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Schubert, una vida inacabada

Hay personas que mueren jóvenes, demasiado jóvenes. 

Cuando una vida se trunca antes del tiempo que podríamos considerar habitual después de haber superado las distintas etapas de la vida, digamos que en la ancianidad tras haber sobrepasado el periodo de madurez, nos planteamos muchos interrogantes sobre qué podría haber sucedido en lo que le faltó por vivir a esa persona.
Si se trata de creadores, siempre nos queda la duda de qué obras podrían haber ideado, qué ideas nos habrían propuesto, cómo habrían llevado a un mayor grado de esplendor sus convencionalismos, normas o principios o cómo los habrían superado aportando nuevas técnicas y reglas mientras rompían con las anteriores.
Tanto a lo largo de la historia como de nuestras propias existencias tenemos conocimientos o experiencias de vidas truncadas que nos han dejado un poso de tristeza y amargura, de quedarnos con la duda de hasta dónde podrían haber llegado con más tiempo de vida.
El 31 de enero de 1797, hace ahora doscientos veinticinco años, nacía Franz Schubert, un compositor cuya vida se vio truncada en 1828 cuando contaba con sólo treinta y un años de edad, dejando una herencia musical amplia, pero con la certeza de que era tan sólo el comienzo de una gran obra.
Si consideramos a otros grandes compositores, ¿qué habían compuesto hasta esa edad? ¿Qué obras no habrían compuesto aún si hubieran fallecido con los treinta y un años de Schubert?
Beethoven sólo habría compuesto una serie de composiciones para piano y música de cámara y su Primera Sinfonía, dejándonos sin la mayoría de sus grandes obras. Mozart, otro genio que nos dejó también muy pronto, habría dejado su obra casi completa, pero no nos habría legado su Sinfonía 41, Júpiter, sus óperas Cossí fan tutte o La flauta mágica, además de su inconcluso Réquiem. Verdi, un ejemplo de longevidad, nos habría dejado Nabucco como su gran última ópera, privándonos de obras tan fundamentales en la historia de la música como Rigoletto, La traviata, Il trovatore, Simon Bocanegra, Otello, Aida o Falstaff. Mientras que a Bach lo conoceríamos por haber compuesto algunas obras para órgano sin mayor trascendencia en la historia de la música.
Cuando se cumplen 225 años del nacimiento de Franz Schubert, uno de esos genios que murieron jóvenes dejándonos un gran legado musical, te propongo unas reflexiones sobre su vida y su obra en tres movimientos, como algunas de sus obras. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!

Wilhelm August Rieder. Retrato con acuarela de Schubert (1825)

1º Movimiento: Allegro
Franz Peter Schubert nació en Himmelpfortgrund, cuyo nombre podríamos traducir como La puerta del cielo, un suburbio de Viena, siendo el duodécimo de los catorce hijos del matrimonio de Franz Schubert y Elisabeth Vietz. Su padre, un humilde maestro que tocaba el violonchelo, lo introdujo en el mundo de la música.
Con diez años compuso sus primeros temas, siendo por aquella época un niño corpulento, de cara redonda y cabello abundante y miope. Poco después entró a formar parte del Stadkonvikt, el Seminario Imperial, donde recibió clases de composición de Antonio Salieri en 1813, el año en que también ingresó en la Academia de Profesores de enseñanza para hacerse maestro en el año siguiente.

Crítico musical de The New Yorker, Alex Ross nos ha acompañado en este blog con alguno de sus dos grandes estudios sobre música y músicos, en los que cruza hacia uno y otro lado la sutil línea que une y separa los distintos tipos de música. En El ruido eterno o Escucha esto, Ross nos subyuga con su pasión por la música, sea del tipo que sea.
Nos acompaña en este Primer movimiento sobre Schubert con un texto extraído del capítulo dedicado al compositor en Listen to This (Escucha esto), donde, comenzando por sus inicios en el coro infantil y las enseñanzas de Salieri, el compositor alcanza una primera madurez a los diecisiete años. También se adentra Ross en las influencias y progresos que va alcanzando, citando uno de sus enormes valores, la creación de lieder, esas canciones que alcanzan con él su máximo esplendor, hasta reflejar los grandes ciclos de canciones, únicos hasta entonces, y que muestran lo más maravilloso del genio de Schubert. No deja Ross de manifestarnos una de las cualidades más particulares del compositor, su admiración incondicional mezclada con una timidez tremenda hacia la persona de Beethoven, a quien tanto admiró y a quien no fue capaz de acercarse en vida.


