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Mostrando entradas con la etiqueta Massenet. Mostrar todas las entradas
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Transcurren durante la Navidad

Cada final de año el tiempo lineal queda relegado con la llegada de la Navidad. El tiempo circular, ese que se repite en celebraciones y acontecimientos cíclicos, se adueña de los últimos días de diciembre y los primeros de cada nuevo año.
Son fechas especiales en las que la vida cotidiana se relega a un segundo plano y se altera la rutina en muchos ámbitos de la vida. Cada quien lo celebra o no como quiere o puede, en una multitud de tendencias y costumbres que parten de las tradiciones y se manifiestan de múltiples formas.
También los escenarios han puesto de manifiesto esta disparidad de celebraciones, en las que, además de las obras que se centran de modo especial en ellas, podemos encontrar otras en las que las Navidades aparecen de modo tangencial en su argumento y desarrollo.
Te propongo un paseo por escenas de ópera que se desarrollan en Navidad, aunque esta celebración no tenga relación directa con su argumento. Nos acompañan obras de Puccini, Massenet y Tchaikovsky y las obras literarias de Goethe, Gógol y Murger en que se basan. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!



La primera obra que nos acompaña es la ópera La Bohème de Giacomo Puccini. La obra se basa en Scènes de la vie de bohème (Escenas de la vida bohemia), obra publicada en 1849 por Louis-Henri Murger. En ellas, tanto en la obra literaria como en la ópera, aparece un nuevo tipo de héroe/protagonista en un entorno hasta entonces no habitual: los artistas bohemios, jóvenes entusiastas, pobres, afligidos y cuyos anhelos se enredaban en sus problemas económicos y los pequeños placeres que les proporcionaban sus vidas cotidianas.
Con libreto de sus habituales Giacosa e Illica, Puccini estrenó La bohème en el Teatro Regio de Turin en 1896, casi medio siglo después de la publicación de la obra de Murger.
La obra comienza en Nochebuena, en las buhardilla que comparten los ateridos y hambrientos protagonistas, en un primer acto en que se conocen Rodolfo y Mimi, mientras deciden entre todos cómo celebrar la festividad, decantándose por acudir al Café Momus.
Así comienza el Acto II que se desarrolla en las calles del Barrio Latino parisino en pleno jolgorio callejero la víspera de Navidad. Allí se percibe el ambiente y el bullicio, antes de que los protagonistas se dirijan, cada uno con su ocasional pareja, hasta el citado café donde se desarrollará la conocida escena centrada en el aria, el vals de Musetta.


Antes de recordar la escena callejera que da inicio al acto, nos acercamos a la novela de Henri Murger (1822-1861), un escritor que publicó su única obra conocida por entregas en un folletín que fue publicado a partir de 1844 en el diario Le Corsaire, siendo editada a su finalización como novela.
La obra, que casi podría parecer autobiografía, se comenzó a publicar cuando el autor contaba veintidós años de edad y cuyos personajes son esos jóvenes artistas del Quartier Latin, que se consideran genios artísticos en potencia, con sus modestas amadas, costureras o peluqueras y que llegaron a ser identificados por algunos testigos con personajes reales. Murger siguió este sentido bohemio de la existencia, falleciendo antes de cumplir los cuarenta años de edad.
Nos quedamos con dos momentos de la obra que reflejan ese ambiente que describirá Puccini décadas más tarde. El primero corresponde a la parte final de la publicación, en la que se describe el ambiente que se respiraba en el barrio durante la tarde de la Nochebuena, mientras de preparan para la cena de ese día. Aunque Murger muestra la evocación que se realiza de la celebración del mismo día del año anterior, antes de los trágicos acontecimientos, nos deja ver el bullicio de las calles, la abundancia de exquisiteces, la carpanta en la que siguen viviendo los protagonistas y cómo se les van los ojos tras los prohibitivos alimentos de los que le separan los cristales de los escaparates.


A este texto le añadimos, para completar la descripción de la festividad, el relato al que hace referencia y que se desarrolla en el año anterior en el que los protagonistas entran a celebrar la Nochebuena en el Café Momus, antes de que les prohíban la entrada en él.



Estas dos escenas de diversos momentos de la obra de Murger las utiliza Puccini con sus libretistas para describir el ambiente callejero del Barrio Latino en la víspera de Navidad con el que da inicio el Acto II de La Bohéme.
El enlace pertenece a una producción de la Asociación Gayarre de Amigos de la Ópera de Navarra (AGAO) celebrada en el Auditorio Baluarte en 2007 con la Orquesta B.I.O.S., los coros Premier Ensemble y el de niños de la AGAO bajo la dirección musical de Jorge Rubio.


El segundo momento de las fiestas navideñas proviene de la ópera Werther de Massenet basada en la novela Die Leiden des jungen Werther (Los padecimientos del joven Werther) de Goethe, una obra publicada en 1774.
Johann Wolfgang von Goethe es considerado por muchos como uno de los más grandes escritores y pensadores alemanes. Poeta, novelista, dramaturgo, viajero e incluso autor de determinados y discutidos tratados científicos, Goethe influyó profunda y decisivamente en el tránsito hacia el romanticismo, dejando huella en intelectuales y artistas posteriores, hasta el punto que el Goethe Institut es el organismo alemán que difunde la cultura germánica por todo el mundo, similar a nuestro Instituto Cervantes o la Società Dante Aligheri italiana.
Los padecimientos del joven Werther fue una de sus primera publicaciones, una obra que, según el propio autor, «apareció en el momento adecuado», un momento histórico -1774- en que la situación social y política alemana había sumido a la nueva generación en una encrucijada de burguesía ordenada y rígidamente establecida que les parecía carente de ánima. Así, la aparición de este joven Werther supuso el afloramiento de estos sentimientos que estaban reprimidos. 
En apenas un mes, Goethe redactó una novela epistolar en la que reflejó los desdichados amores del protagonista por Lotte, un espíritu afín a él en todos los sentidos, pero que se encuentra comprometida, convirtiendo la pasión del joven en un cúmulo de sentimientos insoportables. Así, Goethe no sólo llevó al ámbito literario el impulso amoroso, sino el hastío que producía la Ilustración burguesa con su mundo reglado, prosaico y basado en la razón, frente al sentimiento pasional e incluso irracional hacia lo artístico y lo bello, cargado de un pesimismo desaforado.


Escrito conformando una biografía epistolar, los sufrimientos de Werther se desarrollan en momentos y días determinados. En varias ocasiones se centran, de modo tangencial, en los días que giran alrededor de la Navidad
El relato se centra en el día 21 de diciembre, días de preparativos para la fiesta próxima, mientras el protagonista escribe la que será su última carta a Lotte, en la que el omnisciente narrador va desvelando qué hacía el protagonista, qué ambiente encontraba a su alrededor y qué sentimientos revelan su comportamiento.


Jules Massenet estrenó su ópera Werther en 1892 en Viena más de un siglo después de la publicación de la obra literaria y una vez consolidado su éxito a lo largo de varias generaciones de lectores y artistas.
El amor del joven por Charlotte, la hija del corregidor, tiene el profundo y pesimista sentimiento romántico de la obra de Goethe. Dividida en 4 actos, el tercero y el cuarto se desarrollan en la tarde y noche de Navidad. En el primero de ellos, Charlotte relee las cartas de Werther, mientras se va contagiando de los sentimientos que desprenden, mientras su hermana Sophie intenta animarla con los preparativos de la fiesta navideña, los villancicos que sus hermanos están preparando con su padre.
Mientras espera y teme a la vez la llegada de Werther, este aparece y hablan del pasado hasta que, en una alusión, él descubre que ella también le ama, dando rienda suelta a sus sentimientos e intentando convencerla de que no reprima sus sentimientos.
El enlace nos muestra este encuentro entre Werther, interpretado por el tenor polaco Piotr Beczala y la soprano Kate Aldrich en una representación en versión de concierto con subtítulos en castellano con la Orquesta Sinfónica de Puerto Rico celebrada en San Juan, la capital del país insular centroamericano en 2017.


La última obra que nos acompaña tiene un arraigo más profundo y central en la fiesta de Navidad, la que se llama y se centra en su víspera. La Nochebuena es un relato de Nikolái Gógol recogido en su libro Las veladas de Dikanka, una de sus primera publicaciones, escrito entre 1831 y 1832 y que recoge ocho relatos basados en personajes y temas del folclore y la literatura populares rusos con evidentes influencias de las corrientes románticas.
Se trata de uno de los conjuntos de relatos más alegres y desenfadados del autor de Las almas muertas que muestran una visión poética, jovial y fabulosa de su Ucrania natal, repleto de relatos de terror, sucesos fantásticos y narraciones humorísticas que muestran las descripciones de costumbres, vestuarios de la época, trufados de una sutil ironía y del exotismo de los cuentos populares.

El relato La nochebuena bebe de esas tradiciones de los cuentos populares rusos en los que desfilan personajes y costumbres populares. Así, el argumento muestra una tradición extendida por muchos lugares como es la costumbre de los muchachos y muchachas de ir cantando por las casas de los vecinos en la víspera de Navidad para recoger dulces, licores y donativos. Así, en la gélida noche se suceden los encuentros y las rivalidades, las diferencias de clase y economía, aunque todo con un tono jovial y festivo.
Todo parecería un relato costumbrista por el que transitan, sobre todos los personajes, el herrero Vakula y la joven y bella Oksana, la hija de Chub, un viejo y perezoso cosaco, si Gógol no introdujera personajes como un diablo, una bruja y hasta la luna que desaparece y sume a todos los habitantes en una oscuridad que propicia distintos embrollos y enredos. 
Nos quedamos con el inicio del relato en la misma Nochebuena en el que, en la ya entrada, clara y serena noche aparecen tan singulares personajes.


Basado en el citado relato La Nochebuena, Peter Ilich Tchaikovsky, el inolvidable compositor ruso, estrenó una de sus primera óperas con el título de Tscherewitschki que se suele traducir como Las zapatillas de la zarina o, en ocasiones, simplemente Pantuflas.
Estrenada en 1887, en la actualidad no es una ópera muy representada, aunque se suele llevar de vez en cuando a los escenarios, en ocasiones con el reclamo del subtítulo de Un cuento de Navidad.
Despedimos este paseo por obras que transcurren en Navidad con la primera escena de Las zapatillas de la zarina en la que se sitúa el dúo entre Soloja, madre del herrero Valuka y Bes, un diablo que intenta seducirla.


 
El enlace pertenece a una producción de la Moscow Chamber Opera Theater celebrada en Moscú en 2013 con la interpretación de la mezzosoprano Victoria Mikulina como Soloja y el bajo Anatoly Zakharov como el diablo Bes dirigidos por Igor Gromov.


Con el deseo de que pases una Navidad de ópera, si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!


Bibliografía y webgrafía consultadas:
  • Murger, Louis-Henri. Escenas de la vida bohemia), traducción de María Teresa Gallego Urrutia, Alba Editorial, 2017.
  • Goethe, Johann Wolfgang von. Los padecimientos del joven Werther), traducción de Emilio José González García Ediciones Akal, 2008.
  • Gógol, Nikolái. Las veladas de Dikanka, traducción de José Laín Entralgo, Alianza Editorial, 2009.
  • Batta, András. Ópera. Compositores, obras, intérpretes. Könemann Verlagsgesellschaft mbHl, 1999, Colonia (Alemania)
  • www.kareol.es: Letras y traducciones de óperas y música vocal.

Asómate al espejo


Pocos objetos hay tan domésticos y habituales en nuestras vidas como los espejos. Instalados desde hace siglos entre nosotros, fueron ocupando su lugar en las residencias más acomodadas hasta llegar a la práctica totalidad de los hogares en la actualidad.
Un espejo no sólo es un elemento útil, sino que posee también la propiedad de servir como símbolo y fuente de inspiración a diversos artistas por los significados que puede evocar.
Si dedicamos unos momentos a meditar sobre su presencia, podremos evocar una gran cantidad de obras de arte que aluden a ellos: Desde cuadros hasta obras literarias, pasando por los decorados y lujosos espejos de los grandes palacios y salones que mostraban la grandeza de sus poseedores hace pocos siglos , hasta músicas en que estos objetos son protagonistas.
Te invito a realizar un paseo entre espejos que provienen de distintos artes y nos acercan, desde su simple función hasta cómo nos influyen con lo que nos muestran. Asómate y verás tu reflejo. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere! 

Berthe Morisot. El espejo psiqué (1876), detalle. Museo Thyssen -Bornemisza

Muchas son las obras que nos acercan a los espejos, cada una de ellas reflejando lo que sus autores vieron en ellas. Desde un simple cuento infantil hasta unas propiedades que mostraban una realidad de la que se enorgullecían o les desagradaba, pasando por otras en las que surgían otras reflexiones más profundas que rallaban, en algunas ocasiones, con los razonamientos filosóficos.
Una superficie lisa, dura y opaca que se limita a reflejar la luz y la imagen de los cuerpos y objetos que están frente a ella puede llegar a ser motivo de la reflexión infantil, planteando algunas preguntas sobre aquello que muestra y lo que deja de mostrar para perder alguna de sus propiedades y permitir indagar en sus secretos.

Ilustración original de John Tenniel
Así, en Through the looking-glass (A través del espejo, 1871), la continuación de Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carroll nos plantea esta posibilidad y, tras la reflexión de la joven protagonista, le permite -y nos permite a nosotros- traspasar la dura superficie después de que el cristal se vaya disolviendo para permitirle entrar en la habitación que se reflejaba en el espejo.


Independientemente de la mirada infantil que hace soñar con características que acercan a los espejos a mundos imaginados y desconocidos, la superficie del cristal no nos muestra sólo la imagen reflejada, sino que puede llegar a alterar la condición con que la contemplamos. Puede ocurrir que quedemos fascinados por la imagen que nos devuelve, convirtiéndose el espejo en una suerte de máscara que nos oculta nuestro ser y nuestro verdadero rostro. Es el símbolo de Narciso enamorado de su propio reflejo en el espejo del agua que se precipita a la muerte.
En su ópera Fausto, Charles Gounod hace interpretar en el Acto III a Marguerite, la protagonista femenina, el aria Ah, je ris de me voir si belle en ce miroir (¡Ah, me río de verme tan bella en el espejo!), también conocida como el Aria de las joyas o el Aria del espejo, en el que, al probarse unas joyas, contempla su imagen en un espejo y el compositor nos muestra sus sentimientos.
El enlace nos presenta este Aria del espejo interpretada por la soprano finlandesa Soile Isokoski en una producción de la Opera Nacional de París representada en 2001.
Aunque la grabación comienza con la canción Il était un Roi de Thulé (Érase una vez un rey de Thule), es a partir del minuto 3'30'' cuando comienza el enlace a esta pieza.


El espejo es símbolo de la representación de la realidad, puesto que su reflejo es fiel solo aparentemente, en el sentido en que la imagen es idéntica pero invertida. A partir de esta propiedad surgen determinados símbolos tales como que suponen una especie de revés de la vida o, en algunos pueblos y culturas antiguos en que representaban el alma o el espíritu de los representados o sus sombras. Así, determinados pueblos creían que el alma reside en la imagen reflejada, ya sea en la superficie del agua o un espejo, o que este reflejo es una suerte de desdoblamiento de la personalidad, en unas ocasiones positiva, en otras, con un matiz trágico.
Muchos son los relatos que conocemos que provienen de las tradiciones populares en los que los espejos tienen un papel determinante en la alteración de la vida de los personajes. Quién no recuerda, por ejemplo, el espejo de la madrastra de Blancanieves y su función dentro del desarrollo del cuento.

René Magritte, La reproducción prohibida (retrato de Edward James, 1937) Museo Boymans van Beuningen (Rotterdam)
En una mezcla de algunos de estos significados de los espejos, mezclados con la más tierna inocencia, nos acercamos a un cuento escrito a modo de relato tradicional.
Juan Valera conoció muchos países y culturas gracias a su intensa labor como diplomático y político, dedicando gran parte de su trabajo a la creación literaria con novelas como Pepita Jiménez o Juanita la Larga, en los que realiza un complejo estudio de la personalidad femenina, además de una extensa colección de relatos y diversos estudios sobre literatura. Valera se sintió al margen de las corrientes literarias de su tiempo y escribió sobre la historia de la literatura y los clásicos griegos y latinos. Unido a su prodigiosa memoria y el dominio de las lenguas europeas más importantes, Valera cultivó la crítica literaria, la historia, la poesía y el ensayo, siendo considerado uno de los personajes más ameno y culto del siglo XIX.
Prueba de su facultad para la escritura son los numerosos relatos en los que se adentró en la descripción del carácter humano o el conocimiento de otras culturas, como el breve relato El espejo de Matsuyama (1887), que puede servirnos como representación de esos relatos que se enmarcan dentro de las tradiciones populares.


El espejo nos permite la construcción de nuestro propio yo en el sentido en que nos remite a la certeza de nuestro propio ser, aunque con el riesgo de que nos quedemos con la mera apariencia de lo que observamos, o no queramos llegar más allá de lo que vemos. Entablar un diálogo entre lo que vemos y lo que somos nos acerca a la realidad que nos refleja, a su modo, el espejo.

Diego Velázquez. La meninas (1656) Museo del Prado
Jules Massenet, autor de una treintena de óperas entre las que destacan Manon, Werther o Don Quichotte, compuso su obra Thaïs con libreto de Louis Gallet a partir de la novela homónima de Anatole France, inspirada a su vez en el personaje histórico que da nombre a la obra, una cortesana de Alejandría que vivió en el siglo IV que acabó abrazando el catolicismo y murió en un convento, alcanzando la santidad.
Anatole France construyó una novela de tintes filosóficos en que modificó la historia real introduciendo a un asceta de un cenobio que se propone la salvación de la cortesana quien, al lograr que ella alcance la fe, sucumbirá a sus encantos a costa de renunciar a sus principios.
Este argumento fue tratado por Massenet de forma irregular alternando momentos de gran inspiración, entre los que destaca una pieza que ha destacado de esta obra, alcanzando vida propia en recitales y conciertos, conocida como la Meditación de Thaïs, el clímax de la obra, una pieza instrumental en la que el violín da voz a los pensamientos de la protagonista. La obra fue compuesta para que la cantara la joven soprano Sybil Sanderson y se estrenó en 1894.
El fragmento que nos acompaña es el aria Dis-moi que je suis belle (Dime que soy bella) en que la protagonista entabla un diálogo con el espejo y le plantea la cuestión sobre si seguirá siendo bella con el paso del tiempo, una cuestión en la que, como es lógico, es ella misma quien tiene la respuesta.

Nos acompaña la soprano norteamericana Renée Fleming en la interpretación de esta pieza denominada también Aria del espejo Dis-moi que je suis belle de Thaïs de Jules Massenet en una producción del Metropolitan Opera House de Nueva York dirigida en 2011 por el desaparecido Jesús López Cobos.


El uso constante del espejo en nuestras vidas, especialmente en el cuarto de aseo, nos lleva a una circunstancia que podríamos denominar «la domesticación del espejo», en la que nos olvidamos del paso del tiempo. Cada vez que nos asomamos al espejo vemos la misma imagen, la del día anterior, en la que no hay diferencias con el presente. Al encontrar a un ser conocido al que hace tiempo que no vemos, observamos de forma inmediata el paso del tiempo transcurrido, mientras la imagen que recibimos de nosotros es idéntica a la última observada.
Sólo en contados momentos y en circunstancias especiales -un acontecimiento determinado, después de una enfermedad, algún suceso con un familiar o conocido u otra circunstancia concreta- apreciamos y sentimos ese cambio que se ha producido en nosotros.

Johannes Gumpp. Autorretrato (1646), única obra conocida del autor. Galería Uffizi (Florencia)
Novelista y autora de relatos, pero sobre todo poeta, Sylvia Plath es una de las grandes escritoras norteamericanas, pese a que nos dejara con apenas treinta años, víctima de una constante depresión.
En su tesis doctoral ya había indagado sobre los espejos a través del concepto del doble, un tema que volvería a desarrollar en su novela más conocida, La campana de cristal.
Escrito en 1961, dos años antes de su suicidio, Espejo es un poema en el que Plath invierte los términos, puesto que es el espejo el que reflexiona sobre la persona. Incluido en Poesía completa, el espejo es quien describe su existencia mientras su dueña va envejeciendo con el paso del tiempo, sin realizar juicios de valor, simplemente, como buen espejo, reflejando lo que observa sin ningún cambio ni alteración.
La soledad de mirar la habitación vacía sólo se ve alterada por la presencia ocasional de una mujer que lo mira mientras trata de conocer quien es ella al mirar su reflejo y notar cómo va transcurriendo el paso del tiempo junto con la marcha de sus sueños y anhelos, mientras envejecen su cuerpo y sus ilusiones. 


En el juego de imágenes y reflejos que nos proponen los espejos lo más frecuente es aceptar las cosas tal como las vemos y sabemos que son, sin caer en engaños ni espejismos, ni especular con la realidad. Estas palabras que derivan de espejo muestran el lado más oscuro del objeto, ese lugar en el que nos perdemos si no la aceptamos y sacamos la realidad de su lugar.

Pablo Ruiz Picasso, Mujer ante el espejo (1932). MoMA, Nueva York
Uno de los compositores fundamentales de la primera mitad del siglo XX es Richard Strauss a quien debemos óperas como Salomé, Eleckra, Ariadne en Naxos, Der Rosenkavalier o La mujer sin sombra, además del desarrollo del poema sinfónico.
Es con Der Rosenkavalier (El caballero de la rosa), una ópera mozartiana en muchos sentidos, con la que nos despedimos.
Sin entrar en detalles argumentales y, aunque no siempre se utiliza un espejo en escena, nos acercamos a esta reflexión sobre el paso del tiempo que realiza una de sus protagonistas, la inolvidable Mariscala. Sin dejarse llevar por especulaciones sobre lo que se ve reflejado en el cristal, se deja llevar por la pregunta «¿Cómo ha podido suceder?» en la que ve cómo el transcurrir del tiempo la lleva a dar un paso atrás y no dejarse engañar por el reflejo que ve en el espejo en ese preciso instante.


Salvador Dalí. Dalí de espaldas pintando a Gala de espaldas eternizada por seis córneas virtuales provisionalmente reflejadas en seis verdaderos espejos (1973) Museo Dalí

Cheryl Barker interpreta el papel de La Mariscala en esta grabación de El caballero de la Rosa registrada en la Opera de Sydney en 2010 con The Asustralian Opera dirigida por Andrew Litton.

En otra ocasión trataremos de uno de los escritores que más se han acercado y utilizado los símbolos que nos ofrecen los espejos, Jorge Luis Borges.

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Bibliografía y webgrafía consultadas:

El arte de escribir cartas

Escribir en una hoja de papel, doblarla, introducirla en un sobre, cerrarlo, ponerle un sello y depositarlo en un buzón con destino a una persona concreta es un acto que ha pasado a la historia como tantos otros en la existencia humana.
Enviar cartas como medio de comunicación puede llegar a ser uno de los actos más íntimos que realizamos las personas.
Durante varios siglos fue una actividad habitual, intensa e íntima entre personas, que comenzó con envíos a los destinatarios llevados a través de personas del entorno doméstico y que generó la formación y un aumento sin precedentes de los servicios de correos en todos los países.
Las cartas nos remiten a un tiempo distinto en el que la inmediatez que nos abruma no existía. Enviar una carta, llegar a su destino, ser leía, contestada y devuelta la respuesta al escritor original suponía días e incluso semanas de espera que en nuestras vidas actuales se han solventado con la rotunda inmediatez que nos proporcionan los medios digitales. ¿Cómo esperar la respuesta a una carta postal teniendo los correos electrónicos al alcance de las yemas de nuestros dedos y su respuesta en el preciso momento en que nos la escriban?
Miles, e incluso millones de cartas, se escribieron y guardaron durante el transcurso de varios siglos, desde los antiguos imperios hasta nuestros días. Escritores, políticos, pensadores, artistas, comerciantes, amigos o enamorados se cartearon durante todo ese tiempo. Muchas cartas llegaron a sus destinos, fueron leídas -en ocasiones no-, destruidas, olvidadas en armarios o escondidas entre libros. Algunas fueron leías y rotas, otras releídas con sorpresa, cariño o amorosamente, guardadas con esmero en la memoria y en cajones, atadas en cuidadosamente en fajos con cintas de colores.
De estas que quedaron surgió un género asociado a la curiosidad por conocer los entresijos de quienes las escribieron: la literatura epistolar. Colecciones de cartas entre distintas personas se han publicado por parecer interesantes sus contenidos y desveladores de la personalidad de quienes las enviaron o recibieron.
Te propongo acercarnos a algunas de las miles de cartas de escritores conocidos que han sido publicadas acompañadas de obras musicales en algunas de cuyas escenas las cartas se presentan como elementos esenciales. Nos acompañan Cortázar, Kafka, Rilke, Mozart, Puccini y Massenet Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!


Las cartas en su versión de envío postal han ido perdiendo fuerza hasta casi desaparecer, de la misma forma que los descubrimientos e inventos han ido cambiando los hábitos cotidianos de todos nosotros. Hacer copias con papel carbón o un cliché para fotocopiar en la máquina de escribir, realizar la colada a mano, ir a la barbería a afeitarse, cocinar en hornillas alimentadas por carbón o utilizar el teléfono -con cable- única y exclusivamente para hablar son costumbres que hemos ido abandonando con el paso del tiempo y que no tienen vuelta atrás.
Pensamos que las cartas han perdido su tradicional uso por la incorporación de las tecnologías digitales en nuestra vida, pero ya, en los albores del siglo pasado, se culpaba al telégrafo o al teléfono, entre otros nuevos inventos de comenzar el fin de las cartas escritas a mano y la necesidad de su empleo.
Hace poco más de cien años, en enero de 1919, la Yale Review estadounidense publicaba: 

Algunos culpan a la máquina de escribir, al teléfono, al telégrafo o al ferrocarril. Otros dicen que el arte de escribir cartas se perdió con la pluma de ganso. Pero la mayoría achaca la pérdida al moderno arte del ocio.

En un declive que se prolonga desde hace tanto tiempo, no todo es achacable a los últimos y revolucionarios inventos, sino a un cúmulo de factores entre los que encontramos los arriba indicados y algunos más que cada uno de nosotros tengamos en consideración.



No hay material escrito tan abundante como las cartas. De amor, amistad, de negocios, de tema político o filosófico, las cartas que se han cruzado entre personajes nos han llamado la atención cuando han salido a la luz y han sido publicadas. Qué escritor, científico, pensador, político, artista o personaje conocido no ha escrito estas misivas y han sido publicadas años después despertando el interés del público lector. Algunas de estas cartas son las protagonistas de esta publicación.
Más de mil cartas inéditas escritas por Julio Cortázar entre 1937 y 1984 forman la extensa colección que se publicó con el explícito título de Julio Cortázar. Cartas y que por su abundancia ha sido publicada en cinco volúmenes en una edición que ha corrido a cargo de Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga.
Incansable escritor epistolar para sus amigos y familiares, sus cartas pueden leerse como esa colección de cartas que es o servirnos para conocer a la persona, como si se tratara de un diario personal, una autobiografía o cuaderno de anotaciones sobre sus obras. Nos acercamos al quinto y último volumen, Julio Cortázar. Cartas (1977-1984) y una carta dirigida a María Luisa Perdomo, profesora en la Universidad de Bonn y la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, donde ha mostrado su interés por la crítica literaria y su admiración por escritores como el propio Cortázar.
Escrita en enero de 1977, la carta que nos acompaña refleja el poco interés y capacidad del escritor argentino hacia la crítica, tanto de sus obras como de las ajenas y la admiración hacia Perdomo, a la que no conoce personalmente, por cómo se adentra en esa faceta.


Con esta paulatina desaparición del género epistolar hemos ganado en inmediatez y agilidad, aunque también hemos perdido en otros aspectos.
El tiempo que transcurre entre el envío de una carta y la llegada de su respuesta genera una evocación y un deseo de recibirla, mientras la mente va generando expectativas y posibles respuestas. 
Además, escribir una carta supone un proceso complejo en el que la voz interior de quien escribe entra en diálogo con su interlocutor. Sus pensamientos, ideas y sueños, además de sus ilusiones, dudas o emociones se convierten en palabras que se mueven entre lo público y la intimidad, entre lo que se pude contar a otros y lo que entra en el ámbito de lo privado. 
En el fondo, todos hemos participado de estos sentimientos al escribir cartas, pero también al ilusionarlos cuando las recibíamos, al descubrir que el cartero nos las entregaba, observando los sobres: si tenían ribetes del correo aéreo porque venían del extranjero, si nos habían puesto algún detalle personal escrito o dibujado en el exterior, una clave de complicidad para con nosotros. Considerar, antes de abrirla, que alguien había dedicado unos minutos a pensar en nosotros, que había buscado papel y bolígrafo, se había sentado ante una mesa, había buscado sobre y sello y la había llevado a un buzón, ya significaba que le importábamos y teníamos importancia en su vida.


También en la música encontramos tanto alusiones a las cartas como presenciamos escenas en la ópera en las que estas son protagonistas o, cuanto menos, realizan una función en el desarrollo de la historia.
La primera de las escenas que nos acompaña, y que nos sirve como preludio, pertenece a La nozze di Figaro (literalmente Las nupcias de Fígaro o, como aquí la conocemos Las bodas de Fígaro), una de las obras maestras de Mozart.
Quizás aquí es más una nota para una cita que una carta, aunque cumple la misma función que esta y es un delicioso dúo en el que la Condesa de Almaviva dicta la nota, mientras su criada Susana escribe de su propia letra. La cita es para un encuentro con el propio Conde que, supuestamente será con la criada, en el jardín de la casa, aunque quien acudirá será la condesa. Un genial juego de engaños y enredos en el que Mozart nos sumerge. 
Este duettino (un dúo breve) Che soave zeffiretto (Qué suave céfiro), alude a la brisa del atardecer y pertenece al Acto III de la ópera. Está escrito para dos sopranos con acompañamiento de cuerdas, oboe y fagot y se desarrolla en Tempo Allegreto y en él Mozart nos muestra su dominio del estilo de conversación.
El duettino comienza con la condesa dictando el título y el mensaje de la nota, mientras Susana va intercalando a ese dictado la repetición de cada palabra, como si fuera un eco, hasta que cantan al unísono separadas en terceras y continúan como al inicio.
La interpretación, que hemos insertado en el blog en una ocasión anterior, corresponde a Renee Fleming como la Condesa y Cecilia Bartoli como Susana y pertenece a una representación que se grabó en el Metropolitan Opera House de New York en 1998 con la dirección del entonces imprescindible James Levine. Una delicia.



Coger el bolígrafo, tocar y rasgar con nuestra escritura el papel y dedicar por un tiempo el pensamiento al destinatario genera una energía especial que se transmite en cada carta que se escribe. Personalizarla con una elección concreta de papel o un sobre especial, añadir algún detalle en el margen de la escritura o introducir algún pequeño objeto personal con significado sentimental convierten una carta en algo muy especial, que la convierte, además de un mensaje personal, en un objeto físico que ha sido configurado por la mente y las manos de una persona y que llega a las de otra con la que se consolida una relación especial.
De esta manera, en To the letter, Simon Garfield afirma que «existe una integridad en las cartas que no existe en ninguna otra forma de comunicación escrita», mientras Virginia Woolf cree rotundamente que escribir cartas «es el arte más humano, puesto que hunde sus raíces en el amor a los amigos».



Si la primera carta que nos acompaña trataba sobre la crítica, esta segunda está escrita con el fin de mostrar el camino que un escritor debe seguir, buscando en sí mismo, para alcanzar su propia voz, aquella que le dé personalidad y lo diferencie de otros escritores.
Rainer María Rilke está considerado uno de los poetas más importantes e influyentes de comienzos del siglo XX por su estilo preciso, su imágenes simbólicas y unas reflexiones que se acercan a lo espiritual.
Publicado pocos años después de la muerte de su autor, Cartas a un joven poeta tuvo durante dos décadas un único lector, el escritor Franz Xaver Kappus, que las recibió entre 1903 y 1908, desde los diversos lugares donde el escritor praguense vivió su vida itinerante tras distintos mecenas que lo acogieron.
Escritas en un momento en que Rilke se acercaba una poesía cercana al mundo de la materia y las formas frente al anterior más ensoñador e íntimo, las diez cartas que conforman este volumen nos muestran las ideas del escritor, sus fuentes de inspiración o sus meditaciones sobre la soledad en la que debe sumirse la creación literaria.
Publicada por el propio Kappus tres años después de la muerte del poeta, a la que aludimos en Las rosas de Rilke. Dirait-onBriefe an einen junge Dichter (Cartas a un joven poeta) es un libro cuyo título podría haber sido Cartas al aprendiz de hombre, porque ese es el tema que trata en sus reflexiones: Cómo ser lo que estamos llamados a ser, cómo entrar en contacto con la energía que tenemos en nuestro inconsciente, o cómo transformar esta conciencia en una conciencia poética y creadora que nos permita captar la grandeza y la belleza de lo que nos rodea, para que los términos «hombre» y «poeta» sean un solo término.
Nos adentramos en las reflexiones que Rilke dirige a su joven aprendiz de hombre con la primera de las cartas que le dirigió, una invitación a que mire hacia su interior.




Con el paso del tiempo, esas cartas escritas y guardadas con pasión y deleite por quienes las recibían, han dejado de ser privadas entre quienes las escribían y las leían y han llegado a publicarse. De esta manera surgió la literatura epistolar, ese tipo de publicaciones que, por un lado recogen las cartas que se cruzaron entre distintos personajes dignos de interés, mientras en otra opción, conforman una trama novelesca a partir de la sustitución del narrador convencional por cartas que ayudan a formar la historia. En la primera de estas opciones nos estamos centrando en esta publicación, mientras, la última tendrá otro momento en el blog. 
En esta literatura epistolar, como algunas muestras que estamos leyendo en esta publicación, mostramos esa capacidad que poseemos para curiosear en las vidas ajenas, para escrudiñar en la voz interior de una persona que dialoga con otra, adentrarnos en un rincón de su ser que se mueve entre la privacidad y la discreción, pero nos muestra algunos indicios de un pensamiento que hemos apreciado en algunas de sus obras y creaciones por las que los admiramos.
A través de estas cartas tenemos acceso a un espacio íntimo, personal, a un lugar y una mente reservados a la privacidad del autor, sobre el que podemos llegar a pensar que estamos invadiendo un ámbito que no se estaba abriendo para nosotros, sino para otro destinatario. No obstante, poseen el atractivo de acercarnos la comprensión de la persona que hay detrás del personaje y sus acciones.


Si la primera de las músicas que nos acompañan tiene ese aire desenfadado que le otorga Mozart, en la segunda, nos centramos más en la profundidad que transmiten los mensajes plasmados en las cartas y en los sentimientos que provocan en sus destinatarios.
Basada en Las desventuras del joven Werther de Goethe, Jules Massenet estrenó en la Staatsoper de Viena su ópera Werther en febrero de 1892. Con un libreto de Édouard Blau, Paul Milliert y Georges Hartmann y dividida en cuatro actos, esta ópera supuso la consagración del sentimiento romántico que se estaba gestando en Alemania.
En el inicio del Acto III, Charlotte relee en su casa en la tarde de Nochebuena las cartas que Werther le escribió, interrogándose sobre cómo se encontrará el joven poeta y cómo ella tuvo la fuerza necesaria para alejarlo y seguir el noviazgo que le fue impuesto con Albert. Es el conocido Aria de las cartas o Aria de las lágrimas: Ces larmes! Ces lettres! (¡Esas lágrimas! ¡Esas cartas!).
La mezzosoprano letona Elina Garança, una de las voces más consolidadas en nuestros días, interpreta esta versión del Aria de las cartas del Werther de Massenet en una versión con subtítulos en castellano publicada por la televisión austriaca ORF 2.


Las cartas que encontramos en la literatura epistolar muestran el atrevimiento y la sinceridad de quien escribe única y exclusivamente para una persona, lejos de miradas extrañas e indiscretas, una idea radicalmente distinta que cuando se escribe una obra para un gran público.
Los libros epistolares tienen en nuestros días un gran aceptación, puesto que muestran el discurrir y, en algunos casos, la evolución del pensamiento y la relación entre quienes escribieron esas misivas y sus destinatarios. Para los lectores son fáciles de leer, ya que se pude interrumpir la lectura al finalizar cualesquiera de las cartas sin perder el hilo de una narración por capítulos y nos permite entrar como privilegiados espectadores en la intimidad de los personajes y las relaciones que han entablado 



La última de las cartas nos acerca a un universo onírico, aunque en forma de pesadilla, casi como el de toda la obra de su autor, uno de los más emblemáticos del siglo XX y uno de los escasos que han incorporado su nombre a nuestro vocabulario con el adjetivo kafkiano como símbolo de una situación que es absurda y angustiosa.
Kafka conoció a la periodista Milena Jesenská en un viaje que ella realizó a su Praga natal desde Viena, donde residía con su esposo en un matrimonio que se estaba que se estaba disolviendo lentamente. Durante ese encuentro, que se produjo en un café, Milena le propuso al escritor traducir al checo algunos de sus relatos. Así comenzó una relación que se desarrolló entre dos ciudades, algunos encuentros esporádicos y una correspondencia que ayudó a mitigar las distancias que los separaba, convirtiéndose en documentos que atestiguaron el desarrollo de una relación tan particular. 
Pocas veces se vieron hasta que Kafka viajó a Viena donde pasó cuatro días con Milena, unos días que el escritor contaba entre los más felices de su vida y que supusieron el cénit de la relación entre ambos. De la misma manera que los amores entre Werther y Charlotte, el de Kafka y Milena fue eminentemente epistolar.
La correspondencia entre ambos se desarrolló entre abril de 1920 y diciembre de 1923, pocos meses antes del fallecimiento del escritor. Milena, falleció veinte años más tarde en el campo de concentración de Ravensbrück.
Editadas por primera vez en 1952 por Willy Hass con el título de Briefe an Milena. Franz Kafka (Cartas a Milena. Franz Kafka), se recogen las misivas que el escritor dirigió a su traductora y amiga. En la edición definitiva de 1983 de estas Cartas a Milena se añaden las ocho cartas que Milena dirigió a Max Brod, el amigo y albacea de la obra de Kafka, aquel que la publicó desoyendo la orden de destruirla; además de la necrológica que Milena publicó a la muerte del escritor. Todas las cartas de Milena a Kafka han desaparecido, por lo que esta colección se muestra en una única dirección, sin conocer las respuestas y reacciones que las cartas del escritor provocaron en su amiga.
Leídas todas, tienen el aire de una novela, un relato de amor apasionado a la vez que desesperado, donde se trasluce una relación que comenzó por intereses literarios y poco a poco se fue convirtiendo en sentimental.
La carta que nos acompaña fue escrita en junio de 1920 y muestran el miedo cerval que Kafka tenía hacia ese viaje a Viena que se citaba anteriormente, que supuso el punto álgido en la relación y marcó un enfriamiento y distanciamiento tras el regreso. Como si de uno de sus kafkianos relatos se tratara, la carta narra una pesadilla que el escritor tuvo en aquellos inquietos días.




En ocasiones nos gusta asomarnos al pasado y contemplarlo con ojos benévolos, como si se tratara de un lugar mejor que el presente. Lo decía Jorge Manrique en las coplas que escribió a la muerte de su padre: «Cómo a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor», una frase en la que, con cierta frecuencia, olvidamos su primera parte y nos aferramos a la segunda.
Así, si nos lo llegamos a plantear, nos debatimos entre la profundidad de dedicar un tiempo al otro o la espera de las cartas por envío postal y los rápidos y eficientes envíos por correo electrónico. ¿Podemos llegar a añorar las cartas porque han desaparecido y sólo pertenecen a un pasado nostálgico? 
Cuando tenemos a nuestro alcance la posibilidad de personalizar nuestras comunicaciones con la eficacia de los mensajes de voz, fotografías, vídeos o conexiones con imágenes desde cualquier lugar del mundo, ¿podemos anhelar buscar una mayor complicidad con quienes nos comunicamos, dedicarles más tiempo en nuestros pensamientos y discursos?
Quizás la carta postal haya muerto, igual que los libros epistolares y pronto nos encontremos con libros que se basen en correos electrónicos, mensajes de WhatsApp u otro tipo, pero en nuestras manos se haya el poder profundizar más con las personas con las que nos relacionamos, sea cual sea el medio que utilicemos.
En nuestras manos está que las comunicaciones con aquellos a los que queremos, quienes nos importan como personas sean fluidas, ricas e intensas, evitando los formulismos impersonales, sean cuales sean los medios por los que las llevemos a cabo.



Del delicioso duettino de Mozart  y el Aria de las cartas del Werther de Massenet pasamos a una escena con cartas mucho más dramática, un aria que, en ocasiones, escuchamos fuera del contexto en que está escrita.
Una de las obras maestras de Giacomo Puccini, Tosca, muestra en su último acto cómo la protagonista ha logrado del despreciable Scarpia la promesa de una falsa ejecución de su amado Cavaradossi. Éste, que no sabe nada, encerrado en el romano Castel Sant'Angelo, pide papel y pluma para despedirse definitivamente de su amante Tosca. La escena comienza con la pregunta Mario Cavaradossi? en boca del carcelero y continúa con el inolvidable aria E lucevan le stelle (Y brillaban las estrellas), una dramática y desconsolada despedida de la vida escrita en una agónica carta.


La interpretación corresponde al tenor alemán Jonas Kaufmann, uno de las grandes voces del momento en una representación que se realizó en la Bayerische Staatsoper de Munich en julio de 2010.

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Bibliografía y webgrafía consultadas: