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1812: Obertura, Guerra y Paz

Durante siglos, el ejercicio del poder y la construcción de los grandes imperios venía asociado a la guerra y al sometimiento de los pueblos vencidos. En esos mismos imperios y estados, pocos eran los que podían sentir que tenían una vida justa y desahogada.
La guerra y el sometimiento de los vencidos se convirtió durante una gran parte de la historia de la humanidad en parte consustancial de la existencia humana. El florecimiento de un impero o un estado se basaba en muchas ocasiones en el dominio y conquista de otros vecinos o rivales, la mayoría de las veces por la guerra, ya tuviera esta un cariz económico, religioso o ideológico. Para la población, la guerra se asumía como un mal necesario e inevitable.
Apenas si había voces que discreparan públicamente de semejantes situaciones, salvo algunas que se erigían como fuerza moral arriesgándose a cargar con las consecuencias de su acción.
Las dos grandes guerras que asolaron Europa y el mondo en la primera mitad del pasado siglo fueron la culminación de las luchas de poder que habían comenzado en las centurias anteriores. En el XIX, que comenzó con la Revolución Francesa unos años antes de comenzar el siglo, se asentó la figura de Napoleón Bonaparte, quien se quiso erigir en uno de los grandes militares y estadistas como los antiguos Alejandro Magno, Julio César o Carlomagno que llevara los frutos de la revolución a todo un continente, una vez más por la conquista y el sometimiento de los estados.
Dos obras nos acercan a este tiempo que se desenvuelve entre el conflicto bélico y la concordia, ambas de creadores rusos. Por un lado, nos acercaremos a una colosal novela de Tolstói, una obra en la que el escritor ruso vuelve a mostrar su pacifismo. Junto a ella, nos acompañará una pieza de Tchaikovsky, una obra de encargo que ha pasado a formar parte del repertorio de las grandes orquestas. Juntas forman un conjunto unido por dos visiones distintas y divergentes sobre el intento de Napoleón de conquistar Rusia.
Te propongo reflexionar sobre las guerras y sus consecuencias con dos obras imprescindibles: Guerra y paz de Tolstói y la Obertura 1812 de Tchaikovsky Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!
 
Franz Roubaud, Batalla de Borodinó, Museo Panorama de la batalla de Borodinó.
Cuando Lev Nicoláievix Tolstói comenzó a escribir Voiná i mir (Guerra y paz) había transcurrido casi medio siglo de los hechos que se narran en la novela y el escritor tardó siete años más en completarla. La primera parte se publicó por entregas, una práctica habitual en la época, en la revista El heraldo ruso en 1865.
Hasta entonces los libros, que tenían un público eminentemente nacional, exaltaban y ensalzaban las guerras, pero Tolstói introdujo dos grandes novedades en la historia que narraba. Por una parte, incluyó una gran cantidad de personajes, algunos reales, otros ficticios, mostrando el punto de vista de su realidad social y personal, frente a unos libros anteriores que centraban todo el foco de atención en los grandes personajes.
Por otra parte, el escritor decidió mostrar el horror y el dolor que experimentan las personas durante la guerra y después de ella, incluyendo los traumas y secuelas que las guerras dejan en los protagonistas, tanto militares como civiles, y sus familiares y allegados. También protagonismo, además de militares, príncipes y nobles, soldados, siervos y personajes de toda condición social, con los que nos muestra diversos puntos de vista sobre lo que todos ellos experimentan con los conflictos.

Fotografía de Tolstói de 1868 cuando está terminando de escribir Guerra y paz, realizada en un estudio en Moscú.
Escrita en cuatro volúmenes, cada uno de ellos dividido en varias partes con sus capítulos correspondientes, Guerra y paz muestra un vasto mosaico que abarca desde 1805 hasta 1820, aunque se centra de modo especial en los meses alrededor de la batalla de Borodinó.
El primero de los textos que nos acompaña se halla en la segunda parte del volumen tercero y muestra una conversación entre dos de los principales protagonistas de la novela, Pierre Bezújov y el príncipe Andréi Bolinski, aunque en el extracto sólo se muestra el razonamiento de este último.


Basada también en la invasión de Napoleón en Rusia y en la batalla de Borodinó, nos encontramos con una obra maestra de Peter Illych Tchaikovsky, su Obertura 1812
La génesis de esta obra se gestó en 1880 cuando el zar Alejandro II preparaba a su país para celebrar el septuagésimo aniversario de los acontecimientos. Para ello mandó construir la Catedral de Cristo Salvador en Moscú, mientras el director del Conservatorio de la capital rusa, Nikolai Rubinstein, sugirió la composición de una pieza musical que se estrenara en la inauguración de la catedral. La obra se le encargó a Tchaikovsky que la comenzó a componer en octubre de 1880, finalizando la misma en seis semanas.
Se trata de una composición escrita para ser interpretada en el exterior de esta iglesia con un grupo de instrumentos particular, ya que está escrita para orquesta sinfónica, campanas de iglesia y cañones de salvas, aunque estos últimos suelen sustituirse, por razones obvias, por carillones o campanas tubulares y percusión. En algunas versiones, se incorporan también los coros que interpretan las melodías incluidas por el compositor.


La idea original de interpretar la obra en la plaza de la catedral con una banda de viento metal reforzando la orquesta, con las campanas de la iglesia repicando y los cañones de artillería disparando salvas fue desechada debido al asesinato del zar Alejandro II en marzo de 1881.
Así, el 20 de agosto de 1882 se estrenó esta obra con la dirección de Ippolit Altani, catalogada  como el Op. 49 de Tchaikovsky y que tenía el extenso título de El año 1812, obertura festiva para conmemorar la consagración de la catedral de Cristo el Salvador, aunque se la conoce como Obertura 1812. En el estreno se interpretó con una orquestación convencional, sin campanas, artillería ni coros y bajo una carpa, debido a que la catedral aún no estaba finalizada.
Nos acompaña el comienzo de esta Obertura 1812 en la versión instrumental sin coro en el que la orquesta reproduce la melodía de un coro religioso ruso, Dios, protege a su pueblo.


Tolstói se tomó muy en serio creación de su monumental novela. Para ello investigó con detenimiento el contexto en el que se desarrolla la historia leyendo relatos sobre las campañas napoleónicas procedentes de fuentes rusas y europeas y visitó el lugar donde se desarrolló la batalla crucial de la misma, Borodinó, a poco más de cien kilómetros de Moscú.
No sólo buscaba conocer el ámbito en que se desarrollaron los hechos y su exactitud histórica, sino que pretendía mostrar los defectos de las narraciones al uso, en la que los historiadores centraban los acontecimientos en la fuerza e importancia de los grandes personajes, los monarcas, políticos y militares, dejando de lado las historias de las personas que sufren las consecuencias de las decisiones que se toman en esos ámbitos. 
De esta forma, León Tolstói desarrolla en su obra el hecho de que por órdenes de los altos mandatarios cientos de miles o incluso millones de personas han debido de salir de sus hogares y matarse entre sí, pese a conocer todos ellos que matar a un ser humano es un hecho moralmente incorrecto y reprobable que en condiciones normales jamás harían.
Con esta obra, además, Tolstói realiza un cuadro que refleja la sociedad de su tiempo, una sociedad que es a la vez fascinante y decadente.


En el siguiente texto nos acerca a un detalle ocurrido durante la batalla de Borodinó, en la que, según se relata, Napoleón estaba resfriado. El razonamiento que acompaña la narración, de tintes filosóficos, incide en que la responsabilidad de quienes se adentran en una guerra no está sólo en los que incitan a ella, sino en todos los participantes en la misma. El argumento principal que utiliza es que en esa batalla Napoleón no disparó ni mató a nadie, pero fallecieron más de ochenta mil combatientes.


Cuando en 1891 Tchaikovsky viajó a Estados Unidos dirigió su Obertura 1812 en la gala de inauguración del Carnegie Hall en Nueva York. Desde entonces, una obra como esta que no tiene relación alguna con el país americano, suele estar en los festejos con que se suele celebrar la independencia el 4 de julio.
Con el paso del tiempo, una obra que celebraba el fracaso de la invasión napoleónica se ha convertido en un símbolo de la libertad, de la resistencia frente al poder opresor y conquistador.


Pese a todo, Tchaikovsky nunca se quedó satisfecho con esta composición hasta el punto que escribió a su mecenas Nadezhda von Meck que la obra era «fuerte y ruidosa, pero carente de cualquier mérito artístico, porque la escribí sin calidez ni cariño».
En varias ocasiones se ha utilizado en el cine, la última de ellas en V de Vendetta dirigida en 2005 por James McTeigue, en la que se utilizaba como parte de la banda sonora. También aparece en El club de los Poetas Muertos de Peter Weir en la que el profesor Keating -inolvidable papel de Robin Williams- solía silbar melodías de la obertura.
Nos acompaña el Allegro vivace con que finaliza la Obertura 1812 en una interpretación del concierto Voces para la paz celebrado en el Auditorio Nacional de Música el 13 de junio de 2010 bajo la dirección de Miguel Roa.
Comienza con melodías del himno francés, imitación de sonidos de la batalla, un cambio hacia melodías rusas que indican la retirada del ejército napoleónico, un canto coral del pueblo ruso y el apoteósico final con las campanas y cañones.


En nuestros días se muestra una opción difícil y complicada embarcarse en la lectura de una obra de tan descomunal extensión por la falta de tiempo del que disponemos. Sí puede afrontarse leyendo los libros que la componen de forma independiente, pasando a otras lecturas y volviendo en un tiempo prudencial de nuevo a ellos.
Más complicado lo tuvo la esposa de León, Sofía, quien trabajó en sus obras como copista, entre otros motivos, porque era la única persona capaz de entender su casi ilegible letra, quien además de escribir en las hojas y aprovechaba verticalmente los márgenes cuando estas estaban completas. Con los cambios que fue introduciendo y hasta llegar a la versión definitiva, hubo de copiarla nada menos que en veintiuna ocasiones.
La obra, que comenzó llamándose Año 1805, el momento en el que comienza la narración, finaliza quince años después, cuando Tolstói nos relata cómo continúan su vida algunos de los personajes principales, años después de la batalla de Borodinó en 1812, alrededor de la cual se sitúa el momento álgido de la obra. 
Los acontecimientos, en los que mezcla personajes históricos reales con otros ficticios, son narrados con la perspectiva que da el paso de casi medio siglo, lo suficiente para conocer las secuelas que un conflicto deja en quienes lo viven en primera persona o a través de familiares vivos o desaparecidos.
El propio título sugiere esa dualidad entre el caos y la destrucción que provoca la guerra y la tranquilidad, el sosiego, incluso la monotonía y el tedio de la paz. Pero Tolstói no sería él mismo si su obra no fuera también una suerte de tratado filosófico en el que desarrollar sus ideas sobre las guerras y sus horrores y consecuencias, el amor y el matrimonio o el derecho a la propiedad y, de modo particular, cómo los estudiosos transmiten la historia en sus tratados y estudios.
Guerra y paz es una obra que nos sumerge en la Rusia de comienzos del XIX, un tiempo lejano y desaparecido, pero que nos muestra un mosaico colosal, como nadie ha hecho nunca sobre un tiempo y una sociedad.


Tras el cuarto libro, el escritor ruso coloca un epílogo dividido en dos partes. En la primera muestra cómo se desarrolla la vida de los personajes principales en 1820, años después de finalizar la narración allá por 1812. La segunda parte, así como algunos momentos de la primera, es una disertación casi filosófica, en la que Tolstói reitera algunas de las ideas que ha ido desarrollando a lo largo de la obra.
Nos quedamos con el capítulo segundo de esta última parte de la novela en la que vuelve a desarrollar la idea de que el desarrollo de la historia de las sociedades y los pueblos no es cuestión de políticos, zares, reyes o gobernantes, sino que es producto de todas las fuerzas que participan en los hechos de una u otra forma.


Finalizamos esta publicación sobre los acontecimientos que generaron dos obras tan importantes como Guerra y paz y la Obertura 1812 con la audición de esta última en su versión completa. 
El comienzo viene marcado por la melodía religiosa de la Iglesia Ortodoxa Dios proteja a su pueblo que evoca la convocatoria para rezar por la paz que preconizó el Patriarca de la iglesia rusa, sabedor que el ejército de Napoleón era prácticamente invencible.
Le sigue una mezcla basada en la descripción del conflicto y los sentimientos de desesperación y euforia de los participantes, unido a los lejanos sones de La Marsellesa que representa el avance de los franceses. Los ejércitos se encuentran en Borodinó donde los franceses se imponen en una victoria pírrica.
La tercera parte comienza con otra melodía tradicional rusa que refleja el llamamiento del zar Alejandro I para que el pueblo defendiera a la Madre Rusia, aunque el himno francés vuelve a prevalecer.
Los rusos abandonan el camino hacia Moscú dejando la tierra arrasada para dificultar el avance y abastecimiento francés. La prevalencia de la música tradicional rusa que lucha contra la francesa inicia un crescendo que culmina con la victoria local, al tiempo que Moscú está asolada por los incendios. Al entrar en la ciudad arrasada un nuevo himno religioso ortodoxo que representa al famoso General Invierno para el que los franceses no están preparados, decide la confrontación.
Los invasores se retiran sin fuerza, sus atascados cañones con capturados y disparados por los rusos en señal de victoria, mientras de mezclan con el repicar de las campanas de las iglesias.

Nos acompañan dos versiones de esta Obertura 1812. Elige la que prefieras.
La primera, con coros, está interpretada por la Russian Bolshoi Symphony Orchestra, el Yuriov Chapel Choir of Russia dirigidos todos por Tomomi Nishimoto en una grabación que se realizó el 2 de enero de 2004 en el Conservatorio de Moscú.


La siguiente versión es más clásica, sin coro, pero con el acompañamiento de las campanas y las salvas de artillería en el exterior, con la dificultad que supone coordinarlas con la música. Es una grabación histórica que se interpretó en 1990 en una gala que celebraba el ciento cincuenta aniversario del nacimiento de Tchaikovsky con la Orquesta Filarmónica de Leningrado y la dirección de Yuri Temirkanov. Al finalizar en la que aparecen algunos de los intérpretes invitados a la gala de la que esta obra formaba parte del programa: El violinista Itzhak Perlman o la soprano Jessie Norman, entre otros.


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Bibliografía y webgrafía consultadas:
  •  Tolstói, León. Guerra y paz, Editorial El Aleph, traducción de Lydia Kúper Fridman, 2010.

Qué es el arte, según Tolstói

En noviembre de 1910, concretamente el día 20, falleció quien está considerado uno de los mayores genios de la literatura mundial, Lev (León) Tolstói. Poseedor de una inteligencia brillante mostrada desde pequeño y un pensamiento propio, fue evolucionando a lo largo de su vida hacia posturas que lo llevaron a ser considerado una autoridad moral entre sus contemporáneos, así como una personalidad dura y ácida con quienes ostentaban el poder, acabando en sus últimos años virando hacia unas posturas radicales en su pensamiento y en su forma de obrar acorde con el mismo.
Tolstói nos ha legado algunas de las más grandes novelas que muestran el fondo del ser, no sólo de los rusos, sino que son aplicables a la mayoría de los seres humanos.
Aprovechando que se cumplen años del fallecimiento de León Tolstói, te propongo una acercamiento a sus ideas sobre el arte. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!




Pocos escritores han sabido captar con más profundidad el alma humana como Tolstói. No solo la de los campesinos o nobles rusos, sino de toda persona de cualquier lugar y condición.
Lev Nikoláievich Tolstói nació hace casi doscientos años en el lugar que sería el centro de su vida, Yasnaia Poliana, un extenso territorio familiar con multitud de siervos a su cargo servicio situado al sur de Moscú. Hijo de un conde y una princesa, Lev Tolstói quedó huérfano a los nueve años, siendo criado por unos familiares que lo educaron con tutores franceses y alemanes. Esa formación distinta a la rusa, junto con sus estudios universitarios en Kazán, la más liberal de las instituciones rusas, acaban con el joven Tolstói envuelto en una vida de placeres y promiscuidad que acabará deseando redimir durante el resto de su existencia. El hecho de viajar por los principales países europeos terminó de abrir su pensamiento y querer cambiar la situación de su país comenzando por sí mismo: "Todos hablan de cambiar el mundo, pero nadie habla de cambiarse a sí mismo."
De toda su obra, aprovechando que se cumplen los ciento diez años de su fallecimiento, nos acercamos a una de sus obras menores.
Publicado en 1898, ¿Qué es el arte? es un libro con reflexiones sobre la condición del arte. Se trata de una obra que refleja el pensamiento del novelista ruso y que fue escrito durante un lapso de, al menos, quince años. 
Dividido en dieciocho capítulos más otro denominado Conclusiones, Tolstói pasea su pensamiento ácido, duro y crítico con las obras artísticas de sus contemporáneos, los estilos pasados y lo que él pensaría que sería el futuro que el arte terminaría poseyendo.
Para el autor, hay una clara distinción entre el hombre común y la persona cultivada, pues defiende que el verdadero arte debe llegar a todos.


Independientemente de las ideas que Tolstói desarrolla en su libro, hay una influencia entre obras artísticas de distintas disciplinas, siendo frecuente que obras, personajes o ideas fluyan de un arte a otro. De la misma forma que la música sirvió de inspiración al escritor ruso, como es el caso de La sonata a Kreutzer, basada en la sospecha de una relación a partir de la obra homónima de Beethoven, la obra del escritor ha servido como fuente de inspiración a compositores.
Serguéi Prokófiev comenzó a gestar la idea de componer una ópera a partir de Guerra y Paz de Tolstói en 1941 cuando las tropas alemanas invadieron la URSS, en un claro paralelismo con las invasiones napoleónicas que centraron la obra del escritor. Fue una obra complicada de gestar estrenándose en versiones incompletas desde 1943 con diversos cuadros y versiones de piano o con orquesta, hasta el estreno definitivo en 1959, años después de la muerte del compositor. El libreto fue escrito por el propio compositor con la colaboración de su esposa Aliexándrovna Mendelson-Prokófieva con la intervención nada menos que de sesenta y siete personajes con una división en trece cuadros y un prólogo con una duración de más de cuatro horas, una extensión acorde con la obra original.


El enlace pertenece a una grabación de una producción realizada en Japón en 2003 con el título El Teatro Kirov en Tokyo y podemos apreciar al desaparecido barítono Dmitri Hworostovsky como el Príncipe Bolkinsky y la soprano Irina Mataeva como Nastasha Rostov, todos bajo la dirección de Valery Gergiev. La escena representa uno de los valses dentro de la trama de Woina i mir (Guerra y Paz) de Prokofiev.


Dada su condición, el pensamiento de Tolstói se refleja en ¿Qué es el arte? de forma apasionada y beligerante. Sus agresivos ataques a la música programática y, de modo especial, a la fusión de diversas disciplinas ocupan una gran parte de sus reflexiones en esta obra. Según el escritor, cada forma artística posee sus reglas internas, intransferibles y únicas que impiden que se trasvasen o se combinen con otra disciplina sin que una de ellas quede perjudicada. 
El paso del tiempo ha marchado en la dirección opuesta a la manifestada por el escritor, ya que en nuestros días este intercambio entre disciplinas, la colaboración entre unas y otras en la formación de nuevas obras o espectáculos y el trasvase entre métodos y reglas forman parte de nuestro universo artístico.
Siguiendo sus reflexiones Tolstói reduce a tres los sentimientos que podemos experimentar y que podemos ver reflejados en cualquier obra de arte, realizando una distinción entre lo que denominará falso arte, aquel cuyo único objetivo es producir la belleza, en oposición al que defenderá como arte verdadero. 



En sus obras, especialmente las dos más monumentales y conocidas, Anna Karenina y Guerra y Paz, Lev Tolstói hace referencia en varias ocasiones a representaciones de ópera, especialmente entre la nobleza de Moscú y San Petersburgo.
En estas ocasiones, la ópera aparece como un actor secundario, un lugar propio de las celebraciones culturales de la nobleza, y es tratada de acuerdo al pensamiento del escritor. No la tiene en buena consideración por considerarla como unión de varias artes que no se aportan entre sí.
Justo al comienzo de Anna Karenina, Stepan Oblonski despierta de un sueño en el que se canta un aria de ópera. Por las indicaciones de Tolstói todo nos lleva a pensar que se trata del aria del acto II de Don Giovanni de Mozart Il mio tesoro.
El tenor mexicano Rolando Villazón nos acompaña para evocar el inicio de esta novela con la interpretación de Il mio tesoro en una versión en concierto de la que no conocemos más detalles.


De sus ideas sobre lo que las disciplinas artísticas tienen de intransferibles en sus códigos y lenguajes deriva su rechazo a obras como la ópera, de manera especial a las de Wagner, un compositor que fusionó como ningún otro las disciplinas que concurrían para llevar a cabo una ópera: un guion poético, una música que lo complementara y se fusionara con él, unos decorados y vestuarios, así como un entramado de otras disciplinas y profesiones -maquilladores, atrezzistas, sastres, pintores...- que colaboraban en la creación de lo que el compositor alemán denominó Gesantkunswerk (Obra de arte total). Nada más contrario a las ideas sobre el arte que defendía Tolstói, que rechaza la obsesión por reproducir efectos que forman parte de otras disciplinas artísticas como juegos de luces, imitaciones de sonidos naturales o efectos sonoros.
Así, nos lleva a lo que considera el verdadero arte, una experiencia que nos conmueve independientemente del lugar o cultura de los que proceda, pese a que estos condicionantes influyan de manera más positiva cuanto más se acerquen a nuestro entorno cultural.


Continuando con Anna Karenina, Tolstói vuelve a hacer alusión a la ópera en varias ocasiones más, mostrando su falta de interés hacia la misma. En esta ocasión, en la séptima parte del libro, el escritor hace referencia a una soprano que realizó una gira por Rusia la soprano Paulina Lucca en la década de 1870, el momento en que se desarrolla la novela. De esta forma Tolstói enlaza la ficción con los acontecimientos de la época.
Uno de los papeles que más lucimiento dio a Lucca fue el de Zerlina, no en la ópera Don Giovanni, sino en Fra Diavolo de Daniel Auber, una ópera que bien pudieron ver representada los protagonistas de la novela ya que se estrenó en 1830. Evocando los primeros momentos de las grabaciones musicales, podemos escuchar un audio de Lina Pagliughi que interpreta la cavatina de Zerlina Or son sola, alfin respiro de Fra Diavolo en una grabación histórica con la Orchestra Sinfonia dell'Elar dirigida por Ugo Tansini. A esta le sigue la cavatina de Amina Come per me sereno de La sonnambula de Bellini.


Autor de obras tan fundamentales como Guerra y Paz o Anna Karenina, Lev Tolstói es uno de los referentes como novelista fundamental para el conocimiento de la cultura rusa del siglo XIX, además de ser el autor de otras como La sonata a Kreuzer, Relatos de Sebastopol, Resurrección, Los cosacos o La muerte de Iván Ilich.
Pocos autores hay que hayan tenido una vida interior tan intensa y tan cambiante como Tolstói, con una evolución intelectual que le hizo renegar de sus primeros años de vida disoluta, enfrentándose a su condición de rico hacendado como todo un personaje que podría haber vivido de las enormes ganancias obtenidas con sus tierras y los miles de siervos que tenía a su disposición. Su acercamiento a campesinos y necesitados, su enfrentamiento contra los que formaban parte de los círculos sociales en los que había nacido, su lucha por la educación de quienes nunca habían podido esperar recibir formación o la denuncia de las situaciones injustas le llevaron a ser admirado y querido por los débiles a la vez que ser repudiado por los poderosos, creando una personalidad de una gran autoridad moral, a la vez que iba renunciando a sus privilegios, despreciando sus riquezas y renegando de algunas de sus publicaciones.


Esta deriva interior le hizo tener incluso desavenencias con una esposa mucho más joven que él y que lo idolatraba, que presentía que, cuando él falleciera dejará a ella y a sus muchos hijos en una situación económica debilitada.
Su muerte estuvo rodeada por una serie de extrañas circunstancias que se pueden seguir en el artículo La insólita muerte de un genio.
El capítulo 14 de ¿Qué es el arte? lo dedica Tolstói a definir el criterio para apreciar el arte verdadero a partir de lo que él denomina como el contagio artístico.


También Anna Karenina ha sido llevada a los escenarios, además de las ocasiones en que ha sido llevada al cine o adaptada como serie de televisión.
Varias adaptaciones se han realizado para convertir la obra en ópera o ballet. David Carlson compuso una ópera sobre este texto para estrenar la Gran Opera de Florida en 2007.
Boris Eifman realizó una coreografía para la misma historia con músicas de Tchaikovsky que fue incorporando para formar un pastiche que fue estrenado en 2005 y que ha sido llevado con éxito por diversos escenarios de todo el mundo.
Otra de las versiones, en la que nos centraremos para seguir rindiendo homenaje a los ciento diez años del fallecimiento de Lev Tolstói es una partitura para ballet en dos actos de Rodión Schchedrin con un guion que adaptó Boris Lvov-Anokhin y coreografía de Margarita Pihilina y que se estrenó en 1972 en el Teatro Bolshoi dedicada a la gran bailarina Maya Plisetskaya.
La Lithuanian National Opera and Ballet Theatre llevó a cabo una serie de representaciones en noviembre de 2005 con coreografía de Alexei Ratmansky de las que nos dejaron esta grabación de Anna Karenina.


Las ideas de Tolstói recogidas en su libro sobre el arte finalizan con un capítulo dedicado a las conclusiones que recogen todos los argumentos desarrollados a lo largo de la obra, para afirmar que el arte debe contribuir a erradicar la violencia y las vejaciones, buscando provocar la unión fraterna entre todos los hombres.
No habla Tolstói con lenguaje inclusivo -no era tiempo de ello, y aunque lo fuera, no se trataba de una personalidad que se uniera a usos de lo que consideraríamos lo políticamente correcto-, utiliza continuamente el concepto de religión en un sentido muy personal, ajeno y alejado de las corrientes que podríamos denominar oficiales, aunque utilizando el término con un sentido universal.


Sus conclusiones muestran un camino que ha desarrollado durante algo menos de un centenar de páginas, apuntando a un Arte con mayúsculas, con una concepción elevada y utilitaria en la unión de la humanidad. En cada uno de nosotros se halla obtener nuestras propias conclusiones, analizar si el norte que señalaba la brújula del escritor marcaba la dirección correcta o la que ha seguido el arte tras sus reflexiones o si sus apreciaciones no encontraron eco en la dirección o, mejor, las direcciones que ha seguido el mundo artístico en el poco más de un siglo que hace que las publicó.



Se trata en definitiva de un momento para hacer una parada y una reflexión sobre qué es el arte, qué significado posee, cómo nos acompaña y de qué manera influye en nuestros pensamientos y nuestra vida, aprovechando que se cumplen los ciento diez años del fallecimiento de uno de los más grandes pensadores y escritores de todos los tiempos.
Para finalizar volvemos a las adaptaciones sobre las novelas de Lev Tolstói. En esta ocasión seguimos con una de las más recientes versiones cinematográficas, Anna Karenina dirigida por Joe Wright con Keira Knightley y Alicia Wikander.
La escena representa el vals en el que Vronsky abandona a su prometida la princesa Kitty para bailar con Anna, representando uno de los bailes de la gran sociedad y que en eta ocasión está acompañada con la música del vals de Masquerade de Aram Khachaturian.


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Bibliografía y webgrafía consultadas:

Se abre el telón y... La emoción de comenzar un libro

Uno de los comienzos de chascarrillos y chistes más conocidos es aquel que se inicia con Se abre el telón y..., que continúa con algún juego de palabras con el que hay que adivinar el título de una película, un libro o una obra de cualquier tipo.
Comenzar a leer un libro o a escuchar música son experiencias que nos elevan de nuestra propia existencia, enriqueciéndola con la emoción de vivir otras vidas ajenas a la nuestra, asumir sentimientos que nos son ajenos, aunque también propios, a la vez o gozar de "la música, esa misteriosa forma del tiempo" en palabras de Borges
La emoción con que nos enfrentamos a la lectura de un nuevo libro surge de distintos ámbitos. En ocasiones nos es recomendado por conocidos de los que confiamos en sus gustos; en otros momentos surge de críticas o reseñas de especialistas reconocidos; o por haber leído obras del mismo autor; e incluso por referencias surgidas en otros espacios: películas, otros libros, programas especializados en televisión o radio o alguna conversación. 
De la misma forma, acercarnos a nuevas experiencias musicales tiene similares procedencias. Si se trata de la llamada música clásica, los cauces son ciertamente similares, con el añadido de los conciertos o representaciones de ópera o ballet que se programan en los distintos teatros.
Hay comienzos de libros que nos vienen a la memoria, nos evocan el momento en que los leímos o, simplemente no los reconocemos salvo por una palabra, una frase o un personaje. En esta entrada te propongo sentir la emoción de comenzar a leer un libro o escuchar o una obra como una ópera, con las sensaciones que recibimos mientras lo hacemos. ¿Reconoces estos comienzos? Ponte a prueba. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!


Sostenía el añorado Terenci Moix que un libro debe comenzar con una frase contundente, rotunda. Una frase que atrape al lector y lo haga asirse con todas sus fuerzas al texto que acaba de iniciar. Hay libros así, que te agarran, te atrapan como con una red desde el comienzo, te hacen devorarlos, emocionarte desde el inicio. Otros no tienen ese comienzo, sino que van adentrándose en ti a la vez que tú adentras en ellos, poco a poco, hasta que descubres que, irremediablemente, tienes la condena -bendita condena- de terminarlo y comenzar a formar parte de tu vida.
La escritora brasileña Clarice Lispector nos acerca a la emoción de comenzar un libro deseado, ese juego entre quiero y espero, deseo y renuncio, sólo con el fin de hacer que esa felicidad que califica de clandestina que supone abrir un libro y comenzar a sentirlo perdure aún más tiempo.



De los libros que conocemos o de los que hemos oído hablar hay comienzos que quedan en la memoria. Te recuerdo la primera frase de algunos de estos libros antes de presentar algo más del texto. Hay desde los evidentes e imprescindibles hasta algunos menos conocidos, pero todos al alcance de cada lector. ¿Reconoces de qué libros se tratan?
  • "Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto".
  • "En el principio era el Verbo y el Verbo era en Dios, y el Verbo era Dios".
  • "Cuando yo tenía seis años vi una vez una lámina magnífica en un libro sobre el Bosque Virgen que se llamaba Historias vividas".
  • "¿Encontraría a La Maga?"
  • "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo".
  • "Y dijo la mujer: Maldito sea Amor, que me asesina".
  • "Todas las familias felices se parecen; las desdichadas lo son cada una a su modo".
¿Las conoces? ¿Sabrías asociarlas a su autor? 

Empezamos con la emoción de iniciar un libro con una de las historias mas leídas y uno de los comienzos más reconocibles de todo el siglo XX, uno de los pocos que puede hacer sombra a quijotesco "En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme..." Con Cien años de soledad, Gabriel García Márquez removía los cimientos de la narrativa de habla hispana del siglo pasado con esta descomunal obra de realismo mágico.

Asistir a un concierto, sea del tipo que sea, supone una intención motivada por nuestro deseo, obtener las entradas con anticipación y desplazarnos hacia el lugar en que se celebra. En un tiempo en que el cine está dejando de ser un medio que convoca de forma masiva a los espectadores por la división de las salas en pequeños espacios donde asistir a diversas películas, donde los espectadores salen por lugares distintos a los que entraron y se ha perdido la relación social y la costumbre de comentar las emociones vividas, pocos acontecimientos continúan ofreciendo esa posibilidad como los conciertos de cantantes o grupos musicales, los conciertos de música clásica o las representaciones de ópera.
Asistir a una representación de ópera tiene una semejanza con abrir el libro. El comienzo es casi como un concierto con su rito: se afinan los instrumentos, entra el director, se apagan las luces... En ese momento, cuando comienza la obertura y se espera que se abra el telón, se recuerdan las emociones que narraba Clarice Lispector mientras se intenta adivinar qué surgirá tras la cortina, cómo serán los decorados, qué vestuario tendrán los protagonistas, cómo nos propondrán que nos adentrarnos en la historia. 
En una representación del Metropolitan Opera House de 2009 dirigida por Maurizio Benini, la obertura de La Cenerentola (La Cenicienta) de Rossini nos mostraba, a modo de trailer para el DVD, la presentación de los personajes y algunas situaciones que se iban a desarrollar durante la función..


La prosa poética, la memoria de un escritor que recordaba que en un tiempo fue niño, la amistad o el valor de lo que pensamos que es importante son algunas de las características que Antonie de Saint-Exupéry nos transmitió con otra de las obras fundamentales del pasado siglo, Le petit Prince



Su delicioso inicio enfrenta las mentalidades sensatas y racionales de los adultos con la libertad del pensamiento aún sin límites de los más jóvenes, una capacidad que con el tiempo vamos amoldando hacia esa sensatez y raciocinio que se supone va ocurriendo mientras vamos haciéndonos mayores.



Lo último que hacía Wolfgang Amadeus Mozart cuando componía una ópera era escribir la obertura. En ella citaba las ideas musicales que se desarrollaban a lo largo de la obra y las mostraba a los espectadores. Es conocida la anécdota que hasta la mañana del estreno de Don Giovanni no tuvieron los músicos de Praga las partituras de la obertura y dispusieron de poco margen de tiempo para prepararla.



El enlace pertenece a una representación de Die Zauberfötte (La flauta mágica) celebrada en el Metropolitan Opera House de New York bajo la dirección del que fuera tantos años su director musical, el defenestrado James Levine. El telón se abre en plena obertura mostrándonos un decorado de cuento sobre el que se desarrollará la obra.


Uno de los autores fundamentales y con mayor personalidad de finales del siglo XIX, con una influencia determinante en escritores posteriores es Lev Nicoláievich Tolstói, conocido entre nosotros simplemente como León Tolstói. Autor de una gran cantidad de obras que retratan la vida y el alma rusas aunándolas con el pensamiento de la Europa occidental, algunas de sus obras han pasado a formar parte de nuestro universo cultural: Anna Karennina, Guerra y Paz, La muerte de Iván Illch o Sonata a Kreutzer.
Leer a Tolstói es adentrarnos en la complejidad de la personalidad humana, acercarnos a los más íntimos y profundos sentimientos de todos y cada uno de sus personajes. El inicio de Anna Karenina es toda una declaración de intenciones que el autor desarrolla y explica en varios centenares de páginas por las que transitan la propia Anna acompañada de un gran número de personajes perfectamente dibujados por el autor.



Al comienzo del siglo XIX, cuando se está gestando ese estilo brillante conocido como Belcantismo, Rossini comienza sus óperas con unas oberturas brillantes, efectistas y con un estilo peculiar consistente en comenzar con un ritmo sosegado e ir incrementándolo con un crescendo envolvente que tenía, fundamentalmente la intención de hacer que el público se fuera sentando y metiéndose en la historia que iba a narrar. Eran unos tiempos en que no había en las salas el silencio que se acostumbra en nuestros días -una costumbre que comenzó a instaurar Mahler- y había que dirigir la atención del público callándolo para que entrar en situación. 
Más brillante aún que la obertura de La Cenerentola y mucho más conocida es esta de El barbero de Sevilla del propio Rossini, ambas con su estilo rossiniano. En esta ocasión se trata de una versión que se desarrolló en el Teatro Real de Madrid en 2005 con la dirección musical de Gianluigi Gelmetti y en la que Juan Diego Flórez, María Bayo y Pietro Spagnoli representaban los papeles principales. En esta versión a la vez que suena la obertura se abre el telón y se nos muestra la construcción del decorado sobre el que se va a desarrollar el primer acto.


Aunque no se dedicó a la literatura de forma exclusiva, ya que compaginó la escritura con, entre otras, su cátedra de Semiótica en la Universidad de Bolonia, Umberto Eco saltó a la fama y al conocimiento del público mayoritario con su novela El nombre de la rosa, a la que siguieron, con distintos resultados de aceptación popular, El péndulo de Foucault, La isla del día antes, El cementerio de Praga y la última Número cero de la que hablamos en este blog en Manipulación e incomprensión con Umberto Eco y Benjamin Britten.
El nombre de la rosa es una obra histórica cargada de referencias culturales, que se puede considerar como una novela detectivesca que se desarrolla en un monasterio benedictino en el siglo XIV, además de una novela histórica e incluso filosófica. Su comienzo nos adentra en una celda del monasterio de Melk en el que el protagonista nos narra una historia que sucedió en su juventud.

Tras comenzar su carrera en el belcantismo, la obra de Giuseppe Verdi se fue decantando hacia un estilo más homogéneo en el que la coherencia de la historia ganaba protagonismo sobre el virtuosismo de los protagonistas que estaban habituados a cambiar o añadir cuanto les parecía adecuado al lucimiento de sus voces. 
Compuesta por encargo para la inauguración del canal de Suez, Aida es una ópera con ambiente en el antiguo Egipto. En esta ocasión no es cuando se abre el telón al inicio de la obra el que nos acompaña, sino a mediados de la misma. La segunda escena del segundo acto se inicia con una de las más conocidas piezas de esta monumental obra: La Marcha Triunfal seguida de Gloria all'Egitto, acompañada de ballet y de cuyos intérpretes no tenemos referencias.


Ambientada en Egipto, uno de los lugares míticos para Terenci Moix, el autor catalán ganó el Premio Planeta de 1986 con No digas que fue un sueño, un relato sobre la pasión desbordante y trágica entre Cleopatra y un crepuscular Marco Antonio. Haciendo honor a la idea de cómo deben atrapar los libros al lector, el comienzo no nos deja indiferentes.



Ambientada en la Inglaterra del siglo XVII, I Puritani es una de las obras más representativas del belcantismo con múltiples melodías que no dejan de surgir en cada una de las escenas. Vincenzo Bellini compuso esta obra que, junto con Norma y La sonnambula forman lo más representativo de su obra.
En esta versión del Teatro Opera de Florencia de 2015 el telón se levanta con los primeros compases de la obra para situarnos directamente en la acción. La orquesta del Maggio Musicale Fiorentino bajo la dirección de Matteo Beltrami ponen la música a la obertura, aunque el vídeo recoge también la ópera completa.


Pocos autores han hecho que su nombre o el de alguno de sus personajes se incorporen a nuestro vocabulario. Adjetivos como quijotesco, wagneriano o donjuanesco proceden de las características de los nombres a los que se aluden, igual que kafkiano se ha incorporado a nuestro vocabulario como sinónimo de absurdo o angustioso en referencia a la obra de su autor Franz Kafka.
Una de las obras más representativas de su autor, La metamorfosis, representa la inexplicable transformación de un personaje en un insecto como pretexto para hablar de la vida del individuo de comienzos del XX frente a la sociedad e incluso la familia y cómo, finalmente, debe aceptar la realidad con la crudeza como se plante. Desde la primera frase el lector se siente inmerso en la piel -en este caso un duro caparazón- del protagonista. 

Anterior a Aida, La traviata es la ópera más representada de todos los tiempos, la más conocida y la más reconocible. Con un estreno poco afortunado, Giuseppe Verdi supo que la obra tenía futuro y, tras ese primer momento y con algunos cambios, logró el aplauso del público, un éxito que continúa casi ciento cincuenta años más tardes.
Una obra tantas veces representada ha tenido multitud de escenografías y montajes diferentes. En el Salzburger Festspiele (Festival de Salzburgo) de 2005 se presentó una impactante puesta en escena de Willy Decker protagonizada por Anna Netrebko y Rolando Villazón junto con Thomas Hampson. El decorado permanece invariable toda la obra con un enorme reloj que marca el inexorable destino de Violeta y un personaje que no aparece en ningún momento la obra original, el anciano que muestra el reloj en sus diversas apariciones. El éxito de la producción ha hecho que se lleve a distintos escenarios y que sus protagonistas demostraran sus magníficas condiciones vocales para pasar a formar parte de los más grandes cantantes de ópera de la actualidad, especialmente la Netrebko


El último inicio de libro nos acerca a otro de los grandes escritores del siglo XX, un habitual de este blog, Julio Cortázar. Explorador de mundos invisibles, la literatura y la vida se mezclan en él para formar una sola existencia, de forma que sus sentimientos y amores influyeron en su obra en la misma manera en que sus escritos influyeron en sus sentimientos y amores. 



Si tuviéramos que elegir una de sus obras, sin duda nos quedaríamos con Rayuela, una novela fundamental del siglo XX, un intrincado recorrido por el París de la parte central del siglo, con unos personajes que deambulan por su calles, sus cafés y sus noches, una estructura que se puede leer en varias direcciones, las músicas que marcaron sus existencias, un personaje fundamental, La Maga y, en las primera líneas con una de las frases de Cortázar que más recorrido han tenido en la literatura: Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.

Para terminar esta entrada dedicada a cómo sentir la emoción de comenzar un libro o una ópera, te acerco a otra de las grandes obras, en este caso del siglo XX. Giacomo Puccini compuso Madama Butterfly tras asistir a una representación teatral de la obra homónima de David Belasco. Tras un estudio de la música japonesa el estreno se realizó en febrero de 1904 en el Teatro alla Scala de Milán con un éxito por debajo de las expectativas del autor que decidió convertir la obra de los dos actos originales en tres que se estrenaron con un éxito arrollador en el Grande Teatro de Brescia tres meses después. 
La versión que cierra esta entrada se inicia con el montaje del decorado de la casa de Cio-Cio-San que va a servir para el desarrollo de la obra,
La Orquesta y Coro del Teatro Alla Scala bajo la dirección de Lorin Maazel ponen música a esta versión completa de Madama Butterfly con subtítulos en castellano con una corta obertura que se presenta con sombras chinescas.



Y para tí, ¿cómo és la emoción de iniciar un libro o una obra musical? ¿Qué comienzo recomendarías?

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