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La Navidad, Vanka y el abuelo

Ni en la más pesimista de nuestras pesadillas habíamos imaginado que el año 2020 se desarrollaría de esta manera.
No pensábamos que una epidemia de dimensiones bíblicas azotara a todo el planeta. No pasaba por nuestra mente que estaríamos semanas sin poder salir de casa. Nunca creíamos que se necesitarían salvoconductos como los que leíamos en las novelas decimonónicas para desplazarnos de un lugar a otro. Nunca llegamos a pensar que tantas, demasiadas personas, fallecieran o sufrieran las consecuencias de un nuevo virus. Aún no logramos comprender cómo una globalización que ya está presente en una gran cantidad de ámbitos de nuestra vida ha sorprendido a la comunidad científica y, de un modo muy especial, a los gobernantes para implementar una respuesta rápida y común a tan gran desafío. 
En un año tan difícil y trágico como ninguno otro no podemos pretender que la Navidad tenga las mismas circunstancias que la acompañan habitualmente: grandes celebraciones, reuniones familiares con muchas personas o la unión de varias generaciones con la presencia de abuelos y mayores. 
El respeto debe comenzar por no poner en riesgo y cuidar la salud de aquellos a quienes queremos, de manera especial a los mayores. 
En esta publicación nos acercamos a ellos en la figura de los abuelos, unas personas que aúnan la sabiduría de la experiencia con el cariño y la ternura que aportan los años, la esperanza frente a situaciones complicadas, ofrecen apoyo y generosidad sin pedir nada a cambio y se muestran cercanos desde cualquier distancia y situación.
Un annus horribilis como este no podría finalizar sino con un paseo literario y musical que abarca uno de los cuentos de Navidad ruso más triste y desesperanzado y una danza popular con la entrañable figura del abuelo en ambos. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!


Antón Pávlovich Chéjov tuvo una infancia dura. Su abuelo fue un siervo que ahorró cada cópec para poder comprar su libertad y la de sus cuatro hijos. Su padre abrió un pequeño comercio, fue director del coro parroquial, y terminó alcoholizado, maltratando a sus hijos, mientras de su madre los entretenía narrándoles historias de los viajes que hacía con su padre, un vendedor de telas. Tercero de seis hermanos, mientras fue estudiante de medicina en Moscú, compaginó sus estudios con la literatura, comenzando a escribir lo que llamó "cuadros humorísticos" en algunas revistas para mantener a su familia que se había trasladado a la capital.
Una vez terminada la carrera, continuó compaginando ambas actividades. "La medicina es mi esposa legal; la literatura, sólo mi amante", solía decir. 
Liberal, pragmático, altruista y agnóstico, Chéjov quizás sea el más occidental de los escritores rusos de su época, un partidario del progreso frente a las ideas del omnipresente Tolstoi. Dos frases suyas lo muestran: "Pienso que hay más amor a la humanidad en la máquina de vapor y la electricidad que en la castidad o el ser vegetariano." y "Comencé a creer en el progreso cuando era pequeño; no podía dejar de creer en él, porque la diferencia entre el tiempo en que me daban palizas y el momento en que dejaron de hacerlo era enorme".
En un tiempo de Navidad tan extraño como el de 2020, el más distinto de cuantos podemos recordar, nos acompaña uno de los relatos de Chéjov, Vanka, centrado en un niño de apenas 9 años y la carta que escribe a su abuelo en la Nochebuena.


Esa evocación que Vanka tiene nos acerca a la figura del abuelo. 
Desde el siglo XVII existe en Alemania una melodía folclórica llamada Grossvatertanz (Danza de abuelo), un baile que ha sufrido todos los cambios propios de este tipo de tradición, con la incorporación de textos que han ido cambiando con el transcurrir de los años.
La música se presenta en un modo tripartito con
-8 compases en tiempo de Andante.
-4 compases con otro tema en compás de 2/4 en Allegro con repetición.
-4 compases con un nuevo tema también en compás de 2/4 en Allegro con su repetición.
La más popular y tradicional de las letras fue escrita por Klamer Schmidt en 1794 y se imprimió en el Musenalmanach de Berlín de 1802, comenzando con estos versos:
Und als der Grosswater die Grossmutter nahm,
Da war der Grosswater ein Bräutigam
und die Grossmutter war die Braut
da wurden sie beide zusammen getraut
Wer weiss, wie das noch werden mag
wer weiss wie das noch kommt

(Y cuando el abuelo se llevó a la abuela, 
el abuelo era el novio
y la abuela era la novia
pues ya ambos estaban casados.
Quién sabe cómo puede ser esto todavía,
quien sabe cómo llegará)


Desde su creación en el XVII, tanto la melodía como la letra sufrieron los cambios propios de este tipo de canciones y bailes populares, siendo incorporados a algunas obras musicales. Robert Schumann la incorporó a su obra Papillons, Op. 2 en el último de los números que la forman, el nº 12, Finale.
En el enlace podemos seguir esta versión del pianista y compositor alemán en una versión que incluye la partitura.


Chéjov se abrió un nombre en la literatura con sus relatos cortos y algunas obras de teatro que triunfaron en los escenarios. A su primer gran éxito, Ivanov, le siguieron obras como La gaviota (que fracasó en su estreno, pero triunfó años más tarde), Tío Vania, Las tres hermanas o El jardín de los cerezos.
Pero donde realmente Chéjov desarrolla su creatividad de forma más contundente es en los relatos cortos, en los que introduce el monólogo de los personajes principales, una técnica que desarrollaría más adelante Joyce con el uso del monólogo interior en obras como Ulysses.
El final de la década de 1880 fue crucial en su vida. Además de su éxito con Ivanov en 1887, recibió el premio Pushkin con el que se consagraba en la literatura rusa. Su labor en favor de los necesitados no era solo una pose literaria. Durante una epidemia de cólera demostró su lucha a favor de los más desfavorecidos y miserables. Instalado en su dasha en las afueras de Moscú atendió a una veintena de aldeas próximas y, al llegar a casa, izaba una bandera roja para que los necesitados de cuidados supieran que había regresado y estaba disponible para atenderlos. En ese tiempo se contagió de tuberculosis, una enfermedad que padeció durante dos décadas y que provocó su fallecimiento a los cuarenta y cuatro años de edad.
Quizás evocando su propia infancia en el relato de Vanka, éste continúa su carta hacia su figura de referencia, su abuelo.


Una música popular como la Grosswatertanz, esta Danza del abuelo se llegó a cantar con sus varias letras y bailar al final de las celebraciones de bodas, llegando a conocerse como Kehraus o Barrido.
Además de Schumann en su Papillons, el violinista y compositor Louis Spohr llegó a utilizarla en una marcha para la boda de su mecenas el Duque de Sajonia-Meinningen
Al comienzo de este siglo, en 2003, el clarinetista y compositor Jörg Widmann la citó al comienzo de su Cuarteto de cuerda nº 3, Jagdquartett (Cuarteto de caza), en esta ocasión trastocando su sentido original y evocando la cacería que indica el título.
El enlace nos muestra este cuarteto de Widmann interpretado por The Hieronymus Quartet formado por Clémence de Forceville y Matia Gotman como violines I y II, Jenny Lewisohn con la viola y Vladimir Waltham al cello en una grabación que se realizó en febrero de 2017 en la Barenboim Said Academy de Berlín.


La obra de Chéjov no busca el fondo moral que preconizaba Tolstoi en sus obras ni la angustia que recorre cada libro de Dostoievski. No pretendía se un moralista ni el narrador se se haya por encima de su relato. "Un artista no debe ser un juez de sus personajes, sino que debe ser un testigo imparcial".
Pese al valor de sus relatos cortos, no les dedicaba mucho tiempo, a lo sumo un día, trabajando de forma más cercana a la crónica periodística que a la literatura, aunque su obra no está exenta de una carga lírica. Sus relatos, distintos y dispersos, son como teselas de un enorme mosaico que nos permiten vislumbrar la época y la sociedad en que vivió, con sus cambios, sus injusticias, sus incoherencias y sus frustraciones, situaciones que desembocarán en un siglo XX que, en cierto modo, aparecía ya en la obra de Chéjov mirándolas desde una óptica tolerante, humorística y tierna.


La tuberculosis que le acompañó durante dos décadas le ofreció la perspectiva de la muerte como un tema recurrente, no de manera trágica y cruel, sino con la visión de quien ha meditado sobre ella y la comprende, aprendiendo del valor de cada día y cada momento, sin recurrir a algo tan habitual como el "carpe diem", ese vivir el momento, sin pensar en el mañana en la búsqueda del placer momentáneo. Con serenidad Chéjov afrontaba cada momento, buscando el sentido de cada uno de ellos.



No sólo utilizó Schumann la melodía de Der Grossvatertanz en el número final de Papillons, sino que también la citó en otra de sus obras, Carnaval, Op. 9, una obra para piano en que se representaba a sí mismo, algunos amigos y compositores y a algunos personajes de la Commedia dell'arte como Arlequín o Colombina.
La última de las piezas, Marche dels Davidsbündler contre les Philistins (Marcha de la liga de David contra los filisteos) recoge algunas de las melodías previas de la obra junto con lo que él llama en su partitura un "tema del siglo XVII" que es de nuevo la Grossvatertanz con que representa a aquellos que apoyan las ideas antiguas que han quedado caducas, denominados por el autor como filisteos.
La gran pianista japonesa especializada en Mozart, Mitsuko Uchida interpreta esta marcha final del Carnaval recogida en su disco Schumann: Carnival/Kreisleriana de 1995.

 
Vanka se publicó en La Gaceta de San Petersburgo el día de Navidad de 1886 y quizás sea el cuento de esta época más triste y doloroso que exista. En primer lugar por la dureza del relato, pero de modo especial, por el mensaje que transmite y que va contra la tradición de tratar situaciones que se resuelven con una gran dosis de ternura y un final que se desencadena milagrosamente feliz.
Hay en Vanka una mezcla de la inocencia con la esperanza que se tropieza con lo imposible, mientras el espíritu navideño que suele animar estos relatos se encuentra aquí con una sutil crítica a su razón de ser.


Duele leer la historia de Vanka, aunque nos transmite un indudable deseo de ayudarlo. 
Su carta no tiene nada que ver con las miles que se envían en estas fechas, pero la mayor de las enseñanzas que podemos obtener de este particular relato navideño es la esperanza que se tiene con los abuelos, una relación distinta a la que se desarrolla con los padres, más alejada del día a día, propiciada desde la distancia y a la vez la cercanía que dan la experiencia, con más sabiduría y de una riqueza especial.


Pero la más conocida de cuantas versiones se han realizado de la Grossvatertanz pertenece a Peter Ilich Tchaikovsky que la introduce en el más famoso de sus ballets que transcurre precisamente durante una celebración de la Nochebuena. En su ballet El cascanueces, estrenado en 1892, el compositor ruso transcribe esta danza tras la cena familiar.
El enlace nos muestra una versión de El cascanueces perteneciente a una de las versiones que The New York City Ballet llevó al escenario hace unos años con la estética de la época en que se estrenó, llevada al territorio americano del fin del siglo XIX.

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Cosas de niños

Con frecuencia adjudicamos a los niños el papel de que aún no son personas capaces de razonar o captar la dimensión de lo que ocurre a su alrededor. Cierto es que, en muchas ocasiones, tampoco nosotros somos capaces de hacerlo y nos movemos alrededor de mensajes o ideas estereotipados que recibimos a través de distintos grupos de opinión.
Pensamos también que los más jóvenes sólo poseen virtudes como la inocencia, una visión del mundo no matizada por la visión más completa y perfecta de los adultos y una enorme capacidad lúdica para enfrentarse a su existencia. Todas estas capacidades, que en ocasiones cuestionan el mundo de los adultos, las van perdiendo con el paso del tiempo, en parte por la comprensión de un mundo más razonado y global; por otra, por imposiciones conscientes o no de los adultos.
Esa frescura en las ideas, la inocencia en los argumentos y pensamientos, la originalidad con que plantear visiones ante situaciones que les rodean, la forma de percibir el mundo de manera diversa y original con el pensamiento lateral o la creatividad cuando se enfrentan a la resolución de situaciones tienen una importancia vital en el desarrollo personal de los niños.
Todos estos casos vienen avalados por estudios y descubrimientos recientes como en el caso de las inteligencias múltiples de Howard Gardner o en el campo de disciplinas como la Neurociencia, por citar algunos ejemplos.
No hace falta siquiera mirar atrás para descubrir con qué razón, con qué capacidad de comprensión y asimilación se han enfrentado los más pequeños a las situaciones extremas que se están viviendo en este tiempo. La misma situación extraordinaria la están viviendo personas ancianas, jóvenes, maduras y niños, con la misma novedad para todos y sin que se haya dejado ver que los más pequeños no han sido capaces de adaptarse a ella, en líneas generales, como los demás.
Pero esta inocencia y forma de estar en el mundo se pierde y, con el paso del tiempo, se añora. En muchas ocasiones los autores han echado la vista atrás para recordar con una mezcla de rabia, desilusión o ternura los momentos en que dejaron de ser niños para situarse en el mundo de los adultos, este mundo tan incomprensible e indescifrable que, apenas intuimos entender, se torna más complejo aún.
Te propongo una mirada a algunas obras en que sus autores volvieron la vista hacia la infancia para recordar o intentar recuperar lo que fue y significó para ellos. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!


  
La primera mirada nos sitúa de lleno en la situación de partida. Pocos libros hay en los que esa visión de la infancia sea tan potente y fundamental como en Le Petit Prince (El Principito). Antoine de Saint-Exupéry nos ofrece una obra donde la inocencia es el centro, el punto de vista fundamental para seguir la historia. Gracias a este inolvidable Principito sabemos que sólo con el corazón se puede ver bien, que lo esencial es invisible para los ojos, y que nos descubre cosas tan importantes como que "únicamente los niños aplastan su nariz contra los vidrios." Es un libro fundamental, no para leer, sino para degustar y acercarlo al corazón. 
Mas la presencia en esta reflexión viene por sus primera palabras. La dedicatoria de El Principito nos acerca a ese momento en que no pensamos en lo que somos, sino en lo que fuimos.



Natural de Vitoria, Jesús Guridi es uno de los grandes autores vascos y españoles de la primera parte del siglo XX. Procedente de una familia con antecesores musicales, sus padres buscaron que se centrara en los estudios, aunque permitieron que desarrollara su afición tras cumplir con sus obligaciones académicas. Tras varios cambios de residencia por motivos económicos, fue en su estancia en Bilbao cuando comenzó a dedicarse de modo más serio a sus estudios musicales, que continuaron en París.
Autor de una gran cantidad de obras relacionados con el folclore se su tierra natal, entre sus obras destacan las óperas Mirentxu y Amaya y zarzuelas como La meiga y, sobre todo, El caserío, la más popular de todas.
La obra que nos acompaña es Seis canciones infantiles, publicadas en 1946 con letras de Jesús María de Arozamena. En ellas los autores centran su atención en la miradas con que los niños se acercan a diversos acontecimientos o circunstancias, pero siempre bajo la visión y reflexión de un adulto.
Cazando mariposas, Otra vez la primavera, La princesa cautiva, Cuando sea abuelo, La vacación y El idioma extranjero son las canciones que forman esta obra.
Con la interpretación, solo de audio, de la Escolanía Samaniego de Vitoria bajo la dirección de Antton Lete, escuchamos Cazando mariposas, una canción que nos sirve para enlazar con la publicación anterior de este blog.



Uno de los grandes escritores y experimentadores del lenguaje literario del siglo XX fue el irlandés James Joyce. Autor de Dublineses, una colección de cuentos con temática relacionada con su país de origen publicado en 1914 y del que John Huston adaptó el relato Los muertos para realizar su última película con el título de la colección, Joyce publicó Retrato del artista adolescente dos años más tarde. Su libro más conocido es Ulises (1922), un homenaje a la Odisea de Homero en el que narra la vida de su protagonista Leopold Bloom durante las veinticuatro horas de un día, el 16 de junio de 1904.
En Retrato del artista adolescente, Joyce crea un relato con tintes autobiográficos alrededor de su alter ego Stephen Dedalus y su paso por la infancia y adolescencia hasta llegar a ser quien es. En esta novela, el escritor irlandés comienza a utilizar algunos de los recursos que llevará más adelante su obra, el monólogo interior, un acercamiento al fluir de los pensamientos tal como surgen en nosotros, a base de imágenes que aparecen, se desarrollan, cambian por nuevos intereses o distracciones y desaparecen conformando una amalgama que le lleva a escribir páginas completas sin ningún tipo de puntuación ni reglas gramaticales. 
Tras el apogeo del desarrollo de esta temática en el Ulises, Joyce siguió investigando y experimentando por caminos que le llevaron cada vez más hacia una escritura menos inteligible y, por supuesto, casi intraducible fuera del inglés con obras con Finnegans Wake (1939). 
El lenguaje de Retrato del artista adolescente va evolucionando a la vez que lo hace su protagonista Stephen Dedalus, tanto en la construcción de frases como en la generación de imágenes y pensamientos cada vez más complejos conforme lo hace la mentalidad de su protagonista.
Así, con este lenguaje como de relato infantil comienza la obra.



El gran pianista y compositor Robert Schumann compuso su ciclo de canciones Kinderszenen (Escenas de niños, Opus 15) cuando contaba veintiocho años. En aquel momento estaba ya enamorado de Clara Wieck una virtuosa del piano de 16 años e hija de su profesor Friedrick Wieck, quien, al saberlo la envió de gira para alejarla del compositor. Como sabemos, la relación entre ambos finalizó con un enlace que Clara supo hacer llegar más allá de la enfermedad mental que acabó con el compositor.
A ella y no a ningún niño está dedicada esta obra que representa una mirada hacia la infancia desde la óptica de un adulto, un poeta y compositor capaz de entrar en el mundo fantasioso e inocente de los niños.
La obra original estaba formada por treinta pequeñas piezas que el propio autor dejó finalmente en trece. Todas ellas tienen un título que la identifican con algún momento o detalle de la infancia y conllevan una dificultad interpretativa que deja claro en todo momento que esta obra supone una mirada o interpretación de los adultos hacia el mundo de los niños.



Las piezas, que se siguen ininterrumpidamente, y el momento aproximado en que comienzan son:
  1. Extraños países y personas, 00:00. 
  2. Un cuento divertido, 01:39.
  3. El hombre del saco, 02:43.
  4. El niño mimado, 03:58.
  5. Bastante feliz, 03:58.
  6. Un acontecimiento importante, 05:09.
  7. Ensueño, 05:59.
  8. En la chimenea, 08:59.
  9. Caballero en caballo de madera, 09:51.
  10. Un poco serio, 10:27.
  11. Espantoso, 12:03.
  12. Niño adormecido, 13:36.
  13. El poeta habla, 15:29.
Esta última forma una suerte de epílogo donde podemos intuir la mirada hacia el mundo de los niños del propio compositor.
Carlo Balzaretti interpreta al piano esta Kinderszenen de Robert Schumann.




En multitud de ocasiones Antonio Machado dirigió también su mirada al mundo de la infancia. Para él, era un mundo perdido con la madurez, irrecuperable y, en cierto modo, una imagen de la situación en que se encontraba la sociedad de nuestro país. Así, su mirada es severa, agria, desencantada y tremenda en muchas ocasiones. Es difícil encontrar cierta mirada libre de desengaño en que sólo aparezca la  evocación del pasado perdido.



Quizás sea en Pegasos, lindos pegasos donde su mirada se acerque más a esa evocación a la infancia por sí misma.



También George Bizet, el autor de Carmen, dedicó un álbum a la evocación de los recuerdos infantiles. La obra, con clara influencia de la obra de Schumann la tituló Jeux d'enfants y fue compuesta originalmente para piano a cuatro manos en 1871, el año en que supo que iba a ser padre. Más adelante realizó una orquestación de cinco de los doce números que la forman para realizar una Petite Suite y, una vez fallecido el autor, fueron orquestadas el resto de piezas.
La última de estas composiciones, Le bal (La pelota) es un galop que quizás sea la pieza más conocida de esta obra.
La interpretación corresponde a una actuación que se llevó a cabo en el Seoul Arts Center de la capital surcoreana en febrero de 2015 con la interpretación de Sun-Young y Minna Han


Richmal Crompton moldeó uno de esos personajes que reflejan la infancia con la creación de William Brown, un personaje que, entre nosotros se conoció con su nombre vertido al castellano, Guillermo Brown. Publicado por primera vez en la década de 1920 cuando su autora se dedicó a escribir tras perder el uso de una pierna por una poliomielitis en su edad adulta, las aventuras de Guillermo Brown y su grupo Los proscritos llenaron de imaginación y rebeldía a varias generaciones, alcanzando éxito en la España de los años cincuenta, sesenta y setenta del siglo pasado. 



Estas aventuras de Guillermo Brown rezumaban una ironía, provocaban unas situaciones caóticas y divertidas que acababan poniendo patas arriba las estructuras de la sociedad en que vivían. Acompañados siempre con las ilustraciones de Thomas Henry, los casi cuarenta libros de la saga nos impresionaron e hicieron leer muchas horas, vivir las aventuras de sus protagonistas, sentir su rebeldía a muchos, entre los que se encuentran escritores como Fernando Savater y Javier Marías.
Aquí no es tanto la mirada del adulto hacia el niño, sino la recreación de su mundo y su personalidad la que Crompton nos ofrece. Estas son las líneas iniciales que aparecieron publicadas en el primero de los libros Just William (Travesuras de Guillermo)  y en las que la escritora inglesa refleja el carácter del protagonista y revela el tono irónico que va a mantener durante todas las historias del personaje.
¿Hay algo más atractivo para un niño que las golosinas y caramelos?



Finalizamos con la última de las piezas que forman las Seis canciones infantiles de Jesús Guridi
No hay tema más recurrente para algunos niños que la poca funcionalidad que le ven a estudiar y conocer un idioma extranjero. Con esta idea y una serie de tópicos e incluso chistes infantiles, Guridi y Arozamena montan esta satírica, socarrona y divertida pieza final: El idioma extranjero. ¡Atentos a la letra!
La interpretación vuelve a corresponder a la Escolanía Samaniego de Vitoria con la dirección de Antton Lette.



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Bibliografía y páginas web consulatadas:

Mirando las estrellas con los ojos cerrados

Las estrellas siempre están ahí, sobre nosotros, pero no las vemos. 
Si levantamos la cabeza, sobre el firmamento siempre se encuentran las estrellas. De día la luz nos impide verlas, pero se encuentran sobre nosotros. Aunque no lo pensemos, podemos sentirlas, saber que están ahí. 
De noche estamos perdiendo la capacidad para verlas. La luz de nuestras ciudades con la contaminación lumínica o la vida hacia el interior de los hogares o el distanciamiento de la naturaleza nos impiden disfrutar la maravilla de un cielo estrellado. 
Pero es más nuestra falta de ganas de verlas las que nos dificultan apreciarlas. Hoy brillan más las estrellas de neón, las cinematográficas o las musicales, las estrellas fugaces que pasean rápidas y veloces hasta apagar su caduco brillo en las televisiones de los hogares en una constante lluvia de estrellas que surgen y desaparecen.
Gozar de una noche divisando las estrellas, pararnos a admirar el firmamento, buscar unos ojos amigos y compañeros mientras paseamos los nuestros entre el fulgor de las constelaciones, sentir que bajo la cúpula celeste formamos una parte nimia e infinitesimal del universo, conforman una de las vivencias más sobrecogedoras que podemos experimentar.
Si no puedes llevarlo a cabo, te propongo un paseo desde tu casa, desde tu sillón, desde donde te encuentres, por las estrellas. Un paseo que surge de las experiencias que nos aportan algunos autores a través de sus libros y composiciones musicales. No se trata de un registro riguroso, sino de experimentar el placer que supone ver las estrellas cuando no puedes mirarlas, como con los ojos cerrados, desde el lugar donde estés. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!




Nuestra cultura proviene de civilizaciones anteriores. Uno de los primeros relatos, épico donde los haya, proviene de la literatura griega. En la primera gran epopeya de Homero, La Iliada, aparecen las primeras referencias a las constelaciones que pueblan la bóveda celeste, con los nombres que reconocemos desde hace varios milenios.
En el Canto XVIII, Hefesto, dios del fuego está encargado de realizar en las fraguas un escudo para Aquiles, entre cuyos adornos reconocemos aquellos grupos de estrellas y sus nombres que nos han hecho mirar al cielo en tantas ocasiones.



Richard Wagner nos acerca también a la mirada a las estrellas, en una de las óperas con las que configuró su universo. En el tercer acto de Tannhäuser, Wolfram entona un arioso, esa mezcla entre recitativo y cantado, seguido de una especie de himno al "lucero vespertino" (O du, mein holder Abendstern), una exquisita romanza donde el caballero identifica a su amada Elisabeth con la estrella del atardecer y le muestra su fidelidad más allá de la muerte. 



La interpretación de Michele Kalmandi con un escenario y vestuario austeros se grabó en directo en enero de 2008 y nos muestra la sensación melancólica a la par que romántica que Wagner nos transmite. Como curiosidad, en escena, Wolfram no lleva el arpa que suele portar en esta escena.



Perteneciente a una dinastía de escritores de origen polaco junto a su hermano Israel Joshua Singer y su hermana Esther Kreitman, Isaac Bashevis Singer publicó su novela Shosha en 1978, el año en que le concedieron el Premio Nobel de Literatura. 
Hijo y nieto de rabinos, toda su obra está escrita en jidish, el idioma de la comunidad judía del centro y este europeos, pese a vivir en Estado Unidos desde su exilio tras la guerra mundial.



En Shosha, Singer narra una historia de amor en la Varsovia de los años treinta, en la calle Krochmalna en la que creció el autor y centrada en la figura en la voz de su protagonista Aaron Greidinger y la relación que tiene con cuatro mujeres, y el recuerdo y aparición de nuevo en su vida de Shosha, una vecina y compañera de su infancia. Singer narra una historia dura en la que habla de la capacidad que tenemos para autoengañarnos y lo imprevisible que llegan a ser las conductas humanas en un libro que está cargado de un sentido del humor entre la tragedia de las vidas.
La mirada que el protagonista nos ofrece sobre una estrella, la misma que fijaba la atención de Wolfram en Tannhäuser, provoca otro tipo de razonamientos en la pluma de Singer.


Ningún autor se acerca a la genialidad de Franz Schubert en la composición de lieder. Con más de 600 de ellos, cada lied del compositor vienés lo define como uno de los más grandes especialistas en este tipo de obra. La tradición de composiciones cantadas en alemán evoluciona con su presencia hasta desprenderse de la brillantez del aria de ópera y alcanzar una sencillez marcada por la fusión entre el texto del poema y la forma que el autor le confiere, prescindiendo del virtuosismo del cantante y del instrumentista, casi siempre al piano, para entrar en la esencia del texto en que se basa.



De toda la producción de Schubert, el lied Abendstern (A la estrella del atardecer) también está dedicado al mismo lucero vespertino que las obras anteriores. Compuesto en 1824, el año en que comenzó a afectarle la enfermedad que le llevó en unos años a su prematura muerte, está basado en un poema de su amigo Johann Baptist Mayrhofer, un escritor aficionado con quien convivió durante algunos de sus años de penurias económicas y del que tomó casi medio centenar de poemas para musicar.



Nuestra mirada a esta estrella del atardecer se basa en una interpretación de Ian Bostridge, un interesante tenor inglés especializado en la obra de Händel y Britten y cuyas interpretaciones estoy comenzando a conocer a través del trabajo que sobre el Winterreise, El viaje de invierno de Schubert publicó Aurora Madariaga a quien podemos seguir en su perfil de Wattpad. Si tienes ocasión, no dejes de seguir los escritos de una enamorada de la música y la literatura como Aurora, poseedora de una voz rica y sensible y una beethoveniana irredenta.


El escritor japonés de referencia en la actualidad Haruki Murakami refleja en sus obras un rico mundo interior, onírico y creativo en que se reflejan el individualismo y la soledad imperantes en la sociedad actual y en el que los protagonistas superan esos condicionantes a través de experiencias intensas y personales.

En Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, una novela publicada en 1994, Murakami hace narrar a Tooru Okada su historia. En uno de sus recuerdos, el protagonista hace referencia a una experiencia infantil bajo la cúpula estrellada del cielo y el vértigo que le produjo.



La obra de Robert Schumann se circunscribe de forma general al piano del que llegó a ser un gran virtuoso y compositor antes de que los problemas mentales le retiraran del mundo de la música. 
La siguiente mirada musical nos acerca a las estrellas en general con una versión para coro a cuatro voces en un tono que sigue algunas de las sendas filosóficas que han aparecido en estas miradas.



El Universitäts Chor Munchen bajo la dirección de Johannes Kleinjung nos acerca A las estrellas (An die Sterne) en una actuación que se realizó en julio de 2010.



¿Qué relato o música, qué reflexión o evocación añadirías?

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