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APasionArte: Entre vidrios y plásticos

Vivimos en la cultura en la que prima el usar y tirar. Y lo hace en todos los ámbitos de nuestra vida, desde el consumo de cualquier tipo de producto, hasta ámbitos más sociales como son las relaciones personales, en las que cada vez es más frecuente la ruptura y la sustitución que afrontar las complejidades de las vidas en común.
Nos hemos acostumbrado tanto en el uso y consumo de objetos, aparatos y recipientes, que prácticamente nos hemos rendido ante la obsolescencia programada, casi hemos apartado de nuestra vida la reparación de electrodomésticos y aparatos electrónicos y los sustituimos a la primera avería por otros de última generación. 


Pero en nuestro uso cotidiano más habitual nos encontramos con un consumo desaforado del concepto de usar y tirar. Embalajes, recipientes y continentes forman parte de nuestra vida, pasando inadvertidos pese a su enorme uso. 
Dentro de estos materiales nos encontramos con plásticos, vidrios, papel y cartón envases como tetrabriks y basura orgánica.
Aunque es fundamental depositarlos en los respectivos contenedores para su reciclado, generamos tal cantidad de basura que estamos invadiendo nuestro planeta con ella.


El episodio de APasionArte Entre vidrios y plásticos nos acerca a estos dos materiales y nuestra relación con ellos y con nuestro entorno. Nos acompañan textos y músicas íntimamente relacionados con ellos.
Tratamos sobre los sorprendentes orígenes de estos dos materiales, las propiedades que los hacen aptos y útiles en los usos que les damos y sus respectivos reciclajes. No olvidamos sus aspectos más negativos, especialmente con los plásticos: su enorme capacidad de contaminación que llega a todos los rincones de nuestro planeta, terrestres, aéreos y marinos, para acabar en nuestros cuerpos como nanoplásticos.



En la parte literaria nos acompañan textos El jardín de vidrio, una novela de Tatiana Tibuleac sobre la vida de una niña adoptada, la pequeña Lastotchka como recogedora de botellas de vidrio en su Moldavia natal. Su comienzo inquietante,

Nazco de noche, tengo siete años. Me llevaría en brazos, dice, pero tiene las manos ocupadas.

nos acerca al mundo duro y cruel en que desarrollará su vida.


También nos acompaña un texto de Laura Madrueño, quien fuera presentadora de El Tiempo en TeleCinco y en las últimas temporadas presentadora del espacio Supervivientes. En el texto de su libro Somos agua analiza cómo hemos contaminado en el último siglo los mares, para concienciarnos de la necesidad de cambiar nuestros hábitos para cuidar unos entornos a los que llega la contaminación de cada uno de nosotros sin ser conscientes de ello.
También nos acompaña un reflexivo texto de la premio nobel de literatura Olga Tokarczuk de su libro Los errantes, sobre una nueva especie relacionada con la basura que ha conquistado todos los rincones de nuestro planeta.


La música que acompaña estos textos es, por una parte, cristalina. Las piezas que se escuchan están interpretadas con copas de cristal o con el instrumento inventado por Benjamin Franklin, la armónica de cristal. Podemos oír música de Mozart, Tchaikovsky o Donizetti, entre otros compositores.
Por otra parte, más relacionada con las basuras, nos acercamos a una obra de Pavel Andreev, Piano in the Trash (Piano en la basura), en la que nos hace reflexionar mostrando el brutal contraste entre la belleza de la música y de su instrumento musical y el entorno -un basurero- en el que está grabado.


Como es habitual, puedes escuchar este episodio en Radio Voz del Condado en el 105.40 de la FM o desde su página web radiovoz.lapalmadelcondado.org buscando la emisión en directo en el horario habitual: Los miércoles a las 13 y 19 horas, los jueves a las 14 y en la noche de los sábados a las 21 horas.


Como es habitual, puedes escucharlo en el momento en que mejor te interese dentro de la plataforma iVoox. Si aún no lo has hecho, lo puedes buscar como Radio Voz del Condado APasionArte. En esta plataforma gratuita, puedes seguir el programa y recibirás un aviso con cada nuevo episodio, comentarlo, marcarlo como favorito o compartirlo con tus contactos o con alguno concreto por las distintas redes sociales. 


Además, si no deseas entrar en esta plataforma, puedes escuchar este episodio sobre el vidrio y los plásticos en el siguiente enlace pulsando Reproducir en navegador.



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Bibliografía y webgrafía consultadas:

De turistas y viajeros

Los viajeros ven lo que quieren ver. Los turistas ven lo que han venido a ver.
G. K. Chesterton

Viajar nos acerca a nuestras raíces nómadas, a aquellos tiempos que se remontan al comienzo de la humanidad, una condición que hizo que los seres humanos evolucionáramos hasta llegar a ser lo que somos y como somos en la actualidad.
El viaje, y todo lo que supone, forma parte de nuestra forma de ser al propiciar el descubrimiento de lugares lejanos y distintos, el conocimiento de costumbres ajenas, el acercamiento a culturas diversas, tan similares o diferentes de la nuestra.
También supone un tiempo de desconexión de nuestra realidad cotidiana en la que nos hacemos a la idea de romper con ella, aunque sólo sea un tiempo.
Mas nuestra disposición al viaje nos acerca a este periplo de formas diversas, pudiendo actuar como simples turistas o como auténticos viajeros.
En un periodo en que proliferan los viajes, tras la pausa que supuso en las vidas de todos la llegada de Covid-19 a partir de 2020, las distintas modalidades de turismo están volviendo a retomar sus rutinas, desde el turismo de sol y playa al cultural, pasando por el de eventos deportivos o los destinos naturales, sin olvidar aspectos tan comunes a todos ellos como el gastronómico o el ocio.
El viajero, en cambio, busca más la oportunidad de mimetizarse con el paisaje y las condiciones de quienes lo habitan, aprehender su esencia, llevándose para el regreso a casa una piel con la que enriquecer la propia esencia y condición.
Te propongo una reflexión entre libros y músicas sobre turistas y viajeros y la forma en que se afrontan los viajes. Nos acompañan la Premio Nobel Olga Tokarczuk, Robert L. Stevenson y la música de Vaughan Williams. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!


El hecho de viajar no nos convierte en viajeros. Para el polifacético Hugo Claus«los auténticos viajeros se sumergen en el extranjero, se hunden en ello, se igualan a ellos, adquieren el color de lo extranjero», sin importar que se refiera a distintas regiones o a países con este término.
 
Autor de El extraño caso del doctor Jekyll y Mister Hyde, La flecha negra o El señor de Ballantree, la fama le había llegado a Robert Louis Stevenson antes, cuando publicó por entregas su novela La isla del tesoro (1882), una obra que le dio fama universal.
Nacido justo en la mitad del siglo en la escocesa Edimburgo, sus continuas enfermedades, especialmente la tuberculosis, le hicieron abandonar junto a su familia la húmeda Gran Bretaña en busca de lugares con un clima más benigno y saludable.
Además de sus novelas, Stevenson escribió poemas que fueron recopilados en algunos volúmenes como Song of travel (Cantos de viaje), una selección de su faceta poética que recoge una de sus características, el hecho de ser un impenitente e incansable viajero en busca de lugares exóticos.
El poema El vagabundo representa ese espíritu indómito y viajero de quien abandona el hogar de su infancia para adentrarse en un recorrido sin retorno al mismo. En la publicación original de Stevenson aparece bajo la anotación «Para una melodía de Schubert», porque el autor la escribió pensando en algunos de los lieder del compositor austriaco, con certeza, sobre alguna de las melodías de La bella molinera o El viaje de invierno.


Hablar de Ralph Vaughan Williams es hacerlo de uno de los más grandes compositores nacionalistas ingleses, si no el más grande de ellos. Sucesor de Edward Elgar, amigo personal de Bertrand Russell desde que estudiaron en el Trinity College de Cambridge y discípulo de Charles Stanford, Hubert Parry, el alemán Max Bruch o Maurice Ravel, entre otros, creó un lenguaje musical muy personal que se separó del modelo alemán imperante.
Basado en Songs of travel, de Robert L. Stevenson, Vaughan Williams compuso un ciclo de canciones bajo el mismo título que publicó en 1905 y 1907 y recogía en su momento siete de los poemas del escritor de Edimburgo.
El primero de ellos, The vagabond (El vagabundo) aparece bajo la anotación «Para una melodía de Schubert», porque el escritor la escribió pensando en algunos de los lieder del compositor austriaco, con certeza, sobre alguna de las melodías de La bella molinera o El viaje de invierno.
En él se nos presenta el personaje del auténtico viajero, aquel que no tiene en su periplo la intención de regresar a un hogar. Este primer poema está compuesto por Vaughan William como una declaración de intenciones, presentando el constante ritmo del caminar de quien presume de su abandono y soledad, de quien se conforma con buscar «el cielo sobre mi cabeza y un camino para mis pies». Sólo en los últimos versos una cierta melancolía vence al vagabundo que intercala la nostalgia entre su resolutiva arrogancia. 
El barítono John Tomlison es quien interpreta The vagabond en una versión orquestal acompañado por la orquesta de la BBC dirigida por Barry Wordsworth en la tradicional The last night of the Proms que cerró el ciclo anual de 1993. El aspecto físico tan particular del cantante nos ayuda a evocar al vagabundo del poema, al darnos la impresión de que él mismo lo es, acaba de arreglarse para cantarnos y ha recogido de uno de los caminos por los que transita un adorno para su atuendo.


En el fondo, todos somos, en mayor o menor grado, turistas más que viajeros. Visitamos lugares con la intención de encontrar algo distinto a nuestro paisaje exterior e interior cotidianos, algo digno de ser recordado por nosotros. Volviendo al razonamiento de Hugo Claus, en El deseo se refiere también a los turistas en oposición a los viajeros: «Nosotros somos turistas, como máximo buscamos algo raro, algo picante que podamos contar después.»


Premio Nobel de Literatura en 2018, aunque otorgado al año siguiente, Olga Tokarczuk ha ejercido como una auténtica viajera durante su vida. En Los errantes, un libro que nos acompañó en Caminantes y viajeros: Los errantes, la escritora polaca construye un singular retablo de personas, personajes y situaciones que trasladan el sentido del tránsito y del auténtico viajero a los lectores.
Pero antes de sumergirnos en este mundo del continuo movimiento, del renunciar a echar raíces en ningún lugar, Tokarczuk nos presta la imagen de su familia, sus padres, unos auténticos turistas que pasaban cada año un tiempo de movimiento para regresar de nuevo a sus hogares en un tiempo en que se iba convirtiendo en popular moverse en caravanas.


Compositor de música sinfónica, de cámara y vocal, coreógrafo de algunos de sus ballets, organista, director de orquesta, musicólogo o compositor de bandas sonoras para el cine, tanto de ficción como documental, Vaughan Williams mostró su faceta más personal al acercarse, por una parte, al folclore de su patria y coleccionar obras que llevó a sus composiciones instrumentales y, por otro lado, a leer diversos poetas y poner música a algunas de sus obras. Entre ellos, Vaughan Williams admiraba y llevó al pentagrama a partir de obras de Barnes, Tennyson, los hermanos Dante Gabriel y Christina Rossetti, además del citado Stevenson. Años más tarde, gracias a su amistad con Russell descubriría la obra de Walt Whitman, un poeta que le marcaría profundamente y cuyos versos de medida libre, llevaría también al pentagrama.
El sexto de los nueve poemas que configuran Songs of travel, es The infinite shining heavens, en la que escritor y compositor nos muestran su admiración por la serena contemplación del cielo, una mirada que, enfocada hacia las alturas, permite albergar el consuelo de aquello que sirve para relativizar cuanto nos acontece a diario.


El bajo-barítono galés Bryn Terfel, uno de los cantantes triunfadores en los escenarios operísticos de nuestros días, nos acerca a esta contemplación del cielo estrellado en una grabación de audio perteneciente a su disco de 1995 The vagabond para la Deutsche Grammophon de 1995 con la dirección musical de Malcolm Martineau.


La infancia de Robert L. Stevenson en Edimburgo estuvo marcada por las enfermedades, especialmente la tuberculosis, lo que le alejó de cualquier actividad física y propició su afición por la lectura que acrecentó con los largos periodos de convalecencia. Esta afición desembocó en su inclinación por la literatura que, en los primeros años se compaginó con el estudio de Ingeniería Náutica, más por influencia de su padre, que por interés personal. Tras abandonar estos estudios se dedicó al de leyes, comenzando a practicar la abogacía al tiempo que la alternaba con sus primeros escritos más o menos profesionales a partir de los veinticinco años.
Mas su salud exigía un cambio de aires, los síntomas de la tuberculosis se acrecentaron y se dirigió a Francia. Allí conoció a la que sería su esposa, Fanny Osbourne. Ambos se enamoraron y ella, una norteamericana separada, partió para California para tramitar su divorcio. Un año después se casaron, viviendo un tiempo en Calistoga, una ciudad del Lejano Oeste americano.
Tanto las narraciones como los poemas de Stevenson muestran una equilibrada simbiosis entre la vida aventurera y unos personajes cargados de una dualidad moral, como podemos observar en Jekyll y Hide o Long John Silver, el inolvidable John Silver el Largo de La isla del tesoro.
No todos los poemas que Stevenson presenta en Cantos de viaje aluden de forma directa a este tema. En Bright is the ring of words, el escritor escocés evoca el sonido de las palabras, en general, cercándonos no sólo a sus sonidos, sino a las evocaciones que sugieren en tanto poemas y canciones. Algo tan efímero i volátil como la palabra, que finaliza cuando se pronuncia, se escucha y desaparece su sonido, tiene la propiedad de permanecer entre quienes la anhelan y desean incluso cuando el autor o quienes las pronuncian han desaparecido.


Incansable recopilador de canciones del folclore inglés -llegó a transcribir más de ochocientas melodías que fue publicando-, Vaughan Williams participó de ese interés etnográfico que llevó a Leos Jannacek a hacer lo propio con la música popular checa o a Béla Bártok y Zoltan Kodaly con la húngara. Este esfuerzo e interés propició que la música instrumental del compositor inglés se enriqueciera con la inclusión de algunas de estas melodías populares en ellas.


No podía dejar pasar Vaughan Williams un poema como este dedicado al luminoso sonido de las palabras para ponerle música, llegando a ocupar el nº 7 de su ciclo de poemas sobre la obra de Stevenson.
En esta ocasión es el barítono Samuel Kidd quien interpreta el poema de Vaughan Williams acompañado al piano por Michael Delfin en el Junior Recital celebrado en abril de 2017.


Experimentar que cuando viajamos somos más viajeros que turistas es un camino complejo que nos aparta de tópicos y comparaciones a la búsqueda del sentido, el color, la cultura o lo singular del lugar al que nos desplazamos. En tiempos pasados era poco frecuente este deambular de un lugar a otro, al no encontrarse al alcance de muchos económicamente.
Además, los vehículos ayudaban, en cierto modo, a intentar acercarse a los modos de vida, las costumbres y usos de los lugares visitados, en cuanto que los medios de transporte tardaban un tiempo en llegar a su destino, tiempo que el viajero disponía para acercarse mentalmente y asimilar el lugar de visita. Actualmente, primero con los trenes y barcos, más adelante con los aviones, el paso del lugar de residencia al de destino tiene una inmediatez que, por un lado facilita el rápido acercamiento mental, por otro, lo dificulta al pasar, en un mismo día, de un lugar a otro.

 
Buscando climas más sanos, el matrimonio se estableció en Suiza, regresando a Edimburgo, más adelante se instalaron en Nueva York, trasladándose a la costa oeste hasta San Francisco. Tras la estancia en los Estados Unidos, Stevenson y su familia acabaron visitando las islas del Pacífico Sur y estableciéndose en Samoa. Allí se implicó en la vida local estableciendo una relación cordial con los aborígenes que llegaron a bautizarlo como Tusitala (El que cuenta historias). 
De su estancia en las islas publicamos en este blog El regalo de cumpleaños de Robert L. Stevenson, una singular historia entre el escritor y la hija del comisionado de los Estados Unidos en la isla.
Ese amante de los viajes y las aventuras, Robert Louis Stevenson falleció de una hemorragia cerebral en 1894 cuando apenas contaba con cuarenta y cuatro años de edad y se encontraba escribiendo su novela más ambiciosa, Weir of Hermiston.

Nos quedará siempre ese errante deambular de Stevenson y su familia que le llevó a recorrer, amar y transmitirnos las sensaciones y los viajes, ese desplazarse de un lugar a otro, sin intención de retorno, aunque sin abandonar los recuerdos y sentimientos del hogar de los primeros años.
Estas sensaciones las recogió en Whither must I wander?, quizás en los momentos que dejó atrás su hogar en Edimburgo para buscar otros destinos, en el tono evocador y nostálgico de quien emprende un viaje que no tendrá regreso.


De entre los poemas que Vaughan Williams incluyó en su ciclo Songs of travel, originalmente eran siete composiciones las que se publicaron en 1905 y 1907. Más adelante aparecieron dos nuevas. Esta Whither must I wander, que apareció publicada en una revista en 1902, y I have trod the upward and the downward slope que fue encontrado entre sus papeles tras su fallecimiento, una canción cargada de referencias musicales al resto de canciones del ciclo. Así, hasta el 21 de mayo de 1960 no fue interpretado por primera vez el ciclo completo.

Es inevitable que el compositor inglés no evocara el Viaje de invierno de Schubert en su ciclo. En Whither must I Wander?, Vaughan Williams utiliza una de las tonalidades más utilizadas por Schubert en su obra, Do menor, para otorgarle el aire triste y de añoranza que el poema exige, además del uso de una melodía simple pero eficaz, el uso libre de la forma estrófica, el uso del tono declamado y un acompañamiento parco y rico a la vez.
De nuevo es el barítono Bryn Terfel quien interpreta Whither must I Wander? en el disco The vagabond para la Deutsche Grammophon de 1995 con la dirección musical de Malcolm Martineau.

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Bibliografía y webgrafía consultadas: 
  • Stevenson, Robert Louis. Cantos de viaje. Trivillus. Selección de Jacobo Satrústegui y traducción de Txaro Santoro y José María Álvarez. 2017
  • Tokarczuk, Olga. Los errantes, Editorial Anagrama, 2019. 

El corazón de Chopin

Fryderyk Franciszek Chopin nació en Zelazowa Wola, una aldea a unos 60 kilómetros de Varsovia en 1810, según el propio compositor el día primero de marzo, aunque en el acta de su partida de bautismo se recoge que nació el 22 de febrero. Algunos biógrafos se inclinan por la fecha del 1 de marzo, atribuyendo a un error del sacerdote la fecha recogida en el documento. De esta manera, podemos recordar y celebrar en dos momentos cercanos, pero diferentes, el nacimiento de tan gran pianista y compositor. 
Hijo de un profesor de literatura francesa emigrado a Polonia y de una madre de familia de la nobleza venida a menos, Frédéric François Chopin, en su acepción francesa, nació en las tierras de una familia aristócrata a los que su padre impartía clases de francés y de la gobernanta del lugar, hasta que a los pocos meses, se trasladaron a Varsovia, donde su padre obtuvo el puesto de profesor de francés en el Liceo de la capital polaca.
Cuando se van a cumplir años del nacimiento de Chopin, no nos vamos a centrar en su nacimiento, ni en su obra, sino en el particular viaje que su corazón realizó una vez fallecido el genial pianista. Nos acompañan textos de Mauricio Wiesenthal y Olga Tokarczuk y música del propio compositor.

Maria Wodzinska, Retrato de Chopin (1835)

Chopin
tenía pánico a ser enterrado vivo, por lo que cuando estaba enfermo y vislumbraba su final pidió a sus amigos que quería ser enterrado en su tierra y organizó qué ocurriría tras su muerte y cómo sería su entierro.
Tras una enfermedad que se fue agravando con el paso de los meses, Chopin falleció el 17 de octubre de 1849 en París cuando apenas contaba 39 años. Su hermana Ludwika, que había llegado poco antes desde Polonia comenzó a organizar su despedida, en un doble cometido: organizar el funeral y el entierro, por un lado, y cumplir su deseo de asegurarse de su muerte separando el corazón de su cuerpo y llevándolo a su Polonia natal.

Pero antes de continuar, retrocedamos algo más de una década, en el momento en que unos pasajeros embarcan en el puerto de Barcelona en el vapor El Mallorquín.
En su evocador e imprescindible Libro de Réquiems, Mauricio Wiesenthal rememora algunos detalles de la estancia del artista y su entonces compañera George Sand


Tras casi dos semanas de preparación, lucha desesperada y acuerdos, Ludwika terminó de organizar el funeral de su hermano. La interpretación del Réquiem de Mozart, uno de los deseos expresos del compositor, supuso un esfuerzo de negociación sobrehumano. La iglesia parisina no admitía que las mujeres interpretaran en una función religiosa, de la misma manera que un funeral religioso se llevara a cabo fuera de un lugar consagrado. Así, entre ensayos con cantantes como el barítono Luigi Lablache, el primer intérprete del Don Pasquale de Donizetti, o Graziella Panini, una soprano que llevaba una suerte de corsé en una de sus piernas de la que cojeaba a causa de un percance, se sucedían los días sin vislumbrar el momento del funeral.
Los amigos de Chopin movieron toda su influencia para lograr que autorizaran la interpretación del Réquiem mozartiano en el funeral llegando a amenazar al párroco con acudir a Roma, mientras el cuerpo del fallecido estaba a la espera de su sepultura. Finalmente se acordó que las intérpretes femeninas, solistas y coro, estarían tras unas grandes colgaduras negras, invisibles para todos los presentes.
Así, trece días después del fallecimiento de Chopin, su funeral se celebró en la Iglesia de La Madeleine de París el día 30, interpretándose sus Preludios en mi menor y en si menor y el Réquiem de Mozart
Para este funeral hubo que detener el tráfico de carruajes y desviarlo a otras calles, ya que miles de parisinos acudieron a la iglesia de La Madeleine para despedir a uno de los músicos más sensibles y queridos del momento.
Una ver terminado el funeral, ya en el cementerio de Père-Lachaise de la capital francesa le tocó el turno a la Marche funèbre de su Sonata Opus 35
Recordamos este momento con una marcha que se ha convertido en una de las más utilizadas en este tipo de acontecimientos, llegándose a interpretar en los funerales de personalidades como John F. Kennedy, Winston Churchill, Margaret Thatcher o Leonidas Brezhnev.
Arthur Rubinstein es el intérprete de esta Marche Funèbre, lento correspondiente a la Sonata nº 2 en si bemol menor, Opus 35 perteneciente a su disco The Chopin Collection.


"Estar bajo la tierra es angustioso -le dijo Frèdèric a Ludwika.- Jura que me abrirán, no quiero que me entierren vivo."
La autopsia la llevó a cabo del doctor Cruveilhier, quien realizó además lo acordado: Después de untar con grasa la mano, la colocó cuidadosamente en un recipiente de madera y la cubrió de yeso para realizar un molde. Después hizo lo mismo con su rostro para obtener la máscara mortuoria antes de el rigor mortis deformara su faz. El diagnóstico inicial fue que falleció debido a una tuberculosis pulmonar, la muerte por excelencia de los románticos, aunque aún no se tienen claros los motivos del fallecimiento, inclinándose los expertos por una pericarditis.
Al día siguiente, un doctor recomendado por una de las amigas de la familia, la condesa Potocka, extrajo su corazón, lo limpió cuidadosamente y lo colocó en un frasco con coñac para que se conservara. La única dificultad fue que hubo que buscarse un recipiente mayor que el previsto debido al gran tamaño del corazón.

Daguerrotipo de Chopin por Louis-Auguste Bisson realizado entre 1847 y 1849

Dejábamos el relato de Mauricio Wiesenthal en el crudo invierno mallorquín de 1838 desde donde el escritor nos acerca al final de la relación sentimental entre el músico y la escritora francesa.


Como sabemos, la obra de Chopin utiliza única y exclusivamente el piano como instrumento con el que transmitir de forma única y personal unos sentimientos que entran de lleno en el romanticismo musical. En sus composiciones apenas encontramos piezas largas, siendo la mayoría de sus obras de breve duración, basadas habitualmente en un piano y adaptadas a ambientes íntimos alejados de las grandes salas de conciertos. 
Sus partituras no suelen tener títulos, ya que el compositor pensaba que en sus obras no debía imponer a los oyentes un significado, sino transmitir un cúmulo de sentimientos simultáneos que fluyeran a través de una melodía que siempre debía ser hermosa, estando el significado en la propia música. 
Aún así, además de sus conciertos para piano y orquesta podemos encontrar obras para voz y piano, basadas en poemas de algunos poetas contemporáneos polacos. Pese a ser obras poco conocidas, poseen el encanto de la fusión entre dos instrumentos tan delicados y agradecidos de compenetrar. 
Como es habitual, en este blog uno requisitos es traer y propiciar la fusión entre textos literarios y música vocal, unidos por las letras que tomamos de tantos escritores y compositores. 

Máscara mortuoria de Frèdèric Chopin

El Opus 74 de Chopin está formado por una serie de canciones escritas en distintos momentos de su vida, siempre de poetas polacos contemporáneos, a la mayoría de los cuales conocía personalmente. Habitualmente se trataba de poemas que se adaptaban a su estado de ánimo y eran compuestos de forma más o menos espontánea para ser cantados por familiares o algunos de sus amigos y nunca llegaron a interpretarse en sus conciertos.
En 1857, casi una década después de su fallecimiento, diecisiete de los veinte poemas que se conocen fueron recopilados por Julián Fontana publicándolos como el anteriormente mencionado Opus 74, llegando a convertirse estas canciones en obras muy populares en su momento.
Gdzie lubi (Donde ella ama), el nº 5 de esta colección se basa en un poema de su viejo amigo Stefan Witwicki y fue compuesto en 1929. Se trata de una obra que podríamos catalogar como deliciosa y delicada sobre una estructura romántica formalmente clásica. 


La soprano Elzbieta Szmytka acompañada por Malcolm Martineau nos interpreta esta poco conocida canción Gdzie lubi perteneciente al álbum Chopin Complete Edition Songs.


Una vez celebrado el funeral de Chopin y enterrado su cuerpo en el cementerio parisino, no quedaba sino llevar el corazón hasta su Polonia natal, una empresa nada fácil, ya que el país estaba dominado por las autoridades y el ejército prusiano, quienes controlaban las fronteras para reprimir brotes nacionalistas.
Dejamos la narración de Wiesenthal para acercarnos al relato de cómo fue el regreso del órgano del compositor a su país de origen.

Auguste Delacroix. Reconstrucción de Retrato de Chopin y George Sand (1838), cuadro que fue cortado por el autor para venderlo por separado.

Galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 2018, Olga Tokarczuk desarrolla en Los errantes un despliegue de personajes, ideas y pensamientos relacionados con uno de los rasgos que caracterizan nuestro mundo, el movimiento. Su libro es un compendio de situaciones que muestran el tránsito, sea o no voluntario, de personas, objetos o razonamientos.
En el capítulo que dedica al retorno del corazón de Chopin, Tokarzcuk relata las escasas visitas que se desarrollaron entre Ludwika y la soprano Graziella Panini mientras se desarrollaron los ensayos del Réquiem de Mozart. Allí, la lesión sufrida por la cantante y cómo llevaba su lastimada pierna recogida bajo su miriñaque dio a la hermana del compositor la idea de cómo introducir el corazón de su hermano en su país de origen.
La vigilada frontera está próxima.


La canción que abre el Opus 74, Zyczenie (El deseo) está basada también en un poema de su amigo Witwicki. Compuesta también en 1929 es una de las canciones más ligeras del opus. Se trata de una mazurca con un preludio del piano de ocho compases que se repite entre las dos estrofas y como final, con una canción equilibrada, casi simétrica, con una pequeña cadencia en la parte central que hace que sea una de las canciones más deliciosa de cuantas forman este compendio.


De nuevo la soprano Elzbieta Szmytka con Malcolm Martineau al piano nos interpreta esta canción de Frèdèric ChopinZyczenie (El deseo).


El relato de Olga Tokarczuk finaliza con la llegada del carruaje en que se desplaza Ludwika Chopin y sus acompañantes a la vigilada frontera prusiano polaca, al momento en que se acercaban al momento más delicado y peligroso, el más cercano a su punto de destino final, la patria del más grande de los compositores polacos.

El corazón de Chopin llegó a su destino y reposa actualmente en la Kosciol Swietego Krzyza (Iglesia de la Santa Cruz), una de las iglesias más antiguas de Varsovia, construida en 1565 y destruida y restaurada en varias ocasiones. Allí, empotrada en la segunda columna del lado izquierdo de la iglesia se encuentra una urna junto a una inscripción bíblica en polaco: "Donde está tu tesoro, allí descansa tu corazón".

Columna de la Iglesia de la Santa Cruz de Varsovia con el corazón de Chopin

Nos despedimos de este viaje póstumo del corazón de Chopin con la última de sus composiciones, una mazurca que escribió, ya enfermo, en el verano de 1849, que lleva como número de Opus 68, nº 4 y fue publicada póstumamente en 1855.
La interpretación corresponde, de nuevo, a Arthur Rubinstein y pertenece al álbum The Chopin Collection.

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Bibliografía y webgrafía consultadas: