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Oberturas y Prólogos: El arte de comenzar

Una novela, un ensayo, una ópera o una pieza teatral son obras completas que su autor ha desarrollado a partir de sus ideas. Nos pueden interesar y gustar más o menos, emocionar o hacernos reflexionar, pero el autor la creó como una obra completa en todas sus dimensiones. 
Es cierto que en determinados casos han tenido una continuación porque el autor consideraba que aún tenía algo más que decir, aunque generalmente se ha debido al éxito alcanzado por esa obra. Basta pensar en series de libros o de televisión que acumulan una temporada tras otra, hasta terminar de exprimir el éxito original.
Pero en muchas ocasiones estas obras no sólo se han dado a conocer tal como fueron pensadas, sino que se presentaron con una parte que servía para introducir a los lectores o espectadores en el desarrollo de la obra. Surgieron así los prólogos en algunas obras teatrales que pasaron después a los libros y, con otro origen y sentido, las oberturas de las óperas. 
Personalmente soy un gran adicto a los prólogos, ya que suelo encontrar más argumentos para leer la obra, aunque, como veremos, en ocasiones pueden llegar a ser prescindibles según el tipo al que pertenezcan. 
Te propongo unas reflexiones sobre los prólogos de libros y las oberturas de óperas con algunos ejemplos. Nos acompañan obras de Borges, Monteverdi, Shakespeare, Mozart, Javier Escudero y Wagner. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!



Aunque en libros es prescindible el hecho de contar con un prólogo, en obras como las óperas es habitual que comiencen con una obertura. Este elemento viene determinado por la relación entre los intérpretes y los espectadores como forma de inicio del espectáculo, una forma de abrir simultáneamente la obra y el telón que separa el espacio de los artistas del de los asistentes. Aunque la función y el estilo de las oberturas, su intención y su forma son muy diferentes a lo largo del tiempo, entre distintos autores y épocas, te propongo acercarte a algunos de los tipos más significativos.
Siguiendo los principios de la Camerata Fiorentina, un grupo reunido alrededor del conde Giovanni de Bardi con compositores como Vincenzo Galilei (padre de Galileo), Jacopo Corsi, Giulio Caccini, Ottavio Rinuccini, Jacopo Peri, Luca Marencio o Battista Strozzi, se estrenaron en la capital toscana varias obras con el nombre de Ópera, como Dafne (1598) y Eurídice (1600), obras de Jacopo Peri y libreto de Rinuccini.
Aunque de estas obras sólo quedan el recuerdo y algunos insignificantes fragmentos, sus principios estéticos y formales sirvieron para el nacimiento de un arte que ha deslumbrado desde entonces.
Vicenzo I de Gonzaga, duque de Mantua había asistido a esas representaciones y anhelaba hacer algo similar en su ciudad. La ocasión se le presentó con la celebración de la boda de su pariente María de Medici, para la que contrató a uno de los mayores compositores del momento, Claudio Monteverdi, a quien le indicó el tema a tratar (de nuevo la historia de Euridice y Orfeo), le pagó para que contratara a los mejores cantantes e intérpretes de forma que la obra deslumbrara a los asistentes. 
Así se fraguó La favola d'Orfeo (La fábula de Orfeo), una favola in musica, como se calificó su publicación años después, que contaba con un libreto de Alessandro Striggio el joven y se estrenó en el teatro de la corte de Mantua el 24 de febrero de 1607. Todos los asistentes a la representación fueron invitados por el duque mecenas, pues no se había pensado en ningún momento en vender entradas a ningún público.


Después de haber construido los días previos un escenario para que los personajes, unos simbólicos como la Música, otros míticos como Orfeo y su amada Euridice, la obra comenzó con una Toccata. ¿Qué función tenía esta pieza?
La tocata inicial de Orfeo es en realidad la Marcha militar de los Gonzaga, una pieza que tenía dos características: por un lado es una pieza de carácter militar propia de la dignidad del mecenas, mientras que por otra parte es una fanfarria, un tipo de composición que muestra la nobleza del anfitrión. Esta característica se muestra en el ritmo de puntillo que aparece en la partitura a imitación del golpe que daba el chambelán con su bastón en el suelo para anunciar los nombres de los invitados que entraban en el salón.
Además, y sobre todo, la tocata servía de obertura con otras dos finalidades: por un lado indicaba a los asistentes que se iniciaba la representación y, fundamentalmente, pedía respeto para los duques y el espectáculo que había organizado, aunque no para la obra en sí.
La obra comienza según las indicaciones siguientes del compositor: «Toccata che si suona avanti il levar da la tela tre volte con tutti li insttrumenti, si fa un Tuono piú alto volendo sonar le trombe con le sordine». Así, la melodía de la fanfarria debía sonar tres veces antes de levantarse el telón, momento en el que el compositor entraba con su indumentaria negra para dirigir a los instrumentistas que entonaban la melodía un tono más alto de lo escrito en Do, es decir en Re.
Nos acompaña una grabación realizada en el Teatro del Liceu de Barcelona en la temporada 2000/2001 con Le Concert des Nations y La Capella Reial dirigidos por Jordi Savall. Podemos observar un homenaje al compositor en la forma en que Savall entra a dirigir con la presencia y atuendo similares a Monteverdi en aquella ocasión y algunos de los músicos repartidos por los palcos


El origen del término prólogo lo podemos encontrar en la palabra del griego clásico πρόλογος (prólogos) formada por πρό (pró, delante) y λογος (lógos, palabra, discurso, texto), ofreciendo el significado de «antes de la palabra o del texto». De allí pasó al latín prologus y de éste a las lenguas romances en las que tiene una forma y pronunciación similar.
El primer significado de prólogo se refiere, pues, a ese texto preliminar de un libro, que puede ser escrito por el propio autor o por otra persona y que sirve de introducción a su lectura.
Todavía recuerdo las novelas que leía de pequeño, libros de tipo popular que no tenían nunca prólogos, hasta que adquirí uno de ellos que tenía no sólo el prólogo, sino también un estudio preliminar sobre la obra en cuestión que disfruté como ninguno antes. Aún tengo por casa ese ejemplar, gastado de tanto leerlo, de Los papeles póstumos del Club Pickwick de Dickens, que complementa el nombre de este blog. 
Dentro de este primer significado para un prólogo podemos encontrarnos una gran variedad de ellos y me gusta tener en cuenta algunos aspectos para disfrutarlos o dejarlos de lado si no tienen mucho interés. Por un lado, debe ser una referencia de la obra a la que precede, pero que no haga alusión continua a lo que ésta muestra, ya que la leeremos después. Tampoco debe ser excesivamente técnico o desvelar la trama o argumentación ulterior y suelen ser de dudosa cordialidad cuando están escritos por algún amigo del autor.
En ocasiones, hay prólogos más que interesantes que están escritos por otra persona mucho después de haberse publicado el libro en atención a los méritos propios del libro o del autor, más que por alguna celebración emotiva o sentimental.


A muchos nos gustan por el interés que nos abren hacia el libro en cuestión, hasta el punto que hay autores, ellos mismos lectores irredentos, que son expertos en prólogos. Jorge Luis Borges es uno de esos autores que tiene en su haber multitud de prólogos de muy diversa índole.
Dos ejemplos nos sirven para comenzar a admirar al escritor argentino como prologuista: La biblioteca de Babel es una colección de textos de diversos autores que surgió como colaboración con el editor Franco María Ricci a partir del relato homónimo borgiano. Prólogos de la Biblioteca de Babel recoge los memorables prólogos que Borges escribió para cada uno de los relatos seleccionados, mostrando en ellos tanto interés y creatividad como en cualquiera de sus relatos propios.
El otro ejemplo muestra aún más la creatividad del escritor argentino. Publicado en 1975, Prólogos, con un prólogo de prólogos es una recopilación de este tipo de introducciones de libros que escribió a lo largo de su vida. Allí encontramos desde los dedicados a Cervantes, Kafka o Lewis Carroll a los de Paul Valèry, Carlyle, Bioy Casares hasta alcanzar la cuarentena de piezas.
Como es lógico por las características del autor y por el título, este libro comienza con un prólogo que antecede a todos los demás y que muestra, una vez más, la capacidad creativa y de razonamiento del escritor argentino. 
Tras  unas reflexiones sobre la idea de una literatura sudamericana y sobre algunos de los autores prologados, el escritor argentino se aventura hacia una inexpresada teoría del prólogo con algunos ejemplos significativos de los mismos. Te dejo con este prólogo de prólogos, una joya borgiana. 


La palabra Obertura procede del francés Ouverture (apertura) y se define como la música instrumental que sirve de introducción a obras dramáticas o a obras cantadas dramatizadas. Como has podido observar en el caso del Orfeo de Monteverdi, al comienzo eran muy breves y se solían denominar Sinfonías
Esta forma de concebir la obertura de las óperas se desarrolló también durante la corte de Luis XIV de Francia en la que muchas obras comenzaban con una marcha de tipo regio en su honor. 
En el siglo XVIII comenzaron a popularizarse en Nápoles y Venecia las oberturas en tres movimientos o partes que solían comenzar con uno en Allegro, otro lento para finalizar de nuevo con una parte alegre, aunque sin relación aparente con la obra.
En las óperas de madurez de Mozart esta obertura se transformó en una introducción relacionada con la partitura con una música que captaba la atmósfera e incluso algunos de los temas que se desarrollarían en la obra. A comienzos del XIX el estilo italiano de Rossini, Bellini o Donizetti siguió en la línea de un tipo de sinfonía como obertura, mientras que otras lo hacían en el sentido de introducción dramática, como en  el caso de Beethoven, que llegó a componer hasta cuatro oberturas distintas para Fidelio.



Un ejemplo significativo es la Obertura de Don Giovanni de Mozart, una pieza que se inicia con un tono oscuro y pausado que anuncia la dramática escena final de la obra, cuando la estatua de El Comendador acude a la invitación a cenar que le hizo Don Giovanni.  
El primer tema lo presentan las cuerdas a las que contestan los vientos que entablan un diálogo que va creciendo y muestra una línea humorística donde intuimos las carcajadas del protagonista, un diálogo entre éste y Leporello, transformándose en un allegro compacto, aunque conservando la expresión dramática que impregna la pieza.
El enlace pertenece a una versión de la Orquesta del Royal Opera House de Londres dirigida por Constantin Trinks que se representó en julio de 2021.


Los prólogos tienen ese carácter de llave que te ayudan a abrir una casa, facilitándote la entrada, pero a la que podrías entrar simplemente abriendo la puerta y prescindiendo de ella. Te facilita el acceso al mundo interior del libro, allanando el camino, especialmente si conoces poco sobre el contexto de la obra o del autor.
También posee la capacidad de sorprender, pues cuando piensas que no tiene nada significativo que contarte, hay ocasiones en que se produce una revelación que engrandece la obra a tus ojos y aumentas la capacidad para disfrutarla. Descubres que has encontrado un lugar desde donde vislumbrar el resto de la obra, donde aprecias la totalidad del libro antes de leerlo.
Otra cualidad del prólogo que lo hace interesante es que, en realidad no pertenece a la obra, aunque depende de ella, ya que no suele existir un prólogo sin su obra. Si en el caso de Borges, sus prólogos de prólogos se referían a libros concretos y reputados, hay algún caso particular como el de Nicolaus Notabene, uno de los seudónimo elegidos por Søren Kierkegaard. Escrito con un buen sentido del humor, Prefacios muestra a un hombre que ha renunciado a su vida como escritor por las responsabilidades que le acarrea su matrimonio, teniendo que conformarse con escribir los prólogos de los libros que hubiera escrito si hubiera tenido la posibilidad de escribirlos. El bromista Notabene propone la idea de que «escribir un prólogo es como tocar el timbre de una casa y echar a correr» para que cuando el lector acuda no haya nadie.


El origen etimológico del término griego clásico πρόλογος nos remite a su significado más antiguo. En el teatro griego y latino era un discurso que precedía al texto dramático y su desarrollo. Era el momento en el que el coro situaba a los espectadores en el tema o el argumento que se iba a desarrollar en la obra.
Este tipo de prólogo no ha dejado de utilizarse cuando los autores lo han considerado necesario como forma de hacer entrar a los espectadores directamente en la obra.
Uno de los ejemplos de este uso lo podemos encontrar en el Romeo y Julieta de Shakespeare. Se trata de un prólogo, no para ser leído por quienes se acerquen a la obra del escritor, sino para ser declamado en el inicio de la obra y situar a los espectadores en la historia de los amantes de Verona.
Comienza, pues, Romeo y Julieta con un coro que entra en escena y recita como prólogo un soneto isabelino.


Las oberturas de la primera mitad del XIX fueron derivando con compositores como Verdi o Wagner. Así, surge el Preludio, una pieza que representa a la vez que simboliza la idea fundamental de toda la ópera y no tiene, como la obertura, un carácter cerrado y conclusivo, ya que no busca el aplauso del público, sino que da pie al inicio de una obra que fluye desde desde la primera nota musical. Muchos críticos consideran que el primer preludio con ese carácter fue compuesto por Wagner para su ópera Lohengrin.
Los preludios e interludios (al comienzo de un acto) de Verdi en La Traviata o de Bizet en Carmen, por ejemplo, pertenecen a este tipo.
Con Wagner adquiere también un nuevo sentido el término prólogo. Según el Diccionario de la R.A.E., se refiere de la «primera parte de una obra en la que se refieren hechos anteriores a los recogidos en ellas o reflexiones relacionadas con su tema central». Wagner lleva al extremo este significado al componer su tetralogía El anillo del Nibelungo en tres jornadas (La Valquiria, Sigfrid y El ocaso de los dioses) precedidas de un prólogo, El oro del Rhin. Aquí el compositor alemán creó un prólogo que servía de introducción a la historia de más de dos horas de duración y que ha servido como fuente de inspiración para la creación de multitud de obras, muchas de ellas películas, en las que se profundizaba en los orígenes de la historia original. Las famosas precuelas.

Wagner compuso Lohengrin en su etapa como segundo Kapellmeister en Dresde mientras trabajaba para el rey de Sajonia. Adjudicó una tonalidad a cada uno de los personajes principales de este relato medieval donde confluyen la caballerosidad frente a la traición, la pureza espiritual y la lucha contra el mal frente a la conspiración. El protagonista, uno de los míticos caballeros aparece en el preludio con una visión del Grial descendiendo a la tierra sonando las cuerdas de modo brillante, estáticas al comienzo que van creciendo hasta alcanzar el clímax orquestal.
Como el compositor hubo de huir de la capital de Sajonia  al haberse puesto de parte de los revolucionarios republicanos en 1848, la obra fue estrenada en Weimar en 1850 por Franz Liszt a quien estaba dedicada.
El preludio de Lohengrin que nos acompaña está interpretado por la hr-Sinfonieorchester de la Frankfurt Radio Symphony dirigida por Andrés Orozco-Estrada que se grabó en el Rheingau Musik Festival de 2017 en Lloster Eberbach.


Además de los prólogos que hemos visto, también están los que realizan un estudio de la obra sobre la que escriben. Son más extensos y rigurosos y tienen la virtud de ahondar más en la obra y el riesgo de ser excesivamente técnicos y llegar a aburrir al lector.
Como norma general, me gustan los prólogos cuando son interesantes y aportan al libro al que acompañan y suele ser un elemento fundamental para elegir la versión del libro que deseo leer.
Los prólogos tienen también una ventaja adicional: Si te cansan o aburren puedes dejar de leerlo inmediatamente, ya que no te afectarán a la lectura del libro que tienes entre las manos.

El último ejemplo de prólogo es el que ha servido de inspiración para esta entrada del blog. 
En Las otras vidas de Don Quijote, Javier Escudero realiza una investigación sobre los personajes que pueblan la novela más famosa de Cervantes y en su prólogo reflexiona, analiza, desvela y nos muestra el camino que recorrió para escribir su libro. Dividido en varios apartados distintos entre sí, Escudero nos invita e incita a leer su trabajo mostrándonos todo lo que podemos encontrar en su interior. Es uno de esos prólogos escritos por el autor que nos abren el camino del libro.




Y tú, ¿hay algún prólogo que te haya margado o llamado la atención? De todas las oberturas de ópera, ¿con cuál te quedas?

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Bibliografía y webgrafía consultadas:

El arte del Lamento

Una situación de pena, dolor o un sentimiento similar produce en nosotros un lamento. En ocasiones es un simple quejido asociado a un dolor momentáneo (un golpe, un susto); en otras, se trata de una queja que, al expresarla, cubre su función terapéutica y nos ayuda al enunciarla a comenzar a plantear nuestra disposición. Mas en otras ocasiones, el lamento expresa un fuerte dolor, una situación que nos supera.
En el título de este publicación no se hace referencia a la inclinación y facilidad que algunas personas tienen para hacer del relato de sus vivencias y problemas una forma de vida.   
Si buscamos la definición en el diccionario, la RAE la define como «queja con llanto y muestras de aflicción», procedente del término latino Lamentum. Y en ese sentido nos acercamos al lamento, basándonos en su aparición en la música como una composición con una temática y estilo propios. Basado en esas características de la lírica, nos acercaremos también a algunos poemas.
Te propongo un paseo por algunos lamentos en la ópera acompañados de poemas con esa temática. Nos dejamos llevar por obras de Monteverdi, Gluck, Purcell, Charlotte Brontë y Lord Byron. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!  

Edvard Munch. El Grito (1893), detalle

El Lamento o Lementazione es un tema recurrente en la ópera desde sus inicios. Asociado a la temática doliente y triste, suele expresar el dolor que se siente ante una pérdida, generalmente amorosa y es habitualmente cantado por personajes femeninos. 
Por su índole, el Lamento tiene forma de aria, en ocasiones acompañada de un recitativo, en otras con estrofas de métrica libre que deja liberar las emociones que transmite el personaje. Es frecuente que estos lamentos se acompañen únicamente con la sección de cuerda de la orquesta, en un tiempo lento como el Adagio, utilizando el denominado «tetracordio descendente», una serie de cuatro notas que van descendiendo en la escala mostrando musicalmente la aflicción.


Herederos de la Camerata Fiorentina, el grupo del que acabó surgiendo la ópera, las primeras obras de Monteverdi ya muestran esta temática y sus características. En su ópera Il ritorno di Ulise in patria (El retorno de Ulises a su patria), Monteverdi muestra alguno de ellos como los de Penélope o Iro. Tanto Monteverdi como la Camerata Fiorentina seguían la idea de Platón de la simbiosis entre lo real y lo bello, buscando una dimensión musical que articulara la expresión verbal, el sonido y el movimiento escénico para crear la verdad poética de la obra.
Pero es en otro lamento donde Monteverdi lleva en grado sumo este tipo de situaciones a la escena. Lasciatemi morire, el conocido Lamento de Arianna, es la única pieza cuya música se conoce de la ópera Arianna, pese a que el libreto de Ottavio Rinuccini se conserva completo.
En Lasciatemi morire, Monteverdi funde la palabra y su expresión en un monólogo que desvela sus sentimientos, abre las contradicciones del corazón herido y transforma lo representado en la escena -la ficción- en esa realidad poética que conmueve al espectador. 


Angelica Kauffmann. Arianna abandonada por Teseo (1771)


La interpretación corre a cargo de la soprano Marie Théoleyre acompañada por el Ensemble La Palatine formada por Noémie Lenhof en la viola de gamba, Nicolas Wattinne en la tiorba y Guillaume Haldenwang al clavecín.


Las hermanas Brontë forman parte de la primera generación de escritoras inglesas del XIX, después de Jane Austen y Mary Shelley.
Hijas del vicario de la aldea de Haworth, los seis hermanos tuvieron un vida corta. Huérfanos de madre desde pequeños, Emily, Elizabeth y Maria fallecieron mientras estaban con Charlotte en una escuela para hijas de clérigos. Su único hermano, Patrick Brandwell se dedicó a la pintura y la literatura, hasta su prematura y precipitada muerte. Las tres hermanas dedicaron su vida a la literatura. Junto a Emily (autora, entre otras, de Cumbres borrascosas) y Anne ( de Agnes Grey o La inquilina de Widfel Hall), iniciaron su camino en las letras en 1846 con un libro conjunto de poesía: Poemas de Currer, Elly y Acton Bell, en el cada una de ellas publicaba con un pseudónimo y el mismo apellido. 
Esta primera pasión de Charlotte la llevó al desánimo un poeta conocido que la convenció de la conveniencia de que las mujeres no escribieran poesía, aún reconociendo su facilidad para la misma. Así, continuó escribiendo, publicando novelas como Jane Eyre, Shirley o Villette. 


Pero el texto que nos acerca a esta publicación sobre los lamentos es uno de esos poemas publicados como Currer Bell. Editado en ocasiones simplemente como Lamento y en otras como Regret (Arrepentimiento), es un regreso a su pasado, a lo desgraciada y solitaria que ha sido su vida, buscando un presente más feliz en la búsqueda del amor y su reciente matrimonio. La escritora asimila su vida a un viaje, navegando en busca de un lugar al que llamar hogar, debatiéndose entre el regreso al antiguo hogar triste y solitario y lo que denomina el reino glorioso de la felicidad.

Charlotte Brontë fue la más longeva de los seis hermanos, falleciendo en 1855, antes de llegar a los cuarenta años, meses después de casarse y mientras estaba embarazada. 

Aunque el reconocimiento y la fama no le llegó por esta obra, Dido and Eneas (Dido y Eneas) es no sólo la ópera más conocida más conocida de Henry Purcell, sino la primera ópera inglesa, frente a algunas de sus semióperas más exitosas como King Arthur o La reina de las hadas.
Con libreto del dramaturgo Nahum Tate, la primera representación se llevó a cabo en la escuela femenina de Josias Priest en verano de 1688, mientras su estreno comercial se produjo en Londres a comienzos de 1700, casi cinco años después del fallecimiento de Purcell.
Como la mayoría de las óperas del barroco, el argumento trata de dioses o seres mitológicos, un elemento fundamental para el público aristócrata. El libreto de Dido y Eneas refleja la historia del héroe que recala en el reino de Dido en Cartago huyendo de Troya, hasta recalar finalmente en la península itálica donde acabará, según las fuentes mitológicas, fundando Roma. El argumento se centra en la historia de amor de ambos personajes y la desesperación de la reina norteafricana cuando Eneas parte en el mar abandonándola.

Joshua Reinolds. Muerte de Dido (1871)
Este Lamento de Dido, The hand, Belinda (Tu mano, Belinda) es, posiblemente, uno de los más bellos y conocidos lamentos de la ópera, reflejando la muerte de la protagonista femenina tras la partida de su gran amor.
Purcell crea la melodía de este lamento a partir de un ostinato en el citado tetracordio descendente en tonalidad de sol menor, la más apropiada para expresar la pena y la muerte. Esta melodía principal se acompaña por un bajo descendente a cargo de los violoncellos que se mantiene durante todo el aria y el coro siguiente, presentando una progresión lenta, como una marcha fúnebre, sin prisas, pero constante.
Una vez finalizada el aria de Dido, el bajo continuo pasa a ser protagonista hasta dar paso a la melodía del coro, basada también en notas descendentes que refuerzan el avance imparable de la muerte.


La interpretación de este impresionante Lamento de Dido pertenece a una producción de la Ópera de Amsterdam con la mezzosoprano neerlandesa Xenia Meijer en el rol de Dido y la dirección musical de Jan Willem de Vriend grabado en la capital de los Países Bajos en 1996. 


Cambiamos de nuevo del lamento musical al poético literario, en esta ocasión de uno de los más grandes escritores ingleses del romanticismo, el inquieto, inconformista y aventurero Lord Byron.
El poema que nos acompaña pertenece a Occasional pieces (Piezas ocasionales), un conjunto de poco más de medio centenar de poesías escritas entre 1809 y 1924, algunas de los cuales fueron publicadas en periódicos o revistas, especialmente el Morning Chronicle, aunque otros solo vieron la luz tras la muerte del escritor. Recogidos en su antología poética Poemas escogidos, en el que se incluyen estas Occasional pieces junto a los poemarios de Horas de inactividad, The childe Harold's pligrimage o sus Melodías hebreas, forman parte de la ingente obra poética del apasionado romántico inglés.


Uno de los primeros poemas de Occasional pieces, escrito en 1808, nos acerca de nuevo al lamento, en esta ocasión no debido a causas o consecuencias tan trágicas como los anteriores, sino como fruto de la distancia que aplaca, aunque no olvida, que deja un dolor que acompaña.
Byron, y con él gran parte del romanticismo, no necesitan ya recurrir a dioses o mitos, a seres idealizados para crear obras y acercarnos a los sentimientos más profundos, sino que ahondan en los propios sentimientos y cuanto de universales tienen.


La última de las piezas que conforman este paseo por los lamentos en la música y la literatura es otra de esas arias que forman parte del acervo cultural. Basada en el mismo mito que Monteverdi llevaba a la primera ópera que nos ha llegado completa, aunque no la primera compuesta, Christoph Willibald Gluck estrenó su Orfeo y Eurídice en 1762.
Narrado por Virgilio en el Libro IV de la Geórgicas y por Ovidio en el Libro X de sus Metamorfosis, tanto Monteverdi como Gluck, entre otros compositores, llevaron la historia a sus óperas. Orfeo, el más afamado de los músicos es capaz de calmar a las fieras e incluso las tempestades con el poder de su lira y su voz. Al morir su esposa Eurídice por la mordedura de una serpiente, Orfeo baja al inframundo a convencer a Caronte para que le deje llegar la mundo de los muertos a por su amada. Tras acallar al can Cerbero llega a convencer al mismísimo Plutón de que libere a Euridíce, aunque con la condición de que no vuelva la vista para mirarla hasta que no llegue al mundo de los vivos.

Alexandre Séon. Lamento de Orfeo (1896)
El aria que nos acompaña, Che farò senza Euridice (¿Qué haré sin Eurídice?) muestra la desesperación inicial del mítico músico ante la noticia de la muerte de su amada esposa. Está escrita para contratenor siguiendo la costumbre de la época según la cual algunos papeles masculinos estaban pensados para esta tesitura, siendo cantada actualmente por este tipo de voz o por la de soprano.




En esta ocasión es el contratenor francés Philippe Jaroussky, quizás el más completo de nuestros días, quien interpreta este aria Que farò senza Euridice de la ópera de Gluck, en una grabación de estudio dirigida en 2018 por Diego Fasolis

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Bibliografía y webgrafía consultadas:
  • Brontë, Charlotte. Poemas de Currer Bell, ebook, Alba Editorial, 2019.
  • Byron, George Gordon, Lord. Poemas escogidos, traducción de José María Martín Triana, Visor Libros, 2007.
  • www.kareol.es: Letras y traducciones de óperas y música vocal.
  • Batta, András. Ópera. Compositores, obras, intérpretes. Könemann Verlagsgesellschaft mbHl, 1999, Colonia (Alemania).

Las pasiones y los afectos musicales

Sabemos cuanto ocurre a nuestro alrededor, incluso cuanto sucede en el mundo, pero en ocasiones desconocemos aquello que ocurre en nuestro interior. Así, ese interés por estar pendiente de lo que tenemos cerca o nos es próximo en nuestro planeta aunque esté a distancias considerables, unido al movimiento incesante de nuestras rutinas diarias y obligaciones, que en ocasiones no nos dejan tiempo para nosotros mismos, acaba por no dejarnos tiempo para indagar en nuestro interior, resultando que, en ocasiones, somos unos desconocidos para nosotros mismos.
Esta preocupación por conocer nuestros intereses, sentimientos y afectos no es ni ajena ni nueva en nosotros puesto que ha sido una preocupación para pensadores y artistas en otros tiempos y que, en cierto modo ha trascendido y llegado hasta nosotros. 
Así, desde la más remota antigüedad se relacionan artes como la música o la literatura como fuentes de inspiración hacia las emociones y las pasiones que nos acompañan. Más adelante, a partir de los siglos XVI y XVII, con pensadores como Descartes y un grupo de músicos, se crearon diversas teorías que desarrollaron las pasiones y los afectos.
Te propongo una mirada a tu interior a partir de textos y músicas que nos acercan a conocer y expresar nuestras pasiones y afectos. Nos acompañan textos de Descartes y músicas de Monteverdi y Vivaldi que desarrollan las Teorías de los afectos. Si te gusta... ¡Comparte comenta, sugiere!

Charles Le Brun, dibujo de las expresiones incluido en su Tratado de las pasiones
Nacido en La Haye, René Descartes (1596-1650) estudió en el colegio jesuita de La Flèche donde obtuvo el título de bachiller para conseguir después la licenciatura en derecho por la Universidad de Poitiers, antes de enrolarse como soldado y partir hacia los Países Bajos. Tras varios años bajo la bandera de diversos ejércitos y, tras una serie de tres sueños consecutivos, en 1619 se decidió a escribir hasta desarrollar más adelante un método que se oponía al silogismo aristotélico que se empleaba desde la Edad Media. Así, publicó su Discurso del método (1637), una obra fundamental que lo encumbra, junto con otros libros, como uno de los primeros filósofos modernos, además de matemático y físico.
Abandonada la vida militar, Descartes viajó por Alemania, Países Bajos e Italia antes de instalarse en París donde se relacionó con los científicos de su época, hasta volver a instalarse en los Países Bajos, un lugar más tolerante y tranquilo, donde estuvo hasta 1649, el lugar que creyó más idóneo para seguir escribiendo sobre sus ideas filosóficas y científicas, además de huir de las amenazas que las autoridades religiosas y académicas proyectaban sobre su novedoso pensamiento. Ese año aceptó la invitación de la reina Cristina de Suecia, viajando a Estocolmo donde murió a los pocos meses por una neumonía.
La obra que nos acompaña en esta publicación es la última que vio la luz en vida del autor, Las pasiones del alma (1649), una serie de pensamientos filosóficos escritos por indicación de la princesa Isabel de Bohemia, quien pedía al filósofo que, como su instructor, escribiese sobre dos conceptos tan diversos como el alma y el cuerpo. Así, Descartes, reflexiona sobre su propio pensamiento, afirmando, precisando o rectificando en algunos casos, para explicar las pasiones desde un punto de vista como físico más que como filósofo.
Escrita en forma de artículos normativos, Las pasiones del alma está dividido en tres partes. En la primera, Descartes trata de las pasiones en general y de la naturaleza del alma; en la segunda describe cuáles son las seis pasiones fundamentales, mientras que la tercera se centra en la descripción de todas las pasiones que surgen de estas. En este tratado el pensador comienza con una descripción de nuestra fisiología y la relación entre alma y cuerpo para continuar con una reflexión sobre la moral de nuestras pasiones y comportamientos, concluyendo que estas pasiones son provocadas por causas ajenas a nuestro ser, pero actúan sobre nosotros.

Descartes dedica la segunda parte de Las pasiones del alma a desarrollar las seis pasiones fundamentales o primaria y sus explicaciones. Nos acompaña un extracto de algunos de los artículos que las desarrollan.


Frans Hals, Retrato de Descartes. Museo del Louvre


Paralelamente a estas reflexiones desarrolladas por Descartes en el mundo del pensamiento, también existieron unas publicaciones teóricas dirigidas hacia la música con la intención de acercarse a los diferentes afectos que se podían desarrollar para mostrar estas pasiones que tenemos en nuestro interior, naciendo así las Teorías de los afectos musicales.
Así, tras el Ars Nova que surgió en el siglo XIV para oponerse al Ars Antiqua y que proporcionó a la música una técnica, expresividad y unidad novedosas, fueron desarrollándose movimientos que acabaron creando de modo desde lo filosófico a lo práctico estos afectos musicales.
A comienzos del siglo XVII Claudio Monteverdi denominó al estilo polifónico Primera práctica, mientras al estilo homofónico lo llamó Segunda práctica utilizando en esta última sus madrigales y las composiciones que formaban el rico entramado de sus óperas; arias expresivas y melodiosas, coros que recordaban el estilo de los teatros clásicos griegos y acompañamientos instrumentales ricos y coloridos.
Cuando en 1603 comenzó a publicar sus libros de madrigales, esas pequeñas piezas cantadas para grupos de entre dos y cinco voces, Monteverdi empezó a desarrollar en sus composiciones una intensa emotividad y expresividad con melodías inusuales y armonías disonantes. Estas atrevidas innovaciones generaron ataques por los conservadores del estilo antiguo. Un tal Artusi llegó a publicar: «Estos compositores no tienen más que humo en la cabeza... si piensan que pueden corromper, abolir y arruinar a su voluntad las antiguas y buenas normas que se les entregaron, procedentes de los viejos tiempos.» El propio Monteverdi, auténtico maestro en los dos estilos se defendió a sí mismo y a sus compañeros por escrito en 1605. «Hay dos prácticas, una en el estilo sagrado polifónico de Palestrina, en el que la música es más importante que el texto, y la otra, la práctica de una música contemporánea que aspira a una nueva sencillez y emotividad a la hora de expresar el texto.»

Céfiro y Cloris. Sandro Botticelli, El nacimiento de Venus (detalle) 
Entre los madrigales de Monteverdi Zefiro torna (Céfiro vuelve) es uno de los más deslumbrantes y renombrados. El compositor de Cremona utiliza una ciaccona (basada en la chacona de nuestro país) para aprovechar la fuerza del bajo continuo. Utiliza un texto de Ottavio Rinuccini, libretista de la primera ópera de la historia, la desaparecida Dafne de Iacopo Peri y miembro de la Accademia Fiorentina y la Accademia degli Elevati
Perteneciente a su Nono libro dei Madrigalli: Madrigali e canzonette a due e tre voci (Noveno libro de Madrigales: Madrigales y canciones ligeras a dos y tres voces), Zefiro torna describe el lado más amable de Céfiro, dibujándolo como el aire suave que renueva los campos y hace surgir los efectos amorosos en el corazón del amante. El bullicioso ritmo que Monteverdi imprime a la ciaccona describe a la perfección las imágenes primaverales del texto, mientras las voces se imitan unas a otras y se burlan de la métrica, exagerando los recursos con fines cómicos. Así, la palabra «mormorando» se canta en un murmullo exagerando su duración. Cuando la primera voz exclama «e da monti» sube a lo más alto de su registro, mientras que la segunda voz en «e da valli» baja a la zona grave. 
En los últimos versos texto y música dan un giro inesperado cuando el protagonista se confiesa un solitario desconsolado que canta y llora por la ausencia de sus ojos amados, momento en que el pulso alegre y juguetón da paso a un desolado lamento.



El madrigal Zefiro torna en esta versión para dos voces está interpretada por la soprano Nuria Rial y el contratenor Philippe Jaroussky acompañados por el grupo L'arpegiatta dirigido por Christina Pulhar


En Las pasiones del alma, Descartes se posiciona como físico a la par que filósofo y moralista, analizando las pasiones primarias, sus características singulares y aquellas que surgen de la unión de algunas de ellas. Algo que nos resulta cuanto menos chocante al leer la obra hoy es que intenta determinar -y lo realiza- en qué lugar de nuestro cuerpo se radica el alma. Se trata de una justificación para tratar de la dualidad entre cuerpo y alma y cómo las pasiones, provocadas por causas ajenas a cada individuo interactúan entre la una y el otro.
Aún la segunda parte de su libro continúa detallando cómo podemos reconocer en nuestro cuerpo los síntomas de las cinco pasiones principales a las que dedica sendos artículos, dejando de lado la admiración, a la que considera que no necesita dedicar espacio para su reconocimiento.


Siguiendo con las Teorías de los afectos, estos llegaron a desarrollarse en diversas obras y en diversos modos. Desde los Affetti musicali a los Afetti amorosi, hasta llegar incluso a los Sacri afetti, diversos autores teorizaron sobre cómo incorporarlos a la música para acercarnos a estas pasiones y afectos tan propios de la condición humana.
Continuando con Claudio Monteverdi, el autor de la primera ópera que se conserva en la actualidad, La favola d'Orfeo, seguimos con otro de sus madrigales, en esta ocasión perteneciente a su Octavo libro de Madrigales, publicado en 1638 -once años antes del libro de Descartes- con el explícito título de Magrigali guerrieri, et amorosi con alcuni opuscoli in genere rappresentativo, che saranno per brevi episodi fra i canti sensa gesto (Madrigales guerreros y de amor con algunas pequeñas obras de género representativo, que serán interpretados entre las canciones sin acción teatral). Formado por una sinfonía y veintitrés madrigales con letras del propio Monteverdi, Petrarca, Torcuato Tasso y Rinuccini, el nº 19 ha sido desde su principio uno de los más celebrados y exitosos del compositor. El Lamento della Ninfa, con letra de Rinuccini está compuesto para soprano, dos tenores, un bajo y el acompañamiento del bajo continuo.

Domenico Fetti. Retrato de Claudio Monteverdi. Galería de la Academia (Venecia)
Para seguirlo con mayor fidelidad y apreciar sus características nos acompaña un texto del crítico Alex Ross recogido en su libro Escucha esto en el que analiza esta obra, citando las palabras con que el propio compositor declaraba que utilizaba las tres pasiones, ira, templanza y humildad para desarrollar este retrato musical.


Aunque hay ocasiones en que se interpreta la versión para voz de soprano, a partir de la segunda estrofa 
«Amor, dicea», nos acompaña la versión completa para las voces indicadas.


La interpretación corre a cargo de Helen Charlston & Toby Carr con miembros de The Gesualdo Six, miembros de la London Sound Gallery.


Las obras de René Descartes evidencian la amplitud de miradas a las que somete su pensamiento, unas circunstancias usuales en aquella época frente a la especialización de nuestro tiempo. Su curiosidad, mostrada en unas obras que escribió tanto en latín como en francés, se halla entre otras en su Discurso del Método (1637) en la que su Cogito, ergo sum (Pienso, luego existo) sintetiza su pensamiento, Meditaciones metafísicas (1641) o Los principios de la filosofía (1644), además de Las pasiones del alma que nos ocupan en esta publicación.
Esta mirada, que hoy llamamos multidisciplinar parten de una mente que se ocupa desde la geometría a la óptica, pasando por la física, las matemáticas y la filosofía en las que se adentra en la mayor parte de sus ramas, pero no deja detrás otras como la astrología o la alquimia, disciplinas dadas al naturalismo del medievo y el Renacimiento que, a la luz de los nuevos métodos y miradas no podían seguir con su lenguaje oscurantista y hermético, para iniciados que rondaban lo mágico, para abrirse al mundo abierto, nítido e científico en el que poder trabajar con axiomas explicables.

La ninfa Cloris al ser raptada por Céfiro, antes de convertirse en Flora. Sandro Botticelli, La consagración de la Primavera (detalle)
Descartes concluye su pensamiento en Las pasiones del alma con dos reflexiones que se acercan al pensamiento filosófico y moralizante más que al pensamiento de un físico. En su despedida, propone un remedio general contra las pasiones, además del razonamiento de que de ellas dependen el bien y el mal que ocurren en el mundo. Nada que no nos sea ajeno hoy en día.
 

Una vez iniciadas y desarrolladas, las distintas teorías de los afectos ocuparon gran espacio durante el periodo Barroco, de modo especial en las óperas. Así, en las arias es donde en mayor grado y en mejor forma se pueden desarrollar y expresar los sentimientos, frente a los recitativos que eran los que hacían avanzar la acción. Hasta veintitrés emociones y afectos llegó a identificar y sugerir cómo expresarlos musicalmente el teórico musical alemán, compositor y cantante Johann Mattheson.
De esta manera, la ópera barroca fue la gran beneficiada por estas teorías que desarrollaban cómo trasladar los afectos, sentimientos y pasiones desde la música -y los escenarios- a los espectadores.


Finalizamos este paseo entre pasiones y afectos con una ópera de Antonio Vivaldi, L'incoronazione di Dario (La coronación de Darío) RV 719, una ópera con libreto de Adriano Morselli que se estrenó en el Teatro Sant'Angelo de Venecia en enero de 1717 y de la que existen algunas grabaciones de estudio, puesto que apenas se suele representar.
En esta muestra que ha unido las pasiones según el estudio y pensamiento de Descartes con las teorías de los afectos en la música nos despedimos con el aria de Argene Afetti del cor mio (Afectos de mi corazón) perteneciente a la Escena 16 del Acto I de L'incoronazione di Dario del Petre Rosso.


La interpretación pertenece a una grabación de estudio para el disco Vivaldi: L'incoronazione di Dario con la soprano Delphine Galou acompañada por la Accademia Bizantina y la dirección de Ottavio Dantone para el sello Naive de 2013. 

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Bibliografía y webgrafía consultadas: