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Salzburgo, ciudad de la música

El otoño marca un cambio en nuestros ritmos y rutinas. El verano nos saca de nuestras casas para acercarnos a la playa, los viajes más o menos exóticos, las agradables noches al aire libre. El otoño nos acerca poco a poco (a veces aún más lentamente, como si el tiempo atmosférico se negara) al invierno y, con él, al interior de nuestras casas, las largas noches, las rutinas laborales y una nueva oportunidad de disfrutar con las lecturas, las músicas o las películas que buscamos, aunque en ocasiones, son ellas las que, de muy distintas formas, nos buscan a nosotros.
También es un momento para recordar, regurgitar en nuestros recuerdos, asentar definitivamente, re-vivir nuestros viajes, imaginarlos de nuevo o fijar cada recuerdo en el rincón de nuestra mente que le corresponde. Hay incluso lugares en los que nunca hemos estado y que son, gracias a experiencias culturales o emocionales, parte de nosotros y a los que sentimos que hemos viajado y que, de alguna manera, pertenecemos a ellos.

En esta propuesta de Viaje de otoño te invito a realizar un paseo entre libros y músicas por Salzburgo, una de esas ciudades fascinantes y relacionadas con el arte sonoro acompañados por textos de Stefan Zweig y la presencia de dos ilustres salzburgueses, Mozart y Karajan.





La importancia capital de Salzburgo proviene de la música y, de forma determinante, por ser el lugar de nacimiento de uno de los más grandes músicos de todos los tiempos. Joannes Christostomos Wlofgang Gottlieb Mozart nació en enero de 1756, séptimo y último hijo de Leopold y Anna Maria Pertl, aunque a su nacimiento sólo sobrevivía una hermana cuatro años mayor conocida como Nannerl.
Wolfgang Amadeus (la traducción al latín del Gottlieb alemán que él mismo utilizaba) Mozart vivió, lo sabemos, con la suerte y el estigma de ser un niño prodigio. 
Leopold, violinista y ayudante del director de la orquesta del príncipe-arzobispo de Salzburgo anotó con orgullo en su diario: "Wolfgang aprendió en media hora este minuetto y trío un día antes de su quinto cumpleaños, a las nueve y media de la tarde del 26 de enero de 1761".
Su asombrosa facilidad para interpretar con muy pocos años instrumentos como el clavicémbalo o el violín le llevó, en primer lugar a la corte vienesa donde dio conciertos para el emperador y su familia. Más tarde, su padre Leopold se embarcó en largas y extenuantes giras por las cortes y lugares más favorables a la música de toda Europa, en los que se codeó con todos sus gobernantes y dignatarios, para sacar provecho del talento interpretativo de sus hijos: Munich, París, Londres, Países Bajos o Milán, entre otros lugares.. 
El siguiente paso, componer, lo dio el joven pocos meses después al escribir dos piezas para clave que su padre añadió al cuaderno de piezas que su hijo interpretaba.
Además de Mozart otro músico muy influyente del siglo XX nació en la ciudad austriaca, Herbert von Karajan, uno de los directores más carismáticos e influyentes de los años centrales del pasado siglo. 

           
Monumento en la casa natal de Karajan


Karajan comenzó a dirigir en la ciudad de Ulm pasando más adelante por la dirección de muchas de las más prestigiosas orquestas filarmónicas del mundo como las de Viena, la del Teatro Alla Scalla de Milán hasta finalizar trabajando e influyendo en todo el mundo musical desde su puesto en la Orquesta Filarmónica de Berlín. En todo el tiempo que pudo colaboró de forma activa en el Festival de Salzburgo, con mayor intensidad en las décadas de los años 50 y 60. Su influencia en la industria musical fue tal, que el apoyo que dio a la tecnología del disco compacto hizo que éste se asentara en nuestra cultura y que, según se cuenta, la duración máxima de cada disco la impuso al insistir que la 9ª sinfonía de Beethoven debía caber en un sólo disco.
De una de sus colaboraciones en el Festival de Salzburgo es el enlace en el que Karajan dirige con la concentración, los ojos entornados y esos movimientos enérgicos tan característicos suyos a la Wiener Philharmoniker en la Obertura y comienzo del Don Giovanni de Mozart. Se trata de una representación de 1987, un par de años antes de su fallecimiento,  con Ferruccio Furlanetto como Leporello, Samuel Ramey como Don Giovanni y Anna Tomowa-Sintow como Donna Anna.




El vídeo comienza con la obertura que, como era habitual en la época, se basa en los temas musicales que aparecerán más tarde, sobre todo en la penúltima escena de la obra protagonizada por la estatua del comendador. A destacar los sonidos que imitan la despreciativa risa con que Don Giovanni trata a cualquiera de los personajes. 
La primera escena es bastante compleja, tanto dramática como musicalmente. Don Giovanni se ha introducido en los aposentos de Doña Ana, mientras su criado Leporello monta guardia maldiciendo su destino de sirviente. Un grito indica que ésta opone resistencia al seductor. Acude su padre el comendador y, tras una breve lucha, don Giovanni lo mata.
Para cada uno de estos cuatro momentos Mozart traza una caracterización musical: El aria de Leporello muestra la rabia contra su suerte y el sueño de llegar a ser un señor. Doña Ana es retratada, en pocas notas, con un carácter altivo. Don Giovanni aparece junto a ésta como asustado por la resistencia que ofrece, mientras tras la muerte del comendador se compadece de su adversario, llegando a ser altivo y duro en las respuestas a su criado.






La personalidad y la obra de Stefan Zweig no tiene en nuestros días el reconocimiento que merece por la importancia de sus escritos y la búsqueda constante de una Europa unida más allá de las nacionalidades, sus advertencias casi proféticas sobre los peligros bélicos que amenazaban al continente y la existencia de una cultura paneuropea como el gran factor aglutinante del continente.
Autor teatral, conferenciante, divulgador de la cultura europea a través de biografías, relatos y novelas, Zweig nació en Viena en 1881 en una acomodada familia de origen judío. Estudió Filosofía y se exilió en Zurich durante la Gran Guerra por sus fuertes convicciones antibelicistas, donde escribió su obra teatral Jeremías, una pieza de inspiración bíblica que atacaba el militarismo imperante.
Amigo de un gran número de intelectuales relacionados con todas las ramas culturales, hubo de exiliarse en diversos momentos de su vida, viendo cómo se destruía en varias ocasiones la civilización que se había formado en Europa. En los años 20 y 30 del siglo pasado se instaló en Salzburgo en los momentos en que esta ciudad en plenos Alpes pasó de ser una pequeña y provinciana ciudad, aún derruida por la I Guerra Mundial, a convertirse en uno de los focos culturales más importantes de toda Europa.
Entre sus obras podemos destacar además de la citada Jeremías, Cartas de una desconocida, Momentos estelares de la humanidad, El mundo de ayer y las biografías de Erasmo de Rotterdam, Magallanes, María Antonietta, Americo Vespuccio, Paul Verlaine, Balzac, Dickens o Dostoievsky entre otros muchos.
Su obra El mundo de ayer. Memorias de un europeo está formada por una serie de retazos autobiográficos en el que va desgranando sus miradas y recuerdos por los lugares y momentos por los que transcurrió su vida desde su Viena natal, la elegida Salzburgo y los exilios en Zurich, Londres, Estados Unidos y el Brasil en el que terminó con su vida.



De esta obra, selecciono y comparto la visión que nos ofrece de Salzburgo en el periodo de entreguerras, con el naciente surgimiento de la ciudad en los comienzos del festival musical que le ha dado nombre en todo el mundo. Un esplendor al que la llegada de la II Guerra Mundial puso fin y que hubo de esperar años para llegar a volver a recuperar la imagen que tiene en la actualidad.


Inmediatamente después, Zweig relata cómo afectó a su propia casa y a su vida el encuentro con tantos personajes que aparecieron por allí para disfrutar de los acontecimientos que se celebraban en Salzburgo. La frase final, escrita en pasado imperfecto, adquiere un tono desgarrador por oposición a la realidad conocida por el autor.


El Salszburger Fetspiele (Festival de Salzburgo) no ha dejado de crecer y aumentar su importancia desde que regresó tras la II Guerra Mundial, afianzándose con la presencia consagrada de personalidades del mundo de la música como el propio Karajan, Claudio Abbado, Riccardo Muti, James Levine o Georg Solti.
Desde 1992 se produce una transición hasta la actualidad con la participación de los grandes intérpretes, escenógrafos y directores que han logrado que la ciudad de Salzburgo esté en la vanguardia de las producciones musicales a nivel mundial. Producciones como La Traviata de 2005 con Anna Netrebko y Rolando Villazón, que ha aparecido en este blog en varias ocasiones, La flauta mágica de 2006 o la producción de Aida del verano de 2017 con la nueva presencia estelar de Anna Netrebko y Riccardo Mutti en el foso han dado la vuelta al mundo en montajes que se han repetido por todos los grandes escenarios.
Para terminar de unir los nombres de Salzburgo y Mozart, te propongo oír una de las arias más conocidas del compositor austriaco perteneciente a su ópera Die Zauberflötte.


El aria Der Holle Rache Kocht (La venganza del infierno) está interpretada por la soprano alemana Diana Damrau en el Festival de Salzburgo de 2006 con la dirección de Riccardo Mutti.


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Un Réquiem para Mozart

El 5 de diciembre de 1791 fallecía W. A. Mozart uno de los más prolíficos y brillantes compositores e intérpretes de toda la historia. Su prematura muerte con apenas 35 años y la capacidad para hacer populares sus composiciones han hecho de él uno de los más reconocidos músicos. En esta entrada te propongo un recorrido por su última composición.


La Misa de Réquiem en Re menor es la última obra compuesta por Wolfgang Amadeus Mozart. El misterio que lo ha rodeado desde la muerte de su autor ha recobrado actualidad hace unos años gracias a la obra de teatro, luego convertida en película Amadeushistóricamente incorrecta como nos suele acostumbrar el cine, en cuanto a la relación que existió entre dos músicos como Salieri y Mozart.
De la biografía del músico salzburgués escrita por Peter Gay son estas líneas que tratan sobre el encargo y la composición de su Misa de Réquiem.



El Réquiem fue encargado por el Conde Walsegg-Stuppach, un compositor aficionado que pretendía que se creyera que era él quien lo había escrito en memoria de su esposa. Mozart mantuvo el secreto. Según una confesión de sus últimos días, el compositor creía que estaba componiendo la obra para sí mismo. En cualquier caso, murió antes de poder concluirlo, y su viuda Constanze, por razones económicas, debía entregarlo completo al Conde. De ahí que confiara la obra a un alumno de su esposo, Süssmayr, que posteriormente declaró que era el autor del Sanctus, el Benedictus y el Agnus DeiNadie ha sido capaz de corroborar esta afirmación, pero sí se sabe que Süssmayr se valió de la música de Mozart en Lux Aeterna y Cum sanctis Tuis, y que fue el encargado de orquestar todas las secciones entre el Dies Irae y el Hostias.
El propio Conde dirigió la primera interpretación del Réquiem, que aún intentaba hacer pasar por suyo, en la Iglesia Neukloster el 14 de diciembre de 1793, dos años después de la muerte de Mozart.



La primera pieza que nos acompaña es el Lacrimosa. Una introducción de las cuerdas con el tema del Introito da pie al coro que entona Lacrimosa dies illa. Se trata de una de las piezas más sentidas de Mozart en la que expresa su sentimiento religioso, dando paso a las frases melódicas del texto del Requiem que dan paso al carácter de súplica y resignación que nos llega a conmover. Es la última pieza que comenzó a componer, ya que los últimos compases, según estudios, es obra de Süssmayr. ¿Sabía o presentía que este era su final?



La segunda pieza es el Rex Tremendæ. Un acorde de todas las cuerdas es respondido por los instrumentos de viento y retomado por las primeras en una progresión descendente. El coro, en fortíssimo, exclama “Rex” por tres veces antes de comenzar el desarrollo del texto. El contraste se hace total con el pianissimo con que se canta “salva me”tornándose el ambiente casi sobrenatural mientras un aroma de oración sustituye al violento comienzo. Leonard Bernstein dirige a la orquesta sinfónica de Bayerischen Rundfunks y su coro titular.






El 5 de diciembre de 1991, fecha en que se cumplían los doscientos años del fallecimiento del autor, tuvo lugar una misa de Réquiem por su alma en la Catedral de Viena oficiada por el Arzobispo titular, bajo la dirección musical de Sir Georg Solti y con la participación de la soprano Arleen Augér, la mezzo-soprano Cecilia Bartoli, el tenor Vinson Cole y el bajo René Pape del que existe una emotiva grabación. 


Firma autógrafa del compositor
Desde entonces, todos los años he buscado tiempo cada 5 de diciembre para escucharlo. Sólo una vez falté a la cita. Ese mismo día, y tras varios años de lucha contra sus perdidos recuerdos fallecía mi padre. Mientras persista mi memoria no dudo que acudiré a esta cita anual.
Te dejo con la transcripción de tan excepcional y emotivo momento. Recuerda, 5 de diciembre de 1991, doscientos años después del fallecimiento de Mozart.



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¿Cómo ha podido suceder?

Una reflexión sobre el paso del tiempo

Hay momentos determinantes en la vida en los que suceden acontecimientos o experiencias que marcan nuestra existencia. En algunos de ellos ni siquiera somos conscientes de la importancia que tienen en nuestro desarrollo vital, de manera especial en los que nos ocurren en periodos más juveniles. Con la experiencia que vamos adquiriendo cada vez tenemos más capacidad para reconocer los momentos que marcan nuestra vida, la clarividencia para determinar la importancia fundamental de lo que nos ocurre. De todas maneras, no siempre sucede así y hay determinados momentos en los que nos damos cuenta de nuestra situación o de los cambios de nuestra vida una vez que estamos inmersos en ellos y entonces, sólo entonces, podemos reconocer cuándo, cómo y por qué estamos en esa situación. 



Uno de esos momentos es aquel en que se toma conciencia de que el paso del tiempo marca una nueva etapa en la vida, pasando de la madurez a una nueva situación que, en cada caso es distinta, y que cada uno acepta a su manera, toma decisiones o se rebela ante ella, según las circunstancias. 
Dos referencias, cada una en un sentido distinto, acompañan a esta entrada. Un texto de Elías Canetti y un monólogo de El caballero de la rosa de Richard Strauss. Tomarte la vida, según las circunstancias, como una oportunidad para dar paso hacia adelante o como un momento en que sientes que se marca una nueva etapa que se dirige hacia el comienzo del fin.



Nacido en Bulgaria, judío de origen sefardí, Elías Canetti pasó su vida entre Inglaterra, Suiza o Alemania desde comienzos del siglo XX hasta su última década. Como muchos de los intelectuales de su época, fue una persona cuya vida y obra transcurren entre la multiculturalidad, el plurilingüísmo, la crueldad de las guerras que marcaron la primera mitad del siglo y el desarraigo que le llevó, como a tantos, a la búsqueda de su lugar en el mundo. Hizo del español, por su origen sefardí su primera lengua (el apellido original de su familia era Cañete, residentes hasta su salida de España en Cuenca); del inglés la lengua que le dio la nacionalidad, que recibió como ciudadano británico en la década de 1950; y del alemán su lengua literaria, aquella en la que escribió toda su producción. Fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1981 por "su profundo sentido artístico, su pacifismo y la descripción del nazismo y el exilio", siendo un autor poco conocido entonces por el gran público. Dedicó años de su vida al estudio sobre las masas y la relación con el poder bajo el título Masa y poder con el que pretendía "coger por el cuello al siglo XX", mientras dejó escritos por cuadernos anotaciones y apuntes que recogían miles de aforismos, fragmentos de escritos y sentencias.
En el siguiente enlace puedes seguir parte de su biografía en un interesante estudio de Tomás Albadalejo: Elías Canetti: vivir en la lengua
De su inclasificable obra La provincia del hombre que recoge las anotaciones que realizó en sus cuadernos a lo largo de los años que van de 1942 a 1972 está extraído el texto que acompaña e este post. En él Canetti plantea, con determinación, el camino a seguir en un nuevo inicio vital.




































 En 1911 se estrenó en la Ópera de la Corte de Dresde Der Rosenkavalier (El Caballero de la Rosa) una obra en la que Richard Strauss da un giro a su producción dramática anterior que venía precedida por obras tan distintas y distantes en lo argumental y en lo formal como Salomé o Electra. Con El caballero de la rosa, Strauss quiso hacer una ópera al estilo de las de Mozart en la que fue fundamental el libreto de Hugo von Hofmannsthal. La colaboración entre ambos produjo una obra de una gran elegancia, en la línea de la comedia vienesa, con personajes que dejan huella, como el zafio barón Ochs de Lerchenau, La Mariscala y unos jóvenes Octavian (interpretado por una mezzosoprano, como el Cherubino de Las bodas de Fígaro) y Sophie.
De todos ellos, en esta entrada vamos a dedicar nuestra atención a La Mariscala, uno de los personajes más maravillosos y conmovedores del universo operístico. La princesa Werdenberg, más conocida como Die Feldmarschallin (La Mariscala) por haberse casado con un mariscal imperial, es una bella aristócrata más próxima a los treinta que a los cuarenta años, cuyo actual amante es el joven Octavian. Al final del primer acto se va haciendo consciente de la experiencia del tiempo, la conciencia de envejecer, que desde ese momento va impregnando la obra de una agridulce nostalgia. En un monólogo al final del primer acto se acaba preguntando sobre el paso del tiempo Wie kann denn das geshehen? (¿Cómo ha podido suceder?) Wie macht denn das der liebe Gott? (¿Cómo lo consiente Dios?). Y si no puede hacer nada por evitarlo, se sigue preguntando, ¿por qué consiente Dios que me dé cuenta de ello con tanta claridad? Si ella no puede detener el paso del tiempo, La Mariscala decide adelantarse al tiempo y renunciar de forma voluntaria a su joven Octavian antes de que sea la vida quien se lo arrebate. 




 No se trata, como en La Traviata de un Adiós a la vida, sino más bien, es una decisión tomada con la ligereza y la gracia de una aristócrata vienesa, "un ojo triste y el otro alegre".
No es una pieza que tomada fuera de la acción dramática sea brillante y efectista como otras, pero tiene la fuerza de la reflexión, de caer en la cuenta del momento en que se encuentra y ella, que en su vida no conoció el verdadero amor, guía a su joven amante con una sensibilidad y delicadeza incluso hasta llegar a amar el amor de Octavian por Sophie.

El enlace es una versión histórica de 1960 con la dirección de Herbert von Karajan y la interpretación de Elisabeth Schwarkopf, la soprano alemana que con más elegancia ha sabido llevar a la escena, e incluso hacer suyo, el papel de La Mariscala.




 



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