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La soledad de Dora Pejačević

La diversidad es fuente de enriquecimiento. Para una humanidad que ha ido avanzando gracias a las aportaciones de tantas personas, desde inventos hasta avances médicos pasando por las mejoras en las viviendas y sus comodidades, los medios de transporte y comunicación, los derechos sociales, todo lo que aprendemos tanto en la educación formal como la informal, o cuanto han aportado tantos escritores, músicos, arquitectos o pensadores, en general, nos enriquecemos y avanzamos gracias a las constantes aportaciones que hemos recibido a lo largo de la historia.
Sin embargo, también se ha recurrido a lo largo del tiempo, y por diversas razones, a silenciar algunas voces. Las mujeres, los perdedores en guerras y conflictos, las etnias o grupos minoritarias, los marginados o quienes eran incómodos al poder no han podido aportar sus voces.
En varias publicaciones hemos recurrido a estos creadores que van más allá de sus etiquetas para ser considerados en todo su valor como personas, y que se van añadiendo al blog en la página Todas las voces.  
En esta ocasión nos acercamos a una creadora que ha permanecido durante décadas entre diversas soledades. Por un lado, la soledad de la creación, en la que se fue refugiando  conforme avanzaba en las ideas que generaban sus composiciones. Por otro lado en la soledad con que la guerra sesgaba un mundo que ella sentía frágil y anticuado, al que se une la soledad de la noble que con el paso del tiempo reniega de su clase social. A estas razones se une la soledad de una mujer que se siente más allá de las etiquetas para transitar por un mundo de hombres, el de la música, como una persona que, de hecho, llega a hacerse un hueco con sus obras. Por último, la soledad que deviene después de su muerte, cuando su obra pasa al olvido, entre otras razones, por las ideas de la antigua Yugoslavia que veía en su familia enemigos sociales a los que erradicó y relegó a la desaparición y al olvido.
Te propongo conocer a una de las grandes compositoras de comienzos del siglo XX, la croata Dora Pejačević, una intérprete y creadora que ha estado durante décadas en la soledad del olvido y de la que vamos conociendo cada vez más. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere! 


Dora Pejačević es una de esas compositoras que poseen obras de excelente calidad, pero que no han llegado a ser conocidas por diversas circunstancias. Entre todas las intérpretes y compositoras no aparecía información sobre esta intérprete y compositora de origen noble, hija de un aristócrata croata una condesa húngara, que vivió entre su residencia en el castillo familiar y ciudades alemanas como Múnich o Dresde.
Nacida en Budapest en 1885, comenzó a ser conocida cuando se publicó un estudio sobre su trabajo en el Centro de Información Musical de Croacia, así un estudio biográfico sobre ella en 1982 a cargo de Koraljka Kos con el título Dora Pejačević: Leben und Werk y que no se encuentra disponible en nuestro idioma.
La primera referencia que he podido encontrar en las redes pertenece a una publicación en la revista Scherzo en su número 359 de febrero de 2020 escrita por Juan Manuel Viana y cuyo enlace aparece al final de la publicación. A partir de aquí, todas las publicaciones se basan en las informaciones que aparecen en esta fuente.
Aún así, el primer conocimiento que tuve de la compositora croata proviene de dos episodios de Música y Significado, el programa de Radio Clásica de Radio Nacional de España que dirige Luis Ángel de Benito: Dora Pejačević: Sinfonía y Dora Pejačević: Trío en Do mayor.
Para conocer con más precisión y profundidad a esta compositora, son fuentes más rigurosas y amenas acudir a los enlaces anteriores antes que continuar leyendo en esta publicación.

Excelente pianista desde pequeña, nos acercamos a una de sus obras creadas exclusivamente para este instrumento, de sus 6 Fantasiestücke (6 Piezas de Fantasía), Op. 17, la nº 1 titulada Sehnsucht (Anhelo).
La interpretación  corre a cargo de la pianista Nataša Veljković dentro de su álbum de 2016 Pejačević: Complete Pianos Works para Naxos of America.


El conocimiento sobre Dora Pejačević era tan escaso, que hasta 1969 no aparecía ninguna referencia sobre ella en la Enciclopedia Croata según el Portal Hrvatskoga Kultornog Vijeca (Portal del Consejo de Cultura Croata). Tan solo aparecían referencias a sus antepasados, con un tono no exento de malicia y descrédito, pues pertenecían a la aristocracia que gobernó el país antes de la instauración de Yugoslavia tras la II Guerra Mundial.
Hija de Teodor Pejačević, un noble croata que ocupó diversos altos cargos, además de ser miembro del Parlamento conjunto húngaro-croata desde 1903 y ser nombrado Caballero de la Orden de Malta, y de la Condesa húngara Erzsebet (Elizabet) Vay de Vay -conocida como Lilla-, tuvo cuatro hermanos más: Marko -heredero del título y la propiedad- Elemer y las más jóvenes Lilla y Gabriella.
El gusto por la música lo heredó Dora de su madre Lilla, excelente intérprete que mostró sus cualidades en público en algunas galas en el Teatro de Osijek, localidad cercana al castillo de residencia familiar.
La biógrafa Koraljka Kos muestra en su obra detalles de la infancia de Dora influenciadas por la dedicación de su madre a la música y la pintura:

El castillo de Nasic se llena con frecuencia con los ecos de la música casera, en la que la pequeña Dora debe haber participado desde el principio. Se conoce que en sus primeros años recibió lecciones musicales de la organista de Pest Karoly Noszeda, que visitó Nasice durante el verano. En 1902 viajó con su familia a Zagreb donde estudió en privado con destacados artistas y pedagogos durante varios años: violín con Caclav Huml, teoría con Ciril Junek e instrumentación con Dragutin Kaiser, que tenía una escuela de música privada en la ciudad.


En este tiempo, al adquirir nuevos conocimientos, Dora encarriló sus horizontes artísticos y musicales, percibiendo su camino personal creando obras que van apareciendo en recitales y conciertos por Zagreb, Budapest y Osijek donde la joven ejerce como pianista, violinista y compositora, como reflejan las reseñas de los periódicos de la época.
Durante la estancia en el castillo de Nasice, madre e hija interpretan sus obras, de las que la hermana pequeña, Gabriella, reflejó sus impresiones en estos versos:

Te sentabas al piano, hechicera de los sonidos
y resonaban con fuerza o suavemente.
Yo escuchaba en silencio, y la belleza de mi alma
se elevó hasta el infinito de la noche.
5 de agosto de 1915

Nos acercamos a la publicación de Juan Manuel Viana que apareció en el nº 359 de la Revista Scherzo publicada en febrero de 2020 y de la que han bebido otras publicaciones posteriores.


Una vez descubierto el potencia de Dora, los padres la hacen establecerse en Dresde Múnich, ciudades donde poder comprobar la capacidad y mostrar más posibilidades para desarrollar su potencial, en un mundo exclusivamente masculino. En 1904 se fascinó con la personalidad y la música de Wagner al asistir a diversas representaciones durante el Festival de Bayreuth
Desde comienzos del siglo -1902- Dora lleva un cuaderno donde anota los libros que va leyendo. Sabemos así que también se sintió subyugada por la filosofía y poesía de Nietzsche, en cuyas obras sentía la fuerza oscura y negativa de un tiempo contradictorio que sobrevolaba buscando una nueva época. Por ende, sabemos que también le influyó sobremanera Richard Strauss, cuyo poema sinfónico Also sprach Zaratrustra (Así hablaba Zaratrustra), basado en la obra del filósofo, la acercó a temas más oscuros y elevados, siendo este libro el que más veces releyó a lo largo de su vida, según consta en el cuaderno de notas.
Aunque se inspiró en la música de BerliozDvorak Tchaikovsky, fue quizás su visión de la realidad y el pensamiento del filósofo la que ocupó su espíritu y reflejó en algunas de sus composiciones. En cartas a su amiga -y después cuñada- Rosa Lumbe escribe que se siente «sin hogar y a menudo dolorosa», en otros momentos que «caí bajo el domino de Nietzsche». Así, su pensamiento se comenzó a desenvolver entre la profundidad de la oscuridad del alma, el dolor y la ruptura junto a la intuición de que el siglo que comenzaba sería realmente violento. 

Cartel de sus 6 Fantasiestücke en el que se la identifica como Condesa.
Entre la obra poética de Rainer Maria Rilke, Nuevos poemas recoge una serie de poesías escritas entre 1902 y 1907, siendo publicados en una primera serie en diciembre de este año. Una segunda serie se publicó en noviembre de 1908.
En esta obra, Rilke inaugura el Ding-Gedicht (Poema-cosa) o Kunst-Gedicht (Poema de arte), unos poemas plásticos y rotundos inspirados en Rodin y Cézanne dotados de la esencia de un cuadro o una escultura.
Perteneciente a Nuevos Poemas, Dora Pejačević puso música a Liebeslied (Canción de amor), un poema fechado en la isla de Capri meses antes de la publicación del libro.


La interpretación corresponde a la soprano Ljubavna Pjesma acompañada al piano por Ljubomir Gašparović en un disco de vinilo de Croatia Records.


Exquisita y profunda, Dora Pejačević no buscó lo cómodo, lo fácil y lo superficial, sino que se movió por lugares intransitados, solitarios y elevados, buscando su propia voz. Su vida, tanto en su formación como en actuaciones, en ciudades como DresdePragaMúnichBudapest Viena, además de su conocimiento y amistad de escritores a los que musicó algunos de sus poemas como Reiner María Rilke o Anna Ritter, no sirvió para que encontrara en esas ciudades la paz y la tranquilidad para componer sino en la soledad de en su residencia de Nasice.
Durante la Gran Guerra vio desfilar por este castillo a multitud de heridos y mutilados, llegando a acogerlos en su rol de enfermera, lo que le hizo ver el horror de la guerra que le anticipaban, entre otros, las obras y el pensamiento de Nietzsche. Esto la hizo ahondar en su soledad y, pese a sus orígenes aristocráticos, se fue alejando de su clase social, de la que expresaba que no entendía cómo se podía vivir sin trabajar y alejados de las preocupaciones del mundo.
Las obras compuestas tras esta Primera Guerra Mundial ponen en evidencia ese grado de madurez, introversión y la búsqueda de nuevos caminos. Obras como su Sonata en si menor, estrenada en Dresde en 1921 tuvieron un gran éxito entre un público tan entendido como el de la capital de la Sajonia.

Dora Pejačević compuso en 1913 su Concierto para piano, Op. 33, su primera obra orquestal, lo que la convirtió en el primer compositor croata en escribir un concierto, frente a sus obras anteriores que consistían en piezas para piano, canciones y sonatas. También fue la primera croata al componer su Sinfonía en fa sostenido menor, Op. 41 que se estrenó en la Sala Dorada del Musikverein de Viena y que sorprendió a algún crítico musical cuando saló a saludar al escenario, hecho que muestra que la calidad de una obra no depende del género del compositor. 

Dora en el Salón de Música del palacio familiar de Našice (Croacia). Foto de Elizabeta Drašković 1912. Fuente: www.mgz.hr 
Nos quedamos ahora con un texto escrito por la propia compositora en la que expresa sus sentimientos y las sensaciones que la atravesaban cuando se encierra sobre sí misma durante el proceso de la creación. 


En 1921 se casó con Ottomar von Lumbe, un matrimonio que no fue del agrado de la familia al no pertenecer éste a la nobleza aristocrática. En octubre de 1922, mientras esperaba su primer hijo, Dora escribió a su esposo una carta en la que intuía su muerte y en la que mostraba unos deseos sobre su hijo:

Dora y su esposo Ottomar von Lumbe
El 5 de mayo de 1923, cuatro semanas después de dar a luz a su hijo TheoDora falleció inesperadamente a los treinta y ocho años en un hospital de Múnich, según algunas fuentes por una insuficiencia renal, según otras, por complicaciones después del parto. 
Desaparecía de esta manera uno de los grandes talentos musicales de su época, un ser de una valía indudable que supo ir más allá de las etiquetas y estereotipos, la de una persona que desarrolla todas sus posibilidades independientemente de su sexo o su condición social. 
En su cuaderno de libros dejó una serie de deseos, además de algunos bocetos para composiciones. Dos meses después, el 5 de mayo, sus restos fueron trasladados al castillo de Nasice donde su abuelo, el conde Ladislav Pejačević había hecho construir un mausoleo con una capilla y una cripta para enterrar a todos los miembros de la familia. Dora, por deseo propio fue enterrada en un tumba fuera de la cripta con la única indicación de su nombre y las palabras en alemán Ruhe nun (Descansa ahora).

Tras su muerte, sus obras pasaron al olvido, salvo interpretaciones en Osijek en 1925 y 1926. En Zagreb se escucharon en el 25 aniversario de la obra de Vaclav Huml en 1928, perdiéndose prácticamente el rastro de su obra hasta 1955 y 1977 en que se escribieron dos tesis sobre ella y su obra por sendos estudiantes. Con la biografía de Koraljka Kos comenzó a emerger y darse a conocer la figura de esta gran intérprete y compositora croata.
Su soledad, la que ella buscó en el proceso de maduración que la llevó a la creación de sus obras, unida a la del olvido en el que ha estado durante décadas, hasta que, poco a poco, va siendo recuperada y conocida su obra, marcan la característica más singular de Dora Pejačević, la gran compositora croata.

Tumba con la inscripción Dora Ruhe nun
Dejando de lado sus obras más conocidas e importantes como su Sinfonía, Op. 41, su Concierto para piano, Op. 33 o su Trío para piano, Op. 29, nos despedimos de esta compositora con el movimiento final de la que fue su última obra: el último movimiento, el Allegro Comodo de su Cuarteto para cuerda en Do mayor, Op. 58. Una composición que, indudablemente, no entraba en sus proyectos que fuera la última de sus creaciones.
La interpretación corresponde al Sebastian String Quartet en una grabación, de nuevo para Croatia Records.

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Bibliografía y webgrafía consultadas: 

El arte de escribir cartas

Escribir en una hoja de papel, doblarla, introducirla en un sobre, cerrarlo, ponerle un sello y depositarlo en un buzón con destino a una persona concreta es un acto que ha pasado a la historia como tantos otros en la existencia humana.
Enviar cartas como medio de comunicación puede llegar a ser uno de los actos más íntimos que realizamos las personas.
Durante varios siglos fue una actividad habitual, intensa e íntima entre personas, que comenzó con envíos a los destinatarios llevados a través de personas del entorno doméstico y que generó la formación y un aumento sin precedentes de los servicios de correos en todos los países.
Las cartas nos remiten a un tiempo distinto en el que la inmediatez que nos abruma no existía. Enviar una carta, llegar a su destino, ser leía, contestada y devuelta la respuesta al escritor original suponía días e incluso semanas de espera que en nuestras vidas actuales se han solventado con la rotunda inmediatez que nos proporcionan los medios digitales. ¿Cómo esperar la respuesta a una carta postal teniendo los correos electrónicos al alcance de las yemas de nuestros dedos y su respuesta en el preciso momento en que nos la escriban?
Miles, e incluso millones de cartas, se escribieron y guardaron durante el transcurso de varios siglos, desde los antiguos imperios hasta nuestros días. Escritores, políticos, pensadores, artistas, comerciantes, amigos o enamorados se cartearon durante todo ese tiempo. Muchas cartas llegaron a sus destinos, fueron leídas -en ocasiones no-, destruidas, olvidadas en armarios o escondidas entre libros. Algunas fueron leías y rotas, otras releídas con sorpresa, cariño o amorosamente, guardadas con esmero en la memoria y en cajones, atadas en cuidadosamente en fajos con cintas de colores.
De estas que quedaron surgió un género asociado a la curiosidad por conocer los entresijos de quienes las escribieron: la literatura epistolar. Colecciones de cartas entre distintas personas se han publicado por parecer interesantes sus contenidos y desveladores de la personalidad de quienes las enviaron o recibieron.
Te propongo acercarnos a algunas de las miles de cartas de escritores conocidos que han sido publicadas acompañadas de obras musicales en algunas de cuyas escenas las cartas se presentan como elementos esenciales. Nos acompañan Cortázar, Kafka, Rilke, Mozart, Puccini y Massenet Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!


Las cartas en su versión de envío postal han ido perdiendo fuerza hasta casi desaparecer, de la misma forma que los descubrimientos e inventos han ido cambiando los hábitos cotidianos de todos nosotros. Hacer copias con papel carbón o un cliché para fotocopiar en la máquina de escribir, realizar la colada a mano, ir a la barbería a afeitarse, cocinar en hornillas alimentadas por carbón o utilizar el teléfono -con cable- única y exclusivamente para hablar son costumbres que hemos ido abandonando con el paso del tiempo y que no tienen vuelta atrás.
Pensamos que las cartas han perdido su tradicional uso por la incorporación de las tecnologías digitales en nuestra vida, pero ya, en los albores del siglo pasado, se culpaba al telégrafo o al teléfono, entre otros nuevos inventos de comenzar el fin de las cartas escritas a mano y la necesidad de su empleo.
Hace poco más de cien años, en enero de 1919, la Yale Review estadounidense publicaba: 

Algunos culpan a la máquina de escribir, al teléfono, al telégrafo o al ferrocarril. Otros dicen que el arte de escribir cartas se perdió con la pluma de ganso. Pero la mayoría achaca la pérdida al moderno arte del ocio.

En un declive que se prolonga desde hace tanto tiempo, no todo es achacable a los últimos y revolucionarios inventos, sino a un cúmulo de factores entre los que encontramos los arriba indicados y algunos más que cada uno de nosotros tengamos en consideración.



No hay material escrito tan abundante como las cartas. De amor, amistad, de negocios, de tema político o filosófico, las cartas que se han cruzado entre personajes nos han llamado la atención cuando han salido a la luz y han sido publicadas. Qué escritor, científico, pensador, político, artista o personaje conocido no ha escrito estas misivas y han sido publicadas años después despertando el interés del público lector. Algunas de estas cartas son las protagonistas de esta publicación.
Más de mil cartas inéditas escritas por Julio Cortázar entre 1937 y 1984 forman la extensa colección que se publicó con el explícito título de Julio Cortázar. Cartas y que por su abundancia ha sido publicada en cinco volúmenes en una edición que ha corrido a cargo de Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga.
Incansable escritor epistolar para sus amigos y familiares, sus cartas pueden leerse como esa colección de cartas que es o servirnos para conocer a la persona, como si se tratara de un diario personal, una autobiografía o cuaderno de anotaciones sobre sus obras. Nos acercamos al quinto y último volumen, Julio Cortázar. Cartas (1977-1984) y una carta dirigida a María Luisa Perdomo, profesora en la Universidad de Bonn y la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, donde ha mostrado su interés por la crítica literaria y su admiración por escritores como el propio Cortázar.
Escrita en enero de 1977, la carta que nos acompaña refleja el poco interés y capacidad del escritor argentino hacia la crítica, tanto de sus obras como de las ajenas y la admiración hacia Perdomo, a la que no conoce personalmente, por cómo se adentra en esa faceta.


Con esta paulatina desaparición del género epistolar hemos ganado en inmediatez y agilidad, aunque también hemos perdido en otros aspectos.
El tiempo que transcurre entre el envío de una carta y la llegada de su respuesta genera una evocación y un deseo de recibirla, mientras la mente va generando expectativas y posibles respuestas. 
Además, escribir una carta supone un proceso complejo en el que la voz interior de quien escribe entra en diálogo con su interlocutor. Sus pensamientos, ideas y sueños, además de sus ilusiones, dudas o emociones se convierten en palabras que se mueven entre lo público y la intimidad, entre lo que se pude contar a otros y lo que entra en el ámbito de lo privado. 
En el fondo, todos hemos participado de estos sentimientos al escribir cartas, pero también al ilusionarlos cuando las recibíamos, al descubrir que el cartero nos las entregaba, observando los sobres: si tenían ribetes del correo aéreo porque venían del extranjero, si nos habían puesto algún detalle personal escrito o dibujado en el exterior, una clave de complicidad para con nosotros. Considerar, antes de abrirla, que alguien había dedicado unos minutos a pensar en nosotros, que había buscado papel y bolígrafo, se había sentado ante una mesa, había buscado sobre y sello y la había llevado a un buzón, ya significaba que le importábamos y teníamos importancia en su vida.


También en la música encontramos tanto alusiones a las cartas como presenciamos escenas en la ópera en las que estas son protagonistas o, cuanto menos, realizan una función en el desarrollo de la historia.
La primera de las escenas que nos acompaña, y que nos sirve como preludio, pertenece a La nozze di Figaro (literalmente Las nupcias de Fígaro o, como aquí la conocemos Las bodas de Fígaro), una de las obras maestras de Mozart.
Quizás aquí es más una nota para una cita que una carta, aunque cumple la misma función que esta y es un delicioso dúo en el que la Condesa de Almaviva dicta la nota, mientras su criada Susana escribe de su propia letra. La cita es para un encuentro con el propio Conde que, supuestamente será con la criada, en el jardín de la casa, aunque quien acudirá será la condesa. Un genial juego de engaños y enredos en el que Mozart nos sumerge. 
Este duettino (un dúo breve) Che soave zeffiretto (Qué suave céfiro), alude a la brisa del atardecer y pertenece al Acto III de la ópera. Está escrito para dos sopranos con acompañamiento de cuerdas, oboe y fagot y se desarrolla en Tempo Allegreto y en él Mozart nos muestra su dominio del estilo de conversación.
El duettino comienza con la condesa dictando el título y el mensaje de la nota, mientras Susana va intercalando a ese dictado la repetición de cada palabra, como si fuera un eco, hasta que cantan al unísono separadas en terceras y continúan como al inicio.
La interpretación, que hemos insertado en el blog en una ocasión anterior, corresponde a Renee Fleming como la Condesa y Cecilia Bartoli como Susana y pertenece a una representación que se grabó en el Metropolitan Opera House de New York en 1998 con la dirección del entonces imprescindible James Levine. Una delicia.



Coger el bolígrafo, tocar y rasgar con nuestra escritura el papel y dedicar por un tiempo el pensamiento al destinatario genera una energía especial que se transmite en cada carta que se escribe. Personalizarla con una elección concreta de papel o un sobre especial, añadir algún detalle en el margen de la escritura o introducir algún pequeño objeto personal con significado sentimental convierten una carta en algo muy especial, que la convierte, además de un mensaje personal, en un objeto físico que ha sido configurado por la mente y las manos de una persona y que llega a las de otra con la que se consolida una relación especial.
De esta manera, en To the letter, Simon Garfield afirma que «existe una integridad en las cartas que no existe en ninguna otra forma de comunicación escrita», mientras Virginia Woolf cree rotundamente que escribir cartas «es el arte más humano, puesto que hunde sus raíces en el amor a los amigos».



Si la primera carta que nos acompaña trataba sobre la crítica, esta segunda está escrita con el fin de mostrar el camino que un escritor debe seguir, buscando en sí mismo, para alcanzar su propia voz, aquella que le dé personalidad y lo diferencie de otros escritores.
Rainer María Rilke está considerado uno de los poetas más importantes e influyentes de comienzos del siglo XX por su estilo preciso, su imágenes simbólicas y unas reflexiones que se acercan a lo espiritual.
Publicado pocos años después de la muerte de su autor, Cartas a un joven poeta tuvo durante dos décadas un único lector, el escritor Franz Xaver Kappus, que las recibió entre 1903 y 1908, desde los diversos lugares donde el escritor praguense vivió su vida itinerante tras distintos mecenas que lo acogieron.
Escritas en un momento en que Rilke se acercaba una poesía cercana al mundo de la materia y las formas frente al anterior más ensoñador e íntimo, las diez cartas que conforman este volumen nos muestran las ideas del escritor, sus fuentes de inspiración o sus meditaciones sobre la soledad en la que debe sumirse la creación literaria.
Publicada por el propio Kappus tres años después de la muerte del poeta, a la que aludimos en Las rosas de Rilke. Dirait-onBriefe an einen junge Dichter (Cartas a un joven poeta) es un libro cuyo título podría haber sido Cartas al aprendiz de hombre, porque ese es el tema que trata en sus reflexiones: Cómo ser lo que estamos llamados a ser, cómo entrar en contacto con la energía que tenemos en nuestro inconsciente, o cómo transformar esta conciencia en una conciencia poética y creadora que nos permita captar la grandeza y la belleza de lo que nos rodea, para que los términos «hombre» y «poeta» sean un solo término.
Nos adentramos en las reflexiones que Rilke dirige a su joven aprendiz de hombre con la primera de las cartas que le dirigió, una invitación a que mire hacia su interior.




Con el paso del tiempo, esas cartas escritas y guardadas con pasión y deleite por quienes las recibían, han dejado de ser privadas entre quienes las escribían y las leían y han llegado a publicarse. De esta manera surgió la literatura epistolar, ese tipo de publicaciones que, por un lado recogen las cartas que se cruzaron entre distintos personajes dignos de interés, mientras en otra opción, conforman una trama novelesca a partir de la sustitución del narrador convencional por cartas que ayudan a formar la historia. En la primera de estas opciones nos estamos centrando en esta publicación, mientras, la última tendrá otro momento en el blog. 
En esta literatura epistolar, como algunas muestras que estamos leyendo en esta publicación, mostramos esa capacidad que poseemos para curiosear en las vidas ajenas, para escrudiñar en la voz interior de una persona que dialoga con otra, adentrarnos en un rincón de su ser que se mueve entre la privacidad y la discreción, pero nos muestra algunos indicios de un pensamiento que hemos apreciado en algunas de sus obras y creaciones por las que los admiramos.
A través de estas cartas tenemos acceso a un espacio íntimo, personal, a un lugar y una mente reservados a la privacidad del autor, sobre el que podemos llegar a pensar que estamos invadiendo un ámbito que no se estaba abriendo para nosotros, sino para otro destinatario. No obstante, poseen el atractivo de acercarnos la comprensión de la persona que hay detrás del personaje y sus acciones.


Si la primera de las músicas que nos acompañan tiene ese aire desenfadado que le otorga Mozart, en la segunda, nos centramos más en la profundidad que transmiten los mensajes plasmados en las cartas y en los sentimientos que provocan en sus destinatarios.
Basada en Las desventuras del joven Werther de Goethe, Jules Massenet estrenó en la Staatsoper de Viena su ópera Werther en febrero de 1892. Con un libreto de Édouard Blau, Paul Milliert y Georges Hartmann y dividida en cuatro actos, esta ópera supuso la consagración del sentimiento romántico que se estaba gestando en Alemania.
En el inicio del Acto III, Charlotte relee en su casa en la tarde de Nochebuena las cartas que Werther le escribió, interrogándose sobre cómo se encontrará el joven poeta y cómo ella tuvo la fuerza necesaria para alejarlo y seguir el noviazgo que le fue impuesto con Albert. Es el conocido Aria de las cartas o Aria de las lágrimas: Ces larmes! Ces lettres! (¡Esas lágrimas! ¡Esas cartas!).
La mezzosoprano letona Elina Garança, una de las voces más consolidadas en nuestros días, interpreta esta versión del Aria de las cartas del Werther de Massenet en una versión con subtítulos en castellano publicada por la televisión austriaca ORF 2.


Las cartas que encontramos en la literatura epistolar muestran el atrevimiento y la sinceridad de quien escribe única y exclusivamente para una persona, lejos de miradas extrañas e indiscretas, una idea radicalmente distinta que cuando se escribe una obra para un gran público.
Los libros epistolares tienen en nuestros días un gran aceptación, puesto que muestran el discurrir y, en algunos casos, la evolución del pensamiento y la relación entre quienes escribieron esas misivas y sus destinatarios. Para los lectores son fáciles de leer, ya que se pude interrumpir la lectura al finalizar cualesquiera de las cartas sin perder el hilo de una narración por capítulos y nos permite entrar como privilegiados espectadores en la intimidad de los personajes y las relaciones que han entablado 



La última de las cartas nos acerca a un universo onírico, aunque en forma de pesadilla, casi como el de toda la obra de su autor, uno de los más emblemáticos del siglo XX y uno de los escasos que han incorporado su nombre a nuestro vocabulario con el adjetivo kafkiano como símbolo de una situación que es absurda y angustiosa.
Kafka conoció a la periodista Milena Jesenská en un viaje que ella realizó a su Praga natal desde Viena, donde residía con su esposo en un matrimonio que se estaba que se estaba disolviendo lentamente. Durante ese encuentro, que se produjo en un café, Milena le propuso al escritor traducir al checo algunos de sus relatos. Así comenzó una relación que se desarrolló entre dos ciudades, algunos encuentros esporádicos y una correspondencia que ayudó a mitigar las distancias que los separaba, convirtiéndose en documentos que atestiguaron el desarrollo de una relación tan particular. 
Pocas veces se vieron hasta que Kafka viajó a Viena donde pasó cuatro días con Milena, unos días que el escritor contaba entre los más felices de su vida y que supusieron el cénit de la relación entre ambos. De la misma manera que los amores entre Werther y Charlotte, el de Kafka y Milena fue eminentemente epistolar.
La correspondencia entre ambos se desarrolló entre abril de 1920 y diciembre de 1923, pocos meses antes del fallecimiento del escritor. Milena, falleció veinte años más tarde en el campo de concentración de Ravensbrück.
Editadas por primera vez en 1952 por Willy Hass con el título de Briefe an Milena. Franz Kafka (Cartas a Milena. Franz Kafka), se recogen las misivas que el escritor dirigió a su traductora y amiga. En la edición definitiva de 1983 de estas Cartas a Milena se añaden las ocho cartas que Milena dirigió a Max Brod, el amigo y albacea de la obra de Kafka, aquel que la publicó desoyendo la orden de destruirla; además de la necrológica que Milena publicó a la muerte del escritor. Todas las cartas de Milena a Kafka han desaparecido, por lo que esta colección se muestra en una única dirección, sin conocer las respuestas y reacciones que las cartas del escritor provocaron en su amiga.
Leídas todas, tienen el aire de una novela, un relato de amor apasionado a la vez que desesperado, donde se trasluce una relación que comenzó por intereses literarios y poco a poco se fue convirtiendo en sentimental.
La carta que nos acompaña fue escrita en junio de 1920 y muestran el miedo cerval que Kafka tenía hacia ese viaje a Viena que se citaba anteriormente, que supuso el punto álgido en la relación y marcó un enfriamiento y distanciamiento tras el regreso. Como si de uno de sus kafkianos relatos se tratara, la carta narra una pesadilla que el escritor tuvo en aquellos inquietos días.




En ocasiones nos gusta asomarnos al pasado y contemplarlo con ojos benévolos, como si se tratara de un lugar mejor que el presente. Lo decía Jorge Manrique en las coplas que escribió a la muerte de su padre: «Cómo a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor», una frase en la que, con cierta frecuencia, olvidamos su primera parte y nos aferramos a la segunda.
Así, si nos lo llegamos a plantear, nos debatimos entre la profundidad de dedicar un tiempo al otro o la espera de las cartas por envío postal y los rápidos y eficientes envíos por correo electrónico. ¿Podemos llegar a añorar las cartas porque han desaparecido y sólo pertenecen a un pasado nostálgico? 
Cuando tenemos a nuestro alcance la posibilidad de personalizar nuestras comunicaciones con la eficacia de los mensajes de voz, fotografías, vídeos o conexiones con imágenes desde cualquier lugar del mundo, ¿podemos anhelar buscar una mayor complicidad con quienes nos comunicamos, dedicarles más tiempo en nuestros pensamientos y discursos?
Quizás la carta postal haya muerto, igual que los libros epistolares y pronto nos encontremos con libros que se basen en correos electrónicos, mensajes de WhatsApp u otro tipo, pero en nuestras manos se haya el poder profundizar más con las personas con las que nos relacionamos, sea cual sea el medio que utilicemos.
En nuestras manos está que las comunicaciones con aquellos a los que queremos, quienes nos importan como personas sean fluidas, ricas e intensas, evitando los formulismos impersonales, sean cuales sean los medios por los que las llevemos a cabo.



Del delicioso duettino de Mozart  y el Aria de las cartas del Werther de Massenet pasamos a una escena con cartas mucho más dramática, un aria que, en ocasiones, escuchamos fuera del contexto en que está escrita.
Una de las obras maestras de Giacomo Puccini, Tosca, muestra en su último acto cómo la protagonista ha logrado del despreciable Scarpia la promesa de una falsa ejecución de su amado Cavaradossi. Éste, que no sabe nada, encerrado en el romano Castel Sant'Angelo, pide papel y pluma para despedirse definitivamente de su amante Tosca. La escena comienza con la pregunta Mario Cavaradossi? en boca del carcelero y continúa con el inolvidable aria E lucevan le stelle (Y brillaban las estrellas), una dramática y desconsolada despedida de la vida escrita en una agónica carta.


La interpretación corresponde al tenor alemán Jonas Kaufmann, uno de las grandes voces del momento en una representación que se realizó en la Bayerische Staatsoper de Munich en julio de 2010.

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Bibliografía y webgrafía consultadas:

Sentir el otoño

Busquemos el momento de detenernos y admirar cómo caen las hojas de los árboles.

En ocasiones pasamos de una etapa a otra, de una situación a otra diferente y no nos hacemos conscientes del paso que hemos dado. En estos días hemos comenzado el otoño y quizás lo hayamos advertido por haberlo escuchado en radio o televisión o por haberlo leído en la prensa o las redes sociales, pero aún no somos conscientes de su entrada.
Sentir, canalizar y dejar aflorar los sentimientos que nos produce el otoño, los agradables como admirar el paisaje y su color cambiante, los que nos encierran en nosotros mismos con los días que se vuelven más cortos y las noches se alargan, la melancolía que nos asalta por momentos, el feliz encuentro con nosotros mismos son sensaciones que podemos y debemos sentir. 
Desde tu ciudad, tu pueblo, donde quiera que vivas te propongo hacer una pausa en tu ritmo de trabajo y de vida para hacerte consciente de la entrada del otoño en compañía de obras literarias y musicales. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!



Nuestro primer acercamiento al otoño surge de un poema de autor anónimo que viene a reflejar las características que esta estación en unión de la naturaleza aportan a nuestras vidas. 
Refleja las costumbres y usos de los siglos XVII o XVIII en que fue escrito el soneto, con la recogida de las cosechas, la vendimia y los productos que se elaboran a partir de ella o las costumbres cinegéticas en un tiempo en que se vivía en contacto e interacción con la naturaleza. 



La importancia de este poema estriba en que fue escogido por Antonio Vivaldi para describir el otoño de Las cuatro estaciones a través de él. Los tres movimientos que lo conforman siguen los detalles descriptivos del poema, de la misma forma que ocurre con el resto de las estaciones.
Estos cuatro conciertos de Las cuatro estaciones pertenecen a la obra Il cimento dell' Armonia e dell' Invenzione, el Opus 8 de Vivaldi y no conocemos con seguridad el momento en que fueron compuestos, sabiendo, eso sí, que hay una dedicatoria del compositor al Conde Marzin en 1725.
Nos acompaña el 3º movimiento, Allegro de este Otoño con que Vivaldi nos describe la estación con ayuda del soneto anterior. Se trata de una interpretación de The Cleveland Baroque Orchestra para Apollo's Fire con Jeannette Sorreli en el teclado y la dirección y Olivier Brault como violín solista que se llevó a cabo en la Fairmount Presbyterian Church de Cleveland Hts, Ohio en abril de 2015. Una interpretación muy particular con cierta coreografía gestual por parte de alguno de los intérpretes.


No es la primera vez que Rainer María Rilke nos acompaña en este blog. En esta ocasión es con un poema en que nos acerca a los sentimientos y sensaciones que le provoca, y nos provoca a nosotros, una jornada de otoño. Comienza con una casi petición a que finalice el largo verano y regresen los ciclos naturales, mientras la soledad, la espera de un tiempo mejor que llegará, nos mantiene como las mismas hojas caídas.



Hans Erich Pfitzner es uno de esos personajes que viven por y para la música. Ruso de nacimiento, de padre violinista, la familia marchó cuando él contaba con pocos años a Alemania donde vivió prácticamente el resto de su vida. Director de orquesta y compositor, sus primeras obras las compuso cuanto contaba con once años. Conocido de Thomas Mann, Malher o Richard Strauss, que admiraban su obra, no trabó amistad con ellos por sus modales poco agradables. Durante el tiempo que duró el Tercer Reich fue cayendo en desgracia al negarse a dejar de interpretar obras de compositores judíos o componer una música incidental para El sueño de una noche de verano que sustituyera la compuesta por el judío Mendelsohnn, a lo que se negó, aduciendo que era imposible pensar siquiera en sustituir una música como esa. Sus bienes fueron requisados y sólo volvieron a interpretarse sus obras tras la guerra, cuando su salud mental estaba deteriorada y fue ingresado en un sanatorio en Salzburgo donde falleció.
Entre sus obras abundan los lieder, varias sinfonías y algunas óperas. Entre estas últimas destaca Palestrina que fue estrenada en 1917 y nunca llegó a entrar en los repertorios de los grandes teatro, pese a que voces tan importantes como Bruno Walter veían en ella todos los elementos para triunfar.
De entre sus lieder, a los que Pfitnez suele otorgar un carácter melancólico, nos acompaña en esta parada para sentir el otoño una composición para piano y soprano a partir de un poema de Josef Karl Benedikt von Eichendorff.




Christa Mayer nos ayuda a sentir el otoño interpretando Im Herbst de Hans Pfitzner acompañada al piano por Eytan Pessen.


Precoz estudiante -a los 11 años ingresó en la Universidad de Oviedo- catedrático de Literatura en Zaragoza y aquella ciudad, crítico literario y escritor, la obra de Leopoldo Alas "Clarín" se compone de algunos relatos cortos, la obra de teatro Teresa y algunas novelas entre la que destaca la que, posiblemente, sea la más importante del siglo XIX en nuestro país: La Regenta, una obra que fue escrita entre 1884 y 1885 inmersa en la corriente literaria del Naturalismo imperante en las últimas décadas del citado siglo.



Situada en la imaginaria Vetusta, la ciudad de Oviedo en que se desenvolvió emocionalmente su vida aunque naciera en Zamora, Clarín se adhirió a la sinceridad narrativa y descriptiva del naturalismo en que ahonda en los estados y sentimientos más profundos del alma humana. La crítica a los provincianismos y la moralidad impuesta, una cierta socarronería, la mezcla de ironía, bromas y seriedad hace de La Regenta una obra que, aunque extensa y prolija, se lee con interés gracias a la riqueza del lenguaje y la verdad en la descripción de los caracteres de cuantos acompañan a Ana Ozores en su transcurrir diario por Vetusta.   
Una descripción unida a las sensaciones que provocan en la ciudad, y en la protagonista de forma particular, el avance del otoño cuando se aproxima al invierno nos acompaña al sentimiento de esta estación.



De Las flores del mal de Charles Baudelaire extrajo Gabriel Fauré algunos poemas para ponerle música. En la misma línea que la tradición de los lieder alemanes, les chansons francesas tuvieron un importante desarrollo a partir de la segunda mitad del XIX. El número 56 de la colección de poemas se titula Chant d'automne (Canto de otoño) y fue llevado al pentagrama por Fauré en 1871 como su Opus 5 junto a Rêve d'amour (Sueño de amor) y L'absent (El ausente), ambas de Victor Hugo. Se trata de una chanson para piano y voz solista que preparó para ser interpretada por cualquiera de las cuatro tesituras habituales, soprano o tenor en una versión y contralto o barítono en la otra.
La letra de Baudelaire señala la lucha contra el otoño, un preludio del invierno que, para el poeta maldito, es un acercamiento a la muerte y que Fauré trasladó al pentagrama con gran fidelidad.



El vídeo con el que nos finalizamos nuestro acercamiento al sentir del otoño está interpretado por la soprano Felicity Lott acompañada por Grahan Johnson al piano en una grabación extraída del disco Mélodies sur de poémes de Charles Baudelaire publicado en el año 1994. La imagen que lo acompaña pertenece al pintor romántico Caspar David Friedrich y viene acompañada por subtítulos en castellano.



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Bibliografía y webgrafía consultadas:
  • www.kareol.es: Letras y traducciones de óperas y música vocal.