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Propósitos y brindis por el Año Nuevo

El tiempo avanza inexorablemente, sigue su curso hacia adelante, implacable y riguroso por su condición. Días, semanas, meses e incluso años pasan y no siempre nos hacemos conscientes de ello. De nosotros depende cómo los acojamos, cómo hacer que cada día tenga su valor, que algunos acontecimientos que nos suceden tengan el sentido y que les otorguemos la importancia que queremos que alcancen.
Pero a ese tiempo lineal, que para cada uno de nosotros se inicia y concluye en unos momentos determinados independientemente del tiempo cronológico general, tiene unos momentos que nos acercan a la circularidad, a esos ciclos temporales que se repiten periódicamente cada año (año nuevo, Semana Santa, pausa del verano, Navidades), entren en nuestras ideas y convicciones, los celebremos o no. También hay ciclos que marcan una temporalidad mayor que la anual como algunos acontecimientos deportivos: olimpiadas, campeonatos continentales o mundiales.
Estas celebraciones o acontecimientos cíclicos rompen con la rutina que supone el avance del tiempo, llevándonos a momentos y situaciones que acogemos con mayor o menor interés.
Una de las celebraciones que tiene un ámbito más universal en su desarrollo, independientemente de los calendarios religiosos o civiles que marcan nuestros tiempos, es el Año Nuevo, un acontecimiento que se celebra en la mayoría de países de nuestro planeta, aunque escalonadamente, como corresponde al uso de los distintos husos horarios.
Te invito a una reflexión sobre los propósitos que nos creamos cada Año Nuevo y un brindis para celebrar su llegada. Nos acompañan obras de Chesterton y Rossini. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!


La primera noticia que tuve de Gilbert Keith Chesterton fue a través de un artículo en una revista titulado Chesterton el incansable en el que se trazaba un retrato del crítico, poeta, pensador y novelista inglés, acentuando su inagotable energía, su disposición hacia el debate y la defensa de sus posturas y su brillante e ingenioso estilo literario, además de realizar el paso del anglicanismo en el que nació y fue educado hacia el catolicismo. Su enorme capacidad para la charla y el debate quedó mostrada cuando en una ocasión estuvo hablando y debatiendo con su hermano durante más de treinta horas ininterrumpidas en las que unos sándwiches y unos momentos para acudir a ciertas necesidades corporales fueron las únicas alternativas a la conversación. 
Autor de una prolífica y variada obra literaria, Chesterton dominó como pocos escritores la ironía y la paradoja en sus narraciones, destacó con sus breves y precisas sentencias en una obra, como él, desmesuradamente abundante recogida en más de cien volúmenes en las que trató la mayoría de los géneros literarios. La poesía (El caballero salvaje), estudios literarios sobre diversos autores (Dickens, Bernard Shaw, Robert L. Stevenson, Francisco de Asís, Tomás de Aquino...), tratados de teología y filosofía, cientos de artículos periodísticos configuran su corpus literario. Con El hombre que fue jueves se adentró en la narración detectivesca que tantos éxitos le dio, especialmente con su personaje novelesco más destacado, el Padre Brown, un sacerdote-detective del que escribió alrededor de medio centenar de historias protagonizadas por este personaje de carácter descuidado, poco llamativo e inofensivo, pero que resolvía, gracias a su conocimiento de la naturaleza humana, los crímenes más inexplicables.


Pero lo que nos acerca a G. K. Chesterton es un artículo periodístico publicado para celebrar la llegada del año nuevo de 1904.
Recogido en Lunacy and Letters (Lectura y locura) en 1958, años después de la muerte del escritor, el libro recopila parte de sus artículos publicados en distintos periódicos entre 1901 y 1911. 
En el artículo en cuestión, titulado January one, Chesterton reflexiona sobre la importancia que posee esta celebración, utilizando el símil de una serpiente infinita que representaría ese tiempo, también interminable. «La verdadera razón del nacimiento de las épocas y estaciones -sigue reflexionando Chesterton- es cortar esa serpiente por la mitad y dejar que arrastrase su enorme cuerpo por encima de todas nuestras impresiones sin dejarnos la oportunidad de reflexionar y comprender con claridad el paso de una impresión a otra.»


Así, Chesterton justifica la existencia de momentos como el año nuevo y los propósitos que solemos realizar en este momento, intenciones que, independientemente de que vayamos a cumplir o no -ya sabemos qué suele ocurrir con ellas- tienen una finalidad concreta y razonable.
Nos acompaña un extracto de este artículo periodístico en el que, la última expresión podemos cambiarla por aquella que deseemos según nuestras ideas, creencias o convicciones.


Después de retirarse prematuramente de la composición, Gioacchino Rossini no pudo alejarse del arte al que había dedicado su vida y retomó la composición y la interpretación para sus amigos y conocidos en las veladas que organizaba los sábados por la tarde, sus conocidas Samedi soirs. En ellas, el compositor italiano desarrollaba su gracia, dotes interpretativas y canoras en pequeñas piezas compuestas para sus invitados de las que tratamos en Pecados de vejez, según Rossini, bien interpretadas por él mismo, bien por amigos e intérpretes reconocidos. 


Estas piezas variadas y dispersas, compuestas entre 1857 y 1868, se recogieron posteriormente con el título de Péchés de vieillesse (Pecados de vejez) en catorce volúmenes que abarcan hasta doscientas treinta y siete composiciones íntimas, divertidas, sentimentales o serias que se adaptan al capricho del compositor, a la llegada de intérpretes para ejecutarlas o a la inspiración del momento.
Una de ellas, publicada el 1 de enero de 1892 por el editor musical Guido Johannes Joerg, nos acompaña para recibir el año nuevo con la inspiración de Rossini.
Se trata del octeto para dos voces de soprano, contralto, tenor y barítono Toast pour le Nouvel Ann (Brindis por el Año Nuevo), que habitualmente se interpreta para coro con ese tipo de voces. Dentro de la catalogación de estos Péchés de vieillesse está incluido en el segundo de los volúmenes, el Álbum francés catalogado como Ottetino.


La interpretación corre a cargo de Azusa Pacific University Chamber Singers dirigidos por Michelle Jensen en su participación en el concurso Internationaler Kammerchor-Wettbwerg Marktoberdorf de 2017.

Con el deseo de que tengas un feliz, provechoso y enriquecedor año nuevo nos quedamos en compañía de la música de Rossini
 
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Bibliografía y webgrafía consultadas:
  • Chesterton, Gilbert Keith. Lectura y locura. Editorial Espuela de Plata. EAN 9788769656247.
  • Versión en inglés: Chesterton, G. K. Lunacy and Letters. Enlace a documento en pdf.

Burros, mulos y otros animales

Durante siglos los seres humanos hemos vivido inmersos en la naturaleza. Rodeados de animales y plantas, hemos sido sin pretenderlo los primeros seres ecológicos durante el tiempo que hemos vivido con una economía de subsistencia.
El abandono de las zonas rurales que comenzó con la Edad Moderna, los avances de la revolución industrial han ido apartándonos cada vez más de la naturaleza y el cuidado del medio ambiente.
La entrada en el Antropoceno, la nueva era en la que nos encontramos y que viene definida por el hecho de que las actuaciones del ser humano son definitivas en el entorno ecológico a nivel global en que nos movemos, están haciendo que la comunidad científica nos envíe mensajes sobre cómo debemos actuar para no deteriorar de forma definitiva nuestro planeta.
Este alejamiento de la naturaleza nos ha hecho olvidarnos de animales y plantas con los que hemos convivido durante milenios. Frente a animales que siempre han sido protagonistas en la naturaleza o en el ámbito doméstico, otros han ocupado siempre un lugar más modesto ocupando un segundo plano. Frente al protagonismo de animales como el caballo. los asnos han tenido siempre un papel más modesto, ofreciéndonos trabajo y servicio de forma humilde. 
Te propongo un paseo junto a los burros, esos animales modestos y humildes que han acompañado durante tanto tiempo al ser humano y han desaparecido de su vida. Nos acompañan obras literarias y musicales dedicados a ellos. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!
El burro verde. Marc Chagall (1911)
Si pensamos en burros, ¿cuál es el primero que se nos viene a la mente?
Según algunas fuentes, después de La Biblia y El Quijote, Platero y yo es el tercer libro más traducido a distintos idiomas. La prosa poética de Juan Ramón Jiménez, es ya más que centenaria, pues se publicó en 1914. El premio Nobel nacido en la cercana Moguer cuenta que cuando lo escribió no pensó en un libro para niños. De hecho, según sus palabras, "nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos se nos ocurren".
Pero los hechos son como son y los datos indican que se publicó en La Lectura, una colección de literatura infantil y que en el prólogo original el autor escribió: "Este breve libro, en donde la alegría y la pena son gemelas, cual las orejas de Platero, estaba escrito para...¡qué sé yo para quién!... para quien escribimos los poetas líricos... Ahora que va a los niños, no le quito ni le pongo una coma." Esa edición contaba con 66 capítulos lejos de los 138 de la versión definitiva.


Ilustración de Ximena Maier para una edición de Platero y yo

Juan Ramón Jiménez (hay autores cuyo nombre se dice así de corrido siempre) contó que Platero existió, mas no uno, sino muchos. Platero es el nombre común con que se conocía a los burros de pelaje gris. El escritor recordaba: "Yo tuve de muchacho y de joven varios. Todos eran plateros. La suma de todos mis recuerdos con ellos me dio el ente y el libro."
El cariño y la ternura que muestra el poeta desde el comienzo que todos conocemos se desarrolla durante toda la obra:


Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera
que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. 
Sólo los espejos de azabache de sus ojos
son duros cual dos escarabajos de cristal negro.

Este tono lírico se quiebra con la indignación que le provoca la palabra asnografía encontrada en el diccionario. Afortunadamente ya no aparece en los diccionarios actuales.



La primera música proviene de una obra que fue escrita como un divertimento. Su autor, Camille Saint-Saëns la estrenó un martes de carnaval de 1886 en una representación privada, apareciendo un autor tan serio como él con nariz y barbas postizas. Un mes más tarde se interpretó en la casa de Pauline Viardot, la hija del sevillano Manuel García y hermana de la diva María Malibrán, para que un amigo común, Franz Liszt pudiera escucharla. 
Saint-Saëns ideó Le carnaval des animaux (El carnaval de los animales) como Fantasía zoológica para una agrupación de instrumentos particular en la que se incluyen flauta, clarinete, xilófonos, dos pianos, una armónica de cristal (que se puede sustituir por un glockenspiel) y los instrumentos de cuerda. 
Sabiendo que esta obra era un divertimento en que todas las piezas presentan animales disfrazados, como cualquier carnaval que se precie, y en que unos movimientos parodian otras obras, mientras otros ridiculizan amigablemente a compositores o intérpretes conocidos, Saint-Saëns no consintió en que se volviera a interpretar en vida, salvo el fragmento de El cisne. En su testamento dejó escrito que la obra podría interpretarse tras su fallecimiento. Hoy en día es la obra popularmente más conocida del compositor francés.
Nuestra primera interpretación musical se titula Personnages à longues oreilles (Personajes de largas orejas) y representa con unos de los instrumentos más delicados y virtuosos de la orquesta. los violines, dos de esos animales a base de rebuznos que se van alejando poco a poco. La humorada del autor y alguna interpretación nos hace pensar que quienes así van disfrazados son en realidad determinados críticos musicales.
Julia Park y Sergio Leiva junto con The LSU Symphony Orchestra nos acercan a ellos.


Animal modesto donde los haya, el burro ha tenido siempre una condición inferior al caballo, más humilde y sencillo que su pariente en la familia de los équidos.


Sancho y su rucio interpretados por Gustave Doré

En El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha Cervantes lo deja claro cuando presenta al incondicional Sancho Panza y deja la duda en la mente de don Quijote sobre la idoneidad del papel de un asno en las novelas de caballería. Curioso que también sea rucio (blanquecino, canoso) como Platero el acompañante de Sancho.




Pero el ser humano ha deseado tanto sentirse el rey de la creación que ha soñado con tener un dominio absoluto sobre todas las criaturas grandes y pequeñas. Tanto que hemos pensado en ello que poco a poco hemos conseguido el efecto contrario. Cada vez hay menos animales, desaparecen especies y muchas se encuentran en peligro de extinción.
En una de sus óperas Mozart tuvo en sus manos que el entendimiento entre los seres humanos y los animales se llevara a cabo a finales del siglo de la razón. ¿Cómo fue posible? Con la música y la ayuda de una flauta sin igual. 
En su singspiel Die Zauberfflöte (La flauta mágica), su última ópera en alemán, Mozart hace que el príncipe Tamino reciba una flauta con poderes sobrenaturales que debe utilizar para hacer el bien. En el aria Wie stark ist nich dein Zauberton (Qué poderoso es tu mágico sonido), cuando Tamino toca la flauta aparece un grupo de animales salvajes que, según él, hace que cuando escuchan su sonido todos los animales se alegran.



La flauta mágica es una obra maestra particular, ya que posee diversos lenguajes que en ocasiones son contrapuestos. Trata de un cuento que se desarrolla en un país lejano, pero también tiene implícito un sentido masónico con un canto a la razón. Prácticamente cada montaje es distinto, desde los que la sitúan como un cuento oriental hasta los que la ambientan en la esfera del siglo de la razón, pasando por el desenfadado y alegre cuento que es. De todos los enlaces que hay en la red con esta escena, los animales que aparecen aquí reflejan este último escenario de cuento inocente. Pertenece a un montaje del Metropolitan Opera House de Nueva York con Matthew Polenzani como el oriental príncipe Tamino y la dirección musical de Jame Levine. Un cuento es así.


Incansable conversador, se cuenta que estuvo más de veinticuatro horas en una interminable y amena charla con su hermano. Despistado por naturaleza, tendía a olvidar qué debía hacer y dónde tenía que ir, hasta el punto de escribir con frecuencia telegramas a su esposa para que le recordara hacia donde tenía que haberse dirigido. 
Prolífico escritor y periodista, Gerbert Keith Chesterton cultivó la novela, el ensayo, la crónica periodística, la poesía, el teatro, la biografía o los libros de viaje. 


Ilustración del propio Chesterton donde aparece él con un burro
Fue el creador de un personaje que fue llevado a la televisión como uno de esos investigadores de la literatura inglesa al estilo de Poirot, Sherlock Holmes o Miss Marple: El padre Brown, un sacerdote católico con una agudeza psicológica y analítica que lo convertía en un singular detective y que apareció en medio centenar de relatos distribuidos en varios volúmenes. También escribió El hombre que fue Jueves, El hombre que sabía demasiado o El retorno del Quijote, una novela por entregas en la que homenajea al gran personaje literario. 
En Lepanto y otros poemas introduce un poema, The donkey (El burro) que dedica a este animal dócil, perseverante y nada presuntuoso en el que deja caer un bíblico momento de gloria para este animal.



Ferdinand Rudolph von Grofé, más conocido como Ferde Gofré, neoyorkino de origen francés y alemán, desarrolló su vida entre la música clásica y las orquestas de baile y jazz. Comenzó tocando la viola en la Orquesta Sinfónica de Los Ángeles hasta que entró a formar parte de la orquesta de Paul Whiteman. Allí se dedicó a realizar arreglos de obras clásicas que acabaron consolidando los estilos de las Big Band, esas orquestas que adaptaban músicas de diversos estilos. 
Entre sus obras más conocidas destaca Gran Canyon Suite (Suite del Gran Cañón) de 1931, una obra que narra en cinco movimientos la impresión que le produjo una visita al gran cañón del Colorado.
Los movimientos de esta suite sinfónica son: Sunrise (Amanecer), Painted Desert (El desierto pintado), On the trail (En el camino), Sunset (Atardecer) y Cloudburst (Estallido de nubes).
De todas, finalizamos este recorrido con el cariño hacia los burros y sus congéneres con On the trail, un movimiento programático en el que describe el camino que se realiza con una recua de burros para bajar hasta la orilla mientras se disfruta del inigualable paisaje que alberga este Gran Cañón del Colorado.
La interpretación corre a cargo de la Orquesta Sinfónica del Instituto Politécnico Nacional de México con la dirección de Enrique Arturo Diemecke.
En este movimiento Gofré no nos ofrece simplemente una música, sino la posibilidad de poder disfrutar de la experiencia de bajar a lo largo del sendero que nos lleva hasta el lecho del río Colorado.
Algunas indicaciones para poder disfrutar de esta pieza:
Comienza el movimiento con un sonoro rebuzno en los violines.
De este sonido surge la melodía que nos acompañará durante el camino mientras preparamos lo necesario para el paseo: ropa cómoda, un sombrero, agua...
Seguido a este sonido, comenzamos a caminar montado en una recua de estos animales por el estrecho sendero que nos bajará hasta la orilla del río.
Al momento se paran a pesar nuestro y, entre sus sonidos de queja, comenzamos a apreciar la belleza del paisaje.
Se reanuda de nuevo el camino.
Tras una progresiva aceleración, se paran otra vez los animales y permitiéndonos contemplar de nuevo el paisaje desde una mayor altura. Cada vez podemos apreciar mejor la grandeza y la majestuosidad del espacio.
Se vuelve a reanudar la marcha de forma más acelerada, intercalando las sensaciones que nos proporciona la visión del paisaje, la tranquilidad y el aire puro que dominan el panorama.
Entra en escena un solo que puede representar una caja de música que abrimos en pleno descenso hasta el río y que nos recuerda nuestra vida en la ciudad mezclada con las sensaciones del lugar.
No hay tiempo para ensoñaciones ni descansos. La recua acelera el paso, quizás por el olor del agua o por saber que el final del camino está cerca.


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Bibliografía consultada: