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Noches de difuntos

El final de octubre y el comienzo de noviembre viene marcado desde hace siglos por la mirada hacia los santos y los difuntos en una mezcla que ha evolucionado desde distintas culturas hasta llegar a nuestros días.
En su origen cristiano, fue el papa Gregorio III quien en el siglo VIII consagró una capilla en la antigua Basílica de San Pedro a todos los santos, desde los más conocidos por la Iglesia hasta los apenas conocidos. Ya en el 835 fue Gregorio IV quien instauró a celebración de Todos los Santos el 1 de noviembre.
Con esta festividad se aprovechaba la celebración de algunos pueblos del norte, especialmente germanos y celtas, una forma de adaptar a los cultos algunas costumbres paganas.
Los celtas observaban entre sus creencias un recuerdo especial a los difuntos. El ciclo anual se dividía entre el periodo claro que iba desde el comienzo de mayo al final de octubre, un tiempo marcado por el renacer de la naturaleza y la salida de los rebaños a pacer al aire libre, y el periodo oscuro que comenzaba el 1 de noviembre marcado por los días más cortos, la llegada del tiempo más crudo y el encierro del ganado, un periodo que comenzaba con la fiesta del Samhain, una de las fiestas principales para los gaélicos junto con las de Imbolc, Beltane y Lughnasa, y que se celebraba la tarde del 31 de octubre con hogueras y sacrificios de ganado como símbolos de purificación, siendo parte importante de la misma el recuerdo a los difuntos. Además, el Samhain es una fiesta denominada liminal o de umbral, en la que se encuentra en la frontera entre este mundo y el de los espíritus.
Con este cruce entre estos tipos de celebraciones, surge la festiva celebración de Halloween, un festejo sincrético entre ambos, el cristiano y el celta, cuyo nombre deriva de All Hallow's Eve (La víspera de Todos los Santos) que se celebra al día siguiente. Con seguridad, la infantilización y los disfraces que se utilizan se acercan más al objetivo de asustar a esos fantasmas y evitar el miedo a ellos.
Por el contrario, la celebración de Todos los Santos y su continuación en el Día de los Difuntos está más cerca de nuestra cultura, siendo una jornada más familiar en la que se continúa la costumbre de acudir a los cementerios para dedicar la memoria a los familiares que nos han dejado.
En esta publicación te invito a acercarte a textos y músicas que nos evocan, desde distintos puntos de vista, tanto desde sus orígenes como desde sus intenciones, al grupo de festividades que se realizan alrededor de la noche de difuntos. Nos acompañan obras de Cunqueiro, Washington Irving, Rulfo, Haydn y Strauss. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!

Imagen extraída de la portada de Pedro Páramo y El llano en llamas de Planeta Editorial (2008)
Comenzamos con un texto de Álvaro Cunqueiro (1911-1981), un autor que escribió en gallego y castellano y dirigió durante años el periódico El faro de Vigo, además de colaboras con artículos de una temática variada en diarios de difusión nacional. Entre sus novelas se encuentran Las crónicas del sochantre, Merlín y familia, Las mocedades de Ulises, Un hombre que se parecía a Orestes, con el que obtuvo el Premio Nadal en 1968, o La vida y las fugas de Fanto Fantini.
Nos acompaña un extracto de A crónicas do sochantre (1956) (Las crónicas del sochantre), una novela con la que obtuvo el Premio Nacional de la Crítica en 1959. En la Bretaña de finales del XVIII, Charles Anne De Crozon, un sochantre -director de un coro para los oficios religiosos- es cogido por un grupo de seres fantasmales, que de día semejan las personas que fueron, mientras que de noche son esqueletos, para que amenice un entierro. El susto lo acompañará durante parte del relato,  mientras el viaje en carroza se prolonga durante tres intensos años, un tiempo en el que los propios fantasmas van contando sus historias que se desenvuelven simultáneamente entre lo terrorífico y lo sereno.

José de Ribera, Hombre con calavera (1640), Shefield Art Galery (Reino Unido)
Mientras se dirige a un entierro con su bombardino preparado, De Crozon es interpelado por un personaje que le invita a entrar en una carroza con sus señores que lo acercará al acto. Allí, en la oscuridad, el sochantre irá conociendo a sus acompañantes. 


La música que nos acompaña tiene una procedencia particular, así como su autor de quien, aparentemente, no podríamos esperar encontrar este título.
Compositores como Beethoven o Haydn realizaron versiones de canciones para música de cámara, el primero alrededor de dos centenares, mientras que el segundo sobrepasó las cuatrocientas canciones.
Franz Joseph Haydn músico al que asociamos con la familia Esterházy, la casi invención de la sinfonía o sus cuartetos de cuerda, compuso multitud de canciones, en un primer momento, incorporando melodías y danzas campesinas, varias docenas de lieder para uso doméstico que tuvieron aceptación en su tiempo y hoy apenas se interpretan pese a ser agudos y con profundidad en los sentimientos.
Más adelante arregló para una agrupación pequeña sus Canciones escocesas y galesas, varias decenas de ellas que surgieron como un favor hacia un amigo, el editor musical William Napier, que se había arruinado. Así, Haydn adaptó canciones populares para trío de piano, violín, violonchelo y voz que salvaron el negocio de su amigo.


Más adelante, en 1799 fue George Thomson, editor de Edimburgo quien le ofreció una suma considerable para nuevos arreglos, llegando a arreglar casi doscientas canciones en los siguientes cuatro años. A partir de 1802 trabajó también con William Whyte, otro editor escocés, aunque al decaer su salud, confió algunos arreglos a sus alumnos. 
Nos quedamos con una de estas canciones escocesas de Haydn editadas por George Thomson, la catalogada como Hoboken XXXIa, 63 bis, que lleva el explícito título de Halloween, aunque muestra una expresión de sentimientos más hacia la pérdida del ser amado en esta fecha, el día de difuntos por la evocación, que hacia el festejo que se celebra en la actualidad.


Tanto al inicio como entre las estrofas, Haydn desarrolla el material melódico a cargo del violín, cello y piano otorgándole a la pieza una sensible caracterización que acentúa su tono sentimental.
La interpretación de esta canción corresponde al tenor Jamie MacDougall acompañado por el Haydn Trio Eisenstadt en una grabación que pertenece al volumen 3 de las Haydn Scottish and Welsh Songs publicada por Brilliant Classics.


Pese a que realizó estudios de Derecho, Washington Irving (1783-1859) vertió su vocación hacia el periodismo y la escritura. Desde los primeros años del XIX comenzó a escribir artículos en los periódicos de su Nueva York natal, hasta que decidió vivir en Liverpool donde entabló amistad con escritores como Walter Scott o Thomas Moore. Vivió en Madrid como miembro del cuerpo diplomático, escribiendo uno de los libros que se centran en nuestro país, sus famosos Cuentos de la Alhambra.
Entre 1819 y 1920 publicó por entregas una serie de relatos bajo el titulo de El cuaderno de apuntes del Sr. Geoffrey Crayon, que vieron a la luz en un solo volumen en 1848, siendo la mayoría de los relatos una recopilación de cuentos populares que conoció durante su estancia en el viejo continente, especialmente en Inglaterra, conformando una mezcla heterogénea donde los relatos fantásticos se alternan con otros de sentido cómico o romántico. Entre estos relatos se encuentra uno de los que más fama le dieron, La leyenda de Sleepy Hollow, un relato que nos evoca la fecha de Halloween, ya que Irving la sitúa semanas después de comenzado el otoño y tiene el contenido de las narraciones de esta temática.

Sleepy Hollow, localidad del Condado de Westchester, Nueva York

El relato aparece en la colección con el indicativo siguiente:

Hallado entre los papeles del difunto Diedrich Knickerbocker

El famélico maestro Ichabod Crane imparte clases entre los alumnos de la localidad de Sleepy Hollow con la esperanza de encontrar alimentos que sacien su hambre y de alguna joven que le ayude más a llenar su despensa que a formar una nueva familia. Así, corteja a una dama de la localidad, mientras otros pretendientes hacen lo propio. En esta situación es invitado a pasar una fiesta campestre o «velada de costura» que se iba a celebrar esa noche en casa de la señorita Van Tassel.
Tras la velada, comienzan a regresar a sus domicilios los invitados, quedándose algunos aún en la fiesta. Este es el momento en que comienza el texto que nos acompaña.


Si la música de Haydn nos acercaba más a la evocación de la pérdida del ser querido que a la festividad de alguna de estas celebraciones, la pieza que nos acompaña a continuación persiste en este tipo de evocación.
Richard Strauss cultivó también el género de la canción con sus más de doscientos lieder, entre las que podemos recordar sus inolvidables Vier letzte Lieder (Cuatro últimas canciones) la obra con que se despedía de la música antes de fallecer en 1949 con 85 años.
Su primera incursión en este tipo de obras se produjo en más de sesenta años antes, en 1885 con su Opus 10, sus 8 Gedichte aus "Letzte Blätter" (8 poemas sobre "Hojas de hierba"), un grupo de lieder que musicó a partir de poemas del escritor austriaco Hermann von Gilm zu Rosenegg. Estas fueron las primeras canciones con que el compositor de Múnich se sintió con la confianza de publicar, un paso que siguió alternando con sus poemas sinfónicos, su óperas y otras obras a lo largo de toda su vida.

Pieter Claesz, Vanitas Still life (1630)
De estas ocho canciones, la que nos acerca a esta mezcolanza de celebraciones es la última de ellas, Allerseelen (Día de Todos los difuntos), una de las más conocidas no sólo de la colección sino de toda su producción. La canción fue estrenada por su esposa, la soprano Pauline de Ahna, evoca un recuerdo de amor juvenil, una invitación a la memoria, además de un regreso a esa época de la vida. En este lied, Strauss diseña en el piano una melodía entrañable, casi religiosa, mientras a la voz le concede una melodía repleta de tonos nostálgicos, uniéndose ambos en el momento álgido final, antes de que una coda del piano concluya la pieza.


La interpretación corre a cargo de la soprano Diana Damrau en un registro perteneciente al Festival Enescu de 2021 celebrado en la capital de Rumanía.


Si hay un país donde la celebración del Día de los Muertos sigue estando presente desde hace siglos ese es México. La costumbre mexicana se sigue apoyando en la tradición que une los usos católicos con los de los indígenas, con el uso de calaveras, un término que se asocia tanto a las rimas -epitafios cargados de humor en los que la muerte bromea con los vivos- a grabados y a dulces de azúcar, como a diversos tipos de ofrendas a los muertos, tanto de tipo gastronómico, como de decoración floral de las tumbas, así como de cruces, fotografías de los fallecidos o cirios entre otros.
Si hay una obra donde esa presencia de los muertos tenga una carga tan persistente y contumaz, aunque no trate de estas fechas y celebraciones es la novela Pedro Páramo.
Guionista y fotógrafo, Juan Rulfo (1917-1986) apenas llegó a publicar tres obras, entre las que se encuentran dos libros cumbres de la narrativa hispanoamericana: El llano en llamasPedro Páramo (1955). Esta última narra la historia de un pueblo sometido al despótico protagonista que le da nombre a la novela y que ha dejado reducido a la nada, debiendo Juan Preciado -su hijo- reconstruir la historia de un padre al que no conoce y en la que se cruza con otros muchos Páramo -hermanos suyos-, conoce que su padre está muerto y que irá tejiendo la historia de Comala y sus habitantes a través de relatos que se cruzan, confundiendo la realidad con la alucinación, la violencia con el lirismo y los espectros que se desvelan.
El texto con el que finalizamos este paseo ecléctico por las noches de difuntos los muestra más vivos y presentes que muchos personajes con vida. Juan Preciado, que acaba de recibir el encargo de su moribunda madre de buscar a un padre al que le pide que «el olvido en que nos tuvo, cóbraselo caro», parte en su búsqueda hacia Comala, situando a continuación Rulfo la escena en que encuentra un acompañante por el camino que le llevará a la citada ciudad, la verdadera protagonista de esta historia.


Diego Rivera, Día de difuntos (1944) Museo de Arte Moderno, México D.F.

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Bibliografía y webgrafía consultadas:

Deporte y cultura en los Juegos Olímpicos

Los Juegos Olímpicos son el acontecimiento deportivo que posee un carácter más universal de cuantos se desarrollan en todo el mundo, uniendo a participantes de prácticamente de todos los países y en la mayoría de deportes que se llevan a cabo en nuestro planeta.
Inspirados en la idea de los antiguos juegos griegos, gracias a la iniciativa del Barón de Coubertin, se desarrollan en nueva etapa que comenzó con el primero de los Juegos Olímpicos de la era moderna, desarrollados en Atenas en 1896.
El lema «Citius, Altius, Fortius» (Más rápido, más alto, más fuerte) recoge, desde sus inicios el espíritu de los atletas que se ha ampliado a los demás deportes en la búsqueda de la superación personal en la práctica de una actividad tan sana como el deporte, desde el punto de vista del respeto, el juego limpio y la aceptación de las reglas deportivas.
En un blog como este en que se unen literatura y música, te invito a conocer más detalles sobre los Juegos Olímpicos en un aspecto poco conocido donde se cruzan y combinan los proyectos que relacionan el deporte y la cultura. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!


Todo comenzó alrededor del siglo VIII a. C. en la Grecia antigua con los Juegos Olímpicos que se celebraban cada cuatro años en la región de Elis en honor de Zeus en la ciudad de Olimpia, unos juegos de los que ya se tiene noticias desde el siglo VIII a. C.
Con el transcurrir de los años se llegaron a celebrar otros juegos que se denominaron Juegos Panhelénicos, ya que buscaban la participación de contendientes de cualquier parte del mundo griego.
Estos Juegos Panhelénicos comenzaban con los Juegos Olímpicos en el primero de un período de cuatro años. El segundo y cuarto años se desarrollaban los Juegos Nemeos, disputados en Nemea, aunque en ocasiones en Argos, también en honor de Zeus y los Juegos Ístmicos, celebrados en Corinto en honor a Poseidón y que transcurrían en meses distintos. El tercer año del ciclo se disputaban en Delfos los Juegos Píticos en honor a Apolo. Este ciclo lo tomaban los griegos como una unidad de tiempo de cuatro años a la que denominaban Olimpiada.
Esta forma de organización permitía que cualquier atleta griego pudiera participar en todos ellos, incluyendo a participantes que provinieran de las colonias que tenían tanto desde las lejanas Columnas de Hércules en el Mediterráneo Occidental hasta a la oriental península de Anatolia. Pese al prestigio con que contaban, era infrecuente que acudieran participantes de estos lejanos lugares ya que debían correr con los gastos de los meses de viaje, transporte, alojamiento o entrenamiento, aunque parece que Alejandro Magno participó en ellos y que, en alguna ocasión no griegos, como el emperador Nerón llegaron a competir y ganar.
Las principales competiciones deportivas consistían en carreras de carros, lucha olímpica, boxeo, pancracio (una mezcla de boxeo y lucha), el stadion (una carrera de velocidad de unos 180 metros que rodeaba el estadio, el pentatlón (que incluía lanzamientos de jabalina y disco, salto de longitud, stadion y lucha), en la que sólo competían hombres que participaban desnudos.
Los Juegos Olímpicos comenzaron en el año 776 a. C. y los vencedores recibían una corona de olivo del árbol que sembrara el mítico Hércules, fundador de aquellos juegos y que cortaba un sacerdote con tijeras de oro o un niño cuyos padres viviesen. Los Píticos comenzaron el año 582 anterior a nuestra era, siendo el trofeo para los vencedores sendas coronas de hojas de laurel. Los Ístmicos comenzaron en el año siguiente, 581, y las coronas para quienes ganaban eran de apio, mientras que los Nemeos se iniciaron algo más tarde, en 573 con un premio de una corona de pino en los primeros años que fue sustituida por apio fresco.
Pero el aspecto deportivo no era el único a tener en cuenta. El último día comenzaba con una procesión de acción de gracias al dios del santuario correspondiente, a la que seguía un banquete donde se proclamaban los nombres de los vencedores y sus ciudades de origen, coronándolos a continuación. También se entregaban premios en metálico, bandejas de alimentos, ánforas de aceite y otros objetos valiosos.
Pero la memoria de los vencedores quedaba en forma de estatua en Olimpia si se lograba por tres veces la victoria, además del recibimiento en su ciudad con honores y privilegios, una fiesta multitudinaria donde se cantaban y eternizaban las hazañas y glorias de los vencedores con himnos y poemas a los que acompañaban músicas y bailes.
Los últimos Juegos Olímpicos se celebraron en el año 393 de nuestra era, después de casi doce siglos de celebraciones al considerar el emperador Teodosio que tenían un cariz pagano.

Walter Winans. An american trotter. Medalla de oro a la escultura en 1912.

De entre aquellos que cantaron las victorias de los atletas griegos, nos han quedado algunas obras pertenecientes a Píndaro, un poeta que vivió aproximadamente entre 520 y 480 a. C. 
De los diecisiete libros que parece que escribió, solo nos han llegado los cuatro que dedicó a los epinicios, esos poemas para cantar las glorias y victorias de los atletas y héroes, aunque no de forma completa. 
Estas poesías son obras de encargo, densas, con imágenes brillantes y audaces, de las que no nos han llegado la música y la danza que la acompañaban en su concepción original, pero que poseen una fuerza y riqueza inspiradoras.
De entre las que han llegado hasta nuestros días nos acercamos a su Olímpica XIV, una obra datada en 488 y dedicada a Asópico de Orcómeno, atleta vencedor en el Stadion, un poemas que se encuentra entre los menos extensos del autor.
Posiblemente el propio Píndaro dirigió el coro y el cortejo festivo en que se cantó el triunfo de Asópico en su Orcómeno natal. Las Tres Gracias, que tenían allí su santuario, son elogiadas como otorgadoras de bienes y las gracias o beneficios que indican sus nombres y a las que el propio atleta les debe su vitoria. 
Compuesta solo por dos estrofas, el texto de Píndaro tiene complejas referencias al río Cefiso que transita por la región de Orcómeno, a las Tres Gracias, Áglae, Eufrósina y Talía, además del olímpico padre de los dioses.


Imbuido de una amplia cultura clásica, Pierre Fredy de Coubertin, barón francés del mismo nombre renunció a la carrera militar a la que quería su familia que se dedicara para centrarse en labores como historiador y pedagogo que le llevaron a la creación de sociedades atléticas en distintos institutos franceses que se agruparían en una suerte de federación dedicada a la divulgación de la práctica atlética, la Union des Sociétés Françaises de Sports Athlétiques y la primera revista deportiva, la Revue Athlétique, logrando que las autoridades las incluyera en los programas de la Exposición Universal de París de 1889.
Tras un viaje por Estados Unidos y diversos países acaricia la idea de unir en una competición a deportistas de todo el planeta, sin interés por el beneficio económico, buscando la unión, la hermandad y el deseo de alcanzar la gloria por el esfuerzo y la superación. 
La idea encontró un mundo de incomprensiones, pareciendo inalcanzable de llevar a la práctica, hasta que, varios años más tarde, desembocó en la creación de lo que actualmente son  los Juegos Olímpicos de la Era Moderna.
Así, tras unos años de búsqueda de colaboración internacional se creó el Comité Olímpico Internacional que se haría cargo de organizar en distintas ciudades y países unos Juegos Olímpicos que se basaran en aquellos que se celebraban en Grecia adaptados a los tiempos que corrían.
Así, además de la organización que un evento de tanta complejidad exigía, se decidió que habría una composición musical que serviría de himno para cada uno de los Juegos Olímpicos que se celebrarían cada cuatro años.
En los primeros juegos celebrados en Atenas en 1896 se interpretó el himno oficial de ese acontecimiento. Basado en un poema de Kostis Palamas, literato nominado en varias ocasiones al Premio Nobel y con música de Spyridon Samara, uno de los grandes compositores de ópera griegos de la época, un ferviente admirador de Puccini
De esta forma, en la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Atenas se interpretó en el Estadio Panathinaikos el que sería el himno oficial de los primeros juegos de la era moderna con el texto en griego de Palamas y la música de Samara.

Hasta los Juegos Olímpicos de Melbourne de 1956 cada uno de los juegos poseía su propio himno. En la Sesión 55 del Comité Olímpico Internacional celebrado en Tokyo en 1958 se decidió que este himno que inauguró los primeros juegos de la era moderna pasaría a ser el himno oficial para todas las celebraciones olímpicas. Desde los Juegos Olímpicos de Roma de 1960 se interpreta este Himno Olímpico en cualquiera de los tres idiomas oficiales, griego, inglés y francés.
La interpretación que nos acompaña está cantada en el idioma griego original por la Hellenic Music Foundation Symphony Orchestra and Chorus, con la participación de Convivium Musicum Chorus de Ciudad de México, Prancyprian Choir y Canoni Chorale, ambas de Nueva York, dirigidas por Yannis Xylas en una grabación que se realizó en la ciudad norteamericana en octubre de 2016.


El barón de Coubertin y el Comité Olímpico Internacional no solo pretendían recuperar el espíritu deportivo, de colaboración y hermandad entre todos los pueblos, enviando un mensaje de oposición a los conflictos bélicos entre naciones. Además pretendían recuperar el aspecto cultural que acompañó a los Juegos Panhelénicos con la inclusión de medallas olímpicas en Concursos de Arte.
Una vez asegurada la frágil continuidad de los primeros Juegos Olímpicos, se pretendió incluir estos Concursos de Arte en los Juegos Olímpicos de Roma de 1908, pero fueron trasladados a Londres por la erupción del Vesubio en 1906 y el proyecto quedó sin concluir.
No fue hasta 1912 en los Juegos Olímpicos celebrados en Estocolmo cuando se llevaron a cabo estos primeros Concursos u Olimpiadas de Arte. Las disciplinas artísticas de esta primera olimpiada fueron Arquitectura, Literatura, Música, Pintura y Escultura, que fueron ampliándose a nuevas especialidades en el transcurso de los siguientes Juegos Olímpicos que no se suspendieron por los conflictos bélicos mundiales.
Entre las medallas de oro de estos juegos de Estocolmo figura la que se otorgó en el apartado Literatura a la obra Oda al Deporte, un poema presentado a concurso por el francés Georges Hohrod y el alemán Martin Eschbath y que, una vez acreedora del primer premio se desveló como escrita bajo pseudónimo por el propio Barón de Coubertin, que consiguió así una medalla olímpica de oro.
Nos quedamos con el comienzo de esta Oda al Deporte, obra vencedora de esta primera edición de los Concursos de Arte en los Juegos Olímpicos de Estocolmo de 1912 en la que el propio Barón ensalza al deporte en su múltiple faceta como placer de dioses y esencia de vida, belleza, justicia, audacia y honor.


Compuesto en 1899 por Jean Sibelius, Athenarnes sång (Canción de los atenienses) su Op. 31 nº 3, es un canto basado en un poema de Viktor Rydberg, que a su vez era prácticamente una paráfrasis de una obra del poeta espartano del siglo VII a. C. Tirteo, un canto a la resistencia heroica, al esfuerzo de la juventud e incluso la muerte en la lucha. 
Esta composición se enmarca dentro de la línea romántica de Schiller o Goethe que se acerca a una evocación ensoñadora de la Grecia clásica como paradigma de la era dorada de la civilización. Además, evocaba el Va pensiero del Nabucco de Verdi al presentar una analogía con la resistencia finesa ante los rusos que dominaban el país.
La Canción de los atenienses no llegó a ser cantada por las calles como la pieza de Verdi, pero sí tuvo un enorme éxito entre los finlandeses, interpretándose en innumerables ocasiones y siendo un frecuente bis en los conciertos en que el programa acogía obras de Sibelius. El propio compositor llegó a realizar hasta cuatro versiones de la obra que pudieran interpretarse en distintos contextos y con distintas agrupaciones, entre ellas una para septeto de metal.

En los Juegos Olímpicos de 1952 celebrados en Helsinki, durante la ceremonia de clausura se interpretó esta pieza que unía el homenaje a la cultura clásica griega con el hecho de ser una obra del más grande compositor finés vivo.
El enlace pertenece a una grabación para banda militar y coro masculino en una traducción diferente desde el griego al finés con el Polytecnikkojen Kuoro y la dirección de Tapani Länsiö realizada en septiembre de 2010.


El deseo de añadir a los juegos deportivos una dimensión relacionada con el arte se fue afianzando a partir de las distintas reuniones que se iban desarrollando por parte del Comité Olímpico Internacional y las ideas que iban exponiendo sus miembros. Esa unión entre 
«los músculos y el pensamiento» se acercaba al ideal de la Grecia clásica donde confluían con las pruebas atléticas los poemas, músicas y danzas que celebraban la gloria de los vencedores.
A tal fin, se aumentaron poco a poco las disciplinas que comenzaron en los Juegos Olímpicos de Estocolmo de 1912 hasta abrir un amplio abanico de abarcaba distintas modalidades relacionadas con la Arquitectura (Arquitectura mixta, Diseños arquitectónicos, Urbanismo), la Literatura (Literatura mixta, Obras dramáticas, Obras épicas y Obras líricas y especulativas), la Música (Música mixta, Composiciones para orquesta, Composiciones para solistas y coros, Composiciones Instrumentales y de cámara y Composiciones vocales), la Pintura (Pintura mixta, Dibujos y acuarelas, Grabados y aguafuertes, Obras gráficas y Pinturas) y la Escultura (Escultura mixta, Medallas, Medallas y placas, Relieves y medallones, Relieves y Estatuas), abarcando la especialidad denominada mixta todas las anteriores. Entre las especialidades que quedaron fuera de la competición, por distintos motivos, se encuentran Danza, Cine, Fotografía o Teatro.
Para formar parte de los jurados, el Comité Olímpico Internacional escogió a prestigiosos miembros de la comunidad artística y cultural del momento, entre los que podemos destacar a Selma Lagerlöf, Igor Stravinsky, Paul Dukas, Maurice Ravel o Nadia Boulanger.

En uno de los discursos con que Pierre de Coubertin aludía a los momentos en que fueron tomando forma las competiciones de arte, citó un artículo que él mismo publicó en el diario francés Le Figaro argumentando y justificando la idea que estaba gestándose como forma de complementar los aspectos deportivos y artísticos en los Juegos Olímpicos de la era moderna.


Las disciplinas artísticas tuvieron su desarrollo entre los Juegos Olímpicos de Estocolmo de 1912 y de Londres de 1948, con las desgraciadas ausencias de aquellos que no se celebraron a causa de los dos grandes conflictos bélicos del siglo. 
Mientras estuvieron presentes en los Juegos Olímpicos tuvieron un desarrollo un tanto caótico por varios motivos. Por un lado, necesitaban unos espacios donde apreciarlas diferentes a los estrictamente deportivos. Por otra parte, eran tan difíciles de evaluar para calificarlas y otorgarles medallas que los miembros del jurado dejaron en diversas ocasiones algunas medallas desiertas. También contribuyó a este desajuste el hecho de que, en algunas celebraciones olímpicas, las distintas categorías se subdividieron en especialidades, tal como se especificaba anteriormente, que dificultaron tanto la presentación de obras atendiendo a las especificaciones, como el trabajo de los miembros del jurado.
Pero dos aspectos influyeron definitivamente en que desaparecieran estas categorías artísticas. Por una parte, la organización de cada uno de los Juegos Olímpicos debía encargarse de su organización en toda su compleja amplitud. Por otra parte, la defensa estricta del deporte amateur frente al profesional, la auténtica lucha que promovía la organización internacional en aquellos años, que entendía que la mayoría de participantes en las competiciones artísticas eran profesionales en sus especialidades y que participaban con la intención de que los trofeos sirvieran como un escaparate en el que colocar sus obras y sus nombres.
Desde el momento de la desaparición de estos concursos de arte, en cada uno de los Juegos Olímpicos celebrados, la organización ha tenido el cuidado de incorporar una serie de actividades culturales paralelas a las deportivas que, de alguna manera, continuara uniendo en cierta medida las ideas que surgieron a comienzo del siglo XX.


Independientemente de los concursos de arte, Coubertin y la organización continuaron con la búsqueda de compositores que crearan los himnos que representarían cada uno de los Juegos Olímpicos.
Así, para los que se iban a celebrar en 1932 en Los Ángeles, un jurado eligió una obra del compositor checo Josef Suk como himno oficial del evento, Towards a New Life (Hacia una nueva vida). 
Para los de 1936 de Berlín el afamado Richard Strauss, uno de los grandes compositores del siglo XX, creó el Himno Olímpico a partir de un texto del poeta Robert Lubahn y que él mismo dirigió en la inauguración de los juegos.
El último de los juegos en que se buscó himno fue el de 1948 de Londres con la obra Non Nobis Domine de Roger Quilter basado en un texto de Rudyard Kipling y que fue interpretado por un coro de mil doscientas voces en la ceremonia inaugural celebrada en el estadio de Wembley.

De cuantos himnos se crearon para inaugurar estos eventos, quizás sea del de Suk el que ha pasado a formar parte del repertorio sinfónico y se presenta en los programas de conciertos con cierta regularidad.
El enlace presenta una interpretación de Towards a New Life durante la tradicional Last Night of the Proms de 2012 con la Symphony Orchestra and Corus de la BBC y la dirección de Jiří Bělohlávek celebrada en el Royal Albert Hall de la capital británica.


El formato de unión entre deporte y cultura como un todo que abarcaría de forma más completa la faceta humana, uniendo lo físico y lo intelectual, en palabras de Coubertin, «los músculos y el pensamiento». 
En la elección de la primera Medalla de Oro de Literatura otorgada en los Juegos Olímpicos de 1912 de Estocolmo al propio Coubertin, el jurado valoró la obra Oda al deporte y reflejó sus puntos fuertes y presentó la duda que le ofrecía el que fuera presentada por dos autores, de dos países y en dos idiomas a la vez, desconociendo, evidentemente, la autoría del iniciador del movimiento olímpico en su escrito. La valoración, recogida en Olympiche Ópiele Stockholm 1912 de J. Wagner, publicado en Zurich/Munich en 1972, quedó como sigue a continuación:
La Oda al deporte de Hohrod (Alemania) y Eschenbach (Francia) cumple en lo referente a su inspiración con las exigencias del programa. Expresa la idea del deporte de la forma más natural posible. Ensalza el deporte de forma artística y deportiva. La vital percepción del deporte que fluye por todas las estrofas de la Oda la sitúa por encima de otro poema, meritorio por otra parte, que canta a la aviación. Aunque la Oda no destaca por sus ricas imágenes, sí se basa en una abundancia de ideas originales, cuyo desarrollo lógico y armónico es intachable. El único reproche que se le puede hacer a la obra es el doble texto en alemán y francés. De esta forma se expresan escasamente el país y el idioma en el que se ha creado la Oda. La forma deja entrever un carácter romántico, el idioma un origen germánico. Es posible que los autores quisieran señalar que la literatura olímpica debería acercar a los pueblos a través de su cultivo de las Bellas Artes. La intención parece buena, pero conlleva un peligro. Porque sería deseable que en un concurso internacional las obras literarias llevasen también la impronta de un genio nacional y no traten de difuminar las peculiaridades de los pueblos.

Nos acercamos de nuevo a la Oda al Deporte en sus cuatro últimas estrofas, en las que establece la analogía del deporte con la alegría, la fecundidad, el progreso y, por último, la que quizás aún sea más importante y necesaria, la paz.


El transcurso del tiempo y el desarrollo de las ideas, planes y proyectos sigue unos caminos que se acercan o alejan de los propósitos iniciales, adaptándose a las circunstancias por las que transcurre y otros factores ajenos. 
Como inspirador, creador y desarrollador de los Juegos Olímpicos tal como los conocemos en la actualidad, Pierre de Coubertin había anhelado que los concursos artísticos continuaran dentro de los programas oficiales de los juegos, combinando el deporte con las distintas artes, para diferenciarlos de los distintos campeonatos mundiales de otros deportes, pero, sobre todo, como el desarrollo de una idea que une armónicamente el cuerpo y el espíritu, otorgando una visión más completa de la vida en la que se combinen juntos deporte, arte y cultura.
Pierre de Coubertin falleció en 1937, en un tiempo en que aún se celebraban los concursos artísticos, posiblemente en la creencia de que aún hoy en día seguirían celebrándose.

Dezsó Lauber. Diseño de estadio. Medalla de plata a la arquitectura en 1924.


Finalizamos con una nueva interpretación del Himno Olímpico original de Spyridon Samara, en esta ocasión para los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi de 2014 en que fue interpretado por una cantante habitual en este blog, la soprano rusa Anna Netrebko acompañada de un coro masculino.

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Bibliografía y webgrafía consultadas:

Strauss es de dominio público

Cualquier autor que pretenda expresar con su obra su mirada y su interpretación de la sociedad que le rodea anhela que su trabajo llegue al alcance de todos. Es el deseo de quien escribe, esculpe, pinta, interpreta, compone música, diseña edificios o cualquier otra disciplina artística. Pero no todos llegan a formar parte del selecto grupo de los elegidos que llegan a alcanzar el reconocimiento por su obra.
Con los derechos de autor, estos generan unos beneficios que dan soporte a la profesionalización y pasan, tras el fallecimiento del autor, a sus herederos. Algunos de estos derechos fueron prorrogados en 1998 en veinte años mas, pasando de 70 a 90 años en algunas disciplinas, por lo que, al finalizar 2018 algunos pasaron a ser de dominio público. Esto supone un cambio en la vida de las obras de los autores, ya que editoriales, teatros u orquestas, por ejemplo, disponen de esas obras sin tener que pagar derechos, lo que hace que se programen o editen de nuevo en condiciones económicamente más rentables. Lo que pierden los herederos lo ganamos los lectores y el público en general.
A partir del 1 de enero de 2019 pasan a ser de dominio público obras de escritores como Marcel Proust, Agatha Christie, Lovecraft, Hemingway, Aldous Huxley, Sigmund Freud, Virginia Woolf, Joseph Conrad, Kipling o Bernard Shaw entre otros, según se recoge en la página La piedra de Sísifo. En el mundo de la composición son tres los autores cuyas obras pasan a ser de dominio público: Joaquín Turina, Nikos Skalkottas y Richard Strauss.
En el programa de Radio Clásica de Radio Nacional de España La Dársena del jueves 4 de abril se hacía referencia a la situación de las obras de este último y se señalaban algunos estudios sobre los beneficios que estos derechos aportaban hasta el pasado año a los herederos del compositor y que se puede seguir en el enlace anterior a partir del minuto 41.
Te propongo un comentario sobre los derechos de autor y paseo por las obras de Strauss que pasan a dominio público. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!



No es la primera vez que Richard Strauss aparece en este blog. Nacido en Munich a mitad del siglo XIX fue uno de los compositores que marcaron el rumbo de la música del siglo XX, una figura reconocida como el gran revolucionario de la música entre los compositores que el público y los críticos tildaron precisamente de revolucionarios en su concepción de la música.
Próximo a la obra de Wagner en sus primeros años (su padre Franz tocó la trompa en los estrenos de algunas de sus obras), entabló amistad con su viuda Cósima y alguno de sus hijos, hasta que la relación, en paralelo con una obra que iba madurando por otros terrenos, hizo que caminaran por senderos diferentes, lo que no quita que Strauss dirigiera en ocasiones en el festival wagneriano de Bayreuth.
Alex Ross en El ruido eterno dedica algunos capítulos a la obra de Strauss, especialmente en en capítulo Richard I y Richard III, siendo el primero Wagner y el último Strauss sin que exista nadie entre ambos.



Tras sus poemas sinfónicos y varias intentos que no convencieron, Srauss alcanza notoriedad con óperas como Salomé o Elektra adentrándose en los caminos del psicoanálisis y el expresionismo, el escándalo y la provocación con el uso de las armonías y el uso de textos de escritores proscritos por la censura y tratados de anarquistas o lujuriosos.
Tras estas obras, sigue su fecunda colaboración Hugo von Hofmannsthal en una de las ópera más celebradas y que supone un paso atrás en el camino emprendido, un remanso con una cierta vuelta al clasicismo con Der Rosenkavalier (El caballero de la rosa).
Pensando en crear en la siguiente ocasión una ópera de gran éxito de público, compositor y libretista opinaban de forma diferente. Strauss deseaba una comedia entre burda y grotesca protagonizada por el barón Ochs, mientras Hofmannsthal pretendía una comedia vienesa elegante protagonizada por el símbolo de la rosa de plata, su portador Octavian y el personaje de La Mariscala. Finalmente la obra toma las dos ideas en una singular mezcolanza.


Richard Strauss tiene la idea de que el barón Ochs interprete una melodía de vals vienés en una obra que se desarrolla en la sociedad de finales del XVIII cuando esta música aún no había encontrado la forma que le daría el otro apellido Strauss. Los Johann, padre e hijo, Joseph y Eduard Strauss llenaron el siglo XIX vienés de esta música alegre y ligera con la que la sociedad del Imperio Austro-Húngaro olvidaba los problemas, alegraba sus ratos de ocio y se divertía.
No se conforma Richard en utilizar la música predilecta de los vieneses, sino que incluso toma uno de los valses straussianos para utilizar uno de sus temas en El caballero de la Rosa. Como uno de los leitmotiv de la ópera utiliza una de las melodías del Dynamiden-Waltzer de Joseph Strauss, el segundo de los hermanos de la dinastía de músicos vieneses del siglo XIX tan relacionada con el mundo de los valses, polkas y mazurcas. 
El enlace corresponde a una interpretación de la Wiener Philharmoniker dirigida por Zubin Mehta en el Concierto de Año Nuevo de 2007 y es el primero de los temas que desarrolla tras la introducción el utilizado en la ópera.


El primer biógrafo de Strauss, su amigo Max Steinitzer, comentó que mientras se negociaba el estreno de Elektra, el compositor llegó a afirmar: "La próxima vez escribiré una ópera mozartiana". El caballero de la rosa lo es en cierto punto. El personaje de Octavian no deja de recordarnos al Cherubino de La nozze di Figaro, más cuando es interpretado en ambas por una mezzosoprano que canta un personaje masculino. El tema de la obra y la expresión de los sentimientos recuerdan las óperas de Mozart, de la misma forma que los enredos y equívocos que salpican toda la trama.
Alex Ross continúa en El ruido eterno tratando la figura y la obra de Strauss.


El barón Ochs de Lerchenau es un aristócrata venido a menos, en cierta medida grotesco y zafio que, en un primer momento iba a ser el protagonista central de la historia en la idea que tenía Strauss
En una ópera que se sitúa en Viena alrededor de 1740, en pleno reinado de Maria Teresa, situar un vals es una temeridad, en cuanto que es un consciente anacronismo, ya que comenzó a popularizarse esta música en la década de 1820. Strauss lo introduce en, al menos, tres ocasiones en la voz del barón a partir de la melodía del vals citado anteriormente. En realidad no es el barón quien se expresa con esta melodía vienesa, sino el compositor a través de su personaje.


En la parte final del Segundo Acto, tras un desplante en forma de duelo, Octavian hiere en el antebrazo al barón quien grita como un moribundo ante un rasguño superficial. Tumbado en un lecho improvisado, Sophie, su joven prometida se queja del comportamiento grosero de Ochs, mientras le dicen a Octavian que salga de la casa. Ofrecen vino al barón mientras le preparan un lecho de plumas, a lo que este se remueve ronroneando pensando en el descanso. Annina entra con una carta en que una de sus camareras le escribe enamorada aguardando respuesta. El barón se las promete muy felices con esta "conquista" gracias a sus supuestos encantos, mientras se recrea canturreando el último verso del vals: "Mit mir, mit mir keine Nacht dir zu lang" (¡Conmigo, conmigo no habrá noche demasiado larga para tí!).
El bajo Kurt Moll es uno de los cantantes que más veces ha interpretado en escena el papel de Barón Ochs de Lerchenau. El enlace corresponde a una interpretación llevada a cabo en el Festival de Salzburgo con la dirección de Herbert von Karajan.


Desde finales de 2019 las obras de Richard Strauss serán, con todas sus consecuencias, de dominio público.

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Bibliografía consultada:
  • www.kareol.es: Letras y traducciones de óperas y música vocal.
  • Batta, András. Ópera. Compositores, obras, intérpretes. Könemann Verlagsgesellschaft mbHl, 1999, Colonia (Alemania)
  • Alier, Roger. Guía universal de la Ópera. Ediciones Robinbook, S. L. 2007, Barcelona. Ma non troppo.
Webgrafía: