturaleza muerta con libros y violín. Jan Davidsz de Hemm (1606-1684)
Con Mendel en la memoria, nos despedimos con el aria más conocida de Orfeo y Euridice. Philippe Jaroussky, posiblemente el mejor contratenor de nuestros días interpereta Che faró senza Euridice (Qué haré sin Euridice), una aria que Gluck introdujo en la versión que se estrenó en Nápoles en 1774, doce años después del estreno de la ópera en Viena
La calidad de la voz de Jaroussky, el uso de las matizaciones para transmitirnos las emociones, la amplitud de su registro, la naturalidad con que canta y la eliminación de adornos superfluos e innecesarios hacen que esta interpretación sea una de las mejores versiones que se pueden oír en la actualidad.
El vídeo, que corresponde a una grabación que se llevó a cabo en mayo de 2018 está dirigida por Diego Fasolis y pertenece a una edición de Orfeo ed Euridice con Amanda Forsythe para Wagner Classics.


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Bibliografía y webgrafía consultadas:

Danzad, danzad, benditos. El ballet dentro de la ópera


La danza es casi tan antigua como la música. "Desde que existe la vida hay sonido, por lo tanto algún tipo de música", dirá John Cage pionero de la música electrónica y aleatoria y del uso no convencional de los instrumentos como el piano. En nosotros habitan continuamente dos sonidos: el más agudo producido por el sistema nervioso en funcionamiento; el más grave y sordo generado por el discurrir de la sangre por venas y arterias. Aprovechar esos ritmos y sus aceleraciones nos llevó a dominarlos, domesticarlos y producirlos a nuestro antojo, en muchas ocasiones acompañados por el baile. Desde los ritmos tribales de caza o guerra a los frenéticos de las celebraciones, pasando por los cadenciosos rituales de cortejo hasta los amorosos, el baile siempre nos acompaña.
Parafraseando la película They Shoot Bordes, Don't They? de Sydney Pollack, que se tituló entre nosotros Danzad, danzad, malditos, te propongo unas reflexiones sobre la danza y algunos momentos en los que el ballet se desarrolla dentro de las óperas. Nos acompañan textos de Homero y Nietzsche entre otros y música de Rameau, Gluck y Ponchielli. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!


La danse de Henri Matisse

Íntima y esencialmente unido a la música, el baile es motivo de práctica desde la más remota antigüedad, además de ser motivo de reflexión filosófica.
La primera parada en la danza proviene de uno de los relatos épicos más fundamentales de nuestra civilización. En La Odisea Homero relata el primer gran viaje de retorno de la historia de la humanidad. En su canto VIII, el ingenioso Ulises, tras la descripción de unos juegos en el país de los feacios asiste a la representación de una danza.



Una vez asentada la ópera en Italia con su fogosidad mediterránea y el uso de aquellas arias que emocionaban desde un virtuosismo sobrecogedor, el acercamiento a este arte en Francia fue cuestionado. Surgieron adeptos a este tipo de música frente a los que abogaron por la creación de una ópera francesa más cercana a la sonoridad del idioma galo y unos textos donde fueran más trascendentes la historia y la profundidad de música que la explosión de fuegos artificiales vocales. A la sazón surgió una ópera auspiciada por la figura regia. Con Luis XIV se empieza a dar forma y se incorporan a las óperas además del texto y la música el ballet. Lo que se llamó la Grand Òpera comienza a reinar en Francia con sus partes cantadas y la inclusión de partes bailadas.
En su ópera-ballet Les Indes galantes (Las Indias Galantes) Jean-Philippe Rameau narra cuatro historias de amor al estilo galante en lugares lejanos a la realidad francesa, exóticos por tanto y recogidos bajo la denominación genérica de Las Indias: Turquía, Perú, Persia y Norteamérica. El enlace nos presenta una de los clásicos bailes barrocos recogidos en esta ópera-ballet con un muy reconocible estilo francés.


En Historia de la danza desde sus orígenes Artemis Markessinis relata que en su obra Simposium o Banquete, Jenofonte detalla una serie de conversaciones de Sócrates con otros contertulios, de algunas de las cuales se duda su autenticidad histórica. Con independencia de si el relato es histórico o no, sirve de muestra para volvernos hacer que caigamos en la cuenta de la importancia que los griegos daban a la danza.
En uno de estos relatos de conversaciones el filósofo asiste a una comida y una vez finalizada indica que entró un músico con una hija tocando la flauta, otra que bailaba y un hijo que bailaba y tañía un instrumento. La bailarina sale tras un primer baile y vuelve con unos platillos en las manos. 


En Orpheus and Eurydice (Orfeo y Eurídice) Christoph Willibard Gluck, introduce algunas escenas de baile en la obra. En la Danza de los espíritus benditos, en el acto segundo, Orfeo llega al Hades, el infierno de los griegos, en busca de su amada Eurídice. En sus profundidades, en una de sus estancias, contempla las almas de los espíritus bienaventurados o benditos.
El enlace nos muestra esta Danza de los espíritus benditos de Orfeo y Eurídice en una producción que se llevó a cabo en el Palais Garnier parisino en 2008. La música es indiscutiblemente del período clásico, con esas estructuras melódicas y finales de frase tan típicos de este estilo musical.



Tras el sorprendente descubrimiento de la pasión que Sócrates mostraba por la danza al advertir que un cuerpo en movimiento se vuelve más hermoso y bello que en reposo, otro filósofo se nos muestra también como un apasionado de la expresión a través de la danza. Friedrich Nietchze utiliza la danza como un recurso estético en su obra, como resultado de su gran afición a este arte. Lo dionisíaco, la ligereza que otorga al cuerpo, la libertad que le imprime sirven al filósofo alemán para dar pie a reflexiones sobre la danza en la que participan sátiros danzantes, hombres y mujeres que bailan sin pausa o personajes que serían impensables como el propio Zaratustra sin la connotación del baile.

Trois danseuses de Pablo Picasso

La danza para Nietchze es signo de libertad, es la capacidad de poder fluir fundiéndose con el movimiento del mundo y al hacerlo entrar en el ritmo de la vida, de la naturaleza o del viento, luchando contra la fuerza de la gravedad. Ahí radica su belleza, en la elección del ritmo al acercarnos al flujo de la naturaleza, al unir la participación del cuerpo con la conciencia del ego.
Tema recurrente a lo largo de su obra, en Ditirambos dionisíacos Nietzsche plasma esta visión del baile.



Gibrán Jalil Gibrán (o Khalil en la transcripción fonética inglesa) fue un poeta, pintor y novelista libanés que vivió entre 1883 y 1931. Emigrado a Estados Unidos, su huella ha traspasado la frontera de la cultura de Oriente Próximo llegando a traducirse su producción literaria a más de una veintena de idiomas y sus pinturas expuestas en diversas ciudades.
En su libro El vagabundo Jalil Gibrán se sirve de la figura de un hombre "con apenas un bastón, que cubría sus ropajes con una capa y su rostro con un velo de tristeza" encontrado por el narrador en una encrucijada de caminos para transcribir una treintena de historias narradas por él y que, según sus palabras, "son fruto de la amargura de sus días, aunque él nunca se mostró amargado." 
De estas historias "escritas con el polvo del camino" nos servimos de La bailarina para incidir en la continua emoción que nos transmite la danza.




De cuantas óperas han utilizado el ballet como una forma más de narración musical, posiblemente la que más pronto se nos acerque a la memoria se una de las danzas incluidas en la ópera La Gioconda de Amilcare Ponchielli. Estrenada en abril de 1876 en el Teatro Alla Scala de Milán con el tenor español Julián Gayarre en el elenco, hubo de competir con las obras de un Verdi que se encontraba en su momento más creativo. Basado en el drama Ángelo tirano de Padua de Víctor Hugo y con libreto de Arrigo Boito, aunque utilizando como pseudónimo el anagrama Tobia Gorrio, Ponchielli acometió la composición honrado a la vez que perplejo al no confiar en estar a la altura de la situación. 

Ensayo de ballet, de Edgar Degas
El príncipe Enzo hubo de renunciar a su amor por Laura por razones políticas y ahora está prometido con la cantante Gioconda, aunque aún quiere a Laura que va a casarse con Alvise. La fuga que ambos traman fracasa y Gioconda, celosa reconoce en Laura a quien salvó a su madre. En este entramado de pasiones se desarrolla la obra cumbre de Ponchielli una de las obras post-verdianas que aún siguen teniendo hueco en el repertorio operístico.
En la segunda escena del tercer acto los invitados celebran en la Ca' d'oro un baile de máscaras en el que se inserta la famosa Danza de las horas. Aquí el ballet no es un fragmento suelto añadido a la acción, sino que constituye una acción bailable inserta dentro del drama escénico. El enlace pertenece a una representación llevada a cabo en el Teatro dell'Opera di Roma en 1992 en la que actuaron Plácido Domingo y Violeta Urmana entre otros con la dirección musical de Marcello Viotti.
Los distintos temas que forman esta Danza delle ore y sus coreografías se van sucediendo finalizando con el más majestuoso de todos y en el que la prima ballerina llega a realizar nada menos que 27 giros sobre sí misma. Todo un regalo apreciar la belleza que el movimiento otorga a los cuerpos.



Y lo que son las cosas, nuestros esquemas mentales y recuerdos. Viendo esta danza no dejamos de tener en la imaginación gráciles hipopótamos y cocodrilos con tutús.


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Los mitos: Orfeo con Gluck y Lope de Vega

Hay mitos que perduran en el tiempo porque representan arquetipos que son fácilmente reconocibles. El personaje de Orfeo, hijo de Apolo (o de Eagro, rey de Tracia, según otros) y Calíopela musa de la poesía narrativa, podía cantar y tocar de un modo tan admirable que conmovía el corazón de quien lo oía, ya fuera humano, dios, animal, piedra, árbol o río. Desde que acompañó a Jasón en su viaje con los Argonautas en busca del Vellocino de oro, ha inspirado a todo tipo de artistas desde poetas y escritores a pintores y escultores, sin faltar los compositores, a quienes su dominio de la música ha llegado de forma más cercana.

Orfeo y Euridice, Edward John Poynter

 La primera obra que se considera una ópera como tal está dedicada precisamente a este personaje, L'Orfeo, favola in musica de Claudio Monteverdi, a la que dedicamos una entrada en este blog: En el principio no existía el nombre, la llamaremos...
El texto de esta entrada pertenece a uno de los más grandes poetas de nuestro idioma, Lope de Vega, quien cita a Orfeo en uno de sus sonetos. La música es un aria que pertenece a una de las obras más importantes en la historia de la ópera, Orfeo y Eurídice de Gluck.

Félix Lope de Vega y Carpio, el Fénix de los ingenios como se le llamaba, o Monstruo de la naturaleza, según Miguel de Cervantes es, posiblemente uno de los más fecundos y prolíficos autores españoles que, en pleno siglo de oro, escribió varios cientos de obras de teatro y más de tres mil poemas. Entre las primeras destaca Peribáñez y el comendador de Ocaña, La dama boba, Fuenteovejuna, El mejor alcalde el rey o El caballero de Olmedo



De toda su obra, en este post traigo un poema, el Soneto 41 en el que se hace referencia al mito de Orfeo.


La pieza musical que lo acompaña pertenece a la ópera Orfeo y Euridice de Christoph Willibald Gluck. Poco valor se ha dado aún a Gluck por la importancia que tiene en la historia de la ópera.
A mitad del siglo XVIII los cantantes, especialmente las sopranos y castrati dominaban la escena operística según el estilo italiano sometiendo a los compositores a sus facultades y caprichos, debiendo éstos componer según sus exigencias vocales e incluso argumentales. Gluck se propuso reformar la ópera, haciendo que predominara la acción dramática, basada en la tragedia griega, sustituyó el recitativo habitual con el clavecín por una orquestación de gran expresividad y modificó la duración y contenido de los actos y sus escenas. Para él y sus seguidores, el héroe primaba sobre el protagonista, el argumento sobre la música, la coherencia sobre la capacidad vocal de los protagonistas. Gran parte de sus obras tiene por protagonistas a hérores y heroínas de la antigüedad griega: Artajerjes, La clemenza di Tito,  Alceste, Paris y Elena, Ifigenia en Aulide, Eco y Narciso y la ópera que nos ocupa, Orfeo y Eurídice.



Estrenada en 1762 en Viena en la versión italiana y en París en la versión en francés, su argumento transcurre entre el ciclo y el infierno en los tiempos de la mitología.
Orfeo llora la muerte de su amada Eurídice, pero Amor le anuncia que Zeus, conmovido por su dolor le permite recuperarla con la condición de no mirarla mientras esté en el reino de los muertos.
Las Furias impiden a Orfeo entrar, pero las apacigua un instante con su canto al son de la lira, penetrando en el reino de los muertos.
En una gruta de los infiernos, Eurídice no comprende por qué Orfeo no la quiere mirar y comienza a dudar de su amor hacia ella. Si su amado no la quiere, prefiere permanecer entre los muertos. Orfeo, desesperado, se vuelve hacia su amada que cae muerta en sus brazos. 
Orfeo quiere quitarse la vida para permanecer junto a su esposa, pero Amor vuelve a intervenir y, como premio a su amor, recibe de nuevo a Eurídice. Ambos son felices y todos elogian a los enamorados.
Buscando la pureza de la voz, el estreno vienés fue cantado por el castrato Gaetano Guadagni, mientras en París lo interpretó un tenor, Joseph Legros. Desde entonces, el papel protagonista se suele representar por la voz de tenor, aunque también se ha cantado por voces femeninas.
El aria Che faró senza Euridice? recoge el momento de desesperación de Orfeo tras la segunda muerte de su amada. Existen multitud de grabaciones a cargo de los cantantes más reconocidos del panorama musical, especialmente tenores, aunque también está interpretada por mezzosopranos y contratenores, pero te presento dos versiones bien distintas.



El primer enlace me resulta emocionante y muy expresivo, con una interpretación matizada y contenida que pertenece a un recital del contratenor Darryl Taylor acompañado al piano por Brent McMunn. Se trata de una de estas grabaciones que las ves y te llegan al fondo de tu sensibilidad. 


Para finalizar, una versión en escena en el que el personaje de Orfeo está interpretado por la mezzosoprano inglesa Janet Baker.


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