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Paseando por lugares ficticios

En las narraciones, las historias poseen un tema y un argumento que se desarrollan a través de unos personajes y transcurren en un lugar y un tiempo determinados. En la decisión del autor nos encontramos toda una gama de posibilidades que va desde el realismo a la fantasía, de la fiel representación de la realidad a la ensoñación, de la recreación de caracteres, personajes y lugares a la creación de los mismos.
El paisaje, el lugar y el ámbito donde se desarrollan estas obras también siguen estas fluctuaciones, decidiendo el autor qué características tiene el lugar en el que se desarrolla la obra. Así, nos encontramos obras que transcurren en lugares reconocibles por los lectores, otras en los que nos evocan a una mezcolanza de diversos lugares que el autor considera relevantes para su historia, y otras en las que el autor crea un lugar único, inexistente que sirve para dad entidad a la narración, creando en su imaginación y en la de los lectores y espectadores un universo nuevo.
Toda esta gama de lugares ha sufrido una evolución en el desarrollo narrativo en los últimos siglos. Si en el XIX, el desconocimiento de horizontes ajenos lo utilizaba el autor para detallar las características del lugar donde desarrollaba su historia, de forma que los lectores lo fueran conociendo, con el transcurso del tiempo, y dado el hecho de que la globalización, las imágenes y los viajes hacen que reconozcamos cada vez más lugares, esta descripción cada vez es menos necesaria y, por lo tanto, utilizada.
En esta publicación te propongo realizar un paseo por algunos lugares ficticios procedentes de obras literarias y musicales. Nos acompañan obras de García Márquez, Sánchez Ferlosio, Tolkien, Rimsky-Korsakov y Mozart. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!

Konstantin Ivanovich Gorbatov, Una ciudad hundida La ciudad invisible de Kitezh (1933)
Si en la literatura es un recurso utilizado con cierta frecuencia la creación de lugares ficticios, en la música, su consideración es diversa. Las obras musicales tienen distintos tipos de intenciones y formulaciones. Por un lado, pueden seguir un esquema a base de distintos temas musicales y sus desarrollos; por otra parte, pueden reflejar con una gran riqueza las impresiones y sentimientos que tanto un paisaje, como un lugar o un hecho producen en el compositor. Así, se crean paisajes sonoros que hacen referencia a los mencionados anteriormente, como las impresiones que nos dejan una ciudad, un país, un hecho o sentimiento.

Basada en dos leyendas populares, la salvación mágica de una ciudad y la historia de una joven que posee dones celestiales como la fe, la esperanza y la humildad, que le permite, dentro de la simpleza del «pobre tonto», en este caso de la joven Fewronija, salvar y redimir a toda una ciudad, Nikolai Rimsky-Korsakof compuso Skasanija o newidinom grade Kiteshe i dewe Fewronije (La leyenda de la ciudad invisible de Kitezh y la joven Fewronija).
Con libreto de Vladimir Belski, la obra fue estrenada en el Teatro Mariinski de San Petersburgo en febrero de 1907. La historia se desarrolla en tres lugares, dos  terrenos y uno místico, la ciudad invisible o la celestial Gran Kitezh. La acción transcurre en el bosque, en la ciudad denominada Pequeña Kitezh y en la residencia del príncipe Kitezh el Grande. El primero, el bosque, representa la naturaleza, el lugar donde vive Fewronija, puro, libre y lleno de armonía; el segundo, la Pequeña Kitezh, muestra el escenario de la vida cotidiana, el lugar donde reside la gente normal, incluido Grishka Kuterma, el vagabundo que sirve al mal; mientras el tercer escenario, la Gran Kitezh es la residencia del bien, el símbolo de la patria ideal. Así, en esta ópera, Rimsky-Korsakov nos plantea un debate entre el bien y el mal en un múltiple y ficticio escenario, en el que se plantea esta lucha entre unos principios que están presentes en la condición humana, sin que ninguno de ellos finalice ni vencedor ni vencido.
Nos acercamos a la Pequeña Kitezh en el Acto II, en cuyo inicio Rimsky-Korsakov nos describe la abigarrada vida de la ciudad. Los habitantes se agrupan en la plaza a la espera del vehículo nupcial que acerca a la joven Fewronija desde el bosque hasta la lujosa mansión donde vivirá. Aparecen personajes populares como el adiestrador de osos, tañedores de gusli, mendigos y prestidigitadores.
Aquí, el compositor ruso crea una ciudad a semejanza de muchas de las que forman su Rusia natal en la que la acción dramática se enriquece con la presentación de tipos y personajes populares reconocibles para el público.


La música que nos acompaña pertenece al disco The legend of the invisible City of Kitezh de la orquesta Mariinsky Orchestra de San Petersburgo y el Kirov Chorus editado en 1999 bajo la dirección de Valery Gergiev para el sello discográfico Philips.


El primer tipo de lugar ficticio literario que nos acompaña parte de la realidad del entorno que lo rodea, un lugar que surge en la mente del autor como un espacio que toma partes y características de lugares próximos al escritor -como el que acabamos de apreciar- y que lo utiliza para tratar y exponer la historia que desea contar. Un elemento surge de un lugar determinado, otro de otro distinto, hasta configurar un nuevo espacio que sirve al autor para sus fines.
Estos lugares participan simultáneamente del poder del anonimato que le resguarda de otros lugares de los que pretende contar la historia y de la creación de un entorno único y novedoso, un modelo que sirva al autor para moverse a su discreción para narrar cuanto desea al lector.

Casa familiar de Gabriel García Márquez en Aracataca en la década de 1970
En este sentido nos acercamos a uno de los más (re)conocidos lugares de la literatura del siglo XX, Macondo, la genial creación de Gabriel García Márquez en Cien años de soledad.
Basada en sus recuerdos de infancia donde vivió con sus abuelos en su Aracataca natal, García Márquez configura con ellos el mítico poblado de Macondo sino también la casa de los Buendía, inspirada en la propia vivienda familiar.
A esta última recurrió en varias ocasiones al recordar un lugar enorme desde su visión infantil, un lugar lleno de memorias y de rincones prohibidos. Llegó a escribir sobre ella en varias ocasiones. En Historia de un deicidio, Mario Vargas Llosa reproduce estas palabras tomadas de distintas conversaciones con el autor de Cien años de soledad:

En cada rincón había muertos y memorias, y después de las seis de la tarde, la casa era intransitable. Era un mundo prodigioso de terror. Había conversaciones en clave (...). En esa casa había un cuarto desocupado en donde había muerto la tía Petra. Había un cuarto desocupado donde había muerto el tío Lázaro. Entonces, de noche, no se podía caminar en esa casa porque había más muertos que vivos. A mí me sentaban, a las seis de la tarde, en un rincón y me decían: «No te muevas de aquí porque se te mueves va a venir la tía Petra que está en su cuarto, o el tío Lázaro, que está en otro.» Yo me quedaba siempre sentado.

Esta relación, que finalizó con el fallecimiento del abuelo, sirvió al escritor colombiano para mostrarlo como héroe en diversos momentos de su más aclamada novela y para crear, tanto el mítico Macondo como las viviendas de sus protagonistas.
¿A quién de nosotros no nos evoca ese mundo estas letras que nos acompañan?


En las obras musicales escénicas como las óperas es poco frecuente el hecho de crear un lugar imaginario en el que desarrollar la obra, limitándose en la mayor parte de los casos, a situar el desarrollo de la acción en un país, ciudad o territorio indeterminados.
Así, nos acompaña una obra que crea un extraño y singular espacio ficticio a partir de un cuento con tintes masónicos, unas procedencias diversas de protagonistas y espacios y unos personajes populares que acercan al espectador a la obra. 

Ilustración de Lucía Rivera
Estrenada en 1791, pocos meses antes de fallecer, Die Zauberflöte (La flauta mágica) es la obra más representada de Wolfgang Amadeus Mozart, y la segunda que más veces se ha llevado a los escenarios de todo el mundo tras La traviata en la última década.
Según indica el compositor en el libreto, Tamino es un príncipe japonés, mientras Pamina habita en el palacio de Sarastro en una lujosa habitación egipcia, mientras la reunión que celebran los sacerdotes en el Acto II se desarrolla en un bosque de palmeras. En resumidas cuentas, Mozart opta por confluir en su singspield en uno sólo distintos y exóticos lugares para un cuento que es una parábola relacionada con el movimiento masón.
Nos acompaña la obertura de La flauta mágica en una versión grabada en el Festival de Salzburgo de 2006 con la Wiener Philharmoniker Orchestra con la dirección de Ricardo Mutti.


En otras ocasiones, el autor no se circunscribe a un lugar que tenga las características de varios otros para su obra, sino que su intención es la de crear un mundo y una civilizaciones nuevos, un sistema y un modo de vida, de pensamiento que se aleje, desde su origen hasta su desarrollo, de la forma en que se ha gestado y es nuestra sociedad.
Son narraciones más complicadas que suponen para el autor una creación más compleja, con la generación de toda una filosofía vital que va desde la misma forma de vida hasta la denominación de los personajes, la toponimia de los lugares en los que se desarrolla la historia, o cualesquiera de los detalles que conforman la historia.
En este ámbito creativo nos acercamos a una obra de Rafael Sánchez Ferlosio. Tras ganar el Premio Nadal en 1955 y el año siguiente con El Jarama, el escritor nacido en Roma, donde su padre ejercía de corresponsal periodístico, dedicó su vida a las letras con obras como cuentos y ensayos de diversa índole. Fue tres décadas más tarde cuando salió a la luz la obra que nos acompaña a continuación.

Ilustración de Rafael Sánchez Ferlosio
En 1986, Sánchez Ferlosio publicó El testimonio de Yarfoz, una obra en la que creaba un mundo a partir del relato del protagonista. El escritor ahondaba en su creación al inscribir este texto biográfico del hidráulico Yarfoz sobre su admirado príncipe Nébride como un añadido incluido por Ogai el Viejo, relator de las guerras de los territorios ribereños del río Barcial, como un Apéndice del Libro II por el interés encontrado en el relato y por el futuro destino que algunos de sus protagonistas tendrá en la mencionada obra La Historia de las guerras barcialeas.
Así, Sánchez Ferlosio nos presenta este texto como una pequeña parte de una obra de un alcance y una ambición mayores. Allí, además de una filosofía, una ciencia y una sociedad, el escritor se detiene en mostrarnos algunas de las ciudades y sus disposiciones como Esteverna, Escescésina y las cercanas Gromba Feceria y Gromba Salamnea. Pero el accidente geográfico que marca la diferencia entre pueblos vecinos como Grágidos, Atánidas, Iscobascos, Fecerios y Salamneos es el Meseged, un término que aludía tanto a una catarata como a una sierra, una escarpadura, una pared en la roca, como a un escalón. En resumidas palabas, el Meseged nombraba a todas esas estructuras que se refería a una enorme falla que al citar, aludía a todos esos accidentes simultáneamente.
Este enorme escalón se separaba los territorios y a los habitantes de distintos grupos nos muestra en El testimonio de Yarfoz una descomunal obra de ingeniería que une a estos pueblos de la separación que el medio físico les ha causado.
Dejemos que Yarfoz en compañía del príncipe Nébride nos adentre, a la par que ellos, en el intrincado camino que une la parte alta y la baja del Meseged creado por la mente de Rafael Sánchez Ferlosio.


Finalizamos la parte musical de este paseo por lugares imaginados con un regreso a La leyenda de la ciudad invisible de Kitezh
Tras un ataque de los tártaros se rompe la idílica vida en la ciudad. Este asalto representa el origen de la maldad, el castigo de los dioses que muestra el sentimiento de catástrofe universal que dominaba a los intelectuales europeos y, especialmente, a los rusos, aunque también aparecían rasgos religiosos o las ideas de Tolstói sobre la tolerancia y la generosidad en la ciudad de Kitezh.
El hecho que da nombre a la ópera se produce al final del Acto III, antes del desenlace que se producirá en el siguiente.

Boceto escenográfico de Viktor Vasnetsov para la ópera de Rimsky-Korsakov (1907)
Tras vencer los tártaros -ese enemigo, símbolo de la maldad, que siempre aparece en los cuentos populares rusos-, acampan a orillas del lago frente a la ciudad. Tras una lucha por el botín entre algunos, y mientras duermen, la joven inocente y pura Fewronija desata en un gesto de piedad al traidor Kuterma. Ambos huyen hacia el bosque y, al amanecer comienzan a repicar las campanas. En las aguas del lago se reflejan las cúpulas de la Gran Kitezh, pero en la orilla no se ve la ciudad. Ante tal hecho, los tártaros huyen presas del terror


La grabación pertenece al mismo disco con la orquesta Mariinsky Orchestra de San Petersburgo y el Kirov Chorus bajo la dirección de Valery Gergiev para el sello discográfico Philips.


Si nos hemos acercado a distintos tipos de obras que afrontan la creación desde diversos puntos de vista, la última nos acerca al tema fantástico, un universo plagado de seres que viven y habitan un mundo diferente al que vivimos, con sus características y peculiaridades. Son personajes que se acercan más a la literatura de evasión que a la de tipo social, pero que tiene multitud de seguidores, máxime cuando estas obras trascienden a la gran pantalla.
En este grupo de obras encontramos a uno de los más grandes escritores de este género, John Ronald Reuel Tollien.

Ilustración de Jemima Catlin
Conocido como J. R. R. Tolkien, sus obras más conocidas son El Hobbit y El señor de los anillos, obras que han alcanzado fama mundial. Escrita durante la década de los años '20 del pasado siglo, The Hobbit, or there and back again, conocido simplemente como El Hobbit es una obra que Tolkien escribió para leer a sus hijos pequeños, aunque el manuscrito fue pasando de mano en mano hasta llegar a una editorial que propuso al escritor su publicación. La obra, que transcurre durante la Tercera Edad del Sol de la Tierra Media, tuvo durante las siguientes décadas la continuación en El señor de los anillos, una obra que continuaba el universo creado con humanos a los que acompañan seres antropomorfos como los hobbits, enanos y elfos que las habitan y que el propio autor definía como legendarium.
Este lugar ficticio literario está presente en muchos de nosotros gracias a la adaptación al cine, pero no deja de llamarnos la atención cuando nos acercamos a él a través de la pluma de J. R. R. Tolkien.

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Bibliografía y webgrafía consultadas:
  • García Márquez, Gabriel. Cien años de soledad, edición ilustrada por Lucía Rivera, Literatura Random House, 2017.
  • Sánchez Ferlosio, Rafael. El testimonio de Yarfoz, Editorial DeBolsillo, 2015. 
  • Tolkien, J. R. R. El Hobbit, ilustraciones de Jemima Catlin, Editorial Minotauro, 2020. 
  • Rimsky-Korsakov, Nikolai. The legend of the invisible City of Kitezh, Philips, ASIN: b00002df33.
  • www.kareol.es: Letras y traducciones de óperas y música vocal.
  • Batta, András. Ópera. Compositores, obras, intérpretes. Könemann Verlagsgesellschaft mbHl, 1999, Colonia (Alemania)

Recuerdos del Alzheimer

La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo lo recuerda para contarla.
Gabriel García Márquez


A mi padre
A tantos pacientes, sanitarios y cuidadores
A ti o a mí, quizás, cuando pasen unos años.

El Alzheimer es una enfermedad que ha entrado de lleno en nuestras sociedades. Relacionada con el aumento de la esperanza de vida, esta enfermedad neurodegenerativa está considerada por la OMS una epidemia del siglo XXI.
Dada su poca visibilidad, de la que trataremos algunos detalles entre músicas y textos, el olvido en el que caen los enfermos, el desgaste que sufren los cuidadores y los profesionales sanitarios que los atienden y acompañan es un tema delicado al que se enfrentan estos grupos, así como la sociedad, en general.
Desde 1994 y promovido por la Alzheimer's Disease International (ADI), cada 21 de septiembre se celebra el Día Mundial del Alzheimer, con distintos objetivos relacionados con la enfermedad y cuidados.
Pese a la poca visibilidad de la enfermedad, con tantos pacientes y cuidadores anónimos de los que solo saben algo quienes se relacionan directamente con ellos, son muchos los personajes conocidos que han padecido este mal degenerativo y han contribuido, indirecta e inintecionadamente, a su conocimiento. Políticos como Adolfo Suárez, Ronald Reagan o Harold Wilson; otros personajes como el empresario Henry Ford, el escultor Eduardo Chillida, los compositores Maurice Ravel o Aaron Copland, además de los escritores Gabriel García Márquez, Somerset Maughan o Robert Graves, o actores, directores o cantantes como Charlton Heston, Charles Bronson, Rita Hayworth, Vicent Minnelli, Otto Preminger o Frank Sinatra fueron apagando sus días con esta enfermedad.

Cada 21 de septiembre se celebra el #DiaMundialDelAlzheimer. Te propongo una mirada hacia esa enfermedad entre pacientes, cuidadores, textos y músicas. Nos acompañan Gabriel García Márquez, Jean Echenoz, Alice Munro, Tchaikovsky, Ravel y Aaron Copland. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!


Fue a comienzos del siglo XX cuando el psiquiatra alemán Alois Alzheimer identificó y describió el primer caso de una paciente con una enfermedad neurodegenerativa que derivó en una demencia senil y que, con el paso del tiempo, el médico acabaría dando nombre a la enfermedad.
Con el envejecimiento de la población gracias a los avances médicos y al aumento de la esperanza de vida, el Alzheimer es la principal causa de demencia en nuestro planeta, alcanzando a más de 55 millones de personas y en España se aproxima al millón, afectando a un tercio de los mayores de 85 años. La Organización Mundial de la Salud (OMS) calcula que puede llegar a los 139 millones a mitad de este siglo XXI.
Aunque se desconoce la causa de la enfermedad, se sabe que influyen diversos factores de riesgo, algunos de ellos no modificables como la edad o la carga genética y que no existen actualmente tratamientos para aliviarla o curarla.


Al ser el Alzheimer una enfermedad diagnosticada desde principios del pasado siglo, no tenemos evidencias de artistas que la hayan padecido antes de esa fecha, aunque sí si llegaron a tener algún tipo de demencia que se pudiera asociar con esta enfermedad.
La literatura tiene también algunos nombres de escritores relacionados con esta enfermedad, como el escritor inglés de ciencia ficción y novelas fantásticas Terry Pratchet. Pero, el más conocido de todos es el universal Gabriel García Márquez.
Rodrigo García, guionista e hijo del escritor colombiano recuerda en su libro Gabo y Mercedes los últimos años de su padre, marcados por la enfermedad que no hicieron pública. «Fue muy difícil, porque no reconocía a nadie salvo las caras conocidas de gente que trabajaba en la casa y a su esposa Mercedes.» También hace alusión a «una etapa tremenda en que la persona era consciente de que está perdiendo la memoria.» A este momento siguió otro muy duro que culminó en una etapa final triste, pero más tranquila en la que no sufría esa ansiedad.
El hermano del escritor, Jaime García Márquez comentó en 2012 que su hermano padecía «demencia senil» como casi toda su familia, aunque no hubo un diagnóstico que lo confirmara.
Aunque sea de un modo diferente al que estamos tratando, el genial escritor colombiano introduce en sus relatos la enfermedad de la pérdida de la memoria. Mario Vargas Llosa defiende en su tesis Historia de un deicidio que el tema de la peste como plaga que asola al mundo aparece en La mala hora y adquiere forma cíclica en Cien años de soledad, en los que el colectivo de los protagonistas sufre epidemias de carácter bíblico. el insomnio, el citado olvido o el diluvio, que coinciden con cambios sociales e históricos.
Esa falta de memoria, que García Márquez bien podría haber tomado de sus experiencias familiares, se refleja en Cien años de soledad, alcanzando, como una de las características fundamentales del Realismo mágico que impregna su obra y la corriente que llevaron a la cima literaria mundial sus coetáneos sudamericanos, un final que no es ni mucho menos tan feliz en la realidad de la demencia senil provocada por el Alzheimer.


Aunque aún se desconocen tratamientos, no ya para cura, sino, al menos, para aliviar los síntomas del Alzheimer, se ha comprobado que en los pacientes que comienzan a presentar síntomas, la música puede utilizarse para ayudar a su mente, en el sentido de que la memoria musical permanece relativamente intacta en estos pacientes.
La respuesta emocional que provoca la música y las sustancias químicas relacionadas con el placer que se liberan durante el proceso de escucha, pueden llegar a reducir la incidencia de problemas conductuales y aportar calma a los pacientes, siempre que tengan un significado emocional para ellos.
En un estudio publicado en la revista Journal of Music Therapy por Naomi Ziv del Colegio Académico Taffo de Tel Aviv, la música de fondo tiene relación con el aumento de conductas positivas como sonreír, reír o hablar, además de un descenso de las de tipo negativo como llanto o agresividad en este tipo de pacientes.

Ilustración de Luisa Rivera para la edición del cincuentenario de Cien años de soledad realizada por Penguin Random House Grupo.
Ese poder evocador de la música aparece en el enlace musical con el que abrimos este homenaje - reflexión sobre esta enfermedad neurodegenerativa.
Marta Cinta González Saldaña, primera bailarina del Ballet de Nueva York en 1967 nos llegó al corazón hace unos meses en este vídeo en que, cincuenta años más tarde, es capaz de recordar y emocionarse al escuchar la música de El lago de los cisnes de Tchaikovsky que bailó. Las imágenes mezclan su tierna reacción ante la música con otras de archivo protagonizadas, al parecer, por ella misma.


Como otras enfermedades asociadas al aumento de la esperanza de vida, como algunos tipos de tumores u otros, el Alzheimer es una enfermedad que está aumentando exponencialmente en número de pacientes.
Aún así, hay varios condicionantes que la hacen especialmente poco visible en nuestra sociedad, como el ocultamiento del dolor, la enfermedad o la muerte que propicia nuestra sociedad del bienestar y consumo en primer lugar. En segundo, y más significativo aún, el propio hecho de las características de esta enfermedad que agradece las rutinas, los espacios familiares y los entornos conocidos para sobrellevar mejor los cuidados de los pacientes.
La celebración del Día Mundial del Alzheimer pretende dar a conocer en la sociedad una serie de objetivos:
  • Conocer las necesidades de los enfermos y ofrecerles terapias de estimulación de la memoria y ejercicios mentales.
  •  Ofrecer apoyos públicos tanto a las personas con la enfermedad como a sus cuidadores.
  • Investigar sobre el Alzheimer, su prevención y tratamientos.
  • Ofrecer formación sobre la enfermedad y apoyo psicológicos a los cuidadores.
  • Realizar campañas de prevención de la enfermedad, incidiendo en los factores de riesgo modificables.


Pese a los datos anteriores sobre la influencia de la música, hay también compositores que han padecido esta enfermedad o alguna parecida. Aaron Copland, el autor de obras como el ballet Appalachian Spring (Primavera en los Apalaches) o la Fanfare for the Common Man (Fanfarria para el hombre común) manifestó al crítico Paul Moor tras comenzar a padecer pérdidas de memoria: «Fue como si alguien hubiera apagado simplemente un interruptor». Con el tiempo fue desapareciendo de la escena musical y apagando su vida hasta fallecer en 1990 víctima de esta enfermedad degenerativa.

Más detalles conocemos del compositor francés de origen suizo y español Maurice Ravel, nacido cerca de Biarritz en 1875 y que falleció con sesenta y dos años en 1937. Aunque hay confusión con los datos, se llegó a afirmar que falleció a causa de un tumor cerebral o a consecuencia de un golpe sufrido en la cabeza en un accidente de tráfico en 1928, los datos más fiables indican que padecía la enfermedad de Pick, demencia frontotemporal, algunos de cuyos síntomas son similares al Alzheimer.
Autor de obras fundamentales en el siglo XX como Pavana para una infanta difunta, una de sus primeras obras maestras, compuesta al finalizar sus estudios, Shéhérazade para orquesta y soprano, La valse, Le tombeau de Couperin, su famosísimo Bolero, Daphnis et Chloé o el Concierto para la mano izquierda creado para el intérprete Paul Wittgenstein, que había perdido su mano en la Gran Guerra. En su producción destaca como un excelente orquestador, concibiendo el arte como un recinto mágico y un bello artificio alejado de las preocupaciones diarias. Su orquestación para los Cuadros de una exposición de Músorgski es más conocida e interpretada que la obra original para piano. 
Su obra más famosa, el Bolero, basada en la danza tradicional española consta tan solo de dos temas que se van alternando sobre un ritmo incesante del tambor, en un crescendo que culmina frenéticamente. El propio Ravel daba menos importancia a esta obra que el publico, llegando a decir de ella: «He escrito sólo una obra maestra... el Bolero. Por desgracia, en ella no hay música»
En la década de 1920, con apenas cincuenta años, Ravel comenzó a notar alteradas su capacidad de hablar, la coordinación motriz y sus facultades mentales, llegando a perder la habilidad de leer partituras, o recordar músicas. Una anécdota relata que, escuchando su Bolero en una emisión radiofónica llegó a comentar: «¡Qué interesante! Es un crescendo gigantesco. ¿Quién lo habrá compuesto?»

Después de debutar en el mundo literario con Le méridien de Greenwich, Jean Echenoz (Orange, 1947) entre 2006 y 2010 publicó tres biografías sobre distintos personajes: La primera, Ravel, a medio camino entre la novela y la biografía, a la que siguió Courir, sobre el corredor de fondo Emil Zátopek y Des éclairs, sobre el inventor Nikola Tesla.
El texto que nos acompaña surge, evidentemente, de su novela Ravel, nos acerca a los primeros síntomas que acompañaron al compositor francés y que son idénticos a la enfermedad que nos ocupa.


Considerado uno de los grandes directores de nuestro tiempo, Seiji Ozawa nació en Shenyang, en la Manchuria china el primero de septiembre de 1935 en el seno de una familia japonesa. 
Tras cursar estudios musicales en Tokio, con veintitrés años ganó el primer premio del concurso internacional de directores de orquesta de Besançon. Dos años después, en 1961, Leonard Bernstein le nombró director adjunto de la Orquesta Filarmónica de Nueva York. Más adelante estuvo dirigiendo la Filarmónica de Japón, la Sinfónica de Londres, la Orquesta Sinfónica de San Francisco y, sobre todo, la Orquesta Sinfónica de Boston, una de las más prestigiosas del planeta, a cuyo frente estuvo durante nada menos que veintinueve temporadas. 
Especialmente conocido por sus versiones de obras postrománticas y del siglo XX para gran orquesta, Ozawa es uno de los directores con más personalidad del ultimo medio siglo. En octubre de 2008 le concedieron la Orden de la Cultura de Japón, además de recibir el 34º Suntory Music Award o el Internacional Centre en el New York's Award of Excellence. En 2010 anunció una retirada temporal para tratarse un cáncer de esófago, regresando a los escenarios musicales meses después. Al celebrarse su octogésimo quinto cumpleaños el 1 de septiembre de 2020, el alcalde de Boston proclamó que en la ciudad se celebrase el día de su aniversario como el Día de Seiji Ozawa.
Nos acompaña dirigiendo música de Ravel, no en el Bolero que, por su duración, alargaría en exceso esta publicación, sino con una de sus primeras obras maestras, su Pavane pour una infante défunte (Pavana para una infanta difunta) escrita originalmente para piano y que el propio compositor adaptó en una versión orquestal. 
Su Pavana evoca esta danza lenta procesional con la grácil elegancia de los movimientos de una joven infanta de la corte real española, buscando, no un homenaje a algún personaje concreto, sino la plasmación de un contenido entusiasmo por la moda y la sensibilidad de la música de nuestro país que, por sus orígenes tanto le gustaba.
En el enlace que nos acompaña, Siji Ozawa dirige, no a su orquesta de Boston, sino a la japonesa Saito Kinen Orchestra.


Sin poseer evidencias científicas determinantes, se piensa que entre los hábitos que pueden reducir alrededor del 75% el riesgo de padecer Alzheimer se encuentran:
  • Reducir el consumo de grasas saturadas.
  • Basar la alimentación en el consumo de verduras, frutas y legumbres.
  • Consumir alimentos con vitaminas E y B12.
  • Evitar multivitamínicos con hierro y cobre, salvo prescripción médica.
  • Evitar cocinar en ollas y sartenes de aluminio.
  • Mantenerse activo físicamente.
Además, actividades encaminadas a mantener el cerebro activo como hablar varios idiomas, practicar actividades intelectuales y culturales, interpretar música instrumental o vocal, pueden retrasar la aparición de los síntomas hasta cinco años, puesto que involucran varias áreas cerebrales y sus redes de conexión correspondientes.


Un tema como este no podía quedar al margen de la creación, por lo que fue tratado en diversos ámbitos. Películas como En el estanque dorado, ¿Te acuerdas del amor?, El diario de Noa, La caja de Pandora, Nebraska o Quédate conmigo se centran en la enfermedad y la convivencia con el Alzheimer.
En su relato Ver las orejas al lobo, Alice Munro trata sobre esta enfermedad en un matrimonio de avanzada edad en la que ella ingresa en un centro.
La escritora argentina Sylvia Molloy realiza una simbiosis entre su experiencia al cuidar a un familiar afectado y las reflexiones que le surgen sobre el pensamiento, el lenguaje y la memoria en su obra Desarticulaciones. 
J. Bernlef explora esta enfermedad neurodegenerativa desde dentro, introduciéndose en la piel de un enfermo y describiendo en Entre brumas la evolución de la enfermedad.
Otra obra que trata el tema es No he salido de mi noche, de la francesa Annie Ernaux, un libro que desarrolla con crudeza las anotaciones que realizó mientras acompañaba a su madre enferma. 

De todas estas aproximaciones literarias nos quedamos con un extracto del relato Ver las orejas al lobo de la Premio Nobel canadiense Alice Ann Munro. Incluido en su libro de relatos Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio, este relato aborda la historia de Grant, un profesor universitario jubilado y su esposa Fiona. Su vida en los apartados bosques canadienses comienza a resquebrajarse cuando Fiona comienza a presentar los primeros síntomas de Alzheimer. Cuando ella es ingresada en un clínica para tratar la enfermedad comienza a olvidar a su esposo a la vez que encuentra un nuevo amor entre los enfermos residentes. Munro explora la relación sentimental desde el punto de vista de Grant, las bases en que está constituido el matrimonio con sus defectos y virtudes, hasta llegar a la resignación por la situación y el amor a su esposa.
El texto que nos acompaña nos muestra los descubrimientos de los primeros síntomas de la enfermedad en Fiona y las reacciones que provoca en ambos.


Nos despedimos de esta reflexión sobre el Alzheimer, su aumento en la sociedad, su invisibilidad y la fuerza que necesitan los acompañantes y cuidadores con música.
La música que nos acompaña en esta despedida tiene diversas relaciones con personajes que han aparecido en esta publicación. Dirige uno de los grandes del siglo XX, Leonard Bernstein, quien al comienzo de la década de 1960 apoyó, como hemos visto a Seiji Ozawa. La música pertenece a otros de los compositores que terminaron su días víctimas de esta enfermedad, Aaron Copland. Su Fanfare for the common man nos acerca, tal como indica el título, no a reyes, presidentes o deportistas de élite, sino a personas normales y corrientes, a cualquiera de nosotros, a la singularidad de cada uno de nosotros. lo que, de alguna manera, nos acerca a quienes se relacionan con el Alzheimer desde enfermos a cuidadores, enfermeros o quienes interactúan con ellos.
La interpretación con la New York Philharmonic Orchestra tuvo lugar en 1985 con la presencia en uno de los palcos del propio Aaron Copland quien, con 85 años ya sufría los estragos de la enfermedad. 

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Bibliografía y webgrafía consultadas:

Cuando la naturaleza recupera su sitio

Si desapareciéramos los seres humanos, la naturaleza no tardaría en recuperar todo lo que le hemos ido quitando y restablecer el equilibrio en nuestro planeta.
Sabemos que la naturaleza es sabia y que, más tarde o temprano, acabaría volviendo a ocupar su espacio si la dejáramos.
Queremos creer que nuestras actuaciones son fuertes y perdurables, que somos constantes y persistentes, teniendo como pruebas o ejemplos construcciones milenarias como las pirámides de Egipto o Centroamérica, la Gran Muralla China o multitud de castillos, palacios e iglesias.
Mas, si nos fijamos con más detalles, observamos que estas construcciones erigidas por la humanidad han estado durante mucho tiempo abandonadas y casi en estado ruinoso, que muchas de ellas han desaparecido irremediablemente y, sólo a costa de un ingente esfuerzo material, personal o económico, han podido sobrevivir hasta nuestros días.
Basta observar cómo en cualquier grieta de las paredes, en los huecos entre losetas, piedras o adoquines, o en las roturas de elementos como tejas o cristales, surgen constantemente muestras del poder de la naturaleza que comienza a mostrar su fuerza invasora. Qué seria de nuestros hogares, calles, edificios, parques o carreteras si no estuviéramos constantemente manteniéndolos y luchando contra ese poder regenerador de la naturaleza.
Ese poder natural ha llegado a invadir lugares donde los seres humanos se habían asentado, pensando en la constancia y durabilidad del esfuerzo humano, en el dominio sobre las fuerzas naturales a las que ha ido arrebatando su espacio vital.
Las obras distópicas, e incluso, las de ciencia ficción nos presentan con bastante frecuencia unos escenarios postapocalípticos en los que alguna catástrofe natural o la propia acción bélica del hombre han acabado por destruir nuestras civilizaciones. En estas obras aparecen ineludiblemente lugares abandonados, destruidos e invadidos por una fuerza de la naturaleza que se manifiesta en la abundancia de plantas y animales a los que habíamos desplazado de su espacio vital.  
Cuántas civilizaciones se han perdido, mientras sus monumentos han quedado destruidos: Mesopotamia, Egipto, Grecia, Roma, por ejemplo, en la vieja Eurasia, mientras aztecas o incas han perdido ciudades, edificios o pirámides que han sido totalmente invadidos por la fuerza de la naturaleza.  
Te propongo un paseo por textos en los que la fuerza de la naturaleza ha invadido construcciones y reflejan la fuerza que esta tiene para recuperar su lugar. Nos acompañan obras de Gabriel García Márquez, Umberto Eco, Daphne du Maurier, TchaikovskyRimsky-Korsakov y Franz Waxman.

Embarcación abandonada desde comienzos del siglo XX en Sydney (Australia)

En esta publicación nos acompañan tres textos, uno sacado del comienzo de una novela, otro en el que se indica uno de los varios anuncios de la destrucción con que acabará la obra y otro que nos muestra la destrucción e invasión de un próspero lugar al final del libro. Las músicas que nos acompañan reflejan también esas invasiones de la naturaleza y pertenecen a una banda sonora, un ballet y una ópera.
Hay libros que tienen comienzos inolvidables y que una vez que los recordamos nos evocan, invariablemente, la historia que leímos. Es el caso de Rebeca, la novela de Daphne du Maurier que fue llevada al cine por Alfred Hitchcock, en una versión bastante fiel a la obra original.
Su comienzo nos lleva al sueño de la protagonista -de la que desconocemos el nombre, tal es la fuerza de Rebeca- que nos acerca a la abandonada posesión de Manderley en la que vivía.


La fuerza con que la naturaleza ha ido tomando posesión de los terrenos que antes fueron suyos, frente a la ordenada creación de jardines, setos y caminos arbolados, muestra esa fuerza arrolladora.
Pocos inicios hay tan potentes como ese «Anoche soñé que había vuelto a Manderley» de las versiones literaria y cinematográfica.


La novela de Daphne du Maurier fue llevada al cine por Alfred Hitchcock en la que sería su primera película americana. La música del film fue compuesta por Franz Waxman quien creo una banda sonora efectista y que se ha convertido en todo un clásico desde los primeros temas que suenan acompañando los títulos de crédito, en una partitura impetuosa y exuberante que transmite las emociones por las que atraviesan los personajes.
Dividida en Título principal, Prólogo y Escena de apertura, nos acompaña el inicio de esta banda sonora cuyos primeros compases tantas veces pudimos oírlos al comienzo de los programas de El mundo de la fonografía del inolvidable José Luis Pérez de Arteaga.
Este memorable primer tema principal, bullicioso que crece desde sus primeros acordes es seguido por Foreward, un tema secundario melancólico que  da paso al alegre y juguetón Marriage que evoca la boda y se va volviendo menos sutil al finalizar con la presentación del ama de llaves, la Sra. Danvers.


En su tesis doctoral, García Márquez: Historia de un deicidio, Mario Vargas Llosa señalaba que «Cada novela es un deicidio secreto, un asesinato simbólico de la realidad. Un escritor no elige sus temas, los temas lo eligen a él. García Márquez no decidió escribir ficciones a partir de sus recuerdos en Aracatata. Ocurrió lo contrario: sus experiencias de Aracataca lo eligieron a él como escritor». Con estos términos, Vargas Llosa se refería a la novela que fue el origen del Boom de la literatura Latinoamericana.
Publicada en 1967, Cien años de soledad posee también uno de esos inicios que se han tornado inolvidables: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo».
En cierto modo, Cien años de soledad es un libro de configuración bíblica, en el sentido que comienza con un Génesis y finaliza con un Apocalipsis. Además, su lenguaje y otras alusiones refuerzan esta idea. Además del Génesis, hay alusiones al Éxodo, tras los dos años de travesía que hubieron de realizar para llegar al otro lado de la sierra para encontrar su tierra prometida. Remedios la Bella asciende al cielo sin que a nadie le extrañe, salvo la pérdida de un juego de sábanas que echa de menos Fernanda del Carpio. También son mencionadas las plagas, en esta ocasión por las del insomnio, las guerras civiles y la de amnesia, mientras que no falta tampoco un diluvio de casi cinco años, desatado según todas las voces por el poderoso Mr. Brown de la compañía bananera. Finalmente, la obra concluye con un apocalipsis que se ha venido anunciando en diversos parajes de la obra como punto y final a la historia de los Buendía.

Ruinas de Angkor Wat (Camboya)
Una de estas situaciones en que se viene anunciando la destrucción de la saga nos muestra ese poder omnímodo e invasor con que la exuberante naturaleza viene a reclamar lo que le pertenece y que domina cuando las fuerzas no pueden detenerla.
Santa Sofía de la Piedad es un personaje conformista, resignado, silencioso y casi invisible a quien García Márquez otorga la «rara cualidad de no existir por completo sino en el momento oportuno» y a cuya familia Pilar Ternera entregó todos los ahorros de su vida para que acabara como la compañera de Arcadio, el hijo del José Arcadio primero y a quien le dio tres hijos: Remedios la Bella, José Arcadio Segundo y Aureliano Segundo. Santa Sofía de la Piedad es uno de los escasos habitantes del pueblo que escapan del desenlace apocalíptico.


De la música de cine pasamos a la de ballet, y qué mejor historia para evidenciar el paso del tiempo y la invasión que la naturaleza hace ocupando el espacio que uno de los cuentos infantiles más conocidos.
Basado en el conocido cuento de Charles Perrault y con un libreto del coreógrafo Marius Petipa junto con Iván Alexandrovtsch Wsewoloschsky, en enero de 1890 se estrenó en el Teatro Mariinsky de San Petersburgo el ballet La bella durmiente con música de Peter Ilich Tchaikovsky, uno de tres grandes ballets del compositor ruso, posterior a El lago de los cisnes y anterior a El Cascanueces.
La historia que nos acompaña transcurre en la segunda escena del Acto II. Tras una cacería con su séquito, el príncipe Desiré queda solo y el Hada Lila le muestra una visión de la princesa que lleva dormida desde hace cien años en un lugar inaccesible por la vegetación que ha crecido durante ese tiempo. A medida que la visión se desvanece, el príncipe pida al Hada que la lleve junto a ella, logrando traspasar la vegetación y quienes la guardan, llegar al palacio y, como es obvio en esta historia, despertarla con un beso.
Cada versión y decorado son diferentes, en esta producción de 2018 del Royal Ballet del Royal Opera House de Londres con Vadim Muntagirov y Marinela Núñez (Nunez para los ingleses).


La tercera obra que nos acompaña es otra novela, en este caso de ambientación histórica medieval que transcurre en un monasterio, la excelente El nombre de la rosa de Umberto Eco.
Experto en semiótica, este filósofo y escritor italiano nos sumergió en el interior de una abadía benedictina durante siete intensas jornadas en descomunal novela en que se une la trama policiaca, la crónica medieval, la novela gótica, en la que se incluye la reconstrucción de las formas de pensar y sentir de la época, un amor por los libros y las bibliotecas y una trama policiaca a cargo de Guillermo de Baskerville, un personaje que sirve de homenaje a Sherlock Holmes (y la obra El sabueso de los Baskerville) y al filósofo Guillermo de Ockham, de los que toma nombre y apellido.

Ciudad minera abandonada de Kolmanskop (Namibia)
Contada por el joven Adson de Melk, la novela finaliza con un viaje que el narrador realiza a la derruida abadía donde transcurre la historia, el estado en que la encuentra y cómo los vestigios de lo que fuera un próspera edificación humana han sido invadidos por la flora y la fauna que la naturaleza ha llevado al lugar.


Basada en dos leyendas populares rusas, la salvación de la ciudad de Kitezh que se volvió invisible cuando fue atacada por los mongoles y la de la joven Fevróniya de Múrom, Nikolai Rimnsky-Korsakov estrenó su ópera La ciudad invisible de Kitezh también en el Teatro Mariinsky de San Petersburgo en 1907.
La ópera transcurre en cuatro escenarios diferentes, tres de ellos mundanos y el otro místico. El primero de ellos, el bosque representa la naturaleza, el hogar de la joven Fevróniya, un lugar puro y lleno de armonía. El segundo, la Pequeña Kitezh es el escenario de la vida cotidiana, donde habita la gente normal, del que procede también el vagabundo Grishka Kuterma, que prefiere servir al mal, mientras el tercero es la residencia del príncipe Yuri Kitezh el Grande. El lugar espiritual es la Gran Kitezh, la residencia del bien y símbolo de la patria ideal.

Valle de los molinos. Sorrento (Italia)


Finalizamos esta publicación sobre lugares en los que la fuerza de la naturaleza le hace recuperar su sitio con el aria del príncipe Yuri entona un lamento por la posible destrucción de la ciudad que presiente, su final, ante la idea en el momento de su fundación de que permaneciera en pie durante siglos. 


Este lamento que está interpretado por la profunda voz de bajo de Boris Christoff, en una grabación discográfica de HMV de 1952 con la Philarmonia Orchestra dirigida por Wihelm Schüchter.

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Bibliografía y webgrafía consultadas:
  • Du Maurier, Daphne. Rebeca. Traducción de Fernando Calleja. Editorial DEBOLSILLO.
  • García Márquez, Gabriel. Cien años de soledad. Editorial DEBOLSILLO.
  • Eco, Umberto. El nombre de la rosa. Traducción de Tomás de la Ascensión Recio y Ricardo Pochtar.