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#ViajedeOtoño: La Sevilla de Don Juan

No sólo el viaje nos lleva al corazón del lugar visitado. Queramos o no, los clichés de la memoria, de los recuerdos, de lo visto y oído, de la imagen que tenemos prefijada de un lugar determinado ayudan a la simplificación y al conocimiento y la búsqueda del acercamiento a lugares que deseamos visitar.
Continuamos después de varias entradas este #ViajedeOtoño en las que estamos haciendo un recorrido literario, emocional y musical por algunas ciudades y países.
Cuántas ciudades y países hay que nos traen a la imagen un acontecimiento, un personaje o un edificio que nos los muestran desde un punto de vista simplificado. Pero esta imagen es la que nos atrae y nos lleva a desear visitarla y después de conocerla, en muchas ocasiones, a hacerla parte de nuestras vidas.

En esta entrada, en nuestro #ViajedeOtoño iremos a Sevilla de la mano de esos tópicos que la hacen reconocible en todo el mundo a través de los libros y la música, con las figuras de un seductor, uno de los personajes más universales de la literatura universal, y que ha tenido multitud de personificaciones tanto en el mundo del teatro como en la escena musical, Don Juan Tenorio, de la mano de José Zorrilla y su homónimo operístico Don Giovanni, de Mozart.


Una de las piezas teatrales más representadas en nuestro país es la obra que José Zorrilla situó en Sevilla, Don Juan Tenorio. Con esta obra, el personaje que había tenido una trayectoria anterior con diversos autores, especialmente con El burlador de Sevilla de Tirso de Molina toma su forma definitiva. Tras varios años de representación, una década después de su estreno, tan arrollador fue el éxito del Don Juan que se instauró la costumbre de representarlo el primero de noviembre, coincidiendo con las festividades de Todos los Santos y de los Difuntos.

Zorrilla, que malvendió los derechos y no pudo sacar beneficio de las representaciones, llegó a repudiar su Tenorio en su escrito Cuatro palabras sobre mi Don Juan Tenorio: "Yo no digo todas estas cosas porque deteste ni desprecie mi Don Juan. No, yo lo amo: es mi hijo, o mejor dicho, es mi aborto, puesto que yo mismo reconozco en él tantos y tan grandes defectos (...) que ha sostenido treinta años de pelea por la reputación de su padre ausente y procaz, insolente, temerario y provocador, se ha paseado por todos los teatros sin encontrar un rival que le haya hecho sombra"
En las vísperas de Todos los Santos, comparto una de las partes más conocidas de Don Juan Tenorio, la llamada Escena del sofá.






















Con un libreto de uno de sus colaboradores más habituales, Lorenzo Da Ponte (un personaje inimitable a quien este blog le dedicará una entrada), Wolfgang Amadeus Mozart estrenó en 1787 su ópera Don Giovanni (Don Juan) en la que tomaba el personaje y el tema de una ópera de Bertati, Il convitato di pietra (El convidado de Piedra). Como otras obras suyas se estrenó en Praga, ciudad de un refinado gusto, que siempre acogía con entusiasmo las obras del autor salzburgués. 
En la misma línea de otras obras sobre el personaje, Don Giovanni se centra en la descripción del personaje, su falta de escrúpulos que lo llevan a asesinar a quien se interpone en su camino, la trama de engaños, su falta de moralidad, su erotismo frente al amor que es lo que suele aparecer en estas obras y, finalmente, su osada invitación al "convidado de piedra", la estatua del Comendador que asesinó, a quien reta a que se presente en su mesa. Sin temor ni arrepentimiento llega a decir hasta nueve veces un no a la propuesta de enmienda y cambio de vida. Finalmente, la tierra se abre ante sus pies y lo engulle. 


Posiblemente el mejor retrato que hay sobre Don Giovanni lo realiza su criado Leporello. En su aria Madamina il catalogo e questo, el criado cuenta a Doña Elvira con descaro, envidia, orgullo y crueldad la disposición a la conquista de su señor. Éste es un ser inconstante, camaleónico que sabe adaptarse a todas las situaciones, a todos los gustos y a la diferentes mujeres, aunque sin ningún atisbo de moralidad. Leporello narra también a Doña Ana la esfera social en que se mueven sus conquistas, indicando lo democrático que se su señor, ya que en asuntos amorosos sus intereses se mueven desde las campesinas a las duquesas, de las jóvenes a las maduras. No sabemos su edad, pero a juzgar por las conquistas no debe ser joven, aunque aún es seductor.


Te enlazo dos grabaciones, una en concierto, la otra en escena. La primera está interpretada por el barítono Erwin Schott en 2011 en la gala de celebración del septuagésimo cumpleaños de Plácido Domingo.


La segunda interpretación, con subtítulos en castellano, corresponde al húngaro László Polgár, un barítono al que le tengo un especial afecto, ya que en la primera ópera que conocí, una Flauta Mágica, daba vida al papel de Sarastro. Fallecido hace unos años, interpreta al fiel Leporello junto a una joven Cecilia Bartoli en una puesta en escena de la Opernhaus de Zurich del año 2000 dirigida por el recientemente fallecido Nikolaus Harnoncourt


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#ViajedeOtoño: Babilonia, un recorrido de cuatro milenios

El otoño es una época que nos lleva desde el intenso y deseado verano al recogimiento interior del invierno. Nos transporta desde nuestra vida disfrutada en el exterior, las calles, plazas y playas, las noches al fresco, hasta el interior de nuestras viviendas con el muro del frío y el mal tiempo.
En muchas ocasiones es un momento en que el ritmo y la rutina de nuestros trabajos y quehaceres diarios junto con la menor duración de las horas del día nos ayudan a disfrutar más de actividades como la lectura, la audición de música, nuestras relaciones personales, incluso en ocasiones, a recordar los lugares y experiencias que hemos podido disfrutar en otros momentos.

Te propongo un recorrido a lo largo de varias semanas en un Viaje de Otoño por distintas ciudades, países, civilizaciones acompañados, como siempre, por textos de distintos libros y músicas que evoquen esos lugares. Desde tu sofá, tu casa o tu habitación te propongo un viaje literario musical. ¿Partimos? 



El primero de nuestro Viaje de Otoño es un recorrido que va a cubrir nada menos que cuatro milenios, desde Babilonia, en la lejana Mesopotamia, hasta nuestros días.
Tras varios siglos de tradición oral, el Poema de Gilgamesh comenzó a escribirse en tablillas de arcilla por distintos escribas, llegando a contarse hasta cinco versiones que, con el tiempo, quedaron fijadas en una sola de la que nos han llegado restos en doce tablillas de arcilla incompletas, cada una de las cuales tiene varias columnas de escritura. Se trata de la primera de las grandes epopeyas de la literatura universal y en ella el personaje protagonista, Gilgamesh, se siente poseído por un ansia de inmortalidad. 



En el relato, el mítico rey de la ciudad de Uruk es en sus dos terceras partes un ser divino y el tercio restante es humano. El relato pertenece a las columnas III y V de la X tablilla en la que el protagonista, en un lugar indeterminado, posiblemente ante un mar que antecede a la muerte, es aconsejado para que se aferre a los dones que la vida aún puede ofrecerle. En la V columna, Gilgamesh responde relatando alguno de sus viajes y acciones.




 
Un segundo texto nos evoca a Babilonia desde Milán en la segunda mitad del siglo XIX, cuando Giuseppe Verdi, viudo reciente, con sus dos hijos fallecidos también, desanimado por el fracaso de sus primeras obras, recibió sin ningún interés, el encargo de Merelli, el empresario de La Scala de Milán



En sus esbozos biográficos narra cómo recibió el libreto y el encargo de escribir una ópera sobre el rey de Babilonia Nabucodonosor, basado en el libro bíblico de Danielcómo el texto de Temistocle Solera se le convertía en música. El texto está extraído del libro Giuseppe Verdi. La intensa vida de un genio, de la periodista y escritora Ángeles Casouna interesante biografía bien documentada y rigurosa, imprescindible para los amantes de este género literario y de la música.


Un coro de esclavos hebreos en Babilonia, a orillas del Eúfrates llora su perdida libertad y su añorada patria. Se trata de uno de los coros más conocidos de la historia de la ópera, todo majestuoso, del que la Italia del Risorgimiento hizo su himno de libertad y que llevó el nombre de Verdi a la inmortalidad.




 En 2002 se interpretó en el Metropolitan Opera House de New York, en una versión memorable, protagonizada por María Guleghina y el español Joan Pons en el papel protagonista y al que pertenecen estas imágenes, con una enorme y admirable concentración por parte de los cantantes. Viéndolos, es difícil pensar que estos componentes del coro son coetáneos nuestros que salen a la calle, montan en coche o visten como nosotros. El perfecto trabajo de vestuario está magníficamente realzado por una escenografía que nos recuerda los grabados decorativos de la época mesopotámica en su estilo, su forma y el colorido con que se han realizado. La interpretación culminó con un bis, algo infrecuente en el Met de New York.


El recorrido por Babilonia termina en Berlín en el Pergamonmuseum. Situado en la Isla de los museos, el Museo de Pérgamo fue construido a comienzos del siglo XX con un procedimiento inusual: En lugar de construirse y albergar obras de arte, primero se decidió la colocación de estas obras y sobre esa visión se diseñó y edificó el museo. Se encentra dividido en tres alas cada una de las cuales representa un museo individual: la Colección de antigüedades clásicas, el Museo del Antiguo Oriente Próximo y el Museo del Arte Islámico.
La razón de la forma de su construcción es que alberga edificios rescatados de la antigüedad como el Altar de Zeus de la ciudad griega de Pérgamo, que da nombre al museo, un impresionante edificio restaurado casi en su totalidad, la Puerta del Mercado de Mileto y la obra que nos ocupa, la Puerta de Babilonia.
Se trata de una de las dieciocho que había y que permitían la entrada y salida de la ciudad mesopotámica, la Puerta de Ishtar, una descomunal construcción de 14 metros de altura y 10 metros de ancho recubierta con ladrillos de lapislázuli y figuras de animales con que se buscaba impresionar a los visitantes y que fueron descubiertos en las campañas arqueológicas entre 1902 y 1914 y trasladados y reconstruidos en Berlín.






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¿Cómo ha podido suceder?

Una reflexión sobre el paso del tiempo

Hay momentos determinantes en la vida en los que suceden acontecimientos o experiencias que marcan nuestra existencia. En algunos de ellos ni siquiera somos conscientes de la importancia que tienen en nuestro desarrollo vital, de manera especial en los que nos ocurren en periodos más juveniles. Con la experiencia que vamos adquiriendo cada vez tenemos más capacidad para reconocer los momentos que marcan nuestra vida, la clarividencia para determinar la importancia fundamental de lo que nos ocurre. De todas maneras, no siempre sucede así y hay determinados momentos en los que nos damos cuenta de nuestra situación o de los cambios de nuestra vida una vez que estamos inmersos en ellos y entonces, sólo entonces, podemos reconocer cuándo, cómo y por qué estamos en esa situación. 



Uno de esos momentos es aquel en que se toma conciencia de que el paso del tiempo marca una nueva etapa en la vida, pasando de la madurez a una nueva situación que, en cada caso es distinta, y que cada uno acepta a su manera, toma decisiones o se rebela ante ella, según las circunstancias. 
Dos referencias, cada una en un sentido distinto, acompañan a esta entrada. Un texto de Elías Canetti y un monólogo de El caballero de la rosa de Richard Strauss. Tomarte la vida, según las circunstancias, como una oportunidad para dar paso hacia adelante o como un momento en que sientes que se marca una nueva etapa que se dirige hacia el comienzo del fin.



Nacido en Bulgaria, judío de origen sefardí, Elías Canetti pasó su vida entre Inglaterra, Suiza o Alemania desde comienzos del siglo XX hasta su última década. Como muchos de los intelectuales de su época, fue una persona cuya vida y obra transcurren entre la multiculturalidad, el plurilingüísmo, la crueldad de las guerras que marcaron la primera mitad del siglo y el desarraigo que le llevó, como a tantos, a la búsqueda de su lugar en el mundo. Hizo del español, por su origen sefardí su primera lengua (el apellido original de su familia era Cañete, residentes hasta su salida de España en Cuenca); del inglés la lengua que le dio la nacionalidad, que recibió como ciudadano británico en la década de 1950; y del alemán su lengua literaria, aquella en la que escribió toda su producción. Fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1981 por "su profundo sentido artístico, su pacifismo y la descripción del nazismo y el exilio", siendo un autor poco conocido entonces por el gran público. Dedicó años de su vida al estudio sobre las masas y la relación con el poder bajo el título Masa y poder con el que pretendía "coger por el cuello al siglo XX", mientras dejó escritos por cuadernos anotaciones y apuntes que recogían miles de aforismos, fragmentos de escritos y sentencias.
En el siguiente enlace puedes seguir parte de su biografía en un interesante estudio de Tomás Albadalejo: Elías Canetti: vivir en la lengua
De su inclasificable obra La provincia del hombre que recoge las anotaciones que realizó en sus cuadernos a lo largo de los años que van de 1942 a 1972 está extraído el texto que acompaña e este post. En él Canetti plantea, con determinación, el camino a seguir en un nuevo inicio vital.




































 En 1911 se estrenó en la Ópera de la Corte de Dresde Der Rosenkavalier (El Caballero de la Rosa) una obra en la que Richard Strauss da un giro a su producción dramática anterior que venía precedida por obras tan distintas y distantes en lo argumental y en lo formal como Salomé o Electra. Con El caballero de la rosa, Strauss quiso hacer una ópera al estilo de las de Mozart en la que fue fundamental el libreto de Hugo von Hofmannsthal. La colaboración entre ambos produjo una obra de una gran elegancia, en la línea de la comedia vienesa, con personajes que dejan huella, como el zafio barón Ochs de Lerchenau, La Mariscala y unos jóvenes Octavian (interpretado por una mezzosoprano, como el Cherubino de Las bodas de Fígaro) y Sophie.
De todos ellos, en esta entrada vamos a dedicar nuestra atención a La Mariscala, uno de los personajes más maravillosos y conmovedores del universo operístico. La princesa Werdenberg, más conocida como Die Feldmarschallin (La Mariscala) por haberse casado con un mariscal imperial, es una bella aristócrata más próxima a los treinta que a los cuarenta años, cuyo actual amante es el joven Octavian. Al final del primer acto se va haciendo consciente de la experiencia del tiempo, la conciencia de envejecer, que desde ese momento va impregnando la obra de una agridulce nostalgia. En un monólogo al final del primer acto se acaba preguntando sobre el paso del tiempo Wie kann denn das geshehen? (¿Cómo ha podido suceder?) Wie macht denn das der liebe Gott? (¿Cómo lo consiente Dios?). Y si no puede hacer nada por evitarlo, se sigue preguntando, ¿por qué consiente Dios que me dé cuenta de ello con tanta claridad? Si ella no puede detener el paso del tiempo, La Mariscala decide adelantarse al tiempo y renunciar de forma voluntaria a su joven Octavian antes de que sea la vida quien se lo arrebate. 




 No se trata, como en La Traviata de un Adiós a la vida, sino más bien, es una decisión tomada con la ligereza y la gracia de una aristócrata vienesa, "un ojo triste y el otro alegre".
No es una pieza que tomada fuera de la acción dramática sea brillante y efectista como otras, pero tiene la fuerza de la reflexión, de caer en la cuenta del momento en que se encuentra y ella, que en su vida no conoció el verdadero amor, guía a su joven amante con una sensibilidad y delicadeza incluso hasta llegar a amar el amor de Octavian por Sophie.

El enlace es una versión histórica de 1960 con la dirección de Herbert von Karajan y la interpretación de Elisabeth Schwarkopf, la soprano alemana que con más elegancia ha sabido llevar a la escena, e incluso hacer suyo, el papel de La Mariscala.




 



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Instrucciones para tener miedo con Cortázar, Goethe y Schubert

El miedo es la angustia que se siente ante un riesgo o un daño real o imaginario.
Con esta acepción, el diccionario nos presenta una de las sensaciones que tenemos los seres humanos y que está enraizada con el pensamiento. No se puede tener miedo si no pensamos que nos puede ocurrir algo que nos haga daño a nosotros mismos o a nuestros seres queridos, o que nos haga perder algo preciado que tengamos. 
El miedo es consustancial al ser humano y a algunos animales. Es un sentimiento que, en algunos casos, tiene un valor de supervivencia, ya que ayuda al ser humano a superarse y desarrollarse, pues le hace valorar lo que posee, tanto material como inmaterial, aunque también pude producir el efecto contrario, paralizando sus reacciones.
Hay miedos comunes a todos, como el miedo a la muerte, a la pérdida, tanto de personas queridas como de autonomía personal, a la soledad o al fracaso, y otros adquiridos, que vienen de nuestro mundo exterior como consecuencia de una mala experiencia o los que son más irracionales y que originan ciertas fobias: miedo a volar, a determinados animales o a hablar en público, entre otros.
Hay hasta géneros que funcionan con nuestras sensaciones de miedo, como en el cine o la literatura donde ciertas dosis de miedo hacen más apetecible ver ciertas películas o leer determinados libros, desde los clásicos como Drácula de Bram Stoker hasta algunos filmes, donde directores como Hitchcock jugaban con mantener en suspenso a los espectadores con determinados trucos basados en dar al espectador pequeñas dosis de miedo, tal como se definen en el diccionario, la angustia que se siente por un peligro o daño real o imaginario.
En esta entrada del blog te traigo un texto de Julio Cortázar con instrucciones y ejemplos para tener miedo de su libro Historias de Cronopios y Famas y la canción que dio a conocer el nombre de Schubert fuera del círculo de sus conocidos: Erlkönig.



Pocos autores como Julio Cortázar poseen una fantasía tan desbordante, en la que la ficción deambula por sus líneas con la capacidad de imaginar nuevos mundos en los que crear, recrear, cuestionar y retorcer la realidad, en continua lucha a favor de las cuestiones sociales y contra las dictaduras sudamericanas. Su novela Rayuela fue el pistoletazo de salida del conocido Boom de la literatura latinoamericana por delante de obras como Cien años de soledad de García Márquez. Su inabarcable conocimiento literario, sus profundas pasiones, su vanguardismo militante hacen de Cortázar uno de los más grandes escritores del siglo XX.
En otras ocasiones hemos traído al blog textos suyos y, como en aquellas, el siguiente texto pertenece a su particular libro Historias de Cronopios y Famas.




Acompaña este texto una de las más conocidas canciones del repertorio romántico en alemán. En 1815, Franz Peter Schubert compuso su lied Erlkönig, a partir de un poema de Goethe. Lo publicó en 1821 tras revisarlo en varias ocasiones, registrándolo como su Opus 1. Tras su muerte se catalogó como D328, lo que nos da idea de la abundante y desordenada producción del compositor austriaco.


Portada de la 2ª edición de Erlkönig
 Su primera interpretación tuvo lugar a finales de 1820 en una de las habituales sesiones privadas que organizaban los amigos del compositor y se presentó al público en marzo del año siguiente.
Erlkönig, que se suele traducir como El rey de los Elfos, aunque su traducción más exacta es El rey de los Alisos, es un lied para voz y piano complicado de cantar, debido a que cada uno de los personajes que aparecen pide un registro distinto al intérprete:
El narrador comienza y termina en un todo dramático.
El padre se interpreta con voz grave y tono tranquilizador.
El hijo va aumentando su voz conforme crece su miedo al avanzar el lied.
El Rey de los Alisos, con tonos pianísimos y voz susurrante, se muestra sugerente para convencer al niño de que se vaya con él.
El caballo aparece en el piano con una rápida sucesíón de notas que simula las pisadas del animal.
La lluvia y el viento se describen en las notas ascendentes y descendentes ayudando a dar la sensación de continuo movimiento.
El lied comienza rápido para situarnos en el tema: un padre y su hijo enfermo cabalgan entre la lluvia, el hijo delirando mientras oye al Rey de los Alisos que lo llama a su mundo. El padre acelera la marcha apurando el paso, se vuelve lenta la música mientras llega y se detiene para la última frase "In seinen Armen das King wart tot" (En sus brazos el niño estaba muerto).

Enlazo varias grabaciones de este lied. La primera, aunque antigua está interpetada por el que posiblemente es el mas importante cantante de lider de todo el siglo XX, el barítono alemán Dietrich Fisher-Dieskau, todo un especialista entre otros, en el repertorio de Schubert. Su interpretación, impecable, abarca los registros de todos los personajes. Lástima que la antigüedad del registro no nos deja apreciar en todos sus matices la interpretación, ya que es casi imposible encontrar otra interpretación como ésta.


La segunda es una emocionada interpretación de la soprano norteamericana Jessye Norman, con una realización sin cortes en las que las cámaras van sugiriendo los distintos personajes.


La última, es una adaptación realizada en forma de animación con la particularidad de estar traducido a nuestro idioma.


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Los mitos: Orfeo con Gluck y Lope de Vega

Hay mitos que perduran en el tiempo porque representan arquetipos que son fácilmente reconocibles. El personaje de Orfeo, hijo de Apolo (o de Eagro, rey de Tracia, según otros) y Calíopela musa de la poesía narrativa, podía cantar y tocar de un modo tan admirable que conmovía el corazón de quien lo oía, ya fuera humano, dios, animal, piedra, árbol o río. Desde que acompañó a Jasón en su viaje con los Argonautas en busca del Vellocino de oro, ha inspirado a todo tipo de artistas desde poetas y escritores a pintores y escultores, sin faltar los compositores, a quienes su dominio de la música ha llegado de forma más cercana.

Orfeo y Euridice, Edward John Poynter

 La primera obra que se considera una ópera como tal está dedicada precisamente a este personaje, L'Orfeo, favola in musica de Claudio Monteverdi, a la que dedicamos una entrada en este blog: En el principio no existía el nombre, la llamaremos...
El texto de esta entrada pertenece a uno de los más grandes poetas de nuestro idioma, Lope de Vega, quien cita a Orfeo en uno de sus sonetos. La música es un aria que pertenece a una de las obras más importantes en la historia de la ópera, Orfeo y Eurídice de Gluck.

Félix Lope de Vega y Carpio, el Fénix de los ingenios como se le llamaba, o Monstruo de la naturaleza, según Miguel de Cervantes es, posiblemente uno de los más fecundos y prolíficos autores españoles que, en pleno siglo de oro, escribió varios cientos de obras de teatro y más de tres mil poemas. Entre las primeras destaca Peribáñez y el comendador de Ocaña, La dama boba, Fuenteovejuna, El mejor alcalde el rey o El caballero de Olmedo



De toda su obra, en este post traigo un poema, el Soneto 41 en el que se hace referencia al mito de Orfeo.


La pieza musical que lo acompaña pertenece a la ópera Orfeo y Euridice de Christoph Willibald Gluck. Poco valor se ha dado aún a Gluck por la importancia que tiene en la historia de la ópera.
A mitad del siglo XVIII los cantantes, especialmente las sopranos y castrati dominaban la escena operística según el estilo italiano sometiendo a los compositores a sus facultades y caprichos, debiendo éstos componer según sus exigencias vocales e incluso argumentales. Gluck se propuso reformar la ópera, haciendo que predominara la acción dramática, basada en la tragedia griega, sustituyó el recitativo habitual con el clavecín por una orquestación de gran expresividad y modificó la duración y contenido de los actos y sus escenas. Para él y sus seguidores, el héroe primaba sobre el protagonista, el argumento sobre la música, la coherencia sobre la capacidad vocal de los protagonistas. Gran parte de sus obras tiene por protagonistas a hérores y heroínas de la antigüedad griega: Artajerjes, La clemenza di Tito,  Alceste, Paris y Elena, Ifigenia en Aulide, Eco y Narciso y la ópera que nos ocupa, Orfeo y Eurídice.



Estrenada en 1762 en Viena en la versión italiana y en París en la versión en francés, su argumento transcurre entre el ciclo y el infierno en los tiempos de la mitología.
Orfeo llora la muerte de su amada Eurídice, pero Amor le anuncia que Zeus, conmovido por su dolor le permite recuperarla con la condición de no mirarla mientras esté en el reino de los muertos.
Las Furias impiden a Orfeo entrar, pero las apacigua un instante con su canto al son de la lira, penetrando en el reino de los muertos.
En una gruta de los infiernos, Eurídice no comprende por qué Orfeo no la quiere mirar y comienza a dudar de su amor hacia ella. Si su amado no la quiere, prefiere permanecer entre los muertos. Orfeo, desesperado, se vuelve hacia su amada que cae muerta en sus brazos. 
Orfeo quiere quitarse la vida para permanecer junto a su esposa, pero Amor vuelve a intervenir y, como premio a su amor, recibe de nuevo a Eurídice. Ambos son felices y todos elogian a los enamorados.
Buscando la pureza de la voz, el estreno vienés fue cantado por el castrato Gaetano Guadagni, mientras en París lo interpretó un tenor, Joseph Legros. Desde entonces, el papel protagonista se suele representar por la voz de tenor, aunque también se ha cantado por voces femeninas.
El aria Che faró senza Euridice? recoge el momento de desesperación de Orfeo tras la segunda muerte de su amada. Existen multitud de grabaciones a cargo de los cantantes más reconocidos del panorama musical, especialmente tenores, aunque también está interpretada por mezzosopranos y contratenores, pero te presento dos versiones bien distintas.



El primer enlace me resulta emocionante y muy expresivo, con una interpretación matizada y contenida que pertenece a un recital del contratenor Darryl Taylor acompañado al piano por Brent McMunn. Se trata de una de estas grabaciones que las ves y te llegan al fondo de tu sensibilidad. 


Para finalizar, una versión en escena en el que el personaje de Orfeo está interpretado por la mezzosoprano inglesa Janet Baker.


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Una palabra lo cambia todo: De Dino Buzzati a Madame Butterfly

¡Cuánto podemos transmitir con una palabra, una sola palabra! O simplemente sin utilizar ninguna.
¿Qué importancia tiene una palabra, sólo una, en nuestra comunicación con los demás?
Hay ocasiones en que no tiene influencia decisiva en nuestro lenguaje. Podemos sustituirla por otra cualquiera, obviarla, cambiarla por otro término menos preciso y más general, o incluso sustituirla por un gesto de nuestro cuerpo. La idea la hemos podido transmitir con mayor o menor precisión.
Pero hay momentos determinados en que es fundamental la precisión en el uso de nuestro lenguaje para situaciones de tipo laboral o incluso en nuestras relaciones personales. 
En determinadas profesiones se utiliza un lenguaje específico con una serie de términos concretos que dan sentido a su labor.
El escritor, el poeta necesitan el uso de palabras con una precisión de contenidos e incluso con una sonoridad muy determinadas y que son fundamentales para la calidad de su trabajo.


Portada de una edición del libreto de 1924
En esta entrada te planteo un texto y una pieza musical que tienen en común una sola palabra. El escrito nos presenta una narración de Dino Buzzati, dura y cruel, pero que tiene una característica que la hace poco común. Después de contar la historia, la última palabra, sólo la última palabra, hace que el sentido del texto cambie en nuestra mente, para ofrecernos otro significado con matices diferentes a los que nos ofrecía hasta ese momento.
La música nos presenta un coro de la ópera Madama Butterfly de Giacomo Puccini en la que, paradójicamente, no se usa ninguna palabra.



El italiano Dino Buzzati dedicó su vida al periodismo como corresponsal de Il Corriere della Sera. Persona polifacética, estudió derecho mientras lo alternaba con estudios de violín y piano, dibujaba, practicaba su gran afición por la montaña y escribía. Nunca se consideró a sí mismo como un escritor, sino que se definía como "un periodista que escribía de vez en cuando ficciones o novelas" a las que él no daba la importancia que hoy en día se le atribuye a su obra.
Entre su producción destaca Bárnabo de las montañas, El desierto de los tártaros y, sobre todo, una gran cantidad de relatos cortos que han sido recopilados en diversas antologías como Historias del atardecer donde podemos encontrar El colombre o el cuento que nos ocupa ¡Pobre niño!.























































La narración está inconclusa y al comienzo de este post indicaba por qué razón me he decidido a unir las dos piezas. Para no alargar esta entrada, sigue el siguiente enlace para leer el final del cuento. Recuerda que una sola palabra puede dar un giro en una historia: Dino Buzzati ¡Pobre niño!


La historia de Cio-Cio-San se desarrolla en su casa, sobre una colina que domina Nagasaki y su puerto. Allí centró Giacomo Puccini la historia de Madama Butterfly, una de sus óperas más conocidas y en la que enfrenta el ambiente oriental de la exquisita y dulce protagonista frente al mundo occidental del arrogante Pinkerton, convencido de la superioridad de la raza blanca y la cultura americana.
Puedes seguir una rápida sinopsis de la obra desde el enlace a Cuéntame una ópera: Madama Butterfly



El acto segundo finaliza con la escena de la espera nocturna de Madame Butterfly, sin duda la parte más poética de la obra desde el punto de vista musical. Tras oír el cañón del puerto en que se anuncia la llegada de un barco, Cio-Cio-San se da cuenta de que es el de su esposo Pinkerton de quien está segura no la ha abandonado. Decora su casa para celebrar su llegada y dice a Suzuki, su criada, que llene la habitación de flores. Más tarde se pone el traje de novia para esperar a su marido.
Esta es la escena de transición entre el segundo y tercer acto, la noche en vela hasta el esperado amanecer. Puccini nos hace presenciar la tensa espera de la protagonista, con los momentos de calma en los que la ansiedad de Butterfly y su impaciencia habían quedado en el aire y finalizan de golpe, sabiendo el espectador antes que la protagonista que la esperanza era vana.
Muy seguro tenía que estar el compositor para describir este momento con el acompañamiento de un coro al que hace cantar, por un lado fuera del escenario y, por otro, a boca cerrada (Coro a bocca chiusa). Sin duda se trata de uno de los momentos más emotivos de la producción operística.


El primer enlace corresponde a una grabación en concierto de 2010 celebrado en el Auditorio Nacional de Música de Madrid bajo la dirección del recientemente fallecido Miguel Roa.


El último enlace nos sitúa en escena en el momento en que finaliza el segundo y comienza el tercer acto. En algunos montajes se unen los dos actos para dar continuidad a la acción. Se trata de una grabación realizada para conmemorar el 150 aniversario del nacimiento de Puccini.


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Dino Buzzati ¡Pobre niño!

Esta entrada presenta una narración de Dino Buzzati, dura y cruel, pero que tiene una característica que la hace poco común. Después de contar la historia, la última palabra, sólo la última palabra, hace que el sentido del texto cambie en nuestra mente, para ofrecernos otro significado con matices diferentes a los que nos ofrecía hasta ese momento.
La narración está recogida junto a otros relatos cortos que han sido recopilados en el libro Historias del atardecer donde podemos encontrar El colombre o el cuento que nos ocupa ¡Pobre niño!.