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Nocturno de verano

Durante el verano las altas temperaturas, los días con sus amaneceres y puestas de sol ayudan a pausar nuestro ritmo y a relajar nuestras costumbres.
Son momentos de tomar unas vacaciones, acercarse a la playa, salir de viaje o, simplemente, de movernos por nuestra ciudad o pueblo con una mirada distinta y una mirada diferente a la habitual.
Es el tiempo en que se disfrutan de los largos y espectaculares atardeceres, observando, con menos prisa de la que estamos habituados a tener, cómo la tarde se va transformando en noche. Es momento de disfrutar, en compañía o solos, de la noche al aire libre, en la playa, la calle, un patio, una azotea o una terraza Sentir a lo lejos los ruidos que a diario nos invaden en nuestras rutinas tapándolo todo, cenar en buena compañía, tener una agradable conversación, escuchar música o leer un libro son placeres que podemos apreciar en las noches de verano.
Te propongo disfrutar de la tranquilidad que nos proporcionan las noches de verano con varios nocturnos en forma de textos y músicas que nos ayuden a disfrutarlos. Nos acompañan obras de Antonio Machado, Rubén Darío, José Ángel Buesa, Chopin, Borodin y Schubert. Si te gusta...¡Comparte, comenta, sugiere!


Dejarnos llevar por la noción de pausa, ralentizando el ritmo, con ropa cómoda, descalzándonos si podemos, nos permite sentir y disfrutar dentro de nuestras posibilidades de las noches de estío.


Esta publicación es de las escasas en este blog que no tiene música cantada. Para un nocturno de verano es prescindible utilizarla.
En música, los nocturnos son piezas que se interpretaban originalmente de noche, herederas de las serenatas con que se amenizaban esos momentos y que solían tener una melodía dulce y que solían ser instrumentales o vocales. Su tema no venía necesariamente inspirado por la noche, sino que era compuesta expresamente para la interpretación nocturna. Tras distintas serenatas como la conocida Pequeña Serenata Nocturna de Mozart, se considera a John Field el padre del nocturno romántico y quien le dio forma al incluir una melodía cantabile con un acompañamiento arpegiado
De entre toda la música de tipo clásico, los nocturnos más famosos y conocidos son los compuestos por Frédéric Chopin, que llegó a componer más de veinte obras con este título. 
La primera de estas obras es su Op 9, un conjunto de tes nocturnos compuestos entre 1830 y1832, publicados ese año y dedicados «á Mme Camile Pleyel». De los tres nocturnos, el segundo es una de las piezas más conocidas del compositor polaco, llegándose a utilizar con frecuencia en programas de televisión o películas de cine.

Torre de la Iglesia, La Palma del Condado
Escrito en una tonalidad de Mi bemol Mayor en forma de rondó, su estructura y su tiempo Andante conforman una pieza dulce y elegante.
Mientras la mano izquierda toca un suave acompañamiento, la derecha toca la melodía con una estructura fácil de seguir. Comienza con el tema principal (A) que se repite con algunas variaciones (A'); le sigue un tema segundo (B) más oscuro, al que sigue A', de nuevo B y A' hasta llegar a la parte tercera (C) de estructura más libre y sonido más dramático y adornado, terminando el intérprete con la indicación senza tempo (sin tiempo), en la que el compositor le da libertad de interpretación rítmica, finalizando con un acorde en la tonalidad de Mi bemol mayor. La estructura queda de la siguiente forma: A, A', B, A', B, A', C.
La interpretación de este Nocturno Op. 9 nº 2 de Chopin corre a cargo de la pianista ucraniana Valentina Lisitsa.
De esta pieza, como de las demás que nos acompañan, tienes al final la obra íntegra (en este caso los tres nocturnos) por si deseas escucharlos completos ahora o más adelante


En ocasiones, dirigir la mirada hacia un cielo que, salvo la contaminación lumínica, es el mismo que contemplábamos en nuestra infancia o en cualquier otro momento, nos hace evocar otros tiempos, otros lugares y otras sensaciones.

Imagen tomada de Pixabay
La vida de Antonio Machado en Soria, su contacto con la tierra, el paisaje y el alma castellanos contagiaron al poeta sevillano hasta expresar su hondura, su percepción de lo temporal, lo efímero y lo subjetivo que lo unían a su alma andaluza.
En una de sus obras más conocidas, Campos de Castilla, el propio Machado muestra sus inquietudes en el prólogo a la tercera edición: «Somos víctimas -pensaba yo- de un doble espejismo. Si miramos afuera y procuramos penetrar en las cosas, nuestro mundo externo pierde en solidez, y acaba por disipársenos cuando llegamos a creer que no existe por sí, sino por nosotros. Pero si, convencidos de la íntima realidad, miramos adentro, entonces todo nos parece venir de fuera, y es nuestro mundo interior, nosotros mismos, lo que se desvanece».
Esa mirada evocadora al interior, desde el exterior de la visión de un pueblo una noche de verano, nos acompaña en este poema suyo de Campos de Castilla


Sentir en el silencio la respiración o el latido del corazón nos hace aflorar la sensibilidad en el sosiego de las noches de verano. Es el momento en que nos permitimos, aunque sea por un instante, que el tiempo no avance, que se vuelva eterno.

Ilustración de Enrique Ochoa para El canto errante de Rubén Darío
Alexander Borodin compaginó su carrera científica -estudió química, impartió clases en la Academia Médico Quirúrguica de San Petersburgo y publicó diversos trabajos sobre investigaciones científicas- con la musical, formando parte del Grupo de Los Cinco con Balákirev, Cui, Musorgski y Rimsky-Jorsakov.
Por ese motivo, su producción no es amplia, dejando sus composiciones para periodos de vacaciones, dilatando en el tiempo su finalización y quedando algunas de ellas sin finalizar.
Entre sus obras destacan la ópera El príncipe Ígor, tres sinfonías, obras orquestales como En las estepas de Asia central y diversas composiciones de música de cámara, obras para piano o para voz.
Nos acompaña su Cuarteto de cuerdas nº 2 en Re Mayor para dos violines, viola y chelo, una obra que compuso durante las vacaciones de verano de 1881 para celebrar el vigésimo aniversario de su relación con su esposa, la pianista Ekaterina Serguéievna Protipópova, a quien está dedicado.
El tercer movimiento de este Cuarteto de cuerdas uno de los momentos musicales más conocidos de Borodin. Descrito como Notturno, Andante, su tema principal muestra esta indicación hasta que unas modulaciones en la sección central interrumpen esta expresión sosegada. Vuelve el tema inicial en forma de canon, primero con el cello, después con el primer violín y finalmente con los dos violines hasta finalizar este delicado y nocturno movimiento.
La interpretación de este Notturno, Andante del Cuarteto de cuerdas nº2 de Borodin corre a cargo de Danbi Um y Sean Lee al violín, Paul Neubauer en la viola y David Finckel en el cello, en una grabación que se realizó en la sala Alice Tully Hall del Lincoln Center neoyorkino en noviembre de 2015 realizado por Ibis Productions.


En los nocturnos de verano la tranquilidad que alcanzamos nos evita los problemas con el insomnio. Acostarnos sin poder dormir nos genera una tensión que nos lleva a cuestionar nuestras dificultades, asuntos sin solucionar o inquietudes Acostarnos más tarde y más relajados es una forma de evitar esos momentos en que nuestro cuerpo y nuestra mente no van al mismo ritmo.

Eugene Jansson, Nocturno (1900), Museo de Bellas Artes de Gotemburgo
Uno de los máximos exponentes del modernismo literario en nuestro idioma, el poeta nicaragüense Rubén Darío (1867-1916) nos ha dejado obras que muestran su enorme imaginario estético como Azul, Prosas profanas o Cantos de vida y esperanza, unas obras que van más allá de la belleza de la métrica y la rima para profundizar en la reflexión.
Publicado en 1907, El canto errante recoge un conjunto de poemas divididos en tres apartados: Intensidad, Ensueños, Lira alerta. En las Dilucidaciones que el autor escribe a modo de prólogo, Rubén Darío finaliza manifestando que «la poesía existirá mientras exista el problema de la vida y de la muerte. El don de arte es un don superior que permite entrar en lo desconocido de antes y en lo ignorado de después, en el ambiente del ensueño o de la meditación».
En este sentido no acompaña su poema Nocturno perteneciente a la tercera parte del libro, Lira alerta, unos versos que muestran no el placer de la noche, sino ese infortunio del desvelo.


Los sonidos habituales que nos rodean, el tráfico, la televisión, el ruido de las calles, se vuelven menos perceptibles en las noches de verano y nos permiten oír otros que, ahogados por ellos, han desaparecido en nuestro entorno. 

Vincent van Gogh, Noche estrellada sobre el Ródano (1888), Museo D'Orsay
Franz Peter Schubert dedicó su corta vida a la música, componiendo e interpretando en la compañía de sus amigos y familiares, sin apenas encargos o mecenas que promovieran la difusión y conocimiento de su música fuera de los pequeños círculos en que se interpretaban. Así, llegó a componer una enorme cantidad de obras destinadas a este contexto: más de seiscientas canciones, multitud de obras para piano y obras para agrupaciones de cámara que él mismo solía interpretar con sus amigos.
Entre estas obras compuso en 1827 su Segundo Trío para piano en Mi bemol Mayor (publicado en 1828 como Op. 100, y en el catálogo que realizó Otto Erich Deutsch como D. 929, lo que indica la cantidad de obras que dejó sin publicar).
Este último trío para piano, violín y cello, compuesto meses antes de cumplir los treinta años, es una obra maestra rica en ideas temáticas, transformaciones constantes y delicados detalles que se van sucediendo a lo largo de la partitura. Es grandioso en su extensión (casi cuarenta y cinco minutos) y en su novedosa concepción y profundidad en el desarrollo de los temas, siendo una de las piezas que se interpretaron en el único concierto público que se dio en vida con sus obras, además de ser la única que se publicó en ese tiempo fuera de Austria.
Nos acompaña en este nocturno de verano su segundo movimiento catalogado como Andante con moto. Este movimiento lento se inicia con las notas del piano al que sigue una marcha sombría y equilibrada, una suerte de lamento del cello en tono menor. Le sigue un segundo tema que oscila hacia una calidez brillante y serena que se transforma en un motivo épico e inolvidable. En dos ocasiones se transforma en un tema ardoroso y apasionado hasta diluirse y enfriarse en la marcha inicial contenida e inflexible con que finaliza el movimiento.

La interpretación corre a cargo deTrio Wanderer formado por Vincent Coq al piano, Jean-Marc Phillips-Varjabédian en el violín y Raphaël Pidoux en el cello, en una grabación para Voyage d'hiver realizada por Jean-Pierre Barizien para CLC Productions en 2007.


Contemplar la lejanía en los nocturnos de verano mirando a la inmensidad del cielo, desde que comienza a matizar los colores al anochecer hasta el azul profundo de la noche; observar desde la playa el paisaje del mar que se pierde en la lejanía más allá del profundo rumor de sus ondas, escrutando las luces lejanas nos ayudan a sentirnos mejor con nosotros mismos.

Imagen tomada de Pixabay
José Ángel Buesa (1910) es uno de los poetas neorrománticos de Cuba, con un tono melancólico en sus obras de tipo elegíaco. La popularidad que alcanzó se debía a la sensibilidad y enorme claridad de su obra, al alcance de la mayoría de lectores que lo calificaban como «el poeta enamorado». Tras una etapa de producción fecunda hubo de abandonar Cuba comenzando un exilio por España, El Salvador y la República Dominicana, donde ejerció como catedrático de literatura donde falleció en 1982.
Publicó una veintena de obras poéticas, algunas de las cuales llegaron a recopilarse en diversas antologías. 
Finaliza este nocturno de verano con Nocturno V, uno de los casi diez poemas con este título que escribió y que se encuentra recogido en Nada llega tarde. Antología poética, una de esos poemarios recopilatorios. Se trata de una reflexión casi filosófica al hilo de la noche, pausando el movimiento, el tiempo y la existencia.

Que los nocturnos de verano te sean propicios.

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Contenido extra: Playlist de los nocturnos completos:

Si deseas prolongar estos nocturnos de verano te propongo versiones de las tres obras completas. Puedes escucharlas ahora o dejarlas para otra ocasión en que tengas la oportunidad de escucharlas. 

Nocturnos nº 1, 2 y 3 (Op. 9) de Frédéric Chopin.
Nocturno nº 1 en Si bemol menor, interpretado por Ola Gurevich.
Nocturno nº 2 en Mi bemol mayor, por Frank Levi
Nocturno nº 3 en Sí mayor, por Huan He.


Cuarteto para cuerdas nº 3 de Alexander Borodin.
Interpretado por el Esmé Quartet formado por Wonhee Bae (violín I), Yuna Ha (violín II), Jiwon Kim (viola, sustituida desde 2023 por Dimitri Murrath) y Yeeun Heo (cello). La grabación tuvo lugar en el Seoul Arts Center Concert Hall en junio de 2022 para SBS.
Los movimientos son:
I- Allegro moderato.
II- Scherzo, Allegro.
III- Notturno, Andante
IV- Finale, Andante - Vivace.


Trío con piano nº 2 en Mi bemol mayor (Op. 100, D. 929)
Interpretado por Isabelle Faust (violín), Sol Gabetta (Cello) y Kristian Bezuidenhout (piano) en el Solsberg Festival 2021, producido por Johannes Bachmann y con la toma de sonido a cargo de Joél Cormier.
Los movimientos son:
I- Allegro.
II- Andante con moto.
III- Scherzo, Allegro moderato. Trío.
IV- Allegro moderato.


Bibliografía y webgrafía consultadas:

¡Bienvenido, otoño!

¡Delicioso otoño! Mi alma está muy apegada a él, si yo fuera un pájaro volaría sobre la tierra buscando los otoños sucesivos.
George Elliot

Con rigurosidad y puntualidad astronómica, cada 21 de septiembre se produce el equinoccio de otoño en el hemisferio norte, coincidente con el de primavera en el austral. Son días equivalentes, convergentes y con idénticas connotaciones de duración e inclinación del eje en ambos mitades terrestres, pero que marcan un devenir divergente en el tiempo que le sigue: mientras en la zona boreal del planeta los días se acortan hasta llegar al solsticio de invierno, en la zona austral aumentan hasta el solsticio estival, cada uno de ellos con sus consecuencias asociadas.
Aunque comience el otoño astronómico y los días se vayan acortando, las características que lo acompañan como temperaturas menos cálidas, mayor frecuencia de precipitaciones o la paulatina caída de las hojas en los árboles de follaje caduco no siguen, en ningún caso, un calendario regular.
Sabemos que una de las características del tiempo atmosférico es la irregularidad y que, con el cambio climático que se está produciendo por la acción de los seres humanos, esta irregularidad se acentúa y radicaliza aún más con fenómenos atmosféricos inusualmente potentes.
Nuestra atención pretende detenerse en esta ocasión en cómo recibimos a la estación entrante, cómo la percibimos a través de nuestros sentidos o nuestras emociones, centrándonos en ella o en el camino que finalizará en el invierno. 
Te propongo una mirada al otoño y las sensaciones que nos evoca a través de obras de autores como Machado, Benedetti, Schubert, MahlerThoreau y Pfitzner. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!


Después de un verano que viene marcado por las altas temperaturas y la época en que con mayor asiduidad se desarrollan las vacaciones, la llegada del otoño supone un regreso a la rutina y los horarios habituales. Poco a poco se irán produciendo cambios en la vegetación, tanto la que se haya en plena naturaleza como la que nos acompaña en las calles, plazas y parques de nuestras ciudades. Una mirada atenta nos facilitará la admiración de estos cambios.
Henry David Thoreau cambió radicalmente cuando decidió abandonar la vida que llevaba e instalarse en una pequeña cabaña construida por él mismo en el pantano de Walden, cerca de su natal Concord en el estado de Massachussets. Allí buscó simplificar su vida y dedicar todo el tiempo a la contemplación de la naturaleza y la escritura. Fruto de esta experiencia surgieron libros como Una semana en los ríos Concord y Merrimack, Walden o Autumnal Tints (Colores de otoño) o La desobediencia civil, un rechazo a pagar impuestos por la esclavitud que se practicaba en el país y que lo llevó a la cárcel.
Colores de otoño (1862) es un libro singular en el que Thoreau muestra al lector toda la belleza y la riqueza que nos aporta la naturaleza. De él y la experiencia del escritor estadounidense tratamos en Los colores del otoño, una mirada a la variedad y riqueza que la naturaleza, de forma especial la otoñal, nos ofrece.


Nacido poco después de publicar su libro Thoreau, Hans Erich Pfitzner fue un compositor, pianista y director de orquesta ruso que desarrolló la mayor parte de su vida profesional en Alemania, hubo de abandonar el país por su oposición al nazismo, finalizando su existencia en Salzburgo en 1949.


De carácter un tanto tosco para las relaciones sociales y prácticamente olvidado en la actualidad, estuvo influido por la obra de Wagner, compuso algunos conciertos para piano, violín o violonchelo, sinfonías, obras de cámara y varias óperas entre las que destaca Palestrina, considerada su obra maestra y por la que es recordado.
Además, compuso casi medio centenar de lieder entre los que traemos Herbstbild (Imagen de otoño), un lied de 1907 para voz de tenor o soprano basado en un poema de Friedrich Hebbel que nos ofrece, como su título indica, una instantánea de un día otoñal centrado en lo que denomina «la fiesta de la naturaleza.»


La interpretación de Herbstbild corresponde al tenor alemán Christoph Prégardien acompañado al piano por Michael Gees en un audio grabado en 2001 para Naxos of America.

La rutina nos trae y nos lleva, nos pone una suerte de gafas que sólo nos permiten ver lo que tenemos delante y el lugar hacia el que nos encaminamos, sin tiempo para derivar nuestra mirada a lo que nos rodea, a los cambios que se producen a nuestro alrededor.
Busquemos los momentos en que podamos apreciar las sensaciones que nos producen en este tiempo cambiante.
En Campos de Castilla, Antonio Machado dedica uno de sus poemas al pintor Julio Romero de Torres. Amanecer en otoño refleja esas mañanas, imprescindibles y necesarias, para buscar en algunas de las fechas en las que tenemos la posibilidad de apreciar como surge el día.


En ocasiones, el otoño está revestido de un halo de tristeza provocado, indudablemente por el acortamiento de los días, la paulatina desaparición de la luz y el anuncio del cercano invierno que se traduce en obras cercanas a la melancolía que nos puede acompañar.


Escrito en su último año de vida (1828), Franz Schubert utilizó un texto del crítico musical berlinés Ludwig Rellstab, que había visitado en Viena a Beethoven varios años antes con la intención de colaborar en alguna obra. Al parecer, envió al músico de Bonn algunos poemas inéditos suyos para que los llevara al pentagrama y Schindler los derivó a Schubert tras su muerte. Así surgió, entre otros, Herbst (Otoño), un lied que se adecúa al estado emocional del compositor en sus últimos meses de vida, acosado por la enfermedad y que siente el otoño como un tiempo que le acerca al momento en que se marchita la flor de la vida.


El inigualable especialista en lieder Dietrch Fischer-Dieskau interpreta este lied, catalogado como D 945 con el acompañamiento al piano de Alfred Brendel en una grabación de 1983 para Universal Music Group.


Durante mucho tiempo, hasta la edad media, el otoño se consideraba un mero tiempo de paso hacia el invierno, una época cuyo significado fue creciendo con la enumeración de faenas y tareas que se realizaban en el tiempo tanto en los momentos de la recolección de algunos frutos y cosechas tras el verano, como de la preparación para el invierno cercano. 
En un mundo cada vez más alejado de estas labores en el entorno natural, el otoño se ha visto también como una metáfora de la vida, unos años previos al invierno de la vejez, una etapa de tránsito cuya importancia radicaba precisamente en esa espera.
No dejemos que estas ideas impregnen de melancolía los días que se acortan, las temperaturas que dejan de ser exageradas o las precipitaciones que vuelven -o deben volver-, sino que acojamos con ilusión renovada los detalles, los momentos, las sensaciones que el otoño nos ofrece.

En Insomnio y duermevelas, el poeta uruguayo Mario Benedetti nos invita a aprovechar aquello que el otoño nos ofrece antes de la llegada del invierno, pensando lógicamente en los meses de marzo, abril y mayo del hemisferio austral, pero que podemos y debemos acoger en nuestro tiempo de otoño. 


Nuestra última mirada al otoño rebosa de melancolía y soledad, pero se desarrolla plena de la belleza y la sensibilidad que caracterizan a su autor.
Todo comenzó cuando Theobald Pollack regaló a Gustav Mahler el libro Die chinesische Flöte (La flauta china), una recopilación de antiguos poemas del país asiático del que el compositor seleccionó algunos de ellos y los publicó al año siguiente con el nombre de Das Lied von Erde (La canción de la Tierra), un ciclo que acabó formado por seis de esos poemas en una composición para orquesta y dos cantantes.


Escrita en uno de los momentos más trágicos de su vida, cuando acababa de fallecer su hija mayor, cuando cesó en su cargo de director de la Ópera de Viena y fue diagnosticado de una enfermedad del corazón que acabaría con su vida pocos años después, La canción de la Tierra es una obra dividida en seis movimientos, cada uno de ellos formado por una canción que funciona como un gran conjunto y que también puede interpretarse cada una de sus partes independientemente.
En su orquestación, Mahler incluyó algunos rasgos como el uso de la escala pentatónica o la utilización de algunos instrumentos propios del país oriental.
El segundo de los movimientos, Der Einsame im Herbst (El solitario en otoño) se basa en versos de Tchang-Tsi, el más conocido poeta errante de la dinastía Tang que vivió en el siglo VIII y se interpretan con el tempo Etwas Schieichend Ermudet (algo así como Ligeramente arrastrándose), una indicación que refleja el sentimiento y estado de ánimo que acoge al solitario protagonista y que, indudablemente, era compartido por el propio compositor. 


La contralto Anna Larsson interpreta este segundo movimiento de La canción de la Tierra de Mahler acompañada por la Royal Concertgebouw Orchestra de Leipzig dirigida por Fabio Luisi en una interpretación que se grabó en la ciudad alemana en mayo de 2011.

Feliz otoño.

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Bibliografía y webgrafía consultadas:

Cosas de niños

Con frecuencia adjudicamos a los niños el papel de que aún no son personas capaces de razonar o captar la dimensión de lo que ocurre a su alrededor. Cierto es que, en muchas ocasiones, tampoco nosotros somos capaces de hacerlo y nos movemos alrededor de mensajes o ideas estereotipados que recibimos a través de distintos grupos de opinión.
Pensamos también que los más jóvenes sólo poseen virtudes como la inocencia, una visión del mundo no matizada por la visión más completa y perfecta de los adultos y una enorme capacidad lúdica para enfrentarse a su existencia. Todas estas capacidades, que en ocasiones cuestionan el mundo de los adultos, las van perdiendo con el paso del tiempo, en parte por la comprensión de un mundo más razonado y global; por otra, por imposiciones conscientes o no de los adultos.
Esa frescura en las ideas, la inocencia en los argumentos y pensamientos, la originalidad con que plantear visiones ante situaciones que les rodean, la forma de percibir el mundo de manera diversa y original con el pensamiento lateral o la creatividad cuando se enfrentan a la resolución de situaciones tienen una importancia vital en el desarrollo personal de los niños.
Todos estos casos vienen avalados por estudios y descubrimientos recientes como en el caso de las inteligencias múltiples de Howard Gardner o en el campo de disciplinas como la Neurociencia, por citar algunos ejemplos.
No hace falta siquiera mirar atrás para descubrir con qué razón, con qué capacidad de comprensión y asimilación se han enfrentado los más pequeños a las situaciones extremas que se están viviendo en este tiempo. La misma situación extraordinaria la están viviendo personas ancianas, jóvenes, maduras y niños, con la misma novedad para todos y sin que se haya dejado ver que los más pequeños no han sido capaces de adaptarse a ella, en líneas generales, como los demás.
Pero esta inocencia y forma de estar en el mundo se pierde y, con el paso del tiempo, se añora. En muchas ocasiones los autores han echado la vista atrás para recordar con una mezcla de rabia, desilusión o ternura los momentos en que dejaron de ser niños para situarse en el mundo de los adultos, este mundo tan incomprensible e indescifrable que, apenas intuimos entender, se torna más complejo aún.
Te propongo una mirada a algunas obras en que sus autores volvieron la vista hacia la infancia para recordar o intentar recuperar lo que fue y significó para ellos. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!


  
La primera mirada nos sitúa de lleno en la situación de partida. Pocos libros hay en los que esa visión de la infancia sea tan potente y fundamental como en Le Petit Prince (El Principito). Antoine de Saint-Exupéry nos ofrece una obra donde la inocencia es el centro, el punto de vista fundamental para seguir la historia. Gracias a este inolvidable Principito sabemos que sólo con el corazón se puede ver bien, que lo esencial es invisible para los ojos, y que nos descubre cosas tan importantes como que "únicamente los niños aplastan su nariz contra los vidrios." Es un libro fundamental, no para leer, sino para degustar y acercarlo al corazón. 
Mas la presencia en esta reflexión viene por sus primera palabras. La dedicatoria de El Principito nos acerca a ese momento en que no pensamos en lo que somos, sino en lo que fuimos.



Natural de Vitoria, Jesús Guridi es uno de los grandes autores vascos y españoles de la primera parte del siglo XX. Procedente de una familia con antecesores musicales, sus padres buscaron que se centrara en los estudios, aunque permitieron que desarrollara su afición tras cumplir con sus obligaciones académicas. Tras varios cambios de residencia por motivos económicos, fue en su estancia en Bilbao cuando comenzó a dedicarse de modo más serio a sus estudios musicales, que continuaron en París.
Autor de una gran cantidad de obras relacionados con el folclore se su tierra natal, entre sus obras destacan las óperas Mirentxu y Amaya y zarzuelas como La meiga y, sobre todo, El caserío, la más popular de todas.
La obra que nos acompaña es Seis canciones infantiles, publicadas en 1946 con letras de Jesús María de Arozamena. En ellas los autores centran su atención en la miradas con que los niños se acercan a diversos acontecimientos o circunstancias, pero siempre bajo la visión y reflexión de un adulto.
Cazando mariposas, Otra vez la primavera, La princesa cautiva, Cuando sea abuelo, La vacación y El idioma extranjero son las canciones que forman esta obra.
Con la interpretación, solo de audio, de la Escolanía Samaniego de Vitoria bajo la dirección de Antton Lete, escuchamos Cazando mariposas, una canción que nos sirve para enlazar con la publicación anterior de este blog.



Uno de los grandes escritores y experimentadores del lenguaje literario del siglo XX fue el irlandés James Joyce. Autor de Dublineses, una colección de cuentos con temática relacionada con su país de origen publicado en 1914 y del que John Huston adaptó el relato Los muertos para realizar su última película con el título de la colección, Joyce publicó Retrato del artista adolescente dos años más tarde. Su libro más conocido es Ulises (1922), un homenaje a la Odisea de Homero en el que narra la vida de su protagonista Leopold Bloom durante las veinticuatro horas de un día, el 16 de junio de 1904.
En Retrato del artista adolescente, Joyce crea un relato con tintes autobiográficos alrededor de su alter ego Stephen Dedalus y su paso por la infancia y adolescencia hasta llegar a ser quien es. En esta novela, el escritor irlandés comienza a utilizar algunos de los recursos que llevará más adelante su obra, el monólogo interior, un acercamiento al fluir de los pensamientos tal como surgen en nosotros, a base de imágenes que aparecen, se desarrollan, cambian por nuevos intereses o distracciones y desaparecen conformando una amalgama que le lleva a escribir páginas completas sin ningún tipo de puntuación ni reglas gramaticales. 
Tras el apogeo del desarrollo de esta temática en el Ulises, Joyce siguió investigando y experimentando por caminos que le llevaron cada vez más hacia una escritura menos inteligible y, por supuesto, casi intraducible fuera del inglés con obras con Finnegans Wake (1939). 
El lenguaje de Retrato del artista adolescente va evolucionando a la vez que lo hace su protagonista Stephen Dedalus, tanto en la construcción de frases como en la generación de imágenes y pensamientos cada vez más complejos conforme lo hace la mentalidad de su protagonista.
Así, con este lenguaje como de relato infantil comienza la obra.



El gran pianista y compositor Robert Schumann compuso su ciclo de canciones Kinderszenen (Escenas de niños, Opus 15) cuando contaba veintiocho años. En aquel momento estaba ya enamorado de Clara Wieck una virtuosa del piano de 16 años e hija de su profesor Friedrick Wieck, quien, al saberlo la envió de gira para alejarla del compositor. Como sabemos, la relación entre ambos finalizó con un enlace que Clara supo hacer llegar más allá de la enfermedad mental que acabó con el compositor.
A ella y no a ningún niño está dedicada esta obra que representa una mirada hacia la infancia desde la óptica de un adulto, un poeta y compositor capaz de entrar en el mundo fantasioso e inocente de los niños.
La obra original estaba formada por treinta pequeñas piezas que el propio autor dejó finalmente en trece. Todas ellas tienen un título que la identifican con algún momento o detalle de la infancia y conllevan una dificultad interpretativa que deja claro en todo momento que esta obra supone una mirada o interpretación de los adultos hacia el mundo de los niños.



Las piezas, que se siguen ininterrumpidamente, y el momento aproximado en que comienzan son:
  1. Extraños países y personas, 00:00. 
  2. Un cuento divertido, 01:39.
  3. El hombre del saco, 02:43.
  4. El niño mimado, 03:58.
  5. Bastante feliz, 03:58.
  6. Un acontecimiento importante, 05:09.
  7. Ensueño, 05:59.
  8. En la chimenea, 08:59.
  9. Caballero en caballo de madera, 09:51.
  10. Un poco serio, 10:27.
  11. Espantoso, 12:03.
  12. Niño adormecido, 13:36.
  13. El poeta habla, 15:29.
Esta última forma una suerte de epílogo donde podemos intuir la mirada hacia el mundo de los niños del propio compositor.
Carlo Balzaretti interpreta al piano esta Kinderszenen de Robert Schumann.




En multitud de ocasiones Antonio Machado dirigió también su mirada al mundo de la infancia. Para él, era un mundo perdido con la madurez, irrecuperable y, en cierto modo, una imagen de la situación en que se encontraba la sociedad de nuestro país. Así, su mirada es severa, agria, desencantada y tremenda en muchas ocasiones. Es difícil encontrar cierta mirada libre de desengaño en que sólo aparezca la  evocación del pasado perdido.



Quizás sea en Pegasos, lindos pegasos donde su mirada se acerque más a esa evocación a la infancia por sí misma.



También George Bizet, el autor de Carmen, dedicó un álbum a la evocación de los recuerdos infantiles. La obra, con clara influencia de la obra de Schumann la tituló Jeux d'enfants y fue compuesta originalmente para piano a cuatro manos en 1871, el año en que supo que iba a ser padre. Más adelante realizó una orquestación de cinco de los doce números que la forman para realizar una Petite Suite y, una vez fallecido el autor, fueron orquestadas el resto de piezas.
La última de estas composiciones, Le bal (La pelota) es un galop que quizás sea la pieza más conocida de esta obra.
La interpretación corresponde a una actuación que se llevó a cabo en el Seoul Arts Center de la capital surcoreana en febrero de 2015 con la interpretación de Sun-Young y Minna Han


Richmal Crompton moldeó uno de esos personajes que reflejan la infancia con la creación de William Brown, un personaje que, entre nosotros se conoció con su nombre vertido al castellano, Guillermo Brown. Publicado por primera vez en la década de 1920 cuando su autora se dedicó a escribir tras perder el uso de una pierna por una poliomielitis en su edad adulta, las aventuras de Guillermo Brown y su grupo Los proscritos llenaron de imaginación y rebeldía a varias generaciones, alcanzando éxito en la España de los años cincuenta, sesenta y setenta del siglo pasado. 



Estas aventuras de Guillermo Brown rezumaban una ironía, provocaban unas situaciones caóticas y divertidas que acababan poniendo patas arriba las estructuras de la sociedad en que vivían. Acompañados siempre con las ilustraciones de Thomas Henry, los casi cuarenta libros de la saga nos impresionaron e hicieron leer muchas horas, vivir las aventuras de sus protagonistas, sentir su rebeldía a muchos, entre los que se encuentran escritores como Fernando Savater y Javier Marías.
Aquí no es tanto la mirada del adulto hacia el niño, sino la recreación de su mundo y su personalidad la que Crompton nos ofrece. Estas son las líneas iniciales que aparecieron publicadas en el primero de los libros Just William (Travesuras de Guillermo)  y en las que la escritora inglesa refleja el carácter del protagonista y revela el tono irónico que va a mantener durante todas las historias del personaje.
¿Hay algo más atractivo para un niño que las golosinas y caramelos?



Finalizamos con la última de las piezas que forman las Seis canciones infantiles de Jesús Guridi
No hay tema más recurrente para algunos niños que la poca funcionalidad que le ven a estudiar y conocer un idioma extranjero. Con esta idea y una serie de tópicos e incluso chistes infantiles, Guridi y Arozamena montan esta satírica, socarrona y divertida pieza final: El idioma extranjero. ¡Atentos a la letra!
La interpretación vuelve a corresponder a la Escolanía Samaniego de Vitoria con la dirección de Antton Lette.



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Bibliografía y páginas web consulatadas: