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¡Ay, las moscas!

Nos movemos entre diversas miradas. De la misma forma que miramos hacia lo elevado, lo sublime, lo trascendente de nuestra existencia, también dirigimos nuestra vista y nuestros pensamientos a lo cercano, lo cotidiano o aquello que nos acompaña.
Dentro de estas últimas miradas, nuestra atención se centra en ocasiones en detalles menudos, presencias incómodas y molestas o aspectos triviales.
Te propongo un acercamiento a unos animales que nos acompañan con más frecuencia de la deseada, resultándonos molestos e incómodos, pero de los que no podemos librarnos: las moscas. Nos acompañan obras musicales y literarias y, si es necesario... un matamoscas. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!



Tratar de las moscas no es un tema elevado ni trascendente, sino algo más vulgar, doméstico y, como todos coincidiremos, molesto.
Los insectos forman el grupo de animales más numerosos de nuestro planeta, siendo imprescindibles para la vida, ya que desarrollan, entre otras funciones, la de polinizar las plantas, algo totalmente necesario para la vida en nuestro planeta. Desgraciadamente también acarrean la transmisión de enfermedades y epidemias y, como en el caso de las moscas, también molestias en nuestra común convivencia.



No es la primera ocasión en que traemos a este blog la presencia de Luciano de Samósata, de quien tratamos el que posiblemente sea el primer viaje literario a nuestro satélite en La verdadera historia de los viajes a la Luna: Los precursores.
Pocos datos fiables hay sobre la vida de Luciano salvo el lugar de nacimiento de donde toma el nombre.
Poseedor de una gran habilidad literaria plagada de sentido crítico y satírico, de un penetrante sentido del humor e imaginación, Luciano pertenece a la que se llamó la Segunda Escuela Sofista. Su ingenio le llevó a dar conferencias y escribir discursos y tratados que buscaban más entretener que analizar la temática que trataba.
Entre sus obras podemos encontrar una pequeña disertación en la que Luciano dedica unas páginas a glosar sobre este insecto que nos es tan familiar. De la misma manera que Dión, otro sofista, escribe un banal Elogio del papagayo, nuestro autor asume la retórica del virtuosismo tratando un tema que va más allá del mero interés, ya que asume un contenido que podríamos considerar casi repulsivo, una especie de causa perdida, una dedicación al arte por el arte pero carente de significado. En Elogio de la mosca, Luciano escribe un texto en que dosifica sus conocimientos mitológicos y literarios y al que añade su impecable estilo descriptivo para crear un modelo clásico de disertación y argumentación al alcance de pocos autores.
Su inicio se centra en situarnos en las características de las moscas, su vuelo, alas y cuerpo con algunas comparaciones que no carecen de interés, con ciertas similitudes a descripciones de naturalistas de siglos pasados. Ante el texto no deja uno de preguntarse: ¿Cuántos momentos se habrá pasado Luciano observando estos insectos?



De la producción de uno de los más grandes y admirados compositores rusos, Nikolai Rimsky-Korsakov también tratamos en otra ocasión sobre una de sus óperas menos conocidas y, creo, que casi nada interpretada por nuestras latitudes: Skazke o Tsaré Saltane (El cuento del zar Saltán), estrenada en 1899. ¿Qué puede aportarnos en esta publicación? Nada más y nada menos que una de esas piezas que todos hemos oído y que puedes recordar en el enlace Volando libresEl vuelo del moscardón es una de esas músicas que todos conocemos y que ha sido adaptada a la mayoría de instrumentos habituales en las orquestas sinfónicas.
Existen miles de versiones que han realizado intérpretes solistas de diversos instrumentos con las que muestran su habilidades musicales.
En esta ocasión el enlace nos muestra un vídeo de animación dirigido por Eti Rozen e interpretado por The Lee Symphony Orchestra del que también existe una versión en color, aunque esta en blanco y negro me parece más interesante.


Comenzados a escribir aproximadamente en estos mismos años, entre 1899 y 1903, Antonio Machado publicó su primer libro de poemas en este último año con el título de Soledades. Incluía unos sesenta poemas que fueron aumentados, eliminados unos o modificados otros en diversas ediciones que terminaron tomando el título de Soledades, galerías y otros poemas en la versión de 1919. En estas composiciones el poeta sevillano deja aparecer los temas que conformarán su obra: el paso del tiempo, la triste melancolía por lo perdido, la sensación de soledad unida a la ausencia de amor, la angustia de vivir, la encrucijada entre realidad y deseo y el aburrimiento mezclado con la monotonía y el hastío de vivir. 



La primera publicación de Soledades estaba dividida en Del camino, Canciones y Humorismos, fantasías y apuntes. En este último apartado encontramos el poema que Machado dedica a las moscas y en el que encontramos referencias al paso del tiempo, en el sentido de que estos insectos, insignificantes e indignos de cualquier cantor, forman parte de la vida del autor desde su infancia hasta su futura muerte. Inevitable y melancólicamente esa insignificancia, como símbolo de las moscas, también forma parte de la vida del poeta... y de nosotros.



Y puestos a leer a Machado no podemos dejar de oírlo también. Joan Manuel Serrat hizo popular en los años noventa del pasado siglo una versión de este poema con música de Alberto Cortez. La grabación pertenece a una actuación en el Festival de la Trova Iberoamericana. El homenaje musical a la obra de Rimsky-Korsakov es patente al jugar con su melodía. ¡Vaya trío clásico Machado, Serrat y Cortez!


Continúa Luciano en su Elogio de las moscas con la agudeza en la mirada y el conocimiento de escritos fundamentales de su cultura grecolatina. Látigo de charlatanes y fraudulentos, enemigo de vicios y corrupciones, fue amigo de personajes influyentes y disfrutó de gran popularidad en sus discursos que pronto pasaron a difundirse por escrito.
En el siguiente extracto, Luciano razona sobre el beneficio que la mosca obtiene del esfuerzo ajeno y del hecho de no hacer ni buscar cobijo estable, además de narrar unas historias sobre un personaje llamado Mia que explican el interés que estos insectos muestran siempre por el hombre. Un texto de elaboración y razonamiento impecables. 


En Francia las operetas debían tener, por legislación, un solo acto, pero en 1858, Jacques Offenbach estrenó una que vino a revolucionar este tipo de obras, ya que se desarrollaba en dos actos con dos cuadros cada uno. Desde entonces, el mundo de la opereta pasó a tener una nueva dimensión.
Orfeo en los infiernos inició un tipo de obras cargadas de interpretación satírica y deformada de los mitos, los cuentos de hadas o las leyendas. Con música de Offenbach y libreto de Henri Meilhac y Ludovic Halévy, este Orfeo es una adaptación del mito de Orfeo y Euídice en la que el primero es músico, mientras su amada no destaca por su fidelidad a su cónyuge. Plutón, uno de tantos que la cortejan se hace pasar por un fabricante de miel para cortejarla, mientras Júpiter, el rey de los dioses, también la pretende, para lo cual no duda en disfrazarse como ha hecho en tantas ocasiones. La diferencia, para eso nos encontramos en una opereta burlesca, es que lo hace transformándose en mosca y pasando a la habitación donde Plutón tiene vigilada a Eurídice por el ojo de la cerradura.



Así, una hastiada y aburrida Eurídice se encuentra fascinada por el insecto de alas doradas que acaba de entrar por la cerradura y que se deja coger entre sus manos. El dios-mosca acaba prometiendo que le alegrará la vida en un dúo digno de esta entretenida opereta de cuyo número final ya tratamos en una publicación anterior. 
El conocido como Dúo de la mosca, Il m'a semblé sur mon épaule (Me ha parecido sentir en mi hombro) está interpretado en esta versión subtitulada al castellano por Natalie Dessay como Eurídice y Laurent Naouri como un Júpiter que la seduce a base de zumbidos. La producción se grabó en L'Ópera Nacional de Paris en 1997 con la dirección de Mark Minkowski.


En su Elogio de las moscas, Luciano muestra su conocimiento no sólo de las características y costumbres de estos animales o de historias, sino que hace referencia a varios momentos en que el gran Homero se refiere a las moscas en La Iliada señalando algunas de sus características como su audacia o su abundancia. 

Finalizamos este pequeño homenaje a las moscas con una más que curiosa interpretación de El vuelo del moscardón para piano, clarinete y soprano. Martin Fröst, Niklas Sivelöw y Malena Ernman recrean entre la calidad, la originalidad, la extravagancia y un cierto sentido del humor esta adaptación de la obra de Rimsky-Korsakov
Nunca un paseo entre moscas ha sido tan poco chocante y a la par tan agradable.


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Bibliografía:

Danzad, danzad, benditos. El ballet dentro de la ópera


La danza es casi tan antigua como la música. "Desde que existe la vida hay sonido, por lo tanto algún tipo de música", dirá John Cage pionero de la música electrónica y aleatoria y del uso no convencional de los instrumentos como el piano. En nosotros habitan continuamente dos sonidos: el más agudo producido por el sistema nervioso en funcionamiento; el más grave y sordo generado por el discurrir de la sangre por venas y arterias. Aprovechar esos ritmos y sus aceleraciones nos llevó a dominarlos, domesticarlos y producirlos a nuestro antojo, en muchas ocasiones acompañados por el baile. Desde los ritmos tribales de caza o guerra a los frenéticos de las celebraciones, pasando por los cadenciosos rituales de cortejo hasta los amorosos, el baile siempre nos acompaña.
Parafraseando la película They Shoot Bordes, Don't They? de Sydney Pollack, que se tituló entre nosotros Danzad, danzad, malditos, te propongo unas reflexiones sobre la danza y algunos momentos en los que el ballet se desarrolla dentro de las óperas. Nos acompañan textos de Homero y Nietzsche entre otros y música de Rameau, Gluck y Ponchielli. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!


La danse de Henri Matisse

Íntima y esencialmente unido a la música, el baile es motivo de práctica desde la más remota antigüedad, además de ser motivo de reflexión filosófica.
La primera parada en la danza proviene de uno de los relatos épicos más fundamentales de nuestra civilización. En La Odisea Homero relata el primer gran viaje de retorno de la historia de la humanidad. En su canto VIII, el ingenioso Ulises, tras la descripción de unos juegos en el país de los feacios asiste a la representación de una danza.



Una vez asentada la ópera en Italia con su fogosidad mediterránea y el uso de aquellas arias que emocionaban desde un virtuosismo sobrecogedor, el acercamiento a este arte en Francia fue cuestionado. Surgieron adeptos a este tipo de música frente a los que abogaron por la creación de una ópera francesa más cercana a la sonoridad del idioma galo y unos textos donde fueran más trascendentes la historia y la profundidad de música que la explosión de fuegos artificiales vocales. A la sazón surgió una ópera auspiciada por la figura regia. Con Luis XIV se empieza a dar forma y se incorporan a las óperas además del texto y la música el ballet. Lo que se llamó la Grand Òpera comienza a reinar en Francia con sus partes cantadas y la inclusión de partes bailadas.
En su ópera-ballet Les Indes galantes (Las Indias Galantes) Jean-Philippe Rameau narra cuatro historias de amor al estilo galante en lugares lejanos a la realidad francesa, exóticos por tanto y recogidos bajo la denominación genérica de Las Indias: Turquía, Perú, Persia y Norteamérica. El enlace nos presenta una de los clásicos bailes barrocos recogidos en esta ópera-ballet con un muy reconocible estilo francés.


En Historia de la danza desde sus orígenes Artemis Markessinis relata que en su obra Simposium o Banquete, Jenofonte detalla una serie de conversaciones de Sócrates con otros contertulios, de algunas de las cuales se duda su autenticidad histórica. Con independencia de si el relato es histórico o no, sirve de muestra para volvernos hacer que caigamos en la cuenta de la importancia que los griegos daban a la danza.
En uno de estos relatos de conversaciones el filósofo asiste a una comida y una vez finalizada indica que entró un músico con una hija tocando la flauta, otra que bailaba y un hijo que bailaba y tañía un instrumento. La bailarina sale tras un primer baile y vuelve con unos platillos en las manos. 


En Orpheus and Eurydice (Orfeo y Eurídice) Christoph Willibard Gluck, introduce algunas escenas de baile en la obra. En la Danza de los espíritus benditos, en el acto segundo, Orfeo llega al Hades, el infierno de los griegos, en busca de su amada Eurídice. En sus profundidades, en una de sus estancias, contempla las almas de los espíritus bienaventurados o benditos.
El enlace nos muestra esta Danza de los espíritus benditos de Orfeo y Eurídice en una producción que se llevó a cabo en el Palais Garnier parisino en 2008. La música es indiscutiblemente del período clásico, con esas estructuras melódicas y finales de frase tan típicos de este estilo musical.



Tras el sorprendente descubrimiento de la pasión que Sócrates mostraba por la danza al advertir que un cuerpo en movimiento se vuelve más hermoso y bello que en reposo, otro filósofo se nos muestra también como un apasionado de la expresión a través de la danza. Friedrich Nietchze utiliza la danza como un recurso estético en su obra, como resultado de su gran afición a este arte. Lo dionisíaco, la ligereza que otorga al cuerpo, la libertad que le imprime sirven al filósofo alemán para dar pie a reflexiones sobre la danza en la que participan sátiros danzantes, hombres y mujeres que bailan sin pausa o personajes que serían impensables como el propio Zaratustra sin la connotación del baile.

Trois danseuses de Pablo Picasso

La danza para Nietchze es signo de libertad, es la capacidad de poder fluir fundiéndose con el movimiento del mundo y al hacerlo entrar en el ritmo de la vida, de la naturaleza o del viento, luchando contra la fuerza de la gravedad. Ahí radica su belleza, en la elección del ritmo al acercarnos al flujo de la naturaleza, al unir la participación del cuerpo con la conciencia del ego.
Tema recurrente a lo largo de su obra, en Ditirambos dionisíacos Nietzsche plasma esta visión del baile.



Gibrán Jalil Gibrán (o Khalil en la transcripción fonética inglesa) fue un poeta, pintor y novelista libanés que vivió entre 1883 y 1931. Emigrado a Estados Unidos, su huella ha traspasado la frontera de la cultura de Oriente Próximo llegando a traducirse su producción literaria a más de una veintena de idiomas y sus pinturas expuestas en diversas ciudades.
En su libro El vagabundo Jalil Gibrán se sirve de la figura de un hombre "con apenas un bastón, que cubría sus ropajes con una capa y su rostro con un velo de tristeza" encontrado por el narrador en una encrucijada de caminos para transcribir una treintena de historias narradas por él y que, según sus palabras, "son fruto de la amargura de sus días, aunque él nunca se mostró amargado." 
De estas historias "escritas con el polvo del camino" nos servimos de La bailarina para incidir en la continua emoción que nos transmite la danza.




De cuantas óperas han utilizado el ballet como una forma más de narración musical, posiblemente la que más pronto se nos acerque a la memoria se una de las danzas incluidas en la ópera La Gioconda de Amilcare Ponchielli. Estrenada en abril de 1876 en el Teatro Alla Scala de Milán con el tenor español Julián Gayarre en el elenco, hubo de competir con las obras de un Verdi que se encontraba en su momento más creativo. Basado en el drama Ángelo tirano de Padua de Víctor Hugo y con libreto de Arrigo Boito, aunque utilizando como pseudónimo el anagrama Tobia Gorrio, Ponchielli acometió la composición honrado a la vez que perplejo al no confiar en estar a la altura de la situación. 

Ensayo de ballet, de Edgar Degas
El príncipe Enzo hubo de renunciar a su amor por Laura por razones políticas y ahora está prometido con la cantante Gioconda, aunque aún quiere a Laura que va a casarse con Alvise. La fuga que ambos traman fracasa y Gioconda, celosa reconoce en Laura a quien salvó a su madre. En este entramado de pasiones se desarrolla la obra cumbre de Ponchielli una de las obras post-verdianas que aún siguen teniendo hueco en el repertorio operístico.
En la segunda escena del tercer acto los invitados celebran en la Ca' d'oro un baile de máscaras en el que se inserta la famosa Danza de las horas. Aquí el ballet no es un fragmento suelto añadido a la acción, sino que constituye una acción bailable inserta dentro del drama escénico. El enlace pertenece a una representación llevada a cabo en el Teatro dell'Opera di Roma en 1992 en la que actuaron Plácido Domingo y Violeta Urmana entre otros con la dirección musical de Marcello Viotti.
Los distintos temas que forman esta Danza delle ore y sus coreografías se van sucediendo finalizando con el más majestuoso de todos y en el que la prima ballerina llega a realizar nada menos que 27 giros sobre sí misma. Todo un regalo apreciar la belleza que el movimiento otorga a los cuerpos.



Y lo que son las cosas, nuestros esquemas mentales y recuerdos. Viendo esta danza no dejamos de tener en la imaginación gráciles hipopótamos y cocodrilos con tutús.


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El (en)canto de las sirenas

Se atribuye a Heráclito la idea de que todo cambia y la frase, no textual, de que "no podemos bañarnos dos veces en el mismo río". Hay ideas y conceptos que han ido cambiando su esencia, su contenido o su aspecto externo con el devenir de los tiempos, con las concepciones que se han ido teniendo a lo largo de los distintos momentos.
Las sirenas se nos aparecen como uno de los primeros mitos de la cultura occidental, cuyo aspecto, significado e iconografía ha ido cambiando con el paso por las distintas culturas y civilizaciones. Te propongo un recorrido por algunas de sus apariciones en las distintas artes. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!



De entre las músicas de Claude Debussy se encuentran algunas de las que mejor describen atmósferas sonoras y matices, aunque él siempre huía de clasificarlas como impresionistas, pese a que la siguiente obra esté basada en unos cuadros de ese estilo pictórico. En su Trois nocturnes: Nuages, Fêtes et Sirènes (Tres nocturnos: Nubes, Fiestas y Sirenas), el compositor francés que metió de lleno la música en la modernidad del siglo XX, compone  en una obra para violín solista, orquesta y coro atmósferas casi etéreas, como oídas desde la lejanía. El enlace no presenta una grabación en vídeo, sino una interpretación para disco de The Cleveland Orchestra dirigida por el gran Vladimir Ashkenazy.
Te propongo oír el tercero de los nocturnos, estas Sirenas, a las que no es necesario divisar, sino sentirlas en la lejanía, acompañando a esta lectura.


Su aparición en la Odisea, durante el viaje de regreso de Ulises a su Ítaca natal, las presenta como seres relacionados con el submundo del Hades y, como tales, atraían a los marineros para hacerlos naufragar contra los arrecifes, devorarlos y llevar sus almas al Averno
Contrariamente a lo que solemos conocer en sus representaciones iconográficas, eran seres híbridos con cabeza y torso de mujer y emplumado cuerpo de ave, cuya voz prodigiosa embelesaba a quienes las oían y se sentían irremediablemente atraídos, de forma literal, hacia los escollos donde se encontraban, identificados por algunos estudiosos como en algunos lugares como cercanos a las costas mediterráneas de Sorrento o Capri.

Vasija griega clásica  decorada con imagen de la Odisea y sirenas con su aspecto original

Homero narra en el Canto XII de su Odisea cómo Circe, la hechicera con quien Ulises convivió un tiempo, aquella que convertía a quienes deseaba en animales, viendo la irremediable partida de éste, lo advierte sobre el peligro que suponen para los navegantes.




También aparecen en la cultura griega clásica en otra de las obras que presentan uno de esos viajes al confín del mundo. En su viaje a la Cólquida en busca del Vellocino de Oro que se relata en Jasón y los argonautas, el navío de Argos se acerca a los escollos de las sirenas, donde la forma de conjurar el llamamiento imperioso del canto es con otro aún mejor. Orfeo, el mítico cantante, el único ser humano que ha podido regresar del Hades gracias a su prodigiosa voz, canta sobre el canto de las sirenas hasta hacer que los marineros sobrepasen los escollos. Sólo Butes se dejó seducir por el melodioso canto y se arrojó al agua, siendo recogido por sus acompañantes.


Ulises y las sirenas. John Waterhouse (1891). National Galerie of Victoria. Melbourne

En el relato de Homero, el más conocido de todos, Ulises sigue las instrucciones de Circe preparando su encuentro con las sirenas, que se desarrolla como se preveía, aunque con el protagonista al límite de caer en sus encantos.


En su erudito y ameno estudio Sirenas, seducciones y metamorfosis, Carlos García Gual traza un recorrido por el mundo cultural de las sirenas, sus apariciones en distintas historias y culturas, sus diversas formas, aunque siempre ligadas al juego de la seducción. Las sirenas atraen irremediablemente, pero no con engaños, ardides o fuerza, sino con la fuerza de su melo(dio)so canto.
A partir del medievo cambia la concepción y aspecto físico de las sirenas. Ya no poseen cabeza y torso de mujer con cuerpo de aves, sino que se amoldan al aspecto pisciforme con que las conocemos en la actualidad con una cola de pez en lugar de piernas, que siempre ocultan en el mar. Con sus voces seductoras, los largos cabellos (que en algunas iconografías aparecen con peines y espejos para cuidarlos ante la espera de nuevas víctimas), las sirenas engañan con sus cantos a cuantos navegan por sus escollos.



En lugares más alejados del mar con grandes corrientes de agua surgen, como si de sirenas de agua dulce se tratara, las ondinas y nereidas. Con su mismo aspecto, viven en los ríos del continente, aunque pasaron a representar un cierto grado de seducción, como sutiles cortesanas a la caza de hombres adinerados o jóvenes ingenuos, seduciendo más por su belleza y placer sensual que por su bello canto. A esta línea pertenece el texto del escritor centroamericano Augusto Monterrosso



Richard Wagner inicia El oro del Rhin, la primera de las óperas de su Tetralogía El anillo de los Nibelungos, bajo el fondo rocoso del Rhin, leve e irregularmente iluminado por la luz del amanecer. Allí nadan y se recrean entre las ondas las Hijas del Rhin, Woglinde, Wellgunde y Flosshilde. Del mundo subterráneo surge Alberich, el rey de los nibelungos, un enano repulsivo y deforme que trata de seducirlas. Ellas se burlan de él, provocándolo hasta enfurecerlo, ya que no puede desenvolverse por el agua como ellas. Un fugaz rayo de sol atraviesa las aguas dejado ver los destellos del oro que vigilan las ondinas. A la pregunta del nibelungo, las ninfas le revelan que el oro reposa en su lecho natural y que sólo quien reniegue del amor y forje con él un anillo, se convertirá con su poder en el dueño del mundo. En esta escena, Wagner hace jugar a las Hijas del Rhin con su poder de seducción sobre el nibelungo.
El enlace pertenece a un montaje de La Fura dels Baus que se representó en el Palau de les Arts Reina Sofía de Valencia en 2007, con Silvia Vázquez, Ann-Katrin Naidu Hannah Ester Minutillo como las Hijas del Rhin y Franz-Josef Kapellmann en el rol de Alberich.



García Gual apunta en su prolífico estudio la nueva transformación que el mito de las sirenas sufre en el período romántico, una metamorfosis que, como suele acontecer, las adapta a las circunstancias estilísticas de esta corriente artística.




El siglo XX vio el nacimiento de una de las más conocidas de las ninfas, aún bajo el signo del romanticismo. En marzo de 1901, Antonín Dvorák estrenaba su ópera Rusalka con un libreto de Jaroslav Kvapil que se inspiraba en la mitología eslava, cuentos checos del siglo XIX y, de modo especial, en La sirenita de Hans Christian Andersen, la más recurrida de las fuentes que conocemos y se utilizan en la actualidad.
En Rusalka, Dvorák alterna la presencia de seres humanos con los procedentes del mundo de las profundidades acuáticas, en una ópera que narra la historia de una ninfa de los arroyos y manantiales, una rusalka como se denomina en checo que, cuando se enamora de un príncipe humano, termina encontrando su perdición.
De toda la ópera el fragmento más conocido es Mêsíčku na nebi hlubokém (La Canción de la Luna) en la que la rusalka pide al astro que le cuente al príncipe su amor por él.
La versión de La canción de la Luna está interpretada por la soprano letona Kristine Opolais en una representación de la Bayerische Staatsoper de Munich grabada en 2012 bajo la dirección musical de Tomás Hanus


Si esta entrada peca de un excesivo tono androcéntrico, nada mejor que desprendernos de él con el texto de Marco Deveni con el que finalizamos.



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Páginas web interesantes:

  • https://mitosyleyendascr.com/mitologia-griega/las-sirenas/ 
  • https://elpais.com/cultura/2014/07/24/actualidad/1406184846_835813.html 

Mirando las estrellas con los ojos cerrados

Las estrellas siempre están ahí, sobre nosotros, pero no las vemos. 
Si levantamos la cabeza, sobre el firmamento siempre se encuentran las estrellas. De día la luz nos impide verlas, pero se encuentran sobre nosotros. Aunque no lo pensemos, podemos sentirlas, saber que están ahí. 
De noche estamos perdiendo la capacidad para verlas. La luz de nuestras ciudades con la contaminación lumínica o la vida hacia el interior de los hogares o el distanciamiento de la naturaleza nos impiden disfrutar la maravilla de un cielo estrellado. 
Pero es más nuestra falta de ganas de verlas las que nos dificultan apreciarlas. Hoy brillan más las estrellas de neón, las cinematográficas o las musicales, las estrellas fugaces que pasean rápidas y veloces hasta apagar su caduco brillo en las televisiones de los hogares en una constante lluvia de estrellas que surgen y desaparecen.
Gozar de una noche divisando las estrellas, pararnos a admirar el firmamento, buscar unos ojos amigos y compañeros mientras paseamos los nuestros entre el fulgor de las constelaciones, sentir que bajo la cúpula celeste formamos una parte nimia e infinitesimal del universo, conforman una de las vivencias más sobrecogedoras que podemos experimentar.
Si no puedes llevarlo a cabo, te propongo un paseo desde tu casa, desde tu sillón, desde donde te encuentres, por las estrellas. Un paseo que surge de las experiencias que nos aportan algunos autores a través de sus libros y composiciones musicales. No se trata de un registro riguroso, sino de experimentar el placer que supone ver las estrellas cuando no puedes mirarlas, como con los ojos cerrados, desde el lugar donde estés. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!




Nuestra cultura proviene de civilizaciones anteriores. Uno de los primeros relatos, épico donde los haya, proviene de la literatura griega. En la primera gran epopeya de Homero, La Iliada, aparecen las primeras referencias a las constelaciones que pueblan la bóveda celeste, con los nombres que reconocemos desde hace varios milenios.
En el Canto XVIII, Hefesto, dios del fuego está encargado de realizar en las fraguas un escudo para Aquiles, entre cuyos adornos reconocemos aquellos grupos de estrellas y sus nombres que nos han hecho mirar al cielo en tantas ocasiones.



Richard Wagner nos acerca también a la mirada a las estrellas, en una de las óperas con las que configuró su universo. En el tercer acto de Tannhäuser, Wolfram entona un arioso, esa mezcla entre recitativo y cantado, seguido de una especie de himno al "lucero vespertino" (O du, mein holder Abendstern), una exquisita romanza donde el caballero identifica a su amada Elisabeth con la estrella del atardecer y le muestra su fidelidad más allá de la muerte. 



La interpretación de Michele Kalmandi con un escenario y vestuario austeros se grabó en directo en enero de 2008 y nos muestra la sensación melancólica a la par que romántica que Wagner nos transmite. Como curiosidad, en escena, Wolfram no lleva el arpa que suele portar en esta escena.



Perteneciente a una dinastía de escritores de origen polaco junto a su hermano Israel Joshua Singer y su hermana Esther Kreitman, Isaac Bashevis Singer publicó su novela Shosha en 1978, el año en que le concedieron el Premio Nobel de Literatura. 
Hijo y nieto de rabinos, toda su obra está escrita en jidish, el idioma de la comunidad judía del centro y este europeos, pese a vivir en Estado Unidos desde su exilio tras la guerra mundial.



En Shosha, Singer narra una historia de amor en la Varsovia de los años treinta, en la calle Krochmalna en la que creció el autor y centrada en la figura en la voz de su protagonista Aaron Greidinger y la relación que tiene con cuatro mujeres, y el recuerdo y aparición de nuevo en su vida de Shosha, una vecina y compañera de su infancia. Singer narra una historia dura en la que habla de la capacidad que tenemos para autoengañarnos y lo imprevisible que llegan a ser las conductas humanas en un libro que está cargado de un sentido del humor entre la tragedia de las vidas.
La mirada que el protagonista nos ofrece sobre una estrella, la misma que fijaba la atención de Wolfram en Tannhäuser, provoca otro tipo de razonamientos en la pluma de Singer.


Ningún autor se acerca a la genialidad de Franz Schubert en la composición de lieder. Con más de 600 de ellos, cada lied del compositor vienés lo define como uno de los más grandes especialistas en este tipo de obra. La tradición de composiciones cantadas en alemán evoluciona con su presencia hasta desprenderse de la brillantez del aria de ópera y alcanzar una sencillez marcada por la fusión entre el texto del poema y la forma que el autor le confiere, prescindiendo del virtuosismo del cantante y del instrumentista, casi siempre al piano, para entrar en la esencia del texto en que se basa.



De toda la producción de Schubert, el lied Abendstern (A la estrella del atardecer) también está dedicado al mismo lucero vespertino que las obras anteriores. Compuesto en 1824, el año en que comenzó a afectarle la enfermedad que le llevó en unos años a su prematura muerte, está basado en un poema de su amigo Johann Baptist Mayrhofer, un escritor aficionado con quien convivió durante algunos de sus años de penurias económicas y del que tomó casi medio centenar de poemas para musicar.



Nuestra mirada a esta estrella del atardecer se basa en una interpretación de Ian Bostridge, un interesante tenor inglés especializado en la obra de Händel y Britten y cuyas interpretaciones estoy comenzando a conocer a través del trabajo que sobre el Winterreise, El viaje de invierno de Schubert publicó Aurora Madariaga a quien podemos seguir en su perfil de Wattpad. Si tienes ocasión, no dejes de seguir los escritos de una enamorada de la música y la literatura como Aurora, poseedora de una voz rica y sensible y una beethoveniana irredenta.


El escritor japonés de referencia en la actualidad Haruki Murakami refleja en sus obras un rico mundo interior, onírico y creativo en que se reflejan el individualismo y la soledad imperantes en la sociedad actual y en el que los protagonistas superan esos condicionantes a través de experiencias intensas y personales.

En Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, una novela publicada en 1994, Murakami hace narrar a Tooru Okada su historia. En uno de sus recuerdos, el protagonista hace referencia a una experiencia infantil bajo la cúpula estrellada del cielo y el vértigo que le produjo.



La obra de Robert Schumann se circunscribe de forma general al piano del que llegó a ser un gran virtuoso y compositor antes de que los problemas mentales le retiraran del mundo de la música. 
La siguiente mirada musical nos acerca a las estrellas en general con una versión para coro a cuatro voces en un tono que sigue algunas de las sendas filosóficas que han aparecido en estas miradas.



El Universitäts Chor Munchen bajo la dirección de Johannes Kleinjung nos acerca A las estrellas (An die Sterne) en una actuación que se realizó en julio de 2010.



¿Qué relato o música, qué reflexión o evocación añadirías?

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El dolor de la ausencia

¿Cómo reaccionamos cuando perdemos de forma definitiva una persona a la que queremos? ¿Cómo actuamos o nos encontramos ante su ausencia? 
Vivimos en una sociedad en la que la muerte se vuelve cada vez más invisible, en la que las personas mayores o enfermas salen de forma física de nuestra vida pasando a hospitales o residencias; en las que no hay espacio para la muerte, sino huecos que se ocupan rápidamente, como si mirando para otro lugar con este hedonismo que marca nuestra sociedad desaparecieran las ausencias. El dolor, el luto sólo se viven en la soledad, hacia adentro, obviando las muestras exteriores que, en otros momentos, llegaron a ser excesivamente largas y dolorosas.
Si unimos La Iliada de Homero con el final de Lucia de Lammermoor de Donizetti tenemos una visión del cambio que ha tenido con el paso del tiempo la respuesta que damos cuando nos enfrentamos con una ausencia definitiva en nuestras vidas.


Poco sabemos de Homero, el cantor de las primeras epopeyas griegas. Pese a las ocho biografías suyas que se publicaron antes de la época romana, no hay apenas coincidencia entre ellas ni en el tiempo en que vivió, que lo sitúan entre el siglo XXI y VI a. de C.; ni su lugar de nacimiento, que lo suponen en Esmirna, Chimé, Salamina, Argos, Cos, Rodas, Pilos, Atenas o Chíos, siendo esta última o Esmirna las que más aceptación tienen; ni su condición, aunque la mayoría coincide en que era un aedas ciego, un poeta errante que compiló una serie de narraciones que concluyeron con las dos grandes obras que se le atribuyen: La Iliada y La Odisea. Es la biografía escrita por Herodoto la más aceptada en la actualidad, quien da más pistas sobre su patria, su nombre y la causa por la que perdió la visión.



La Iliada narra, como sabemos, la guerra de Troya. Pero sólo se refiere a un episodio de la guerra, un intervalo de cincuenta y un días que se centran en la disputa de Aquiles con Agamenón, la cólera del primero y las terribles consecuencias.
Plagada de héroes, con un tono épico, sus más de quince mil versos hexámetros hacen desfilar a personajes como el ingenioso Ulises, Aquiles el de los pies ligeros, Agamenón, rey de los hombres, Ayax o PatrocloY por la parte de los troyanos, el gran héroe Héctor el del casco palpitante, Paris quien raptó a la divina Elena originando la guerra, hijos de Príamo. Mientras, los dioses debaten y toman partido por los beligerantes: Zeus, Hera, Apolo, Hefesto o Atenea, hasta que quien manda en el Olimpo, Zeus, ordena que ninguno tome partido en las acciones de los héroes.



El texto pertenece al Canto XXII en el que se narran los funerales con que se acompañan los restos mortales de Héctor, el principal de los guerreros e hijos del troyano Príamo quien ha sido abatido por Aquiles. Lo épico del momento se trasluce en las palabras con que Homero describe cómo se llevó a cabo tan luctuosa ceremonia.




Nuevamente vuelvo a traer al blog una pieza extraída de Lucia di Lammermoor, una de las obras que mejor retratan el espíritu del periodo belcantista y una de las obras más representativas de Gaetano Donizetti.
Si lo deseas puedes volver a oír el dramático e impactante sexteto de Lucia de Lammermoor en Dos retratos de mujer, Lucia y Eszter y la famosísima Escena de locura en La muerte de Virginia Wolf y Lucia di Lammermoor.
Según la estructura de la ópera romántica, la obra tenía que haber concluido con esta escena de la locura y muerte de Lucia, pero Donizetti se saltó esta norma no escrita y creó un último acto dedicado a matizar el personaje de Edgardo. Inmerso en su carácter romántico, el desesperado amante de Lucía es el protagonista del final de la ópera con su trágica aria Tu che a Dio spiegasti l'ali (Tú, que has dirigido tus alas hacia Dios). Quizás el hecho de que el personaje fuera estrenado por Gilbert Duprez, uno de los más famosos tenores de la época e inventor del Do de pecho, influyó en la decisión de dar algo más protagonismo a esta voz frente al que tenían en aquella época las sopranos, reinas indiscutibles de la ópera.


Boceto escenográfico de Adolph Mahnke para Lucia di Lammermoor.
Ópera Estatal de Sajonia, Dresde 1937


Esta última escena de la obra transcurre en el cementerio donde Edgardo, desesperado interpreta el recitativo y el aria de la escena Tombe degli avi miei (Tumba de mis antepasados) y Fra poco a me ricovero (Dentro de muy poco un olvidado sepulcro). Se oye acercar un fúnebre cortejo que le indica que Lucía ha muerto. Entonces entona la cabaletta, el aria adornada y brillante con que concluye la escena y, en este caso también la ópera. La primera parte de Tu che a Dio spiegasti l'ali concluye con Edgardo queriendo acabar con su vida. Raimondo y sus acompañantes intentan impedirlo sin éxito. La segunda parte viene precedida por los instrumentos de viento y el lamento del chelo y se canta con la misma melodía y la voz entrecortada del moribundo.
El enlace pertenece a una producción del Metropolitan Opera House de New York llevada a escena en febrero de 2009 y el rol de Edgardo está interpretado por el tenor polaco Piotr Beczala. En esta producción Mary Zimmerman lleva la ambientación a la época victoriana y en esta escena hace que se aparezca el fantasma de Lucia (una silente Anna Netrebko) a Edgardo como elemento dramático, algo que no está escrito en la obra, pero de una efectista e indudable carga romántica.



Aunque con una peor calidad de la imagen y del sonido que llegan incluso a perder la sincronización, no me resisto a poner un enlace histórico de toda la escena última completa con el recitativo, el aria y la cabaletta. Se trata de una excelente interpretación muy matizada y belcantista de Alfredo Kraus en el mismo teatro en noviembre de 1982 con la dirección de Richard Bonigne.


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