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Seis campanadas para cambiar de año

"Grabad esto en vuestro corazón: cada día es el mejor del año".
Ralph Waldo Emerson

Cada final de diciembre nos trae la despedida y recibimiento de un año. Es como si marcáramos a fuego el cambio de calendario y tuviéramos que hacer borrón y cuenta nueva en algunas de nuestras costumbres, defectos o decisiones.
Unido a esto, hay cierta necesidad social de comenzar el año nuevo rodeados de personas y con ambientes divertidos, como si la felicidad, la ilusión o nuestros anhelos dependieran de este momento.
Esta ambivalencia de sentimientos que nos embargan los resolvemos en cada caso según nuestros gustos y circunstancias, con unas costumbres y usos que van desde las tradicionales doce uvas hasta las más ruidosas y multitudinarias celebraciones.
Te propongo unos minutos de reflexión a través de seis pinceladas a modo de campanadas sobre los sentimientos que nos ocupan antes y después de la entrada del año nuevo, con textos y músicas que van desde el deseo de celebrar estos momentos a los que no le dan más importancia. Nos acompañan el agudo ingenio de Mark Twain, un inusual estilo de Mario Benedetti, la desgarradora escritura de Julio Cortázar y la desenfadada música de Johann Strauss... y, sobre todo, un deseo: Que tengas un ¡Feliz año nuevo! Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!


Uno de los más populares y emblemáticos escritor americano del siglo XIX, posiblemente junto con Herman Melville (el autor de Moby Dick), fue Mark Twain. Creador de personajes como Tom Sawyer o Huckleberry Finn y autor de El príncipe y el mendigo o Un yanqui en la corte del rey Arturo, sus relatos nos evocan sobre todo la vida alrededor del Mississipi. Escritor de un extraordinario sentido para la observación de la conducta humana, un ingenio, una mordacidad y una ironía exquisitos, comenzó su andadura en el mundo de las letras escribiendo en periódicos locales y dedicó buena parte de su tiempo una vez consagrado como escritor a moverse por distintos escenarios impartiendo conferencias.



En el comienzo del año 1863 publicó en el periódico Territorial Interprise de Virginia City (Nevada) para el que escribía habitualmente el párrafo que nos acompaña.


Conocido como el Rey del Vals, Johann Strauss hijo es uno de los músicos más representativos de la Viena del XIX, una ciudad que acogió a compositores de la talla de Haydn, Beethoven, Schubert, Liszt, Brahms o Mahler. Continuador de la saga musical que comenzó su padre, aunque con la oposición de éste, junto con sus hermanos Joseph y Edouard, llegó a ser una de las personalidades de la segunda mitad del siglo en Viena. ¿Quién no ha oído algunas de sus polkas y valses como el del Emperador, El Bello Danubio Azul o los de la obertura de El Murciélago, o ha acompañado con palmas la marcha Radetzky?
Aunque especializado en este tipo de obras, a las que logró llevar a un elevado nivel de excelencia técnica sin renunciar a la alegría que transmitían, Strauss también compuso obras escénicas. Entre éstas destacan las operetas El Murciélago, El barón gitano o Una noche en Venecia.



Die Fledermaus (El Murciélago) es una comedia típicamente vienesa, basada en un libreto inédito escrito para Offenbach que Haffner y Genée adaptaron al gusto del compositor y las características de la capital austriaca. Se estrenó en abril de 1875 en el Theater an der Wien, ese recoleto espacio que está coronado con los relieves de Papageno y sus hijos por haberse estrenado también La flauta mágica de Mozart.
El Murciélago es una comedia con unos personajes que carecen de buenas intenciones y que disfrutan con el mal ajeno. El argumento es leve desde el punto de vista narrativo, con personajes que se engañan unos a otros, pero que dan juego para que una puesta en escena bien llevada y unos cantantes que sepan desenvolverse por el escenario den ocasión para una disfrutar de una experiencia espectacular y divertida.
Hace tiempo acudieron a un baile de disfraces el matrimonio Eisenstein y su amigo Falke que iba disfrazado de murciélago. En la fiesta bebió más de la cuenta y su amigo decidió gastarle una broma, dejándolo dormido en un banco en plena calle con su disfraz, convirtiéndose en el hazmerreír de los pilluelos y los transeúntes. Esta obra narra la venganza amistosa con que Falke devuelve la broma.
Los tres actos suceden en tres escenarios distintos: La casa del matrimonio Eisenstein, donde se traman las relaciones de infidelidad entre el esposo y Rosalinde; la residencia del príncipe Orlofsky, un príncipe ruso que da una fiesta entre canciones, bailes y champán; y la cárcel, en la que debe acabar Eisenstein según conocemos desde el primer momento, y que concluye, como imaginamos entre risas y brindis. Si quieres acceder a un resumen del argumento, puedes hacerlo en el enlace al blog de Fiorella Spadone
El enlace ofrece, en plena celebración en casa del príncipe Orlofsky, interpretado habitualmente por una mezzo-soprano, un brindis con champán, el rey de los vinos. Un momento musical y festivo a propósito para estas fechas.



Nos acompaña un enlace a la producción de El murciélago representada en la Staatsoper de Viena en 2019 a partir de una producción escénica de Otto Schenk.


En los últimos años de su vida el poeta uruguayo Mario Benedetti se animó a escribir Haiku, ese género de origen japonés formado por tres versos de cinco, siete y cinco sílabas. La sensación del instante, la manifestación de la naturaleza y ser puerta de lo sagrado están entre sus características. Es un género que precisa concisión en la expresión y supone un sutil concierto entre el poeta y el espectáculo que nos ofrece el mundo, entre la meditación y la naturaleza.
Fruto de ese acercamiento a ese estilo japonés, Benedetti publicó en 1999 Rincón de haikus, un libro con más de doscientos de estos poemas en los que hace un personal acercamiento, más alejado de la naturaleza y más próximos a la condición humana.
De ellos, estos tres nos sirven como una nueva campanada para el cambio de año, mezclando el pesimismo con el optimismo y la mirada al incierto futuro, si modificamos en el último la palabra siglo por año, ya que mirar al cambio del primero se antoja aún visión muy lejana.



El acto segundo de El Murciélago y, por lo tanto la fiesta del príncipe Orlofsky, finaliza con el vals que da título a la opereta y que es solapado por las intervenciones de los personajes. Eisenstein quiere conocer quien es la invitada enmascarada, sin saber que es su esposa, su amigo de francachelas es el director de la cárcel a la que debe entrar y las campanas marcan las 6 que es la hora en que ambos, director y preso, deben encaminarse a la prisión para cumplir sus cometidos.
Se trata de una producción de la que desconozco más datos y que nos sitúa en el final del acto entre demasiados excesos por parte de los protagonistas.



En Bajo el crepúsculoJulio Cortázar recoge una serie de poemas que acumuló durante cerca de cuarenta años. Reunidos como un collage, sin orden, saltando de un tema a otro; de una sensación a un sentimiento; del aroma de una calle al paseo por un café; de la participación a la complicidad de los autores que amaba y significaban para él; desde un estilo más clásico -aunque decir esto de Cortázar nunca es acertado- a otro más experimental, lúdico y novedoso, donde recoge lo que ha quedado perdido en un rincón, lo que no encajaba en otro lugar. Bajo el crepúsculo es un libro donde confluyen y divergen, se cruzan y evocan sus opiniones, aficiones y recuerdos en un caos delicioso que es la última publicación del escritor.



De este libro, casi como una miscelánea es el poema Happy New Year que Cortázar fechó en la Nochevieja de 1951.



Para finalizar estas seis campanadas sobre el cambio de año, comparto un enlace al disco de la interpretación de la obertura de El Murciélago que se realizó en el Concierto de Año Nuevo de 1989 con la dirección de un experto en esta opereta, el siempre elegante Carlos Kleiber. Como suele ser habitual en estas obras, la obertura recoge los temas más importantes de la obra y escuchándola no deja de recordarnos algún anuncio publicitario de sopas instantáneas.

 

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Budapest, la perla del Danubio

Budapest es una ciudad que se presta al recuerdo, a la degustación de lo visto y vivido. 
En este nuevo capítulo de Viaje de Otoño te propongo acercarte, desde la curiosidad por la ciudad desconocida o desde el recuerdo de lo visitado, a una de las ciudades más fascinantes de Europa Central. Nos acompañan textos de Claudio Magris y música de Béla Bartók y Johann Strauss hijo.


Hablar de Claudio Magris es hacerlo de uno de los intelectuales europeos que influyen con su obra desde finales del pasado siglo. Catedrático de literatura en lengua alemana en la universidad de Trieste, su tierra natal, es un prestigioso germanista, traductor o simplemente interesado por la obra de autores como Ibsen, Joseph Roth, Musil, E.T.A. Hoffmann, Hermann Hess o Borges, además de autor de un gran número de ensayos y obras narrativas. Una de sus temáticas es la necesidad de una unión europea, una obsesión sobre la que sobrevuela su pensamiento en muchas de sus obras. El sueño de la Mitteleuropa, la Europa Central, como unificación y unicidad en lo cultural y político, en una búsqueda de la memoria del continente, la creación de un espacio que trascienda lo geopolítico y en el que en su gestación y desarrollo han participado lo germano y lo judío como elementos esenciales: "La cultura alemana, y con ella la judía, ha sido un elemento de unidad y de civilización en la Europa centro-oriental". Obras como El Danubio, Otro mar, Conjeturas sobre un sable, Microcosmos, Utopía y desencanto, A ciegas o La exposición forman parte de su obra literaria. 
Su obra El Danubio abunda en la temática de ahondar en la memoria de Europa a través de un relato que aborda un viaje que transcurre entre lo externo y lo interno, a través de los más de tres mil kilómetros que recorre el gran río europeo a lo largo de su curso, en un viaje que profundiza entre la memoria y el sueño de la creación de un espacio europeo. Según sus palabras: "La cultura europea es como el Danubio, que atraviesa fronteras nacionales, humanas y psicológicas. Es el símbolo de estas diferencias, pero también del rescate de su unidad. El viaje es una posibilidad de salvar esas fronteras, igual que las salva el río, preservando siempre la diversidad".



Este recorrido deviene entre registros variados y elementos de distinto calado, desde simples anécdotas hasta episodios de mayor trascendencia. El río surge con mayor importancia que lo simplemente geográfico: es el símbolo de un sueño de convivencia plural frente al particularismo y el enrocamiento de los nacionalismos.
Como el mismo río Danubio, la parte  central del libro está dedicada a la Panonia, esa antigua región romana que coincide con la cuenca danubiana de gran parte de Hungría y Croacia, Serbia, Eslovenia, Eslovaquia y Austria. En la sección dedicada a Panonia, Magris nos recorre la parte húngara del río en unas observaciones que lo llevan a profundizar en el alma de la capital magiar.


La música en Hungría es tradición, espectacularidad y modernidad. El gran héroe musical, la gran figura histórica de la música en Hungría es Franz Liszt, acaso el pianista más grande que haya dado la historia como intérprete y como compositor. Su figura se paseó por toda Europa, influyendo en todos los grandes compositores e intérpretes del continente. Tenía fama de poder leer cualquier partitura, por muy difícil que fuera, a primera vista. Técnicamente era de una destreza inigualable y su obra va desde las composiciones de autoría propia hasta las adaptaciones que realizaba de obras de otros compositores. Es el caso de Las Paráfrasis y Les Réminiscences, obras en las que traduce al piano temas de distintas óperas, pero en las que no se limita a la simple transcripción, sino que ahonda y avanza en la caracterización de la obra, sus personajes y la historia.
Además, hay autores que han trabajado desde esta tradición y la música popular para crear obras que se encuentran entre las más asombrosas composiciones del siglo. 
Béla Bartók se inició en la música desde su infancia. Tras completar sus estudios musicales, inició una carrera compositiva y como intérprete de piano con algunos éxitos, pero se prometió dedicarse a la investigación folclórica junto con Zoltan Kodály, llegando a completar el estudio de la música popular húngara. Su única ópera es El castillo de Barba Azul, una original obra que oscila entre el misterio y la vanguardia en la que logró unir la tradición junto al impresionismo y al expresionismo. Basada en un cuento de Perrault, el libreto fue obra de Béla Balázs, un poeta, dramaturgo y guionista del naciente cine.
La historia, con poca acción y sólo dos personajes, está más cerca de lo metafísico y lo profundo que de lo convencional. No hay números cerrados como arias o dúos. Judit acaba de casarse con Barba Azul y le pide explicaciones sobre qué hay tras cada una de las siete puertas de su tenebroso castillo. La escalofriante historia muestra cómo va descubriendo, tras cada puerta, el sangriento pasado de su esposo. 


La historia sirvió a Bártok para componer un mosaico sobrecogedor cargado de metáforas: en un universo simbolista, mientras Judit va conociendo qué se esconde en cada una de las estancias, el público se adentra con ella en un mundo de dolor, un palacio sin salida, reflejo de la huella que deja el crimen y que, tras cada promesa de redención, exige no hacer nuevas preguntas. Después de la sexta puerta se vislumbra un lago formado con las lágrimas que el esposo ha hecho derramar a lo largo de su vida. Aquí le plantea a Judit si ve necesario, con halagos y abrazos, la posibilidad de que ella no abra la última puerta, entre las dudas y arrepentimientos de los dos personajes. Tras la séptima puerta se revelan las tres esposas anteriores de Barba Azul, como fantasmas condenados al silencio y la resignación. "Tras el de la mañana, el del mediodía y el del crepúsculo, tú serás el de la noche -le dice a Judit-. Ahora no habrá más que sombra, la sombra para siempre".
El enlace nos presenta el comienzo de la ópera con el barítono Kolo Kováts como Barba Azul y la mezzosoprano Syilvia Sass como Judith con sir George Solti dirigiendo a la London Philarmonic Orchestra.


Uniendo las ciudades de Óbuda, la más antigua, Buda, la ciudad oficial, la de la corte de los reyes magiares, con Pest, la comercial, la ciudad de la burguesía y el pueblo, en el siglo XIX toma entidad la nueva Budapest, una de las ciudades más hermosas de cuantas bordean las orillas del gran río europeo.
La ciudad floreció en los primeros años del siglo XX con una inquietud cultural que se planteaba qué relación existía entre lo esencial y la forma, entre el funcionamiento de las cosas tal como son y la autenticidad de como deben ser. Coincidiendo con el milenio húngaro, en 1896, la creación artística lleva al extremo la espectacularidad de sus monumentos, la creación del metro subterráneo (el segundo más antiguo del mundo tras el de Londres), los compositores hacen avanzar la música hasta colocarla entre la vanguardia europea.



Heredera de estos años es la visión que Budapest nos ofrece hoy. Badavári palota (El Palacio Real), con Várnegyed (El barrio del Castillo), el Mátyá Templom (la Iglesia de Matías, que no de San Matías) o ese impresionante balcón panorámico hacia el Danubio y Pest, el Halásbástya (el Bastión de los Pescadores) marcan el impresionante señorío de la corte húngara. 
Unida por sus monumentales puentes, al otro lado del río, Pest modificó su aspecto para surgir como la vemos en la actualidad con sus amplias avenidas y elegantes edificios, una mezcla de exuberancia y gigantismo, una mezcolanza entre el floreciente capital húngaro y el imperialismo proveniente de Viena. Se diría un eclecticismo historicista con el que la burguesía quisiera aparentar y ostentar un estilo propio húngaro.
Aquí deslumbra el edificio de Országház (El Parlamento), un espectacular monumento neogótico, casi catedralicio; Nagykörút (Gran Bulevar), con sus avenidas repletas de actividad; Andrássy út (Avenida Andrassy), la más elegante de las avenidas de la ciudad, en la que se cobija la fastuosa Magyar Állami Operaház (Ópera Nacional), un edificio espectacular por fuera y por dentro; el Vásárcsarnok (Mercado Central), impresionante edificio de varias plantas cubierto con una amplia nave de bóveda metálica; hasta la popular Hösök tere (Plaza de los Héroes).
Una deliciosa película de Ernest Lubischt de 1940, The shop around the corner, difundida en España como El bazar de las sorpresas, nos permite entrever ese ambiente de las primeras décadas del siglo. 
También abunda la tradición centroeuropea de los cafés, con algunos anodinos edificios que esconden su acogedora monumentalidad tras fachadas insospechadas, como el Café New York



Pero la música de Budapest y de Hungría en general, bebe mucho de lo popular. Sus aires, estilos y bailes han pasado a formar parte de la algunas composiciones clásicas. Originaria de los verbunkos en el siglo XVIII, ha sido popularizada por agrupaciones romanís por toda la zona circundante, llegando a ser popular en los países limítrofes.
La más popular de las danzas húngaras, las czardas se componen de dos tiempos bien diferenciados, comenzando de manera tranquila y parsimoniosa (lassú) para terminar con un tiempo muy rápido y animado (friss).
Interior de la impresionante Ópera de Budapest


En el último guiño a Budapest podemos ver una interpretación de las Czardas de Die Fledermaus (El Murciélago), una deliciosa opereta de Johann Strauss hijo, en la que se recoge el ambiente musical de finales del XIX y comienzos del XX en pleno apogeo de la dinastía de los Habsburgo cuando el imperio Austro-Húngaro formaba una de las grandes potencias europeas. La unión de este ambiente mezclado de burguesía, nobleza, militares, en un decorado de lujo, fiestas y engaños, y en la que cada personaje está interpretando un papel en la fiesta distinto al suyo, hace que esta opereta aún se represente en la época previa al fin de año en los países germánicos. En esta pieza, Rosalinde evoca con su czarda el recuerdo de su Hungría natal.




Interpreta esta Czarda Kiri Te Kanawa en una producción grabada en el Royal Opera House del Covent Garden de Londres en 1984 con la dirección de Plácido Domingo.


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¡Feliz año nuevo!

En cada cambio de año se nos unen una mezcla de sensaciones, muchas de las cuales están marcadas por nuestro interior y otras por las convenciones sociales que nos rodean. Es casi obligatorio tener que divertirse, pasarlo bien, con una alegría que proviene más de nuestro entorno que de nuestro propio ser.
Son momentos de recapitulación, de marcar unos deseos, unos propósitos y unas metas que, en la mayoría de los casos, se quedan en buenas intenciones y se diluyen con el paso de los días.
En estos días en que pasamos de un año a otro, desde este blog te deseo un Feliz Año Nuevo y te propongo dos miradas al año que comienza. La primera con un acercamiento a tu interior, a esas cosas pequeñas, sencillas, que hacen la vida más placentera y agradable, salida de la pluma de Bertolt Brecht. La segunda mirada nos acerca a la celebración con los convencionalismos que nuestra sociedad nos ofrece: alegría externa, música, bebida y bailes con una opereta de Johann Strauss hijo.



El texto que acompaña esta entrada pertenece al dramaturgo, director de teatro y poeta alemán Bertolt Brecht, de quien ya se publicó un texto en este blog: Un viaje en una mirada al Berlín de entreguerras
Citar a Brecht es hablar de una personalidad reconocida en el mundo de la cultura de la primera mitad del siglo XX, un autor comprometido con su época, preocupado por la justicia y las clases populares. Iniciado en el teatro expresionista, evolucionó con la creación de algunos dramas didáctico musicales en los que se hacía una ácida crítica del capitalismo, en colaboración con el compositor Kurt Weill como la Ópera de los tres centavos que apareció en el post citado anteriormente, o Ascensión y caída de la ciudad de Mahagonny
Después de exiliarse en Escandinavia con el ascenso de Hitler al poder, se asentó en California donde llegó a componer algunas de sus obras de teatro más importantes, como La vida de Galileo Galilei, Madre Coraje y sus hijos o El círculo de tiza caucasiano. Terminó de abandonar las técnicas del teatro tradicional consolidando una forma narrativa libre con el uso de técnicas de distanciamiento como las máscaras para evitar que el espectador o los apartes, para evitar que el público se identificara con los personajes y se obligara a pensar. 
Su estilo como escritor era una inteligente mezcla de lenguaje clásico con el habla de la calle, de la gente común, con versos libres e irregulares que acabaron por llevar al público a la reflexión y a sacudir su conciencia.



Su periplo americano finalizó con la persecución por parte del FBI y el controvertido Comité de Actividades Antiamericanas. Intentó instalarse en Zurich y Viena, pero finalmente Brecht volvió al Berlín oriental donde fundó la compañía Berliner Ensemble. Su fuerte personalidad tampoco encajó en este lugar, ya que el ideal soviético del socialismo realista chocaba con el pesimismo moral que flotaba en su obra. 
Controvertido, polémico, acusado de usar el talento de sus compañeros en obras colectivas en beneficio propio, la influencia de Brecht y su legado a favor de la reflexión sobre las relaciones del poder y la lucha de clases influyeron en la mirada con que se desarrolló el teatro, especialmente el inglés, en la segunda mitad del siglo XX.
Más conocido por su obra teatral, el texto que nos acompaña en este post pertenece a su libro Poemas y canciones. Su mirada se torna menuda, tierna y delicada cuando se carga con sus sensaciones. Seguro que tú y yo tenemos otras tantas. ¿Te animas a escribirlas?


Johann Strauss hijo es el compositor más conocido de una familia con tradición musical que comenzó con su padre, quien fijó la tradición del vals vienés; siguió con él mismo y sus hermanos Josef y Eduard. Llegó a tener una popularidad internacional tan grande que, para poder descansar, era sustituido ocasionalmente por alguno de sus hermanos.
Su padre se negó rotundamente a que cualquiera de sus hijos se dedicara a la música, lo que dificultó el inicio de Johann, que comenzó su carrera musical con la oposición de los empresarios austriacos, quienes se negaban a contratarlo para no contrariar la voluntad del patriarca de la familia. Finalmente, la fuerte convicción del hijo hizo cambiar las ideas del padre y, a la muerte de éste, unificó las orquestas de ambos.
Su música es el signo de una época, tachada con frecuencia de intrascendente o frívola y ha alcanzado una popularidad inmensa. ¿Quién no conoce El Danubio azul o alguno de sus valses? ¿Quién no los ha oído en los Conciertos de Año Nuevo que se celebran en la capital austriaca?
Entre su producción se encuentran operetas como Die Fledermaus (El Murciélago), Der Zigeunerbaron (El barón gitano). La primera de ellas es la que traigo a esta entrada. Se trata de una frívola comedia llena de infidelidades y equivocaciones.  Todo lo que ocurre en El Murciélago proviene de la decisión del Dr. Falke, que pretende avergonzar y escarmentar a su amigo Einsenstein por haberle dejado vagar por las calles de Viena borracho y disfrazado de murciélago tras una fiesta. Desarrolla un plan para mostrar las relaciones extramatrimoniales de su amigo y la esposa de éste, Rosalinda, haciéndoles asistir a un baile al que ésta acude disfrazada, mientras Einsenstein desconoce que la dama de la máscara es su esposa, a la vez que el amante de ésta pasa la noche en prisión. 
Se trata de una intrascendente, deliciosa y típica comedia vienesa en la que los personajes no conocen las buenas intenciones, estando corroídos por la malicia y el regocijo en el mal ajeno. La fiesta que da el príncipe Orlovski está sobre un volcán, el volcán que era la Viena de finales del XIX. Fue estrenada en el Theatre an der Wien, el mismo en que lo hicieron La Flauta Mágica de Mozart y varias de las sinfonías de Beethoven, en abril de 1874.



Brüderlein und Schwesterlein (Hermanitos y hermanitas) es un brindis del segundo acto en el que el Dr. Falke, al comprobar que todos los invitados están en parejas y que "muchos corazones arden de amor" ofrece que todos sean una gran cofradía de hermanos y hermanas. Sus palabras son repetidas por los invitados, tras las cuales el príncipe Orlovski, interpretado por una mezzosoprano, propone un baile que, en esta grabación, es la polka Unter Donner und Blitz (Entre rayos y truenos), que acaba... como podrás observar. 


El enlace nos muestra una parte de las celebraciones de la fiesta que Orlovski ofrece en su palacio, con festejos que, salvando las distancias, no están lejos de las que aún se desean en algunos lugares, aunque en menor escala, en las últimas horas del año. Todo proviene de los convencionalismos sociales y las ganas impuestas de tener que festejar cada comienzo de año.
Impagable la elegancia con que Carlos Kleiber dirige la producción que se puede comprobar a lo largo de toda la ejecución y en el último plano con que el realizador nos muestra al director.


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