Aunque no se suelen conocer las fechas exactas de composición de la mayoría de obras, del lied Gretchen am Spinnrade (Margarita en la rueca) conocemos que fue compuesta exactamente el 19 de octubre de 1814 por la datación que añadió el propio Schubert.
Esta fecha ha servido para que algunos críticos y musicólogos afirmen que ese día se produce el «nacimiento del lieder alemán», una denominación ciertamente arbitraria y simple, ya que desde mucho antes se componían este tipo de canciones. Lo relevante en este caso es que, a partir de este momento, el lied deja de ser una composición de un género menor y ligero para entrar a adquirir la importancia y significación de pequeñas obras maestras que comenzaron a aparecer en reseñas de revistas musicales, entraron a formar parte de recitales más serios que los meramente particulares.
En Margarita en la rueca Schubert incorpora tres planos en la acción lírica y dramática. Por un lado, el canto que narra la historia que desarrolla el texto de Goethe en los ocho cuartetos. El segundo plano los forman las incesantes semicorcheas con que la mano derecha evoca el movimiento de la rueca, mientras el tercer plano muestra el sonido grave que señala en la mano izquierda el movimiento del pie sobre el pedal de la rueca. Así, la soprano va mostrando una creciente emoción desde las estrofas iniciales, deteniéndose esta al comienzo de cada estrofa hasta llegar al clímax con un grito en el verso que alude a la forma de besar, a partir del cual, continúa vacilante hasta el final de la canción.
La soprano neozelandesa Kiri Te Kanawa interpreta Greichen am Spinnrade, el D. 118, nº 2 de Franz Schubert acompañada al piano por Richard Amner con traducción al castellano de Rafael Minaya.


2º Movimiento: Presto furioso
Cuando Schubert falleció había compuesto más de mil obras, bien es cierto que la mayoría de ellas son lieder que en determinadas ocasiones le ocupaban apenas un día. Así, en las dos décadas que estuvo componiendo nos encontramos con muchas casi algunas obras intrascendentes para piano, seiscientas canciones, docenas de obras de cámara, algunas sonatas en las que modificó las estructuras clásicas del género, nueve sinfonías -incluyendo los esbozos de la que habría sido la séptima-, un número significativamente beethoveniano y ninguna de las cuales llegó a estrenar en vida, además de varias óperas que tampoco llegaron al público por los motivos argüidos por Alex Ross.
Schubert se erigió, con sus composiciones como el heredero de Beethoven y uno de los grandes reformadores de la música del clasicismo para alcanzar un lenguaje propio del romanticismo que invadió el siglo XIX a partir de su tercera década. 
Mas, cuando parecía encaminarse a una larga vida dedicada a la música, todo comenzó a truncarse alrededor de 1823, cuando Schubert comenzó a desarrollar una enfermedad que se mantuvo misteriosa para el público en general durante años y que no fue identificada y desvelada hasta décadas después de su fallecimiento.
En esta época, entre la adolescencia y hasta el resto de su vida, la amistad fue una de las grandes características y apoyos de Schubert. Sus amigos fueron su gran apoyo y ayuda en la ciudad en que transcurrió prácticamente toda su vida, le ayudaron a crear un ambiente en el que desarrollar su trabajo, proporcionándole textos, su voz en las composiciones, influencias para algunos conciertos e impresiones de sus obras, y, sobre todo, contribuyeron a recopilar, promocionar y preservar su obra una vez que hubo fallecido.
En los momentos en que se encontraba en situaciones económicas difíciles, sus amigos lo acogieron en sus casas, le proporcionaron papel para escribir cuando no tenía, lo introdujeron entre los círculos artísticos dándole a conocer a los músicos y editores de la ciudad y le brindaron, en definitiva, todo el apoyo que necesitaba.
Famosas fueron también las veladas que se organizaron alrededor de sus músicas, las famosas schubertiadas, unas celebraciones que aún tienen continuidad en muchos escenarios con sus obras.
Eran las schubertiadas reuniones íntimas de amigos dedicadas a las obras del compositor a las que invitaban a mecenas y artistas, reunidos en un clima informal y sociable en el que también se recitaban textos, se comía, bebía y bailaba. Hubo ocasiones en que se realizaban semanalmente, mientras otras se espaciaban más, siendo su número muy variable, entre unos pocos amigos hasta más de un centenar en ocasiones. Una vez fallecido Schubert continuaron realizándose en su nombre y en su memoria, llegando hasta nuestros días, en los que los distintos teatros y escenarios las organizan periódicamente.

Josef Abel. El joven Schubert hacia 1814

El segundo texto nos acerca a una biografía rigurosa y revisionista de las elaboradas desde finales del XIX y mitad del XX. Profesor de Historia de la Música en el Bard College de Nueva York, Christopher H. Gibbs es director ejecutivo de The Musical Quarterly, autor del estudio biográfico Vida de Schubert, además de dirigir, coeditar y participar en publicaciones y programas de música relacionados con diversos compositores y estilos musicales y ser el director musical de la Schubertiada de la Calle 92 de Nueva York.
El texto comienza con la desesperada carta que el compositor envía a uno de sus amigos en marzo de 1824 mostrando su desesperación ante una enfermedad que lo invadió meses atrás. Más adelante, Gibbs realiza algunas observaciones y comentarios sobre cómo afectó e influyó en el compositor, hasta terminar con los datos que aportó el que, posiblemente sea el mayor conocedor de la obra de Schubert, Otto Erich Deutsch, el catalogador de su obra y que da nombre y número a cada una de sus composiciones, los D que se corresponden con su apellido.

Compuesto un año después de Margarita en la rueca cuando Schubert contaba con dieciocho años, Der Erlkönig (El rey de los Elfos), D.328 fue otra de las canciones que encumbró al compositor entre los entendidos en música de Viena
Se trata de una de las obras propias de las schubertiadas y que alcanza el punto de oscuridad y acercamiento a la muerte que acompañará al autor desde un lustro después hasta su muerte.
El lied presenta a cuatro personajes (el narrador, el padre, el hijo y el Erlkönig) interpretados por el mismo cantante, aunque perfectamente reconocibles gracias a las características musicales que les otorga Schubert. El narrador canta en tono menor en un registro medio, el padre se desenvuelve entre un tono mayor y menor en una extensión vocal más grave, el hijo está en tono menor y un registro vocal agudo, mientras el Erlköning está en modo mayor a base de arpegios. En los diálogos entre los personajes el piano refuerza el acompañamiento a base de tresillos que evocan el trote del caballo. La complejidad de la composición hace recaer en el intérprete la creación del tenso clima de terror que viven los personajes.
Pese a que la interpretación es antigua no tiene desperdicio, ya que corre a cargo del que está considerado por muchos como el mejor cantante de lieder de la historia, Dietrich Fischer-Dieskau, en una grabación con subtítulos en castellano, en la que el barítono alemán consigue crear todos los matices indicados por el compositor de manera sublime y que nos ayuda a imaginar cómo se habría interpretado en las schubertiadas con el propio compositor al piano.
 

3º Movimiento: Adagio
En la década de 1860, treinta años después de su fallecimiento, el abogado Heinrich Kreissle von Hellborn, un apasionado de la música de Schubert al que no llegó a conocer, se embarcó en la tarea de crear una biografía del compositor. ¿Por qué razón nadie antes lo había realizado? En sus palabras «Schubert es tal vez un ejemplo único de gran artista cuya vida exterior no tenía afinidad ni relación con su arte. Tan sencilla y vacía de acontecimientos fue su vida, tan fuera de proporción con las obras que creó como un genio enviado por el cielo.» En estas palabras de la primera biografía del compositor vienés se deja entrever lo que se conocía en aquellos momentos de él, su música es fabulosa y excepcional, pero su vida es aburrida y anodina.
El dramaturgo y amigo de Schubert Eduard von Bauernfeld comentó años después del fallecimiento del compositor, según relata Christopher H. Gibbs en su obra biográfica:

«Dormía en Schubert una doble naturaleza. El elemento austriaco, burdo y sensual, se revelaba tanto en su vida como en su arte... Aparecía con excesiva violencia en el Schubert vigoroso y amante de los placeres; había también ocasiones en las que un demonio de alas negras, triste y melancólico se abría paso hasta llegar a su lado; cierto  que no era un espíritu totalmente malo, ya que en las horas oscuras y consagradas a la composición produjo a menudo canciones de la belleza más agónica. Pero el conflicto entre el gozo desenfrenado de vivir y la actividad sin descanso de la creación espiritual es siempre agotador cuando no hay equilibrio en el alma.»

Pese a la enfermedad, en sus dos últimos años de vida Schubert compuso cada vez mejor música, a la vez que comenzaba a ocupar algún espacio público, tenía un mayor reconocimiento y pudo comenzar a tener un éxito en su carrera. Aprovechando el hueco que había dejado Beethoven, sus obras comenzaron a tener éxito, él mismo contactaba con editores y empresarios e intentaba organizar algunos conciertos. 
El 26 de marzo de 1828, el día en que se celebraba el primer aniversario de la muerte de su idolatrado Beethoven, Schubert organizó un trabajo para la Academia de los Amigos de la Música, en el que presentó un programa compuesto por obras instrumentales con la idea de mostrar su capacidad de crear composiciones serias y complejas, un concierto que supuso un gran éxito para quien nunca había gozado del clamor del público y que le llevó a pensar en organizar otros similares cada temporada.
Estas ideas no se pudieron consumar, ya que el compositor fallecería ese mismo año.

Moritz von Schwind. Dibujo de una schubertiada (1865) en la que se reconocen a todos sus amigos

El último movimiento que nos acerca a la figura de Schubert procede del director de orquesta, promotor musical, divulgador y escritor Xavier Güell y su libro La música de la memoria, una novela que narra como si compositores de la talla de Beethoven, el propio Schubert, Schumann, Brahms, Liszt, Wagner o Mahler contaran al lector en primera persona las confesiones acerca de sus obras, intenciones, sentimientos o reflexiones.
Así, en el capítulo Franz Schubert: La melodía infinita, Güell narra, tomando la voz del propio compositor vienés las reflexiones de sus últimas obras y sus últimos días. Desde la renuncia a su médico, la relación con sus amigos y la estancia en casa de su hermano, hasta el deterioro de su salud, mientras continúa con la composición de sus últimas obras como su Quinteto para cuerda en Do mayor, D. 956, una obra en la que la maestría de Güell hace que nos introduzcamos en las sensaciones y sentimientos del compositor cuando habla de la composición de este quinteto, especialmente el Adagio de su segundo movimiento, mientras explica vívidamente cómo baila con la muerte 

Pero no podemos dejar el texto solo. Sería injusto e incompleto no oír la música a la que se refiere Güell/Schubert sin acercarnos a ella y sentirla de forma indisoluble con el relato y acercarnos a esa belleza apabullante que surge de lo más profundo de silencio.
La agrupación Camerata Quartet formada por Wlodzimierz Prominski y Andrzej Kordykiewicz en los violines primero y segundo, Piotr Reichert a la viola y Roman Hoffmann al violoncello con la inclusión de Mart Kordykiewicz como segundo cello interpretan el Segundo movimiento, Adagio de este Quinteto para cuerda de Schubert en una grabación que se realizó en octubre de 2014 en la Sala de Conciertos Federico Chopin de la Universidad de Varsovia, en Polonia


Nos despedimos de Franz Peter Schubert, una de esas personas que se fueron dejando su vida y su obra inacabadas, mientras lo encontramos, como en trance, bailando con la muerte.




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Bibliografía y webgrafía consultadas:

Liszt, la primera gran estrella de la música

Las grandes estrellas de la música, especialmente las del rock, levantan oleadas de admiración entre todos sus admiradores hasta tal punto que se convierten en multitudinarias manifestaciones de masas. Si en los años sesenta comenzaron a generalizarse gracias a The Beatles y la Beatlemanía y siguieron con los Rolling Stones y tantos grupos y cantantes, el fenómeno no había nacido ni con ellos, ni siquiera en esos momentos.
Hubo un tiempo en que los virtuosos cantantes solistas provocaban arrebatos entre sus admiradores, especialmente los castrati que triunfaban en los escenarios como Farinelli, Il Senesino o Nicolini. Pero a los largo de la segunda mitad del XIX, el primero de los músicos que generó oleadas de admiradores como los fenómenos de masas que estamos acostumbrados a ver en nuestro tiempo con cantantes y deportistas fue uno de los grandes pianistas de la historia de la historia de la música.
Cuando se cumplen 210 de años del nacimiento Franz Liszt, el pianista que causaba furor entre sus seguidores en cada uno de sus conciertos y que se convirtió en el primer fenómeno de este tipo de la historia de la música, te invito a recordar algunos datos de su biografía y por qué llegó a convertirse en un fenómeno que trascendía las meras interpretaciones en las salas de música. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!

Composición a partir de un grabado de Franz Liszt de 1843

Nacido el 22 de octubre de 1811 en Raiding, una ciudad fronteriza que pertenecía en aquella época a Hungría y ahora a Austria, Liszt Férenc (los húngaros anteponen el apellido al nombre), era hijo de Adam Liszt quien antes se había hecho llamar el hermano Mateo como franciscano antes de contraer matrimonio con Anna Lager, una obrera de una fábrica de jabón. El único hijo del matrimonio heredó la afición por la música de su padre, que dominaba el violín, el violonchelo o el piano y llegó a dirigir la orquesta de la corte de Weimar, y el amor por la improvisación de sus recuerdos de los gitanos que iban y venían cargados con sus violines en su continuo deambular por las plazas de localidades como Raiding
Músico precoz, a los ocho años había conquistado a una aristocracia vienesa ávida de niños prodigios como Mozart, había tenido a los doce un encuentro con Beethoven del que hemos tratado en Un encuentro entre dos genios: Beethoven y Liszt, y se dirigía en ese 1823, tras una gira por distintas ciudades, con su padre a París con la intención de que ingresar en el conservatorio. El director de la institución, el prestigioso compositor Luigi Cherubini le negó la matrícula por una norma que él mismo había impuesto según la que sólo podían estudiar en el conservatorio parisino los ciudadanos franceses, por lo que el joven Franz permaneció en la ciudad recibiendo clases de su padre.
Desde ese momento el joven Liszt adquirió un virtuoso dominio del piano, comenzó a realizar sus primeras composiciones, muchas de las cuales han desaparecido, y continuó junto a su padre su carrera de niño prodigio que le llenó de notoriedad tras sus giras por Francia e Inglaterra. En 1827, cuando apenas contaba dieciséis años, su padre enfermó de tifus y falleció dejando a un joven intérprete sin su asesoramiento. Nunca llegó a visitar su tumba.

Daguerrotipo del joven Liszt (1841)
Director de orquesta, promotor musical y escritor, Xavier Güell es un incansable luchador a favor de la música. Nacido en Barcelona en 1956 y estudiar en conservatorios de esta ciudad y Madrid, debutó como director de orquesta a los diecisiete años con la Sinfónica de Madrid y Montserrat Caballé. Estudió con Franco Ferrara, Sergiu Celibidache y Leonard Bernstein. Tras fundar Solistes de Catalunya, interpretaron toda la obra orquestal de Mozart, mientras dirigía con diversas agrupaciones obras de Mahler, Beethoven, Shumann, Brahms o Wagner.
Tras el inicio del siglo creó la productora Musicadhoy con la que trajo a nuestro país obras de los grandes compositores de la actualidad y Operadhoy con la que ha producido más de una cuarentena de óperas nuevas en distintos teatros europeos. 
En 2015 publicó su primer libro La música de la memoria, al que siguieron Los prisioneros del paraíso, Yo, Gaudí y la tetralogía Cuarteto de la guerra dedicada a cuatro músicos que lucharon por su vida y su música frente a los totalitarismos y guerras que asolaron Europa: Béla BartókRichard StraussShostakóvich y Schönberg.
En La música de la memoria, Güell se introduce en la piel de algunos de los más grandes músicos del siglo XIX para darnos a conocer en primera persona, como una ficticia autobiografía, el transcurrir de la vida y cuanto la acompaña, el amor, la soledad, la desesperanza o la alegría de compositores de la envergadura de Beethoven, Schubert, Schumann, Brahms, Liszt, Wagner y Mahler.
Nos acompaña en este paseo alrededor de Liszt uno de los textos que hacen referencia a los objetivos que el genial pianista se propuso a lo largo de su vida como compositor 


Además de las mencionados poemas sinfónicos, las primeras obras que auparon al joven Liszt al puesto de gran intérprete mientras residía en Francia y hacía del francés su lengua fueron las adaptaciones para piano en unas obras que sintetizaban en un solo movimiento los temas y motivos centrales de diversas obras. 
Una de estas primeras adaptaciones pianísticas fue sobre la Sinfonía Fantástica de Berlioz, una obra que el propio Liszt consideraba que estaba siendo ignorada por un público que aún no había captado la importancia capital que esta obra tenía en la historia de la música y que consiguió hacer que la obra original alcanzara la difusión que merecía.
A lo largo de su vida llegó a componer un gran número de obras de este tipo que forman casi la mitad de su producción dividas en Paráfrasis, Reminiscencias y Transcripciones, términos acuñados por el propio compositor. En ellas, el compositor se siente libre para tratar y variar el material original que utiliza, tejiendo una obra propia a partir de la obra en que se basa, centrándose en una escena, aria o tema concretos.
Así, en Réminiscences de Don Juan (Reminiscencias de Don Juan), catalogada como S.418, obra compuesta en 1841, Liszt toma la ópera de Mozart para crear una obra personal que va más allá del resumen del original o incluso una recreación del personaje, estando más cerca de la interpretación del personaje por el compositor.
Liszt comienza con una representación del enfrentamiento entre Don Giovanni y las llamas del infierno que se mueve alrededor de la recreación de la canción y dúo con que el personaje seduce a Zerlina, Là ci darem la mano. El dúo se amplía con dos variaciones que convergen en el Aria del champagne, un anticipo de lo que le espera al seductor en una noche de conquista amorosa. Ni la breve evocación final del infierno hacen apagar el estado de ánimo del seductor. 
En nuestra vocación de traer música vocal a este blog nos acercamos a música basada en ópera. La interpretación corre a cargo de una de las grandes estrellas de la música clásica actual, el pianista chino Lang Lang, capaz de llenar grandes escenarios y espacios poco habituales para este tipo de música con su presencia. La grabación corresponde a su debut en el Carnegie Hall de New York en 2003 cuando el intérprete tenía veintiún años de edad.


El joven Liszt dejó de interpretar en público, se alojó con su madre en un pequeño apartamento parisino y se dedicó a impartir clases como forma de vida, mientras leía cuanto veía interesante para suplir las carencias de su educación. 
Ya mostraba una compleja personalidad que Felix Mendelssohn definió como «su vida es un cambio incesante entre lo escandaloso y lo divino», alternando la vida de incansable seductor con una constante espiritualidad que le hizo plantearse en varias ocasiones tomar los hábitos religiosos.
Tras asistir a un concierto benéfico del virtuoso violinista Nicoló Paganini tomó la decisión de convertirse en un virtuoso del piano, comenzando a estudiar las técnicas interpretativas de los grandes pianistas de la época como Dreyschock y Thalberg como el efecto tres manos que desarrolla la melodía en el centro, mientras la acompañan arpegios por la zona grave y aguda consiguiendo un efecto que parece que utiliza una mano más en la interpretación.
Tras la organización de un duelo pianístico ante un público entendido entre Liszt y Thalberg auspiciado por una de sus admiradoras. la princesa Belgiojoso, esta declaró al finalizar el acontecimiento que «Sigismund Thalberg es el primer pianista del mundo y Liszt es único», aunque los críticos asistentes defendieron que hubo dos ganadores y ningún perdedor.
Poco a poco fue creciendo la fama de Liszt a la par que el intérprete introducía algunas innovaciones en su forma de presentarse a la audiencia. Hizo colocar el piano de forma lateral hacia el público en lugar de la tradicional en que el intérprete quedaba tapado por el instrumento, de forma que conseguía dos efectos: por una parte, al abrir la tapa el sonido se proyectaba hacia el público que lo percibía mejor; por otra parte, los espectadores podían verlo de perfil atrayendo la atención hacia su figura.
Habitualmente solía presentarse solo en el escenario, consiguiendo lo que él llamaba «soliloquios» y consideraba la forma más completa de expresión musical, en una época en que los escenarios estaban compartidos por un grupo de intérpretes.
Liszt sabía atraer la atención del público. Entraba solitario y majestuoso al escenario ante la mirada de los espectadores, se quitaba los guantes y los arrojaba teatralmente al suelo y comenzaba a tocar de una forma arrebatadora mientras sus manos parecían volar sobre el teclado con sus largos y delgados dedos, mientras su melena se movía siguiendo la evolución de la música. El efecto era devastador entre el público que gritaba emocionado, especialmente el femenino. Nunca antes se había visto nada parecido. Algunas espectadoras se acercaban al escenario a recoger sus guantes, el pañuelo que lucía en su traje, las cuerdas que se habían roto en el piano o las colillas de los puros que fumaba sin cesar.
El escritor Heinrich Heine inventó el término Lisztmanía para referirse a este furor que el intérprete causaba en la década de 1840 en París. Incluso los médicos llegaron a aceptar este término como forma de explicar que la atracción que causaba entre sus seguidoras era algo digno de tenerse en consideración. 
El seductor Liszt no dejaba de coleccionar amantes, en un par de ocasiones llegaron a amenazarlo con una pistola si no les otorgaba sus favores, dos de ellas abandonaron a sus maridos por él y le perdonaron sus infidelidades. Con una de ellas, Marie D'Agoult, mantuvo una relación estable durante unos años y tuvo sus tres hijos, Blandine, Cosima y Daniel a los que hubieron de poner los apellidos paternos para evitar ser declarados hijos ilegítimos de su anterior esposo, el Conde D'Agoult. En esta época se dedicó a la composición, comenzando con transcripciones de obras conocidas, que aumentaron su fama, además de dedicar gran parte de sus esfuerzos y recitales a la caridad y causas humanitarias como ningún músico había hecho hasta entonces.
En 1847 conoció en Kiev a la princesa polaca Carolyne zu Sayn-Wittgenstein entablando una relación que duró gran parte de lo que le restaba de vida. La princesa lo convención para centrarse en la composición, por lo que renunció a su carrera de intérprete tras un concierto en Elizavetgrad cuando contaba con treinta y cinco años.
Pero la fuerza interpretativa de Liszt no solo las cautivaba a ellas. Un crítico ruso, Vladimir Stasov, llegó a escribir tras presenciar un recital: «Nunca habíamos estado frente a un temperamento tan brillante, apasionado y demoniaco... la actuación de Liszt fue tremendamente abrumadora».

Franz Liszt por 0353 Franz Hanfstaengl (alrededor de 1860)

En este segundo texto de La música de la memoria, Xavier Güell pone en boca de Liszt a quienes sentía como rivales musicales y cómo fue su relación con ellos, centrándose en las figuras de Robert y Clara Schumann y Johannes Brahms.


Las obras para piano de Liszt muestran un virtuosismo extremo que pocos intérpretes pueden llegar a desplegar, siendo obras que el compositor húngaro pensó para interpretar él mismo.
Franz Liszt desplegó su amor por la música folclórica de su tierra natal, la evocación de los músicos zíngaros itinerantes y su virtuosismo en sus Rapsodias húngaras, un grupo de diecinueve piezas que compuso entre 1846 y 1853 y continuadas entre 1883 y 1885.
La Rapsodia húngara nº 2 está escrita en Do sostenido menor y dedicada al Conde Ladislas Teleky en 1847 y publicada en 1851, aunque existe también la versión orquestal adaptada por Franz Doppler con revisiones del propio compositor. Siguiendo la tradición húngara, esta rapsodia está dividida en dos partes contrastantes el Lassan o parte lenta y el Friska o parte rápida.
La interpretación corresponde a la pianista ucraniana Valentina Lisitsa en una grabación que se realizó en la ciudad neerlandesa de Leiden en mayo de 2010. La realización nos detalla el vertiginoso, hipnótico y virtuoso juego de manos que con unos dedos tan largos y delgados nos pueden recordar a los del propio compositor e intérprete húngaro.


La fascinación que Franz Liszt causaba entre el público femenino provenía de su arrebatada personalidad entre la que era un factor importante su intensa espiritualidad. Al parecer, en su faceta de seducción eran importantes las largas conversaciones sobre la eternidad y Dios. Con Marie d'Agoult hablaba del destino de la humanidad y las promesas de la religión. 
A los cincuenta y cuatro años el seductor perseguido por escándalos y líos de faldas adoptó la decisión definitiva de tomar órdenes menores y dedicarse a la composición de música sacra. En este tiempo promovió de forma altruista la obra de otros compositores como Schumann, Grieg, Smetana, Berlioz, Debussy, Fauré o Borodin, además de Wagner con quien llegó a tener una impensable relación familiar, ya que la única hija que le quedaba, Cosima,  abandonó a su marido, el director von Bülow para vivir con el compositor alemán. Instalado en Weimar, fue nombrado allí Kapellmeister y dirigió la orquesta de la corte hasta 1861. 
Así, en casi retirado de la composición escribió algunas de sus obras que más se acercan a lo que más adelante harían compositores como Debussy o Shönberg: Les jeux d'eaux à la Villa d'Este, Bagatelle sans tonalité o Rève-nocturne.
También se ocupó entre 1862 y 1866 en la composición de un gran oratorio, Christus, una obra que toma la vida de Jesucristo desde su nacimiento hasta su pasión y resurrección en la línea argumental de El Mesías de Händel, y que fue estrenada en Weimar en mayo de 1873.
En 1881, con setenta años sufrió una caída por unas escaleras en Weimar que le tuvo varias semanas inmovilizado y dio a conocer una serie de enfermedades y dolencias que se encontraban latentes. Cinco años después, el 31 de julio de 1886, fallecía en Bayreuth tras asistir a las representaciones del festival que su hija Cosima organizó con las habituales obras de Wagner.

Una de las últimas fotografías de Liszt por Felix Nadar (1886)

La relación entre Liszt y su yerno Wagner tuvo muchos encuentros y desencuentros desde que se conocieron en la década de 1840 hasta el fallecimiento del pianista en 1886. También Xavier Gëll dedica unas páginas a desarrollar esta compleja relación desde sus comienzos, pasando por la complicada situación en que Wagner y Cosima se hicieron pareja con la oposición del pianista, las distintas concepciones que ambos tenían sobre la música, algunos comentarios en que el autor de la Tetralogía hablaba bien a Liszt de sus obras mientras las criticaba a sus espaldas, hasta llegar a un cierto entendimiento final. Nos quedamos con el texto que refleja del inicio de la relación entre ambos colosos musicales. 


También dedicó Liszt algunas composiciones a las obras de su yerno, como Rienzi, El holandés errante, Tannhäuser, Lohengrin, la muerte de amor de Isolda, Los maestros cantores de Nurenberg, el Wahalla en el Anillo de los Nibelungos o Parsifial
Nos despedimos de la figura de Franz Liszt y su valor como intérprete, compositor, seductor e iniciación de los movimientos de fascinación del público por la persona del artista como héroe de la modernidad, una situación que se repite en distintas disciplinas que van de los intérpretes de música a los deportistas o actores.
De las composiciones basadas en obras de Wagner nos acompaña, en consonancia con el texto de Güell, la primera de una de las tres piezas que conforman su S.446 Aus Lohengrin de 1854, Festspiel und Brautlied aus Lohengrin (Festival y canto nupcial de Lohengrin) en la interpretación del pianista argentino Horacio Lavandera grabado en el Festival Andino de Jujuy en 2018.

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Bibliografía y webgrafía consultadas: