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Strauss es de dominio público

Cualquier autor que pretenda expresar con su obra su mirada y su interpretación de la sociedad que le rodea anhela que su trabajo llegue al alcance de todos. Es el deseo de quien escribe, esculpe, pinta, interpreta, compone música, diseña edificios o cualquier otra disciplina artística. Pero no todos llegan a formar parte del selecto grupo de los elegidos que llegan a alcanzar el reconocimiento por su obra.
Con los derechos de autor, estos generan unos beneficios que dan soporte a la profesionalización y pasan, tras el fallecimiento del autor, a sus herederos. Algunos de estos derechos fueron prorrogados en 1998 en veinte años mas, pasando de 70 a 90 años en algunas disciplinas, por lo que, al finalizar 2018 algunos pasaron a ser de dominio público. Esto supone un cambio en la vida de las obras de los autores, ya que editoriales, teatros u orquestas, por ejemplo, disponen de esas obras sin tener que pagar derechos, lo que hace que se programen o editen de nuevo en condiciones económicamente más rentables. Lo que pierden los herederos lo ganamos los lectores y el público en general.
A partir del 1 de enero de 2019 pasan a ser de dominio público obras de escritores como Marcel Proust, Agatha Christie, Lovecraft, Hemingway, Aldous Huxley, Sigmund Freud, Virginia Woolf, Joseph Conrad, Kipling o Bernard Shaw entre otros, según se recoge en la página La piedra de Sísifo. En el mundo de la composición son tres los autores cuyas obras pasan a ser de dominio público: Joaquín Turina, Nikos Skalkottas y Richard Strauss.
En el programa de Radio Clásica de Radio Nacional de España La Dársena del jueves 4 de abril se hacía referencia a la situación de las obras de este último y se señalaban algunos estudios sobre los beneficios que estos derechos aportaban hasta el pasado año a los herederos del compositor y que se puede seguir en el enlace anterior a partir del minuto 41.
Te propongo un comentario sobre los derechos de autor y paseo por las obras de Strauss que pasan a dominio público. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!



No es la primera vez que Richard Strauss aparece en este blog. Nacido en Munich a mitad del siglo XIX fue uno de los compositores que marcaron el rumbo de la música del siglo XX, una figura reconocida como el gran revolucionario de la música entre los compositores que el público y los críticos tildaron precisamente de revolucionarios en su concepción de la música.
Próximo a la obra de Wagner en sus primeros años (su padre Franz tocó la trompa en los estrenos de algunas de sus obras), entabló amistad con su viuda Cósima y alguno de sus hijos, hasta que la relación, en paralelo con una obra que iba madurando por otros terrenos, hizo que caminaran por senderos diferentes, lo que no quita que Strauss dirigiera en ocasiones en el festival wagneriano de Bayreuth.
Alex Ross en El ruido eterno dedica algunos capítulos a la obra de Strauss, especialmente en en capítulo Richard I y Richard III, siendo el primero Wagner y el último Strauss sin que exista nadie entre ambos.



Tras sus poemas sinfónicos y varias intentos que no convencieron, Srauss alcanza notoriedad con óperas como Salomé o Elektra adentrándose en los caminos del psicoanálisis y el expresionismo, el escándalo y la provocación con el uso de las armonías y el uso de textos de escritores proscritos por la censura y tratados de anarquistas o lujuriosos.
Tras estas obras, sigue su fecunda colaboración Hugo von Hofmannsthal en una de las ópera más celebradas y que supone un paso atrás en el camino emprendido, un remanso con una cierta vuelta al clasicismo con Der Rosenkavalier (El caballero de la rosa).
Pensando en crear en la siguiente ocasión una ópera de gran éxito de público, compositor y libretista opinaban de forma diferente. Strauss deseaba una comedia entre burda y grotesca protagonizada por el barón Ochs, mientras Hofmannsthal pretendía una comedia vienesa elegante protagonizada por el símbolo de la rosa de plata, su portador Octavian y el personaje de La Mariscala. Finalmente la obra toma las dos ideas en una singular mezcolanza.


Richard Strauss tiene la idea de que el barón Ochs interprete una melodía de vals vienés en una obra que se desarrolla en la sociedad de finales del XVIII cuando esta música aún no había encontrado la forma que le daría el otro apellido Strauss. Los Johann, padre e hijo, Joseph y Eduard Strauss llenaron el siglo XIX vienés de esta música alegre y ligera con la que la sociedad del Imperio Austro-Húngaro olvidaba los problemas, alegraba sus ratos de ocio y se divertía.
No se conforma Richard en utilizar la música predilecta de los vieneses, sino que incluso toma uno de los valses straussianos para utilizar uno de sus temas en El caballero de la Rosa. Como uno de los leitmotiv de la ópera utiliza una de las melodías del Dynamiden-Waltzer de Joseph Strauss, el segundo de los hermanos de la dinastía de músicos vieneses del siglo XIX tan relacionada con el mundo de los valses, polkas y mazurcas. 
El enlace corresponde a una interpretación de la Wiener Philharmoniker dirigida por Zubin Mehta en el Concierto de Año Nuevo de 2007 y es el primero de los temas que desarrolla tras la introducción el utilizado en la ópera.


El primer biógrafo de Strauss, su amigo Max Steinitzer, comentó que mientras se negociaba el estreno de Elektra, el compositor llegó a afirmar: "La próxima vez escribiré una ópera mozartiana". El caballero de la rosa lo es en cierto punto. El personaje de Octavian no deja de recordarnos al Cherubino de La nozze di Figaro, más cuando es interpretado en ambas por una mezzosoprano que canta un personaje masculino. El tema de la obra y la expresión de los sentimientos recuerdan las óperas de Mozart, de la misma forma que los enredos y equívocos que salpican toda la trama.
Alex Ross continúa en El ruido eterno tratando la figura y la obra de Strauss.


El barón Ochs de Lerchenau es un aristócrata venido a menos, en cierta medida grotesco y zafio que, en un primer momento iba a ser el protagonista central de la historia en la idea que tenía Strauss
En una ópera que se sitúa en Viena alrededor de 1740, en pleno reinado de Maria Teresa, situar un vals es una temeridad, en cuanto que es un consciente anacronismo, ya que comenzó a popularizarse esta música en la década de 1820. Strauss lo introduce en, al menos, tres ocasiones en la voz del barón a partir de la melodía del vals citado anteriormente. En realidad no es el barón quien se expresa con esta melodía vienesa, sino el compositor a través de su personaje.


En la parte final del Segundo Acto, tras un desplante en forma de duelo, Octavian hiere en el antebrazo al barón quien grita como un moribundo ante un rasguño superficial. Tumbado en un lecho improvisado, Sophie, su joven prometida se queja del comportamiento grosero de Ochs, mientras le dicen a Octavian que salga de la casa. Ofrecen vino al barón mientras le preparan un lecho de plumas, a lo que este se remueve ronroneando pensando en el descanso. Annina entra con una carta en que una de sus camareras le escribe enamorada aguardando respuesta. El barón se las promete muy felices con esta "conquista" gracias a sus supuestos encantos, mientras se recrea canturreando el último verso del vals: "Mit mir, mit mir keine Nacht dir zu lang" (¡Conmigo, conmigo no habrá noche demasiado larga para tí!).
El bajo Kurt Moll es uno de los cantantes que más veces ha interpretado en escena el papel de Barón Ochs de Lerchenau. El enlace corresponde a una interpretación llevada a cabo en el Festival de Salzburgo con la dirección de Herbert von Karajan.


Desde finales de 2019 las obras de Richard Strauss serán, con todas sus consecuencias, de dominio público.

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Bibliografía consultada:
  • www.kareol.es: Letras y traducciones de óperas y música vocal.
  • Batta, András. Ópera. Compositores, obras, intérpretes. Könemann Verlagsgesellschaft mbHl, 1999, Colonia (Alemania)
  • Alier, Roger. Guía universal de la Ópera. Ediciones Robinbook, S. L. 2007, Barcelona. Ma non troppo.
Webgrafía:

#ViajedeOtoño: Viena, en el corazón de Europa

Hay lugares que no sólo muestran lo que son. En ellos podemos vislumbrar lo que fueron en distintos momentos, qué personajes transitaron por ellos, qué papel jugaron en la historia, qué acontecimientos transcurrieron por sus calles, sus edificios, sus gobernantes o sus habitantes.
Vida y movimiento, sufrimiento y equilibrio, desgarro y felicidad. La esencia de la vida está presente allí donde aparecemos los seres humanos.
Visitar una ciudad y quedarnos con sus centros comerciales, sus restaurantes de multinacional que están presentes con la misma imagen en todas las ciudades y no aprehender su cultura, su historia, lo que nos cuentan sus edificios, sus rasgos característicos, es desaprovechar una visita perdiendo la oportunidad de apreciar decenas de miradas distintas e interesantes.
Seguimos nuestro #ViajedeOtoño después de varias entradas acercándonos a una ciudad tan apasionante como VienaDos miradas nos acercan la capital centroeuropea. Por un lado nos acompaña el escritor Stefan Zweig, uno de los más prolíficos y populares ensayistas, biógrafos y novelistas de la primera mitad del siglo XX. La música viene de la mano de Richard Strauss y pertenece a uno de los momentos claves de su ópera El Caballero de la Rosa.
En Viena podemos encontrar la mirada a la ciudad actual, viva, más cerca de una metrópoli que de una simple capital, sede de organismos internacionales y con una gran vida cultural. También podemos vislumbrar la ciudad del pasado, del siglo XIX y comienzos del XX, capital del Imperio Austro-Húngaro, donde aún podemos pasear por la Ringstrasse, acercarnos a los palacios de Schönbrunn, Hoffburg o Belvedera. Oír música en el Musikverein en su sala dorada, donde se celebra el conocido Concierto de Año Nuevo; o en la Staatsoper, una de las salas de ópera más prestigiosa del mundo, para la que han compuesto, han dirigido o interpretado prestigiosos compositores, músicos, cantantes y directores. Desde su popular Naschmarkt, un popular punto de encuentro de jóvenes y mayores donde se puede apreciar la gastronomía de distintos puntos y culturas de nuestro planeta. En sus proximidades podemos encontrar el pequeño teatro An der Wien, donde Mozart estrenó su Flauta Mágica y Beethoven Fidelio y la mayoría de sus sinfonías. El interior de la Ringstrasse acumula una enorme cantidad de edificios cargados de historia coronados por la Stephansdom, su inconfundible catedral.
Viena, como otras muchas ciudades, tiene una gran cantidad de miradas de distintas épocas que nos ofrecen su historia, su cultura y el pálpito de su vida actual.



 La vida de Zweig vida está marcada, como tantos, por la sucesión de conflictos bélicos, el exilio y la certeza de la pérdida de su identidad entre la que contaba con el europeísmo que siempre mantuvo. Su habilidad para comprender el sufrimiento de las personas era formidable y supo transmitirlo en su obra. 






 En esta ocasión el texto pertenece a su libro El mundo del ayer, una obra en la que recuerda el sueño compartido por su generación de una Europa en paz unidad por el arte y la cultura. Zweig, amigo de Sigmung Freud y Richard Strauss entre otros muchos intelectuales y artistas, erige en la voz de toda una generación de pensadores y artistas que fue derrotada por la barbarie y la inhumanidad que asoló a todo el continente.


Tras esta dura mirada, la música nos acerca a Viena de una forma más amable de la mano del muniqués Richard Strauss, sin ningún lazo familiar con la conocida familia de músicos austriacos. Strauss, que había revolucionado el mundo operístico de comienzos de siglo con Salomé Electra, decidió realizar una obra al estilo de Mozart. Los personajes y las situaciones están en la línea de las obras del autor de Salzburgo. El personaje de Octavian está interpretado por una mezzo igual que el Cherubino de Las bodas de Fígaro, mientras que La Mariscala recuerda a La Condesa. Hay entradas, salidas, parientes que aparecen, confusión de papeles y griterío. Incluso algunas notas homenajean temas de otras obras suyas. 
En el post ¿Cómo ha podido suceder? hacíamos una aproximación a esta obra a través del personaje de La Mariscala.






 El libreto, como el de otras óperas es obra de Hugo von Hofmannsthal y se estrenó en Dresde en 1911. Uno de los momentos culminantes de la obra es el momento en que, siguiendo una costumbre de la época, un joven aristocrático, Octavian, lleva una rosa de plata a Sophie en nombre del barón Ochs, su novio, un arrogante aristócrata arruinado que desea con ella un matrimonio de conveniencia. Cuando Octavian Sophie se encuentran el uno frente a la otra, los dos muchachos sienten algo extraño, una indescifrable turbación. Él queda encantado por la gracia de ella y se refrena con esfuerzo para no reaccionar encantado por su gracia y se refrena con esfuerzo para no reaccionar cuando el tosco barón intenta besarla ante todos.








Strauss consiguió lo que llamó el tono de la plata, una delicada mezcla de tonos agudos a cargo de tres flautas, tres violines, un arpa y una celesta, con el que quiso traducir al lenguaje musical el brillo de la plata y el motivo decorativo de la rosa, típicos del estilo Jugensdstil, del que Gustav Klimt es el más conocido representante en pintura.


El enlace pertenece a una representación de la Viena State Opera de 1984 con Anne Sopfie von Otter en el papel del joven Octavian y Babara Bonney en el de Sophie. En su inicio, tras el acorde con el que comienza, nos han querido recrear una escena casi estática semejante a un cuadro de la época.




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¿Cómo ha podido suceder?

Una reflexión sobre el paso del tiempo

Hay momentos determinantes en la vida en los que suceden acontecimientos o experiencias que marcan nuestra existencia. En algunos de ellos ni siquiera somos conscientes de la importancia que tienen en nuestro desarrollo vital, de manera especial en los que nos ocurren en periodos más juveniles. Con la experiencia que vamos adquiriendo cada vez tenemos más capacidad para reconocer los momentos que marcan nuestra vida, la clarividencia para determinar la importancia fundamental de lo que nos ocurre. De todas maneras, no siempre sucede así y hay determinados momentos en los que nos damos cuenta de nuestra situación o de los cambios de nuestra vida una vez que estamos inmersos en ellos y entonces, sólo entonces, podemos reconocer cuándo, cómo y por qué estamos en esa situación. 



Uno de esos momentos es aquel en que se toma conciencia de que el paso del tiempo marca una nueva etapa en la vida, pasando de la madurez a una nueva situación que, en cada caso es distinta, y que cada uno acepta a su manera, toma decisiones o se rebela ante ella, según las circunstancias. 
Dos referencias, cada una en un sentido distinto, acompañan a esta entrada. Un texto de Elías Canetti y un monólogo de El caballero de la rosa de Richard Strauss. Tomarte la vida, según las circunstancias, como una oportunidad para dar paso hacia adelante o como un momento en que sientes que se marca una nueva etapa que se dirige hacia el comienzo del fin.



Nacido en Bulgaria, judío de origen sefardí, Elías Canetti pasó su vida entre Inglaterra, Suiza o Alemania desde comienzos del siglo XX hasta su última década. Como muchos de los intelectuales de su época, fue una persona cuya vida y obra transcurren entre la multiculturalidad, el plurilingüísmo, la crueldad de las guerras que marcaron la primera mitad del siglo y el desarraigo que le llevó, como a tantos, a la búsqueda de su lugar en el mundo. Hizo del español, por su origen sefardí su primera lengua (el apellido original de su familia era Cañete, residentes hasta su salida de España en Cuenca); del inglés la lengua que le dio la nacionalidad, que recibió como ciudadano británico en la década de 1950; y del alemán su lengua literaria, aquella en la que escribió toda su producción. Fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1981 por "su profundo sentido artístico, su pacifismo y la descripción del nazismo y el exilio", siendo un autor poco conocido entonces por el gran público. Dedicó años de su vida al estudio sobre las masas y la relación con el poder bajo el título Masa y poder con el que pretendía "coger por el cuello al siglo XX", mientras dejó escritos por cuadernos anotaciones y apuntes que recogían miles de aforismos, fragmentos de escritos y sentencias.
En el siguiente enlace puedes seguir parte de su biografía en un interesante estudio de Tomás Albadalejo: Elías Canetti: vivir en la lengua
De su inclasificable obra La provincia del hombre que recoge las anotaciones que realizó en sus cuadernos a lo largo de los años que van de 1942 a 1972 está extraído el texto que acompaña e este post. En él Canetti plantea, con determinación, el camino a seguir en un nuevo inicio vital.




































 En 1911 se estrenó en la Ópera de la Corte de Dresde Der Rosenkavalier (El Caballero de la Rosa) una obra en la que Richard Strauss da un giro a su producción dramática anterior que venía precedida por obras tan distintas y distantes en lo argumental y en lo formal como Salomé o Electra. Con El caballero de la rosa, Strauss quiso hacer una ópera al estilo de las de Mozart en la que fue fundamental el libreto de Hugo von Hofmannsthal. La colaboración entre ambos produjo una obra de una gran elegancia, en la línea de la comedia vienesa, con personajes que dejan huella, como el zafio barón Ochs de Lerchenau, La Mariscala y unos jóvenes Octavian (interpretado por una mezzosoprano, como el Cherubino de Las bodas de Fígaro) y Sophie.
De todos ellos, en esta entrada vamos a dedicar nuestra atención a La Mariscala, uno de los personajes más maravillosos y conmovedores del universo operístico. La princesa Werdenberg, más conocida como Die Feldmarschallin (La Mariscala) por haberse casado con un mariscal imperial, es una bella aristócrata más próxima a los treinta que a los cuarenta años, cuyo actual amante es el joven Octavian. Al final del primer acto se va haciendo consciente de la experiencia del tiempo, la conciencia de envejecer, que desde ese momento va impregnando la obra de una agridulce nostalgia. En un monólogo al final del primer acto se acaba preguntando sobre el paso del tiempo Wie kann denn das geshehen? (¿Cómo ha podido suceder?) Wie macht denn das der liebe Gott? (¿Cómo lo consiente Dios?). Y si no puede hacer nada por evitarlo, se sigue preguntando, ¿por qué consiente Dios que me dé cuenta de ello con tanta claridad? Si ella no puede detener el paso del tiempo, La Mariscala decide adelantarse al tiempo y renunciar de forma voluntaria a su joven Octavian antes de que sea la vida quien se lo arrebate. 




 No se trata, como en La Traviata de un Adiós a la vida, sino más bien, es una decisión tomada con la ligereza y la gracia de una aristócrata vienesa, "un ojo triste y el otro alegre".
No es una pieza que tomada fuera de la acción dramática sea brillante y efectista como otras, pero tiene la fuerza de la reflexión, de caer en la cuenta del momento en que se encuentra y ella, que en su vida no conoció el verdadero amor, guía a su joven amante con una sensibilidad y delicadeza incluso hasta llegar a amar el amor de Octavian por Sophie.

El enlace es una versión histórica de 1960 con la dirección de Herbert von Karajan y la interpretación de Elisabeth Schwarkopf, la soprano alemana que con más elegancia ha sabido llevar a la escena, e incluso hacer suyo, el papel de La Mariscala.




 



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