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Mostrando entradas con la etiqueta Andrea Chénier. Mostrar todas las entradas
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¿Escribimos a mano o con teclado?

Una de las principales habilidades que poseemos los seres humanos consiste en la capacidad de realizar movimientos que relacionan nuestro cuerpo con nuestra mente y nos permiten reconocer, interpretar y actuar sobre cuanto nos rodea. Esos movimientos son más sutiles en determinadas partes del cuerpo, de forma especial en nuestras articulaciones superiores, las manos. 
Nuestras manos son el órgano de movimiento más sofisticado y diferenciado que existe, siendo biomecánicamente la parte más compleja de nuestro organismo, añadiendo a su funcionalidad el hecho de tener un pulgar en una posición que le permite asir objetos de diverso tamaño de diversas formas.
A la habilidad para manipular y construir objetos de forma precisa le añadimos el hecho de utilizar nuestras manos para comunicarnos a través de ademanes y gestos con los que podemos mostrar nuestras vivencias interiores, por lo que podemos expresar emociones y sentimientos, además de aprobación, negación o enfatizar algunos tipos de reflexiones.
Todos estos movimientos están conectados con el cerebro, de modo especial a través del sentido del tacto y el movimiento. 
Durante siglos hemos ido adiestrando y especializando los movimientos de la mano con la creación, confección y fabricación de distintos objetos y productos, la elaboración de comidas o la producción de obras de artesanía y artísticas. 
Aunque en algunos momentos ese trabajo se ha asociado a obreros y artesanos y se les ha opuesto al trabajo realizado con la mente, de modo especial en las últimas décadas, su importancia es capital en nuestro desarrollo y existencia.
Con la llegada de las nuevas tecnologías nos vemos envueltos en una revolución que está haciendo desaparecer, no ya distintos oficios, sino incluso algunas funciones en nuestro organismo. Sobre todo para nuestro beneficio, aunque también tiene sus inconvenientes.
Es cierto que nos ahorran tiempo en algunas funciones como la memorización, el acceso a datos y servicios o la escritura. Ya no nos sabemos los números de teléfono o las direcciones de email de nuestros familiares y amigos más cercanos, sino que los tenemos guardados en la agenda de nuestro móviles o dispositivos, nunca hemos tenido acceso a tanta cantidad de música o películas alojadas en distintas plataformas.
Con el cálculo o la escritura también nos ocurre algo similar. Prácticamente no realizamos operaciones con papel y lápiz -o bolígrafo-, sino con la calculadora, y escribimos mucho más -o exclusivamente- con teclado en lugar de utilizar el bolígrafo. Hemos ganado mucho con los procesadores de texto que tienen nuestros dispositivos y con algunas aplicaciones de mensajería. De hecho, en algunos países nórdicos se ha eliminado hace unos años el uso del lenguaje manuscrito en los planes de estudio. Afortunadamente están dando marcha atrás y volviéndolo a retomar en los últimos años.
En esta publicación te invito a reflexionar sobre la importancia de utilizar la escritura manuscrita o a través de teclado para comunicarnos por escrito. Nos acompañan textos de o sobre Paul Auster, Neruda, J. K. Rowling, Graham Greene y músicas de Giordano y Leroy Anderson. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!


En primer lugar, la escritura es un tema amplio y diverso y debemos considerarlo como tal. No es lo mismo escribir en algunos trabajos que podríamos considerar como de «oficina» (informes, contratos, documentos oficiales...) o de tipo literario o personal como son la poesía, las novelas o determinadas cartas, pese a que estas se han sustituido por otros tipos de mensajes. Aún así, en estos casos veremos cómo el resultado será diferente según el medio que utilicemos.

Cuando el filósofo Friedrich Nietzsche comenzó a perder la visión que le impedía escribir, recibió un regalo que le permitió seguir haciéndolo: una «esfera de escribir Mallin-Hansen», un aparato con teclas predecesor de las máquinas de escribir. Tras un tiempo para hacerse al teclado, continuó escribiendo, aunque uno de sus amigos, el compositor Heinrich Köselitz, comprobó que su lenguaje se había vuelto más escueto y esquemático, así como algunos de sus razonamientos.
Ya en nuestros días se están realizando estudios que muestran que escribir a mano es un acto más integrado en el cuerpo que implica un conjunto de procesos sensoriales y motrices más complejos para cada letra que escribimos, lo que generará una huella en la memoria más profunda y duradera. Además, la escritura con teclado es más costosa en cuanto a los recursos mentales que utilizamos (dónde está la tecla, qué dedo la pulsa, los espacios, la corrección de errores...), lo que nos llevará a procesar mayor cantidad de elementos mientras escribimos.


Muchos escritores como el recientemente fallecido Paul Auster escriben un primer borrador de sus novelas a mano y después lo pasan a máquina, algunos de ellos personalmente, otros gracias a un ayudante que los transcriben para revisiones ulteriores.
Publicado en 2003, Ensayos completos recoge diversos textos que van desde historias reales, ensayos, prefacios, entrevistas y otro tipo de obras del autor de Trilogía de Nueva York o El libro de las ilusiones. El primero de los textos que nos acompañan es el inicio de un artículo escrito en junio de 2000 titulado Historia de mi máquina de escribir en la que el novelista norteamericano explica su historia compartida con un instrumento de escritura que le acompañó durante muchos años. Su apego a su máquina Olympia y su aversión a los teclados se muestran en el texto de esta autor que llegó a manifestar: «Nunca consigo pensar con claridad con los dedos en esa posición. Un lápiz o un bolígrafo son instrumentos mucho más primitivos: sientes cómo las palabras salen de tu cuerpo y luego las entierras en cada página».


Afortunadamente, según algunos estudios, los escritos realizados a través de los procesadores de texto y los teclados suelen ser más extensos y con una mayor calidad en su estructura, además de ser de mucha más utilizad en personas con problemas en la lectoescritura o la psicomotricidad fina.

Una de las piezas más recurrentes y originales referidas a los teclados es The typewriter (La máquina de escribir, 1950) de Leroy Anderson (1908-1975), un compositor especializado en música ligera para orquesta, la mayoría de cuyas obras fueron estrenadas por la Orchestra Boston Pops.
La protagonista de esta composición es una máquina de escribir modificada en la que se utilizan dos teclas, la campana -se puede ser externa o una calabaza musical- y el mecanismo de retorno del carro y que suele ser interpretada por un percusionista por la dificultad que su pone su manejo.
Nos acompaña una versión con la Orquesta y Coro de Voces para la Paz (Músicos Solidarios) con Alfredo Anaya manejando la máquina y la dirección de Miguel Roa en un concierto que se llevó a cabo en el Auditorio Nacional de Música de Madrid en 2011. Para disfrutarlo con una sonrisa.


Escribir a mano implica la participación simultánea de varios sentidos. Mantener y guiar un bolígrafo con los dedos presionando sobre un papel y mover levemente la mano para redactar letras y palabras requiere una gran parte de nuestra atención y suponen una compleja habilidad cognitivo-motora. 
Aprender una nueva palabra supone conectar un símbolo abstracto como un conjunto de letras o un ideograma con una información de tipo visual, auditivo y motor, además de la comprensión de su significado. Según Robert Willey, profesor de psicología de la Universidad de Carolina del Norte Greensboro«La escritura manuscrita puede activar más conexiones a través de estas dimensiones en comparación con la escritura mecanográfica».


Pablo Neruda tuvo un proceso curioso para la escritura de su poesía. Se inició a mano, después la abandonó por la máquina de escribir, pero un percance lo obligó a volver a la manuscrita. Cuando fue candidato a la presidencia de Chile le hicieron una entrevista en The Paris Review que se centró fundamentalmente en ese hecho, aunque tangencialmente se tocaron temas como los momentos y lugares en los que escribía y cómo lo hacía. 
El texto que nos acompaña es un extracto de esa entrevista recogida en el nº 51 publicado en Invierno de 1971 y realizada por Rita Guiber con el título de Pablo Neruda, The art of poetry, nº14, originalmente en inglés. En él reflexiona sobre los cambios que notó en su poesía cuando volvió a escribir a mano.


Hace no muchas décadas no existía esta duda, ya que todo se escribía a mano, con tinta y pluma hasta la aparición de lápices y bolígrafos, aunque en determinados casos, eran los amanuenses y ayudantes los que lo hacían, además del hecho de que algunas personas no sabían leer ni escribir.
Hoy en día la situación es radicalmente distinta. Si pensamos cuándo fue la última vez que hicimos la lista de la compra o tomamos una anotación rápida, posiblemente fuera con el teclado del móvil o con una nota de voz. Las pantallas y los teclados han ido desplazando de forma gradual pero implacable nuestras rutinas habituales.

Estrenada en 1896 en el Teatro alla Scala de Milán, Andrea Chénier es una ópera de Umberto Giordano y libreto de Luigi Illica -colaborador habitual de Puccini- está inspirado libremente en la vida del poeta francés del mismo nombre. Se trata de uno de los hombres que se adhirió pronto a los postulados de la Revolución Francesa y que acabó muriendo en la guillotina en el Periodo del Terror
Dividida en cuatro actos, el último de ellos se desarrolla en la prisión donde está recluido el poeta a la espera del cumplimiento de su condena. Junto a Roucher, que está en su misma celda, Chénier está componiendo con capel y pluma un poema que recita a su compañero de infortunio.
El tenor Franco Corelli interpreta Come un bel di di maggio (Como un bello día de mayo) en una versión cinematográfica de Andrea Chénier realizada en 1973 con subtítulos en castellano. Siguiendo el razonamiento de Neruda, si hubiera tenido la posibilidad de escribir con un teclado, la emoción de sus versos habría sido diferente.


En los estudios que tratan la relación que existe entre la escritura y la memoria se evidencia que las personas recuerdan con más calidad aquello que han escrito de forma manual que lo que han realizado a través de un teclado, según afirma Naomi Susan, profesora emérita de la American University of Washington D.C. 


Dos autores conocidos prefieren también plantear sus novelas de forma manuscrita antes de pasarlas por el teclado y revisarlas.
Graham Greene escribía siempre el primer borrador a mano en sesiones que suponían exactamente 500 palabras -ni una más, ni una menos-, aunque con el paso del tiempo la cifra se redujo a 300. En Editar la vida, el editor Michael Korda trata su relación con personajes como Tennessee Williams, Henry Kissinger, Richard Nixon, Harold Robbins o el propio Graham Greene
Korda pasó unas vacaciones de verano en un barco con el autor de El tercer hombre, Nuestro hombre en la Habana o El factor humano y narra en su libro la rutina de trabajo que seguía mientras escribía El fin del romance.


Una de las escritoras más leídas de nuestros días, J. K. Rowling, la autora de la saga de libros de Harry Potter, utiliza también la escritura manuscrita para planificar y realizar un primer borrador de sus novelas. 
El texto que nos acompaña pertenece a una entrevista realizada a la escritora inglesa y publicada por Amazon.com al comienzo de la primavera de 1999 con el título de Magic, Mistery, and Maynem: An interview with J. K. Rowlling.


El hecho de que la escritura manual una varias tareas simultáneamente como sostener el bolígrafo, acomodar el cuerpo y el papel, desarrollar un conjunto de movimientos con el brazo y la mano y nos obligue a mantener nuestra concentración son algunos de los factores que contribuyen a que nuestra caligrafía muestre los rasgos de nuestra personalidad, como suele ocurrir con las pruebas periciales. La forma en que ligamos las letras, la inclinación, la forma y el tamaño de las mismas son un indicio de la personalidad que mostramos cuando desarrollamos nuestros pensamientos, sentimientos y emociones por escrito.
Estas relaciones nos permiten desde pequeños desarrollar con mayor profundidad nuestra memoria y aprendizaje. Según Lisa Aziz-Zadeh, profesora del Instituto del Cerebro y la Creatividad de la Universidad del Sur de California «nuestro cerebro  evolucionó para procesar información sensorial y motora».
En el sentido contrario, el teclado y los procesadores de texto nos permiten una inmediatez que surge del vertiginoso ritmo de vida en el que estamos inmersos, por lo que con frecuencia debemos conjugar esta velocidad con la pérdida de profundidad.


Estrenada en 1963, Who's minding the store? (Lío en los grandes almacenes) es una comedia dirigida por Frank Tashlin y protagonizada por Jerry Lewis y Jill St. John. En ella, el inimitable actor cómico norteamericano interpreta una de sus escenas más conocidas con la música que iniciaba esta publicación, The typewriter de Leroy Anderson. Jerry Lewis da un giro de vuelta a la pieza al no utilizar la máquina y nos muestra, solo con gestos, que lo más importante para escribir no es el bolígrafo o el teclado, sino poner nuestra inteligencia y pensamiento a su servicio.


En mi caso, suelo escribir prácticamente todo con teclado, utilizando procesadores de texto, notas en el móvil, además de organizar lo que escribo y voy a escribir en diversos documentos online que puedo editar desde cualquiera de los dispositivos que utilizo.
Hasta hace poco utilizaba una pluma para tomar anotaciones sobre las publicaciones del blog o datos sobre el tiempo u otros temas en algunas libretas. Al estropearse con el tiempo, suelo usar ahora bolígrafos de gel que son los que más adecúan la tensión de la mano y la velocidad con la que escribo a mis ideas y pensamientos.
Y tú, ¿te has parado a pensar en esto? ¿Con qué sueles escribir? ¿Utilizas diversas modalidades según las circunstancias, lo haces siempre con los mismos instrumentos? ¿Piensas que si cambiaras de uno a otro cambiaría tu forma de escribir? ¿Qué hacemos, qué haremos, escribimos a mano o con teclado?

No me resisto a dejar inconcluso el artículo de Paul Aster sobre su máquina de escribir, así que finalizo con su continuación. El escritor muestra una faceta inusual en su acompañante mecánico tras ser descubierta por el pintor Sam Messer, descubre que tiene deseos y estados de ánimo propios y finaliza reflexionando sobre el tiempo que llevan juntos.

Paul Auster y su Olympia

Finalizo esta reflexión con una frase de Audrey van der Meer, profesora de Neuropsicología de la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología«Practicar un poco la escritura a mano es una actividad muy buena para el cerebro. Es como hacer trabajos de mantenimiento por una carretera muy transitada».

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Bibliografía y webgrafía consultadas:

La Ópera en el Cine

Desde 2019, cada 25 de octubre se celebra el #DiaMundialDeLaOpera o #WorldOperaDay de cuyo origen tratamos en Feliz Día Mundial de la Ópera.  
Muchas son las interacciones y relaciones que existen entre las óperas y otras artes, algunas de las cuales hemos tratado en este blog. En esta ocasión, y para celebrar el Dia Mundial de la Ópera nos acercaremos a presenciar algunos de los casos en que la ópera converge con el cine
Aunque en los primeros años de vida del cine ya se vio el juego que se podía sacar a la ópera en la gran pantalla, incluso antes de que el cine se hiciera sonoro, la relación y los trasvases han transitado en ambas direcciones, desde algunas óperas que se han grabado para la pantalla en el formato cinematográfico, hasta películas que muestran en algunas de sus momentos escenas o piezas sacadas de diversas óperas.
Te propongo celebrar el #DiaMundialDeLaOpera con algunas escenas de películas de cine que utilizan con distintas intenciones músicas de ópera. Nos acompañan Pretty Woman, Philadelphia, Una noche en la Opera y Una habitación con vistas. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!


La ópera más representada a lo largo de toda la historia es La traviata de Giuseppe Verdi, una preferencia del público que se mantiene en las dos últimas décadas, en la que aparece cada año como la más representada en todo el mundo.
Basada en La dama de las camelias de Alejandro Dumas, fue estrenada en 1853 en el Teatro La Fenice de Venecia con poco éxito en sus primeras representaciones hasta que logró el favor del público.
Números como el famoso brindis Libiam nè lieti calici o el dúo Un dì, felice eterea, ambos del primer acto; los dramáticos dúos entre Violeta y Alfredo (Amami, Alfredo) y antes con el padre de éste, Germont (Pura siccome un angelo) en el segundo, o el aria Addio, del passato bei sogni ridenti (Adiós, bellos recuerdos del pasado), un desesperado y desgarrador testamento vital, antes de unirse los amantes a la engañosa ensoñación Parigi, o caro/a, noi lasceremo (Abandonaremos París, querido/a).
Nos acompaña la escena del segundo acto en que Violeta, convencida por Giorgio Germont, decide abandonar a Alfredo. Giorgio ha ido a hablar con ella para exigirle que abandone a su hijo, ya que la relación que mantienen es un lastre para su familia, pues la sociedad no admitiría a una mujer como ella entre sus miembros.


Violeta comienza a escribir una carta de despedida, mientras el clarinete describe el dolor que la embarga. Alfredo la sorprende escribiendo, mientras las cuerdas ven creando el clima de tensión que les envuelve. Alfredo no sabe de la conversación entre Violeta y su padre y ella se ve en la obligación de fingir que sus lágrimas muestran su felicidad. Un desgarrador Amami, Alfredo muestra la tensión, mientras la música describe la huida de Violeta, que se aleja física y anímicamente de su amante.
El enlace, con subtítulos en italiano y castellano está interpretado por la soprano Stefania Bondadelli y el tenor Scott Piper.


Seguro que casi todos los que leéis estas líneas os traerá a la memoria la escena de Pretty Woman (dirigida por Garry Marshall, 1990)en que Richard Gere lleva a una representación de La Traviata a una Julia Roberts que jamás ha asistido ni ha pasado por su cabeza asistir a ninguna ópera.


Las frases con que el protagonista explica en off la sensación que se tiene al asistir por primera vez a una ópera son muy certeras y generalizables, igual que las que ella pronuncia al terminar la función. Puede que no las utilicemos con esos términos, pero la sensación sí la tenemos.


Quizás la ópera más conocida de Umberto Giordano sea Andrea Chénier, una obra basada en un personaje real, el poeta que da título a la obra y que fue uno de los primeros seguidores de la revolución hasta que sufrió la persecución por parte de Robespierre y sus seguidores, siendo arrestado y condenado a muerte por el Tribunal Revolucionario de París.
A partir de estos datos históricos, Giordano crea una ópera verista que se estrenó en el Teatro Alla Scala de Milán en 1896. 
Ante la negativa de Chénier de entregar su arte a los aristócratas, Madeleine de Coigny, hija de condes, siente la admiración por el poeta que se va transformando en un amor entre dos mundos que se oponen de forma contundente e irremediablemente frontal. 
En el Acto III, uno de los intrigantes se acerca a Gerard, antiguo sirviente de los Coigny para decirle que Chénier está detenido y que lo empleará como cebo para que Madeleine llegue hasta él. Gerard duda, aunque se reafirma en sus postulados revolucionarios, aunque constatando para sí que sus celos y pasiones han sustituido los ideales que tenía en un primer momento, firmando el acta de acusación sobre el poeta. Al entrar en escena Madeleine, Gerard le cuenta cómo estaba enamorado de ella desde que era pequeña en una escena que va transformándose hasta que ella se ofrece a entregarse a él para salvar al poeta de la muerte.
El júbilo de Gerard queda reducido a la nada cuando ella entona La mamma morta, un aria desgarrada con una primera parte en que narra la muerte de su madre cuando incendiaron su casa y su soledad desde entonces, y una segunda parte, conmovedora que alcanza su clímax con Ah, io son l'amore, io son l'amore!, uno de los finales de arias más grandes y dramáticos del repertorio. Este final hace cambiar la actitud del antiguo sirviente que siente la injusticia que ha cometido y piensa en liberar a Chénier, ya que no puede librarlo de las redes del tribunal.


El enlace que nos acompaña muestra la intensa fuerza de este aria en una de las voces más grandes y personales de la historia de la ópera, María CallasLa Divina. En la grabación de audio con subtítulos en castellano está acompañada por la Orchestra Sinfonica Nazionales della RAI di Roma con la dirección de Tullio Serafin y pertenece al disco Maria Callas. Liebeslieder (Canciones de amor).


En ocasiones el cine utiliza la música de ópera para transmitirnos la misma sensación que se muestra en la obra original, introduciéndonos en la piel del personaje, su dolor, sus sentimientos. 
En Philadelphia (Jonathan Demme, 1993), Andrew Beckett, interpretado por Tom Hanks es despedido del bufete en que trabaja cuando se enteran que ha contraído el sida. Aunque ningún abogado quiere hacerse cargo de su demanda laboral, logra que Joe Miller (Denzel Washington) acepte su caso.
En la escena que nos acompaña, Hanks describe a Washington los sentimientos que le transmite el personaje de Madeleine mientras escucha el aria La mamma morta, llegando a una identificación total con el personaje. La interpretación del aria es la misma que acabamos de escuchar


Junto con La Traviata, las óperas Il trovatore (El trovador) y Rigoletto forman la Trilogia Popolare que Giuseppe Verdi estrenó entre 1851 y 1853 y que significó el alcance de la madurez creadora y su consagración definitiva. 
Il trovatore, que se estrenó en enero de 1851 dos meses antes de La traviata, se basa en la obra de teatro homónima del gaditano Antonio García Gutiérrez y es un drama que se sitúa entre Vizcaya y Aragón en el comienzo del siglo XV. 
Con libreto de Salvatore Cammarano, Il trovatore es una obra oscura que indaga en la idea de que el odio que engendra odio y absorbe y elimina cuanto se le oponga. Una gitana es acusada de embrujar al hijo del Conde de Luna, siendo quemada pese a su inocencia. En su suplicio pide a su hija Azucena que la vengue, aunque esta se altera al llevarla a cabo: rapta al hijo del Conde, pero lanza en su confusión a su propio hijo a las llamas. Al superviviente lo cría como a su hijo. En las luchas del poder, las tierras y sus habitantes están divididos entre seguir el Conde o al Duque. Manrico, al que ha criado Azucena entre gitanos, quienes luchan junto al Duque contra el Conde que defiende os intereses del rey. El amor por Leonora enfrenta a Manrico y al Conde que se entrega al primero. El Conde encarcela y hace ejecutar a su rival, desconociendo que es su propio hermano.


El Acto II se inicia en el campamento de los gitanos donde se canta uno de los coros más famosos de Verdi -evidentemente, tras el Va pensiero del Nabuco- el coro de gitanos Vedi le fosche notturne! (Ved el cielo infinito lanza su oscuridad). Tras el festivo coro con los yunques, la oscuridad envuelve a Azucena que ha criado a Manrico en la venganza a su madre. Una balada, Stride la vampa (Crepita la hoguera) se opone al coro alegre y festivo. En dos estrofas, Azucena evoca la pesadilla que la acompaña noche y día, mientras la música recrea el crepitar de las llamas envolviéndonos en su dolor. Al finalizar, como cerrando el círculo o el paréntesis que crea la gitana, vuelven las melodías del coro que se retira.
La mezzosoprano norteamericana Dolora Zajick interpreta la balada Stride la vampa en una producción de Il trovatore representada en el Meropolitan Opera House de Nueva York en 2011 con la dirección musical de Marco Armilliato.


¿Cómo llevar una obra tan trágica y una pieza tan oscura a la gran pantalla? Nos la podemos imaginar de distintas formas que realcen estos aspectos y los lleven a formar parte de dramas. O todo lo contrario.
En su inolvidable A night at the Opera (San Wood,1935), los Hermanos Marx destrozan despiadadamente Il trovatore, alrededor de una caótica representación en la parte final del film. Comentarios hechos al público que presencia la obra, carreras entre bastidores que acaban con persecuciones en el escenario, decorados de tela que suben y bajan y que acaban rasgados... Todo contribuye a la creación del caos que acompaña a Groucho, Chico y Harpo, unos artistas que apreciaban la música, como podemos recordar en las interpretaciones de Chico al piano y Harpo al instrumento que le da nombre artístico. 


Aquí tenemos el enlace que nos muestra este bendito despropósito de los Hermanos Marx en Una noche en la ópera, aunque nos quede claro si pertenece a la parte contratante de la primera parte o a parte contratante de la segunda parte.


Entre las óperas de Giacomo Puccini encontramos las últimas grandes obras del siglo XIX, pese a que se estrenaron en los primeros años del XX, pero marcaron el final de toda una época en la música italiana, antes de que llegaran a cambiarse los paradigmas musicales con autores como Stravinsky, Richard Strauss o Schönberg, por citar algunos compositores.
Madama Butterfly, La Bohéme o Tosca forman parte del repertorio actual y continúan llevándose a los escenarios cada temporada. Pero Puccini quiso añadir a su producción un grupo de obras cortas de un solo acto que se representaran juntas a las que denominó Il trittico y que Elvira Uttini recoge magistralmente en su apasionado blog en un La unidad en lo diverso: Il Trittico. De estas óperas, Il tabarro (El tabardo), Suor Angelica y Gianni Schicchi, inspiradas en cierta manera en la Divina Comedia de Dante, es la última la que ha tenido más recorrido.
Basada en un pasaje de la obra de el infierno de Dante que fue comentado de forma anónima en pleno siglo XIX, Puccini recrea en su obra la forma en que el pícaro Schicchi logra engañar y privar de su herencia a una rica familia, narrada de una forma amena y divertida.
La parte más conocida de esta ópera es una de esas arias que trascienden la obra a la que pertenecen y toman vida propia: O mio babbino caro (Oh, mi querido papaíto), una pieza en la que Lauretta intenta camelar a su padre, el propio Gianni Schicchi, para que, entre guiños, arrumacos y fingidas amenazas le deje casarse con su prometido.
La interpretación de este aria, también con subtítulos en castellano, está interpretada por la soprano británica Sally Mathews dirigiéndose a Alessandro Corbelli en el papel protagonista y la London Philharmonic Orchestra dirigida por Vladimir Jurowski en una grabación de 2005 de Puccini: Gianni Schicchi.


Si hemos apreciado tres formas diferentes de introducir la ópera en el cine, la primera mostrando el un contraste entre aficionados y entendidos y profanos; la segunda desde la total identificación de los sentimientos entre personaje y espectador, y la tercera con el más feroz de los destrozos, finalizamos esta publicación sobre la ópera en el cine con una suerte de postal.
En A Room with a view (Una habitación con vistas, James Ivory, 1985), basada en la novela homónima de E. M. Forster, el director norteamericano utiliza O mio babbino caro para acompañar unas imágenes que se mueven como una mezcla entre vistas de Florencia y una especie de flashback que recorre la relación entre los protagonistas. Otra forma de llevar la ópera al cine.
La voz de la grabación pertenece a la soprano neozelandesa retirada Kiri Te Kanawa, una de las grandes voces de las pasadas décadas.

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