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El agua y el mar

Todo el mar quiere salvarse en el tabón que flota.
Ramón Gómez de la Serna

El agua es un elemento fundamental en la vida de nuestro planeta. Indispensable para el desarrollo de cualquier tipo de seres vivos, hay científicos que cuestionan por qué motivo nuestro planeta no se llama Agua en lugar de Tierra al ocupar las dos terceras partes de su superficie.
Desde la antigüedad griega se considera uno de los elementos fundamentales enunciados por Empédocles, Aristóteles, Platón o Anaxágoras que veían que todo tipo de materia es una combinación de agua, tierra, aire y fuego, asociados a las propiedades de frío y caliente, húmedo y seco. 
Pese a que la proporción de este elemento en nuestro planeta no ha variado, sí que son constantes las fluctuaciones de las proporciones entre agua salada y dulce o entre la sólida y la líquida, provocados en las últimas décadas por el cambio climático que estamos provocando por los distintos factores que vamos conociendo. 
Estos porcentajes son fundamentales para la vida en las zonas de tierra, puesto que solo el agua dulce garantiza la continuidad de cultivos y vida, la mayor cantidad de hielo en los casquetes polares el nivel del agua de los océanos y mares y el nivel de nieve en glaciares y montañas garantiza la continuidad de arroyos y ríos.
Dentro de nuestra mentalidad se afianzan ideas y convicciones sobre la necesidad de conservar el agua que necesitamos para nuestra subsistencia y de cuanto nos rodea en momentos en que nos encontramos en una situación crucial para frenar el avance del cambio climático o afrontar las sequías que, cada vez con mayor frecuencia, nos sitúa en el umbral de la desesperanza. 
Pero en ocasiones, esta preocupación se diluye cuando nos ponemos en modo descanso, estemos o no de vacaciones, vayamos o no a descansar a la playa u otro lugar.
Al comienzo del periodo de verano te propongo unas reflexiones sobre el agua, su escasez y utilización, así como el disfrute en el aspecto recreativo que le damos. Nos acompañan obras de Cortázar, Szymborska, Rosalía de Castro, Wagner, Purcell y Debussy. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!

Joaquín Sorolla, Estudio de mar (1904). Museo Sorolla
Una gota de agua aislada no tiene futuro. Cuando cientos, miles, millones de ellas se unen forman las corrientes que nos acompañan, benefician y dan vida. Permitir que puedan juntarse, regar las tierras, formar arroyos y ríos, correr buscando lugares más bajos hasta llegar al mar forma parte de la vida que nos rodea. Cada gota cuenta.

Nos acompaña una música que surge de la profundidad del lecho de un río, como símbolo de todas y cada una de las corrientes que dan vida a nuestro planeta. Hay ríos míticos y llenos de historias que han sido llevados de una u otra forma al arte. El Nilo, el Ganges, el Támesis, el Sena, el Rhin, el Guadalquivir o el Danubio forman parte de la cultura colectiva de la humanidad.
Formando parte de la historia de Europa, símbolo de un poder económico por donde transita, lazo de unión de pueblos y culturas, el Rhin ha pasado a la historia de la música por algunas composiciones musicales, especialmente por obra de Richard Wagner y su tetralogía El anillo de los Nibelungos
Formada por La Walkyria, Sigfrid y El ocaso de los dioses, Wagner las fue concibiendo, que no componiendo, en orden inverso a su desarrollo argumental, comenzando por la muerte del héroe Sigfrid, para narrar después su juventud y más adelante, la historia de su nacimiento. De esta forma, la última de las partes pensadas fue Das Rheingold, el gran preludio que iniciaba la tetralogía.
La ópera fue terminada de componer en 1853 y por deseo del compositor no fue llevada al escenario hasta la finalización del ciclo completo. Su estreno se produjo en el Hoftheater de Múnich en septiembre de 1869, dieciséis años después de ser compuesta. En su estreno en Bayreuth, veintitrés años después de la composición, aún se consideraba una música visionaria del futuro de la música.
La obertura de El anillo del Rhin, comienza con un acorde profundo en mi bemol mayor. Ocho contrabajos con un fagot y, después las trompas comienzan con el primer leitmotiv de la tetralogía, el llamado Motivo del Génesis que asciende desde las profundidades del río mostrando el mundo en su estado primitivo, la creación desde la nada.
La música que nos acompaña utiliza imágenes del curso medio del Rhin en una reportaje fotográfico titulado Viaje por el Rhin con tiempo salvaje, de Rüdesheim a St. Goar de 2011 y pertenece al álbum 1888 de Alpharudel Records.


El agua se mueve y transforma constante y continuamente. Hay moléculas -gotas, vapor o sólidas- que cambian con frecuenta de estado, lugar y condición, mientras otras quedan estancadas en otros lugares durante años. En nosotros está que en nuestro entorno su estado sea lo más sano y cuidado posible.

 
Frente a la música de Wagner, quién mejor que Julio Cortázar para jugar con el agua, en un recuerdo del ciclo de este elemento con que los alumnos de primaria estudian su eterno cambiar de estado, temperatura y propiedades.
Papeles inesperados es una amplia y variopinta colección formada por algunos textos publicados en diversos periódicos o revistas y, sobre todo, por multitud de escritos inéditos publicados un cuarto de siglo después del fallecimiento del escritor.
Encontrados la mayoría de ellos desordenados en una antigua cómoda, están formado por cuentos desconocidos, relatos publicados en versiones diferentes, crónicas de viaje, historias inéditas de sus Cronopios y Famas, artículos sobre literatura y arte o poemas entre otros escritos, algunos de ellos tan incalificables como algunas de sus obras. 
Publicado en la revista mexicana Unomásuno el 11 de abril de 1981, Peripecias del agua es uno de esos textos que muestran el lado más original e imaginativo del escritor, en el que juega con los cambios de estado del agua, recreando la forma que adoptaría el agua en alguna de sus formas.


Al llegar el estío nos solemos acercar al mar buscando temperaturas más suaves, cambiar nuestras rutinas de todo el año y refrescarnos en el agua. Este aspecto lúdico del agua no lleva apenas un siglo y medio, puesto que antes no era visitado por turistas y su relación se limitaba  navegantes y marineros. Con ellos, el respeto y el cuidado mantenía las aguas, sus puertos y sus orilla en un estado limpio y sostenible. La llegada de residentes o visitantes ocasionales ha derivado en una sobrepoblación estacional que, en muchas ocasiones, genera problemas medioambientales. Tomar conciencia de este deterioro nos ayuda a conservar mejor los entornos litorales.


Nos quedamos con una obra centrada en la más rotunda antigüedad clásica, el mito de Eneas en su huida de Troya hasta su llegada a Roma, pasando por Cartago y su historia de amor con Dido.
Basado en el Libro IV de la Eneida de Virgilio y con libreto de Nahum Tate, Henry Purcell estrenó su ópera Dido y Eneas en 1689 en el internado para señoritas Josias Priest en Chelsea, siendo su estreno en un teatro comercial de Londres a comienzos de 1700.
Dividida en tres actos, narra la historia de amor entre el príncipe troyano y la reina de Cartago y la desesperación de ésta cuando se siente abandonada.
Obviando el famoso Lamento de Dido nos vamos al inicio tercer acto, en la orilla del Mediterráneo donde las naves están preparadas para zarpar con destino a la península italiana donde Eneas acabará teniendo relación con la fundación de Roma
El acto comienza con un breve preludio al que sigue el canto de un marinero Come away, fellow sailors (Vayámonos, compañeros) que es repetido por el coro y al que sigue una danza de los marineros, todo en un tipo de música que se inscribe plenamente dentro del estilo del barroco.


El enlace que nos acompaña nos ofrece una interpretación en versión concierto con estas tres partes enlazadas sin indicación de intérpretes, aunque recogido en una producción de Arte TV.
 

El agua que nos moja, aquella que utilizamos para nuestro aseo, para beber o para regar, la que nos acompaña en ríos, mares y lluvias es, acaso, más viajera y cosmopolita que nosotros. ¿De dónde procede el agua que pasa por los ríos que pasan cerca de nuestro territorio vital? ¿Dónde acaban una vez que llegan a la orilla del mar? ¿Cómo llego a ese río? ¿Fue la lluvia o la nieve? ¿En qué parte del mar o del océano se evaporó para formar las nubes que regaron los campos y acabaron en arroyos y ríos? ¿Dónde estuvo hace unos años el agua que sale hoy de nuestro grifo? ¿Y la que está estancada desde hace meses en aquella acequia hedionda? ¿Qué proporción de agua de los lagos se renueva cada año y acaba en otros lugares?

Este aspecto cosmopolita del agua lo reflejó en uno de sus poemas una de las poetas más recurridas en este blog, la Premio Nobel polaca Wislawa Szymborska, una escritora poseedora de una de las miradas más inquietas, filosóficas y agudas del panorama literario del siglo XX y comienzos del que vivimos.
Su libro Paisaje con grano de arena es una recopilación de un centenar de poemas publicados entre 1957 y 1993 procedentes de distintos poemarios y que responden a uno de los planteamientos de la escritora polaca«Sólo las preguntas un poco ingenuas son verdaderamente profundas». Así, los poemas de Szymborska se muestran como una mezcla de pensamiento filosófico, emoción, cotidianidad e ironía, mostrando una visión amplia y universal.
El poema que nos acompaña, El agua, recogido en esta recopilación y perteneciente a su libro Sal publicado en 1962 y nos muestra esa mirada compleja y completa en que el agua aparece en todo su espectro cosmopolita y universal, alejada de límites y fronteras.


Al comienzo de la temporada estival, no debemos alejar la mirada de los problemas del agua como son la contaminación, sequía, mala distribución o inundaciones. Cuando nos acerquemos a ella, al mar, a la playa, sintamos su fuerza, sus beneficios, las sensaciones que nos deja y los sentimientos que nos provoca para respetarla y cuidarla con mayor interés.


Con frecuencia, la música relacionada con el agua y el mar nos lo presenta de varias formas. En muchas obras el mar aparece como decorado o como protagonista. En otras obras aparecen sus manifestaciones, las tormentas y tempestades, a veces como reflejo de la fuerza de la naturaleza, otrora como una forma de luchar contra los elementos. En ocasiones refleja las peripecias de sus navegantes y exploradores, en otras, se tejen historias con quienes viven de ella, marineros o piratas; en determinadas obras aparecen seres fantásticos surgidos de la imaginación y las leyendas de las distintas culturas. En otras, por fin, nos muestran el agua y el mar en su vertiente más lúdica y recreativa.
En este último caso nos encontramos con una de las obras más populares de comienzos del siglo XX, La mer (El mar) de Claude Bebussy, una obra en la que el compositor francés juega con las sensaciones que la luz del sol, los movimientos de las olas y el agua provocan en el autor.
En una ocasión escribió a su amigo Jacques Durant

   Debussy junto al mar, 1910
Denominada La mer, trois esquisses symphoniques por orchestre (El mar, tres bocetos sinfónicos para orquesta), catalogado como CD 111), tiene forma de sinfonía, pese a que el compositor evitó este nombre y fue estrenado en 1905. 
Nos acompaña el segundo movimiento Jeux de vagues (El juego de las olas) donde Debussy crea una fantasía diáfana, casi evanescente. Un mismo acorde mantenido durante el movimiento crea la sonoridad del fondo, mientras la orquestación a base de efectos tímbricos sutiles, arpegios de arpa y carillón y patrones de quintas ascendentes y descendentes recrean la superficie del mar siempre dinámica y variada, mostrándonos un mar que cambia continuamente pero es siempre el mismo. Debussy no utiliza motivos como Wagner, sino que se basa de pequeña partículas melódicas para ir dividiendo el tiempo en pequeñas moléculas que recrean ese juego que las olas crean sobre la superficie del mar.
De nuevo escribió a su amigo Durant unas palabras que cada vez tiene mayor vigencia: «Aquí estoy de nuevo con mi viejo amigo, el mar, siempre está bello. Es realmente el elemento de la naturaleza que me hace estar mejor que en el lugar de uno. Sin embargo, la gente no lo respeta suficientemente». 
La interpretación de este segundo movimiento de El mar de Debussy corresponde al añorado Claudio Abbado al frente del Ensemble Lucerna Festival Orchestra en una grabación que se realizó durante el Festival de Verano de la ciudad suiza en 2003.


Cuando nos acerquemos al mar -quien lo haga-, no dejemos de pensar en los problemas que estamos padeciendo en las últimas décadas con el agua y disfrutemos de su presencia con la delicadeza, el cuidado y el respeto que se merece una de las grandes fuentes de vida, el mar, del que procede todo el agua del que disponemos en la Tierra.

Joaquín Sorolla, Niñas en el mar (1909). Museo Sorolla
Finalizamos este paseo entre el agua y el mar con una obra que nos acerca, tranquilos, cautos y sensibles a su orilla.
En las orillas del Sar es el último libro de poesías de Rosalía de Castro, quizás el más incomprendido de la escritora gallega por romper con las formas métricas tradicionales y mostrar sus emociones de forma pesimista. Publicado en 1884, un año antes de su fallecimiento, se caracterizan por su sencillez y un dramatismo cargado de una musicalidad amarga en un estilo que se mueve entre el Romanticismo y el Modernismo.
Terminamos este acercamiento al agua y al mar con una invitación a acercarte a la orilla y dejarte acariciar por las olas que comienzan a cubrir los pies, sintiendo y percibiendo las mismas emociones que Rosalía de Castro aunque, si te parece bien, cambiando los dos últimos versos, como si fuera un estrambote, por la imagen, el sentimiento o la emoción que desees.

Feliz compañía con el agua.


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Bibliografía y webgrafía consultadas:

El lenguaje del agua

Sin agua no hay vida. Junto con el aire, la tierra y el sol, el agua es uno de los elementos básicos, fundamentales e imprescindibles para nuestra existencia.
Hay tal cantidad de agua en nuestro planeta que bien podríamos llamarlo el Planeta Agua, por ocupar casi las tres cuartas partes de su superficie. Pero todos somos conscientes de que el agua es un bien escaso, ya que tan solo una pequeña proporción es potable y útil, frente a las inmensas cantidades que son salobres.
Desde tiempos inmemoriales los seres humanos que han formado parte de nuestro planeta han utilizado y aprovechado el agua como un bien de incalculable valor que se debe cuidar y preservar, pese a que el excesivo consumo de las últimas décadas ha hecho saltar las señales de alarma sobre su futuro.
Así, las sociedades que viven más cercanas al entorno natural han cuidado con mayor esmero este bien tan escaso, mientras que aquellas en las que la relación se muestra más lejana, como algunas sociedades urbanas en las que no se aprecia esa relación de modo directo -como abrir un grifo sin conocer la procedencia y génesis del líquido elemento-, este cuidado genera mayores problemas de sensibilización, respeto y economía.
Así, el contacto directo con el agua, ya sea a través de arroyos, ríos, lagos o mares, la conducción para regadíos o consumo, y su uso como elemento decorativo para deleite de los sentidos forman parte de un saber que oscila entre la economía, la ingeniería y la cultura.
Este contacto ha llegado a hacernos entender, imaginar y crear un lenguaje del agua que se ha transmitido a lo largo de los siglos por distintas sociedades. La desecación de pantanos insalubres, la navegación marítima y fluvial, la construcción de acueductos y la canalización del agua a través de las poblaciones, el ingenio para la construcción de regadíos o las cultura de las fuentes ornamentales que acercan el agua al goce de los sentidos son algunos de los signos que muestran estas creaciones de la humanidad. Mientras que el poético diálogo con las aguas, la creación de leyendas sobre seres mitológicos que viven y habitan en los mares o las profundidades de los de los lechos fluviales -sirenas, ninfas o náyades- contribuyen a acercarnos a ese lenguaje que se establece entre el agua y nosotros.
Te propongo reflexionar sobre el uso, cuidado y respeto del agua a través de obras que nos acercan al lenguaje que establecemos con ella, desde el sonido de los arroyos o las fuentes, hasta las leyendas con criaturas que viven en ellas. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!

Claude Monet, Vista de Vètheuil (1880) Alte Nationalgalerie (Berlín)

El agua siempre está de actualidad atañe a todos los habitantes del planeta. Cómo conservar este bien común es un asunto que está amenazado por una mala gestión y responsabilidad que abarca desde autoridades, a la concienciación de la sociedad y unos usos consumistas que cada vez se evidencian más insostenibles.

La literatura y la música han buscado tradicionalmente en la naturaleza fuentes de inspiración: las fábulas con animales humanizados, el canto de los pájaros, el sonido de la lluvia, el aire o la caída de las hojas en otoño y su resurgimiento en primavera son muestras de ello.
La poesía no podía ser menos y en cualquiera de las épocas y corrientes artísticas ha tratado del agua. El curso de los ríos, la poderosa atracción del mar, la lluvia o el susurro de los arroyos está presente en multitud de obras.
Nacido a finales del XVIII en Dessau en el seno de una familia humilde -su padre era sastre- Wilhelm Müller trabajó como profesor de latín y griego en el Gimnasio de su ciudad natal, mientras publicaba algunas colecciones de poemas, especialmente inspiradas en las culturas griega y latina. Entre ellas, las más populares son las que sirvieron de inspiración a Schubert para algunos de sus lieder. Con poco más de treinta años falleció de un paro cardiaco tras el regreso de uno de sus viajes.
El primer texto que nos acompaña, muestra el diálogo de un viajero que agradece a un arroyo que lo acerque a la casa de su amada molinera. Así, Danksagung an den Bach (Gratitud al arroyo) entró a formar parte de uno de los ciclos de canciones de Schubert más celebrados.


Una publicación como esta, que se basa en la unión de literatura y música cantada no puede dejar la oportunidad de acercarnos a la música que Franz Peter Schubert creó con este y otros poemas de Müller.
Compuesta en 1823, Die schöne Müllerin (La bella molinera, D 795, Op. 25) es uno de los más conocidos y celebrados ciclos musicales de todos los tiempos y uno de los dos que el músico vienés creó, junto con El viaje de invierno. y la colección póstuma creada por su editor musical, El canto del cisne.

Claude Monet, Molino en Vervi (1889). Museo de Arde de Filadelfia.
Compuesta por veinte poemas escritos por Müller, La bella molinera indaga en los caracteres y sentimientos de forma que en una sola pieza no podría conseguirlo. El acompañamiento del piano sugiere y simboliza la corriente del agua que mueve el molino, además de la esperanza que habita en el corazón del protagonista para conseguir el amor de la joven molinera.
El cuarto de estos poemas, Danksagung an den Bach refleja de modo especial el movimiento de las aguas del arroyo que sugiere los pensamientos al viajero, mientras el texto se va desarrollando, repitiendo el último verso de cada estrofa, como se puede apreciar si se lee mientras se escucha.
La interpretación corresponde al mejor intérprete de lieder del siglo pasado, el barítono alemán Dietrich Fischer-Dieskau, acompañado por su habitual pianista Gerald Moore, en una grabación para la Deutsche Grammophon GmbH de 1972.


El ciclo del agua nos la convierte continuamente en el líquido potable e imprescindible para nuestras vidas. Pero este agua se muestra caprichosa al caer desde el cielo, a veces negándose, en ocasiones arrasando cosechas, pueblos y edificaciones, en otras regando con generosidad, eficiencia y provecho, mientras en otros casos, rompe las previsiones que se realizan para su utilización.
Esta irregularidad no acaba de conciliar la legislación y su aplicación, siendo extraño y penoso que en lugares donde hay sequías como en algunas zonas de España lluvias se rieguen aún los jardines con agua del gripo, mientras en lugares como California, se utilizan aguas residuales depuradas, pese a que la normativa europea indica que el 99% de estas aguas sean depuradas y reutilizadas.


Observar, imitar y recrear el sonido y el movimiento del agua llevándolo a una domesticación y humanización se ha logrado a través de creaciones como las fuentes. Situadas en calles o plazas, enmarcando las entrada a edificios como palacios, en el interior de patios o en medio de jardines a los que acompaña y alimente, las fuentes sirven para el deleite de nuestros sentidos, para hacer que nuestra vista y oído se recreen, creando una atmósfera de paz, tranquilidad y sosiego a nuestro alrededor. La Fontana de Trevi, La Fuente de Apolo de Versalles, la Cascada del Parque de la Ciudadela de Barcelona, o las más recientes de Dubai o la Fuente del Arcoiris del Puente Banpo en Seúl son muestras de las más logradas, bellas y espectaculares.
Pero donde más se observa este deseo de recrear el agua, su visión y sus sonidos procede de las culturas que provienen de zonas donde esta es escasa. Así, en nuestro país disponemos de uno de los monumentos que más fuentes posee: La Alhambra de Granada.
Desconocidas durante mucho tiempo, las estancias de La Alhambra están salpicadas por distintas fuentes, surtidas por varios aljibes y cuyas aguas continúan su recorrido una vez que han servido para su función recreativa.
Nos quedamos con las impresiones de uno de los primeros descubridores que tan monumental recinto tuvo en el siglo XIX y que nos recreó con su pluma aquello que sus ojos, oídos y demás sentidos observaron, para sentir, como si fuera la primera vez, lo que supuso entrar en aquel momento en un lugar prácticamente desconocido para la gran mayoría de personas. 
Washington Irving, el escritor y viajero americano nos recrea en sus Cuentos de la Alhambra su viaje por tierras andaluzas hasta la capital nazarí, cómo transcurrió y qué sintió la primera vez que subió hasta el palacio árabe granadino, antes de centrarse en la narración de cuentos e historias del lugar.
La entrada desde la Placeta de los Aljibes hasta el Patio de la Alberca, la Torre de Comares, el Patio de los Leones, las Sala de los Abencerrajes con su fuente de mármol blanco con los acueductos y aljibes que los alimentan nos invitan en el relato de Irving.


No sólo están en los palacios, jardines y los relatos que las describen. Las fuentes también son elementos con personalidad propia en muchas historias. Nos acercamos en este momento a una fuente como personaje en una de las óperas más representadas del repertorio. Basada en una novela de Sir Walter Scott, The Bride of Lammermoor (La novia de Lammermoor), Gaetano Donizetti estrenó en el Teatro San Carlo de Nápoles en 1835 su drama trágico Lucia di Lammermoor, la obra cumbre del estilo Belcantista, con un libreto de Salvatore Cammarano
En la segunda escena del Acto I, mientras Lucia espera a su amado Edgardo se aproxima a una fuente mientras narra a su sirvienta que ha visto en ese mismo lugar el fantasma de una joven asesinada por celos por uno de los antecesores de los Ravenswood. Su criada y confidente le advierte de un mal presagio y que debe renunciar a su amor, después de que ella haya cantado su aria Regnava nel silenzio (Reinaba el silencio).
La interpretación, con subtítulos en castellano, corre a cargo de la soprano Anna Netrebko en una representación llevada a cabo en el Metropolitan Opera House de Nueva York, en cuyo montaje tuvieron la idea de mostrar al fantasma deambulando por la escena e internándose en la fuente.


Hasta que no se domesticó el agua y se fue llevando a los hogares, las personas se lavaban con poca frecuencia. Hasta el inicio del siglo XX se gastaba poca agua que provenía, fundamentalmente de los ríos y fuentes públicas; no existían las duchas y eran poco frecuentes los baños, siendo muy habitual el uso de colonia para simular los malos olores e incluso matar los microorganismos. En apenas un siglo se han modificado nuestros hábitos higiénicos para mejor, con el consiguiente aumento desmesurado del agua consumida.
 
Ilustración de Arthur Rackham para Odine.
Nuestra última mirada hacia el agua y su lenguaje nos sumerge en leyendas provenientes de la mitología grecolatina. A diferencia de las sirenas, las náyades eran ninfas asociadas al agua dulce, a fuentes, arroyos, riachuelos, pozos o manantiales. Se trataba de historias con seres femeninos mortales, aunque de gran longevidad, cuya vida dependía del lugar en que habitaba y, si este desaparecía o se secaba, la náyade moría. En general, eran seres que suponían peligro y bañarse en las aguas en que habitaban e incluso observarlas suponía una profanación que era castigada por ellas, llevando a quienes lo hacían a la locura, o a la ninfa hacia las ciudades de los humanos, en las que su dualidad entre seres acuáticos y personas solían tener un final trágico.
De esta tradición griega y latina, las historias de náyades pasaron a formar parte de las leyendas centroeuropeas que las abordaron con distintas singularidades hasta la época del romanticismo. Nos acompaña una de las obras que recrean estas historias de náyades.
El alemán Friedrich de la Motte Fouqué, barón de Fouqué (1777-1845) dejó la carrera militar que comenzó por tradición familiar para dedicarse a la literatura, publicando historias que indagaban en leyendas germánicas medievales que acercó al movimiento romántico, sirviendo de inspiración para autores posteriores como Goethe, Dvorak o Wagner
Quizás su obra más conocida sea la que nos acompaña, Undine (Ondina), una novela publicada en 1811 que trata la historia de la náyade del mismo nombre, Hija de las Ondas y del Señor del Mediterráneo que es rescatada de las aguas por un anciano matrimonio. Su amor por el caballero Huldedrando la hace sacar su aspecto más humano, hasta que una serie de obstáculos y la aparición de una rival la hacen regresar a su lugar de origen, mientras el caballero muere de forma dramática. 
El texto que nos acompaña pertenece a uno de los capítulos iniciales del libro titulado De cómo fue hallada Ondina. y nos muestra cómo Huldebrando la encontró antes de que se narraran el uno al otro la historia de sus vidas.

 Sin dejar esta tradición nos acercamos a una de las muchas obras musicales que están protagonizadas por esas náyades, la ópera Rusalka de Antonin Dvorak. Basada directamente en Ondina, aunque con lejana inspiración en las obras del mismo tema de Hans Christian Andersen y Gerhart Hauptmann, esta Leyenda lírica en tres actos contó con un libreto de Jaroslav Kvapil y fue estrenada en el Teatro Nacional de Praga en 1901.
En Rusalka, Dvorak utiliza todos sus recursos para caracterizar los dos mundos contrapuestos: el del ser natural, inanimado y elemental, pero dotado de sentimientos, frente al ser humano, animado pero con una menor carga emocional. Su música muestra las influencias de Liszt y Wagner, las formas clásicas y la unión de elementos folclóricos con otros impresionistas.
La trágica historia comienza con elfos bailando que molestan al Hombre de las aguas, mientras Rusalka suspira por tener un alma y cuerpo humano para ganarse el amor de un príncipe a quien ha visto cuando se acercó al lago. Pese a que el Hombre de las aguas le advierte del peligro, ella pide ayuda a una bruja que le concede el deseo con la condición de que será muda y si su amado le es infiel, se verá condenada a vagar sin patria. Rusalka acepta el las condiciones. Con toda seguridad, la pieza más conocida de este primer acto, y de toda la obra, es el aria que la protagonista dirige a la Luna para pedir su ayuda para encontrar a su amado.



Con la soprano Megan Kahts y la Orchestra Compagnia d'Opera Italiana dirigida por Antonello Gotta finalizamos esta entrada dedicada a los lenguajes del agua con una grabación de esta pieza, también conocida con su título en inglés Song of the Moon, en una grabación realizada en el Kilima Private Game Reserve de la República de Suráfrica para el sello Polisonor.

No dejes de oír al agua.

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Bibliografía y webgrafía consultadas: