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Las cabezas de Arcimboldo

Pintor de un estilo único y personal, Arcimboldo nos deslumbra con unas obras originales que pasaron desapercibidas durante siglos, pero que han adquirido la importancia que merecen en el último siglo.
Retratista imperial en la corte de Rodolfo II en Praga a finales del siglo XVI, sus pinturas son una acumulación de seres y objetos que forman a su vez otros distintos, con rostros que se admiran en una doble vertiente: como conjunto y con el extremo detalle de cada uno de ellos.
Su obra muestra cómo Arcimboldo siguió y encontró su propio camino dentro de la pintura y cómo creó unas obras originales en un estilo que se acercaba a la pintura poética, cargada de detalles que mostraban una destreza suprema y un conocimiento de la anatomía y la fisiología de todo tipo de animales y plantas conocidos en su época.
Su obra comenzó a regresar al lugar que le corresponde gracias a la intervención de algunos movimientos artísticos de comienzos del siglo XX como el Surrealismo o el Dadaísmo que la utilizaron como modelo.
Te propongo un paseo por la obra, la vida, la época y la influencia de Giuseppe Arcimboldo, uno de los pintores más originales de la historia, acompañado con músicas de su época. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!


Giuseppe Arcimboldo nació en Milán donde adquirió el gusto por el arte de manos de su padre Biagio, con quien trabajó como aprendiz realizando tapices y vidrieras en el Duomo, la catedral de la ciudad, además de ser ambos discípulos de Bernardino Luini.
Con treinta y cinco años marchó a la corte imperial de Viena como pintor de cámara y retratista del emperador Fernando I. A su muerte, continuó su labor con su sucesor Maximiliano II y, más adelante, ya en Praga cuando el hijo de este, Rodolfo II, accede al trono. Con toda certeza, sin la influencia de este último emperador, la obra del pintor milanés no sería tal como la conocemos. 
Heredero de la influencia que Leonardo había dejado en la capital milanesa, Arcimboldo tomó como una de sus fuentes de inspiración las «cabezas grotescas» que Da Vinci realizó como estudio y divertimento.
Al referirnos al legado de Leonardo en Milán durante el gobierno de los Sforza, hacemos alusión a la labor que desarrolló en la ciudad italiana, encargándose de la realización de todo tipo de eventos y celebraciones en que se desarrollaban distintas disciplinas artísticas. En Praga, Arcimboldo dedicará la mayor parte de su tiempo y esfuerzo a esta labor cortesana.

Especialista en literatura rusa y checa, Angelo Maria Ripellino (Palermo, 1923 - Roma, 1978) es uno de los más grandes y brillantes intelectuales del pasado siglo. Traductor, poeta y ensayista, Ripellino cuenta con obras como Maiakovski y el teatro ruso de vanguardia, La literatura como itinerario en lo maravilloso o Ensayo en forma de balada, entre otros.
Pero el libro que nos acompaña en esta publicación es su extensa, detallada, deliciosa y profunda obra Praga mágica. En ella, Ripellino construye un fresco de la vida de Praga, una obra que presenta su mirada poliédrica y caleidoscópica por las luces y sombras de la capital checa, el entramado formado por las tres culturas, bohemia, germana y judía que coexistieron entre momentos de convivencia, rechazo, ayuda mutua o imposición.
La presencia de Rodolfo II y su oscuro reinado con el debate renacentista entre ciencia y alquimia, la cohorte de artistas, pseudocientíficos, aduladores, charlatanes y alquimistas tienen un lugar tan importante en la historia de Praga como en el trabajo de Ripellino. En esta publicación nos centraremos en la figura de Arcimboldo, su obra y su significado dentro del reinado del emperador Rodolfo II.

En el primero de los textos que nos acompañan, Ripellino nos acerca a la figura de Arcimboldo y algunas de sus composiciones, esas obras que son colecciones de objetos y que le han dado un lugar singular en el mundo del arte.


Hijo de Maximiliano II y María de Austria y Portugal, hija de Carlos V, Rodolfo II era, pues, nieto del emperador y sobrino de Felipe II, en cuya corte fue educado. A la muerte de su padre heredó el imperio de los Habsburgo en Viena, trasladando su corte a Praga en 1583,
De carácter enfermizo, débil, excéntrico e influenciable, Rodolfo II pasaba de la euforia a la apatía o de la alegría a la melancolía con excesiva frecuencia. Así, se fue rodeando de una cohorte de fieles cortesanos, músicos, pintores, hombres de letras o científicos y en la que también tenían cabida aventureros y charlatanes, entre los que se desarrolló el afán por la alquimia, además de un variopinto número de astrólogos, magos, prestidigitadores, barberos o adivinos. 

Giuseppe Arcimboldo, Rodolfo II como Vertumno (1590). Skokloster Slott (Suecia)
Con la llegada de Rodolfo a la capital bohemia, el Hradcany, el Castillo de Praga se convirtió en un punto de destino de expertos en todas las artes. Junto a compositores, la orquesta de la corte de los Habsburgo también llegó a la ciudad, donde el emperador creó un ambiente que colaboró a que los músicos se sintieran cómodos en su labor artística.
Uno de los compositores de la corte más famosos fue Philippe de Monte. Natural de Malinas en Flandes, estuvo al frente de la orquesta imperial durante 35 años hasta su fallecimiento a comienzos del XVII. 
Entre sus obras abundan los madrigales, al estilo de los de Palestrina y escritos en el nuevo estilo de la Musica reservata que adaptaba la música al texto buscando la expresión de cada emoción.
Nos acompaña Crudel, aspro dolore, un motete a ocho voces compuesto por Philippe de Monte en 1595 e interpretado por la agrupación belga Graindelavoix bajo la dirección de Björn Schmelzer.


Rodolfo II llevó al extremo el coleccionismo de objetos raros y exóticos que estaba poniéndose de moda en Europa, mostrando su inclinación, además, por los juguetes mecánicos, especialmente los autómatas, los relojes o aquellas máquinas que pretendían un movimiento inacabable.
Así, en su corte praguense se acumulaban las colecciones: las Wunderkammer, las cámaras de las maravillas donde se atesoraban las Naturalia o tesoros naturales, junto a las Kunstkammer o cámaras de arte, donde se recopilaban las Artificialia, objetos creados por la mano del hombre. Con el tiempo, ambos espacios quedaron unificados en las Wunderkammer, como cámaras que unían las Naturalia y las Artificialia como auténticos microcosmos que sirvieran como resumen de todos los conocimientos y saberes.

Giuseppe Arcimboldo. Retrato con verduras (1590). Una de sus pinturas ambivalentes que cambia al girarlo, pasando de cazuela con verduras a un grotesco retrato.. Museo Civico Alla Ponzone (Cremona)
Cuando Rodolfo II accedió al trono nombró a Giuseppe Arcimboldo, a imagen del trabajo realizado por Leonardo para los Sforza, su asesor artístico ofreciéndole libertad creativa en sus funciones. Así, el otrora retratista se erigiría en ilustrador de la flora y la fauna de los territorios de la corte, creador y coordinador de las complejas y, en muchas ocasiones, extravagantes fiestas palaciegas para las que diseñaba trajes y máscaras, diseñaba y hacía construir instrumentos y aparatos con los que sorprender a los espectadores con los movimientos de los surtidores de las aguas de las fuentes
En esa mezcla de celebraciones, ilustraciones y Wunderkammer es donde surge el estilo más personal e inconfundible de la pintura de Arcimboldo. Por un lado, con el juego de sus Bodegones invertidos, esas pinturas ambivalentes que representan un cuadro distinto según se coloque en una posición o la contraria, boca arriba o boca abajo. De esta forma, lo que se nos presenta como un bodegón de verduras y frutas en una cacerola se transmuta en el retrato de un grosero personaje si lo invertimos.
Por otra parte, los retratos compuestos, aquellas pinturas formadas por caras compuestas por agrupaciones de animales, flores, frutas, verduras y toda clase de objetos conformando unos cuadros plenos de sátiras y alegorías. 
Según Gregorio Comanini, clérigo y poeta coetáneo, la pintura debe tener como fin último la reproducción y la imitación tanto icástica, aquella que busca la reproducción fiel, como la fantástica, a la que se adscribe Arcimboldo. En este sentido, el pintor se adentra en las propiedades del lenguaje, jugando con la homonimia y la sinonimia, no crea signos, sino que los combina, los intercambia o los desvía de su lugar hacia otro, desarrollando una imaginación de tipo poético.

Arcimboldo. Los Elementos. De izquierda a derecha. La tierra, El fuego, El agua y El aire.
Así, entre estas ideas, el gusto por la exactitud en las ilustraciones biológicas y el afán imperial por el coleccionismo, hace que Arcimboldo aplique en sus cuadros una acumulación de seres y objetos pintados con un realismo naturalista y detallado. Sus figuras son siempre cabezas y en todo momento cumplen dos normas esenciales: poseer siempre la lógica anatómica de ser cabezas y ser temáticas, al estar formadas por elementos representantes relacionados con lo representado.
Así, en el cuadro El agua todos los animales y elementos representados están en contacto con ella, encontrándose hasta 61 animales reales diferentes pintados con detalle de anatomista. 

Continuando con las referencias a Arcimboldo de Ripellino en su Praga mágica, el intelectual italiano analiza estos cuadros y los relaciona con esas colecciones, demudando los rostros vivos en naturalezas muertas, acercando la vida al carnaval y lo trivial.


Siguiendo la estela de Philippe de Monte, otro flamenco, Jacobus Regnart arribó a Bohemia donde se tienen referencias suyas en 1560 como tenor en la Capilla Real, la Hofkapelle de Praga, aún en tiempos de Maximiliano II. Allí trabajó más adelante como vicedirector, tras de Monte durante unos diecisiete años hasta que marchó a Innsbruck de donde regresó a finales de siglo. 
Compuso varias misas en honor del emperador, algunas composiciones vocales dedicadas a poetas y autoridades eclesiásticas y algunos madrigales sobre textos de Torquato Tasso.
Nos acompaña O vos omnes, una composición religiosa escrita originalmente para cuatro voces, compuesta en 1577 y que está interpretada por Ensemble Versus de Brno en una grabación que se enmarca dentro de un concierto de Semana Santa celebrado en 2014.


Las obras más conocidas de Arcimboldo son, sin lugar a dudas, las series dedicadas a los elementos y las estaciones. La de los elementos está formada por los cuatro elementos fundamentales: Aire, Agua, Tierra y Fuego, cuyos rostros se conforman con seres y objetos alegóricos, los tres primeros con animales que viven en estos medios, mientras el último se compone de objetos relacionados con el uso del fuego.
En Las Estaciones, los cuatro cuadros representan, evidentemente, los periodos del año con la exactitud y minuciosidad que caracterizan al pintor milanés. En La Primavera, por ejemplo, se encuentran 81 plantas representadas con minuciosidad realista que proceden de distintos lugares del planeta. El afán coleccionista hacía que los poderosos interesados en la búsqueda de especímenes exóticos tuvieran agentes en los puertos más concurridos, como Sevilla, Rotterdam o Hamburgo en los que se buscaban animales, plantas o productos desconocidos. 
De estas colecciones de las estaciones hubo varias series elaboradas por Arcimboldo: Una serie para Rodolfo II, otra para su tío, el rey de España Felipe II, otra que acabó en Viena y otra última en el Museo del Louvre, de las cuales sólo una está completa. Igual ocurre con la serie de los elementos, de los que no queda ningún original de El Aire, sino copias realizadas a partir de las obras primigenias.
En ellas, el afán coleccionista de Rodolfo se une al deseo de mostrar sus obras y agasajar a grandes personajes de la familia de los Habsburgo o colaboradores suyos, a través de esas reproducciones realizadas por el mismo pintor y que el autor indicaba cómo exhibirlas en parejas, una estación junto a un elemento: La Primavera con El Aire, El Otoño con La Tierra, El Invierno con El Agua y El Verano con El Fuego.

Giuseppe Arcimboldo. Serie de Las Cuatro Estaciones
Continúa Ripellino en su monumental Praga mágica tratando sobre detalles acerca de Las Estaciones de Arcimboldo. Son descripciones, argumentos o reflexiones extraídos de diversos lugares del libro que nos acercan a la dimensión de la serie arcimboldiana.


Uno de los primeros grandes compositores de origen eslavo que se establecieron en la corte de Rodolfo II fue Jacobus Gallus Carniolus, conocido como Jacob Handl, natural de Eslovena y que apenas vivió entre 1550 y 1591.
Abandonó su Ribnica natal muy joven y, como monje viajó por gran parte de la Europa Central, siendo miembro de la capilla de la corte en Viena o Kapellmeister (director de coro) con el obispo de Olomouc en Moravia, hasta acabar como organista en la iglesia Jana na Zábradlí de Praga hasta su fallecimiento.
Publicó su Opus musicum en 1577, una colección de 374 motetes que servían para cantar durante todo el año litúrgico en el que su espíritu ecléctico mezclaba estilos arcaicos y modernos que oscilaban entre el canto firme y el estilo policoral veneciano.
Nos acompaña el alegre motete para el tiempo de Navidad Resonet in laudibus incluido en el citado Opus musicum de Jacobus Handl en la interpretación del Chorus Salvatoris de la Iglesia Jesuita del Santo Salvador de Bratislava.


Los últimos años de vida los pasó Arcimboldo en su Milán natal, tras solicitar la venia del emperador para su regreso, dedicándolos al estudio del arte, con la distinción de Caballero del Sacro Imperio Romano Germánico y sin pasar apuros económicos gracias a la generosidad de Rodolfo II.
Bien considerado por sus contemporáneos y, pese a tener un considerable número de seguidores y copistas, su obra cayó en el olvido durante varios siglos hasta que fue recuperada a comienzos del siglo XX.
El crítico de arte Alfred H. Barr Jr., primer director del MoMA, el Museo de Arte Moderno de Nueva York, posiblemente el museo más influyente del siglo, utilizó la obra de Arcimboldo para dar legitimidad a los movimientos del Surrealismo y Dadaísmo con la exposición Fantastic Art, Dada & Surrealism celebrada en el citado museo entre diciembre de 1936 y enero de 1937, y en la que se presentaba a estos movimientos pictóricos como el último eslabón de un estilo pictórico que alcanzó un momento cumbre con Arcimboldo. André Breton, ideólogo del movimiento y artistas como Salvador Dalí, que lo consideraba el padre del surrealismo o Max Ernst tienen obras con rostros compuestos o dobles imágenes en las que se pueden observar la influencia de la obra del pintor de la corte rudolfina.
Esa exposición sirvió de referente y punto de partida para situar a Giuseppe Arcimboldo en el lugar que ocupa en la historia del arte, no como uno de los grandes artistas que sobresalen en esta especialidad, sino como un artista que encontró su propio camino, un criterio muy en boca en los últimos siglos.

Arcimboldo. El bibliotecario /1566(. Retrato del historiador Wolfgang Lazio. Skoklosters Slott (Suecia)
Nos despedimos de la figura de Arcimboldo con un vídeo sobre su cuadro El Otoño en el que se ha llevado al formato 3D para configurar y desconfigurar la figura del personaje representado.


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Bibliografía y webgrafía consultadas:
  • Ripellino, Angelo Maria. Praga mágica, traducción de Marisol Rodríguez. Editorial Seix Barral. Los tres mundos. 2006.

Puentes que nos unen

"We build too many walls and not enough bridges".
"Construimos demasiados muros y no suficientes puentes".
Isaac Newton

Ante un curso de agua que nos impide el paso, construimos un puente para atraversarlo. Así, erigir puentes ha sido desde la antigüedad una forma de unir espacios buscando la conexión entre lugares que estaban separados por corrientes que dificultaban el tránsito, ayudando a la conexión entre estos espacios y facilitando la confluencia de pueblos, culturas y civilizaciones. 
En la actualidad, los puentes se han hecho tan habituales y cotidianos donde se necesitan que se han convertido en elementos que pasan desapercibidos, volviéndose casi invisibles a nuestras miradas. Cruzar un puente caminando, en cualquier vehículo o circular bajo él se ha convertido en una costumbre que realizamos de forma rutinaria allí donde los hay y a la que no le prestamos atención. 
Sentir el paso que estamos realizando cuando cruzamos uno de estos puentes, contemplar el paisaje fluvial o marítimo natural o humanizado, rememorar o imaginar la historia pasada, evocar las músicas y las páginas que se han escrito sobre él o su arquitectura, pensar en una época en que no existía y separaba las zonas ahora adyacentes, o detener nuestro conocimiento o imaginación en los que había antes que este, son reflexiones que nos pueden ayudar a visibilizar esa sensación de inexistencia en nuestra mente.
Te propongo un paseo por algunos puentes y sus evocaciones desde libros y músicas, sabiendo que no están todos los que son, pero que representan a cuantos existen. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!



Durante muchos años, casi podríamos decir que siglos, algunos ríos han servido como elemento de separación entre territorios colindantes, de tal forma que han llegado a surgir culturas e incluso civilizaciones distintas a uno y otro lado de ríos caudalosos y difícilmente vadeables.
Hubo momentos en que el agua de los ríos sirvió como muralla o frontera que separaba y aislaba a unas personas de otras. En Nuestra Señora de París, Víctor Hugo desarrolla una extensa novela por la que transitan personajes que se arremolinan alrededor de la catedral parisina. Antes de centrarse en el cruce argumental donde confluyen las historias de Quasimodo, Esmeralda o Frollo, Hugo se interesa por mostrarnos cómo surgió y cómo era la originaria ciudad parisina cuyo núcleo primigenio surgió en una de las más conocidas islas fluviales de la historia: L'ile de la Cité. Allí, rodeada de la corriente del Sena, que ejercía a la vez de muralla y foso, y de sus primeros puentes, surgió esa enorme metrópolis conocida y admirada por todos.



Cuna de la civilización occidental, capital de un imperio que unió a todo el Mediterráneo bajo su organización, a la que dotó de una cultura que aún persiste en la legislación, los idiomas o las artes, Roma posee un río que se presenta sinuoso en su geografía urbana.
En Tosca, Giacomo Puccini hace que el tercer acto tenga un escenario singular, el Castel Sant'Angelo, ese edificio circular que sirvió de tumba entre otros de un emperador bético, Adriano. Allí, en la orilla del Tíber, sobre la explanada del fortín, se desarrolla este último acto de la ópera. Antes de que culmine la trágica historia de Floria Tosca y Mario Cavaradosi, preludiando el drama, Puccini nos deja un momento de paz antes del amanecer.
Por los alrededores del Castel Sant'Angelo un pequeño pastor, un niño, camina con sus ovejas buscando con la luz del día un lugar donde apacentar su rebaño.
El río con el puente que surge frente a la entrada de la fortaleza se nos muestra lírico y bucólico, inocente y tierno antes del desarrollo trágico y agónico. Casi como la vida.




El enlace corresponde a una producción de Tosca para el Festival de Bergenz de 2007 con Katia Velletaz en el papel del joven pastor interpretando Io de sopiri te ne rimanno tanti (Te mando tantos suspiros).


Poco conocido fuera de su ámbito geográfico, el Drina es un río cargado de historia, uno de esos elementos geográficos que se erigen en protagonistas del devenir de las civilizaciones.
Ivo Andric fue un diplomático y, sobre todo, escritor nacido en Dolac, en Bosnia, aunque de origen croata. Tras se encarcelado -sin pruebas concretas- como cómplice del atentado que originó la I Guerra Mundial, estudió historia y literatura eslava al salir de prisión, trabajó como diplomático yugoslavo en Alemania hasta la invasión nazi de su país y pasó la II Guerra Mundial bajo arresto domiciliario. Allí escribió su novela más conocida, Na Drini cuprija (Un puente sobre el Drina), una obra que sirve de metáfora de la convivencia y la lucha entre culturas y civilizaciones en la zona de los Balcanes y que, fundamentalmente, fue la que hizo que recibiera el Premio Nobel de Literatura en 1961. 
Puente sobre el Drina. A partir de una imagen de Internet
Un puente sobre el Drina es una novela que recoge el encuentro entre Europa y el Imperio Otomano, la muestra de que varias civilizaciones que se agreden pueden acabar por adaptarse, compenetrarse y enriquecerse de modo casi inadvertido, en la que las historias personales se convierten en historias universales. El puente sirve de nexo de unión y diferencias, un camino en el que las armas chocan y agreden, pero que los vecinos y enemigos acaban aceptándose en el transcurrir de los años y las generaciones.
En definitiva, se trata de un relato interesante al que volveremos en otra ocasión con mayor profundidad para tratar y conocer las relaciones entre culturas, civilizaciones y religiones que se cruzan, se mueven y conviven en el mismo espacio geográfico.




De la ópera pasamos a la zarzuela, aunque sigamos en Italia, aunque en esta ocasión sea en imaginaria localidad de Sorrentinos, en las inmediaciones de Nápoles.
Allí sitúan su zarzuela La Canción del olvido José Serrano y sus libretistas Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw, una obra que tuvo un gran éxito en su estreno en el Teatro Lírico de Valencia en 1916 y que se repitió dos años después en el Teatro de la Zarzuela de Madrid.
Al comienzo de la obra, Leonello interpreta Junto al puente de la peña, una romanza para barítono que se ha convertido con el tiempo en una de las piezas reconocibles del repertorio de zarzuela.
En el enlace que nos acompaña, el tenor Plácido Domingo, en su proceso de reconversión con su voz más grave y oscura, interpreta Junto al puente de la peña con la dirección orquestal del desaparecido Jesús López Cobos para la televisión de Perú.
En esta ocasión el puente se nos presenta, en un nuevo papel como lugar de encuentro amoroso, sean cuales sean las intenciones.



Pocos puentes alcanzan el favor y el reconocimiento popular como el que cruza el Moldava en Praga desde la Ciudad Vieja a Mala Strana, el Puente de Carlos.
Flanqueado por estatuas de piedra, este puente permanece siempre inundado de transeúntes, vendedores de recuerdos, músicos, casi como lo estaba en sus inicios.
En su exuberante fresco Praga mágica, el italiano Angelo Maria Ripellino, uno de los más destacados especialistas en literatura checa y rusa del siglo XX, nos presenta una mirada que abarca todo lo que se puede conocer de la capital de la República Checa. Ripellino parte de leyendas, canciones y poemas, anales y revistas, cuentos locales y de viajeros, para construir un fresco monumental y palpitante, que muestra la importancia de la capital checa, la imbricación de las tres culturas que la conformaron, bohemia, judía y alemana y su importancia dentro de la cultura europea.
No puede quedar fuera de esta cosmovisión praguense la mirada al más popular de sus puentes: El Puente de Carlos.



Si la mirada a la ciudad nos viene de uno de sus admiradores procedentes del exterior, la mirada a la arteria que recorre el país, su río más emblemático, el Moldava, procede de uno de sus compositores más admirado, Bedrich Smetana, considerado como el fundador de la música nacionalista checa, una generación mayor que el más famoso de sus compositores, Antonin Dvorak.
Natural de una pequeña localidad de Bohemia que durante su vida perteneció al imperio austríaco, Smetana comenzó a estudiar música con su padre, descubriendo un gran talento para el piano y  decidió dedicar su vida profesional a la música tras oír tocar a Liszt. Tras aprender checo en edad adulta, recaló en la ciudad sueca de Göteborg donde estuvo impartiendo clases, componiendo y dirigiendo hasta el fallecimiento de su esposa por tuberculosis.
Praga y el Puente de Carlos

A su regreso a Praga dedicó su trabajo a la composición dentro de un ferviente nacionalismo. Así surgieron óperas como La novia vendida y, de modo especial, su ciclo de poemas sinfónicos Má vlast (Mi patria), un conjunto de seis piezas que describen, reflejan, señalan y evocan a su país.
En el segundo de estos poemas, Vltava (El Moldava) realiza un recorrido no sólo por el paisaje y la geografía, sino también por la historia y las costumbres de sus orillas. En una obra con un sentido programático, Smetana comienza describiéndonos una de las fuentes en las que nace el río con rápidas melodías de las flautas acompañadas por violines y el arpa. La segunda fuente se presenta con los clarinetes. La música se tranquiliza cuando presenta la melodía principal, un tema majestuoso y lírico que evoca el transitar de las aguas del río por las campiñas de Bohemia, se entretiene en mostrarnos una boda campesina en sus riveras con sus melodías populares, o una escena de caza antes de hacer su entrada imponente y sublime en la capital checa, donde recuerda el tema del primero de los poemas sinfónicos al pasar por la fortaleza de Vysehrad. Más adelante, Smetana nos muestra unas pequeñas cascadas, los Rápidos de San Juan o una evocadora escena nocturna bajo la luna antes de precipitarse a un final apoteósico.


El más imponente de los ríos europeo, el Danubio, tuvo su primer conocimiento desde lo local, desde cada uno de los lugares y culturas que surgieron a su alrededor y vivieron junto y desde él. Ovidio lo llamaba "bisnominis", el río de los dos nombres por esta razón.
Este río, que surge desde varias pequeñas fuentes que han servido para que quienes vivan junto a ellas hayan luchado por poseer el origen de esta arteria europea, atraviesa, separa o une, vertebra y crea una entidad centro europea y de la Europa oriental que recorre más civilizaciones y culturas que ningún otro río del mundo.
L'ile de la Cité en el Sena
En su libro El Danubio, Claudio Magris realiza un recorrido por la geografía, ciudades, escritores, compositores, cafés, pescadores o monumentos que surgen del recorrido físico y la evocación que se realizan de este imponente río. La configuración de la Mitteleuropa, esa constelación de ideas geográficas, culturales y políticas que conforman la Europa Central pasan por el recorrido que Magris realiza desde las fuentes hasta la desembocadura del río.
Así, el Danubio se configura como una arteria repleta de puentes antiguos y nuevos, imponentes y modestos, pero el mismo río se erige como un puente en sí mismo, un vehículo que sirve de nexo de unión entre ideas, civilizaciones, culturas y pueblos.



Nuestra última mirada hacia los puentes nos acerca a Florencia y uno de los que cruza el Arno, el Puente Vecchio (El Puente Viejo), uno de los más originales de la ciudad y del mundo. Plagado de pequeñas edificaciones que en la actualidad sirven como comercios al turismo, su primera vocación no era esa, sino tender un camino discreto para que la familia Medicci pudiera transitar entre la sede del gobierno en el Palazzo Vecchio y su residencia en el barrio de Oltrarno, al otro lado del Arno como indica su denominación, el Palazzo Pitti.
Ponte Vecchio sobre el Arno visto desde el Palazzo degli Ufizi
La música que nos sirve de despedida a este homenaje a los puentes surge, no desde uno de ellos, sino desde una pequeña habitación donde una joven está intentando convencer a su padre de su relación amorosa. 
Gianni Schicchi, otra vez Puccini, se basa en una mención que Dante realiza sobre este personaje colocándolo en el infierno por haber suplantado a un fallecido para dictar un nuevo testamento más beneficioso a sus herederos del que él mismo sacará rédito. Junto con Il tabarro (El tabardo) y Suor Angelica, esta obra cómica forma un conjunto de óperas de corta duración, Il Trittico (El Tríptico), basadas en cada una de las partes de La Divina Comedia que suelen representarse juntas.
En la acción, que transcurre en 1299 cuando aún era un puente de piedra, Lauretta canta es aria O mio babbino caro (Mi querido papaíto) para intentar convencer a su padre Gianni Schicchi para que acepte a Rinuccio como su esposo. El despliegue de razones, halagos y chantaje dan a esta pieza un estilo único en que se mezcla el tono ardiente con el guiño cariñoso y la falsa amenaza de arrojarse a las aguas del Arno si no marcha adelante su amor.
Montserrat Caballé interpreta este aria de Gianni Schicchi de Puccini en uno concierto celebrado en Munich en 1990.



Cuando veas un puente, no dejes de pararte junto a él, acercarte hasta su centro, detenerte y evocar cuánto hay de historia, de música, literatura, ingeniería o arquitectura en ese concreto y en todos y cada uno de los que existen.

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Bibliografía consultadas:

Praga Mágica y la eternidad

"Praga no suelta. No nos suelta a nosotros dos. Esta mamaíta tiene garras", escribía Kafka en una de su múltiples cartas. Y es que la ciudad checa no deja indiferente a nadie. 
En esta nueva etapa de #ViajedeOtoño te propongo una visita a Praga, un recorrido desde tu casa con libros y música para conocerla, si aún no la has visitado, o para recordarla, para pasearla con los mismos ojos con que la viste o con una nueva mirada con obras de autores que quizás no conozcas, pero que te la harán inolvidable: Ripellino, Karel Capek y Leos Janacek.



La más completa edición sobre Praga no es obra de un autor checo. Si bien escritores como Franz Kafka, Bohumil Hrabal o los Jaroslav Shafer y Hasek hacen deambular por la capital bohemia sus personajes e historias logrando que la ciudad sea directa o indirectamente un personaje más de las mismas, es un escritor italiano quien publicó la más completa obra sobre la ciudad de Praga.
Angelo Maria Ripellino, catedrático de ruso y experto en lenguas eslavas en la universidad de Roma, se especializó en literatura checa y rusa. En su obra se diluye la literatura crítica con la creativa, borrando las líneas que delimitan una y otra. Intelectual de una cultura desbordante publicó libros de poesía o traducciones, así como ensayos que se han convertido en referentes en su estilo: Maiakovski y el teatro ruso de vanguardia, La literatura como itinerario en lo maravilloso o Ensayo en forma de balada
Admirador de los escritores españoles como Machado, Juan Ramón Jiménez o García Lorca, el hecho de ser alumno del eslavista Ettore Lo Gatto lo inclinó definitivamente hacia las culturas del este europeo. En una de sus estancias en Praga conoció a Elisa Hlochovà con quien se casó y juntos colaboraron en la traducción y estudio de escritores checos.
Su obra Praga Mágica es un denso mosaico, un fresco de la hermosa ciudad checa, una obra erudita, que profundiza en el alma praguense más allá del tópico con sus luces y sombras.




Ripellino, un "loco por Praga", como se definió a sí mismo, realizó una obra enciclopédica, laberíntica como las intrincadas callejuelas del centro de la ciudad, sinuosa por momentos, barroca por su forma y contenido, ingeniosa y brillante. Puede que un tanto deshilachada, acaso por haberse escrito en momentos diversos, con recuerdos desde la distancia. Por la obra pasan las tres culturas que han influido en la ciudad, la checa, la alemana y la judía; los escritores y la literatura que influyeron en el auge cultural de Europa: Jaroslav Hasek de la mano del Valiente soldado Swejk, Franz Kafka y el inquietante mundo interior que ofrece al lector, Rilke, Guillaume Apollinaire, Rainer Maria Rilke, Jan Neruda, Jaroslav Sheifert o Karel Capek, quien aparecerá más adelante en esta visita a Praga.




Karel Capek se inspiró en la búsqueda de la Piedra Filosofal y la pléyade de alquimistas y astrólogos que se acercaron a la corte de Rodolfo II para su obra teatral de 1922 Vec Makropulos (El caso Makropulos). Hieronymus Maropulos, uno de esos alquimistas que poblaban la corte rudolfina, prepara para el rey un poderoso elixir, una bebida que lo mantendrá en la inmortalidad por doscientos o trescientos años. El soberano, temeroso de un envenenamiento, quiere que sea la hija del destilador, una joven de dieciséis años, quien pruebe el bebedizo.
Trescientos años más tarde, a comienzos del siglo XX, Elena Marty, la hija del alquimista se ha convertido en una famosa cantante que ha tenido distintos nombres Elina Makropulos, Ellian MacGregor, Eugenia Móntez, Ekarerina Myskina o Elsa Müller -todas con las siglas E.M.-. Capek nos indica su belleza, una belleza "para volverse loco", pero advierte que es fría como el hielo o como un cuchillo, como si acabara de salir de una tumba. Aún así fascina con un magnetismo que atrae y envuelve a los hombres con los que se encuentra.
En su persistente juventud tiene algo que recuerda a una vieja rejuvenecida: es decadente, con los cabellos amarillentos de caspa, de arrugas estiradas artificialmente, exagerada en su maquillaje, con labios como de cera pintada. Algo inmaterial chirría en ella. Está cansada de la inmortalidad, agotada. La alegría de vivir surge de saber que la vida es breve; si se alarga demasiado produce disgusto, aburrimiento, hastío.


De esta obra, Leos Janacek compuso pocos años después una ópera homónima en tres actos que se desarrolla entre un bufete de abogados, un teatro y la habitación de hotel de la protagonista. Entroncada con la estética del suprarrealismo, se agolpan en escena objetos de la época -teléfonos, un coche-, inmensos anaqueles con expedientes y textos jurídicos. Janacek desarrolló un estilo musical con recuerdos de la música dodecafónica que, sin llegar a utilizar, dio al cromatismo un peso mayor para expresar la tensión y los extraños sucesos. La acción transcurre con rapidez, sin números cerrados -no hay arias, coros o dúos- y en un estilo que mezcla lo recitado con lo cantado. 
El enlace pertenece a la obertura de El caso Makropulos, en una producción del Festival de Ópera de Glyndebourne con la London Philarmonic bajo la dirección de Nikolaus Lehnhoff.


Convertida en una abarrotada marea de turistas, un reguero de visitantes, la Callejuela de Oro se casi levanta junto a la descomunal sombra del Castillo, el onmipresente Hradcany. En ella, tras la larga tradición de inquilinos con matraces a la búsqueda de la Piedra Filosofal, vivió unos meses Franz Kafka.


En El caso Makropulos, Janácek aumentó la fantasmagórica presencia de la Elena Marty, a quien la longevidad ha convertido en vacía, perversa, agresiva, una déspota. Refiriéndose al personaje escribió: "No sabéis lo terrible que es esto, la sensación del hombre de no tener fin. Una total infelicidad. No quiere nada, nada espera". Y más agregó: "Una belleza vieja de trescientos años -y eternamente joven-, pero con los sentimientos quemados. Fría como el hielo..."
Elena Marty acabará como un Golem, otro de los personajes de la mitología praguense. Una vida interminable agota y provoca un deseo de muerte; no hay que perturbar el orden de la existencia: se necesita la presencia de la muerta para que la podamos apreciar la belleza de la vida.

Boceto escenográfico de El caso Makopulos de Roudi Barth para la producción del Teatro Estatal de Wiesbaden de 1961
La escena final de Véc Makropulos nos desvela el secreto de la edad de Elena, la historia de su padres, si vida escondida en diversos países ocultándose con distintos nombres. El documento con el secreto del elixir lo dejó hace cien años en casa de su único y verdadero amor, padre de Gregor y ha venido a recuperarlo para alargar su vida. Más se ha dado cuenta de lo absurda que es y comienza a desistir. Entrega el documento a Krista quien lo arroja al fuego. Es el único modo de que Elena muera aliviada.
La última escena está interpretada por Nadja Michael como Emilia Marty en una producción de la Bayerische Staatsoper de 2014 con la dirección musical de Tomas Hanus.




Pero Praga atrae a quienes la visitan. Su dédalo de callejuelas, las piedras envejecidas, el astronómico reloj de la torre del Ayuntamiento de la Ciudad Vieja son como un imán para quienes visitan la ciudad y quedan irremediablemente prendados de ella. 

Tiene la ciudad un encanto como pocas en el mundo. Finalizamos este viaje a la capital checa con un último texto de Ripellino donde habla de las artes con que Praga atrae a quienes pasan por ella.







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