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¿Escribimos a mano o con teclado?

Una de las principales habilidades que poseemos los seres humanos consiste en la capacidad de realizar movimientos que relacionan nuestro cuerpo con nuestra mente y nos permiten reconocer, interpretar y actuar sobre cuanto nos rodea. Esos movimientos son más sutiles en determinadas partes del cuerpo, de forma especial en nuestras articulaciones superiores, las manos. 
Nuestras manos son el órgano de movimiento más sofisticado y diferenciado que existe, siendo biomecánicamente la parte más compleja de nuestro organismo, añadiendo a su funcionalidad el hecho de tener un pulgar en una posición que le permite asir objetos de diverso tamaño de diversas formas.
A la habilidad para manipular y construir objetos de forma precisa le añadimos el hecho de utilizar nuestras manos para comunicarnos a través de ademanes y gestos con los que podemos mostrar nuestras vivencias interiores, por lo que podemos expresar emociones y sentimientos, además de aprobación, negación o enfatizar algunos tipos de reflexiones.
Todos estos movimientos están conectados con el cerebro, de modo especial a través del sentido del tacto y el movimiento. 
Durante siglos hemos ido adiestrando y especializando los movimientos de la mano con la creación, confección y fabricación de distintos objetos y productos, la elaboración de comidas o la producción de obras de artesanía y artísticas. 
Aunque en algunos momentos ese trabajo se ha asociado a obreros y artesanos y se les ha opuesto al trabajo realizado con la mente, de modo especial en las últimas décadas, su importancia es capital en nuestro desarrollo y existencia.
Con la llegada de las nuevas tecnologías nos vemos envueltos en una revolución que está haciendo desaparecer, no ya distintos oficios, sino incluso algunas funciones en nuestro organismo. Sobre todo para nuestro beneficio, aunque también tiene sus inconvenientes.
Es cierto que nos ahorran tiempo en algunas funciones como la memorización, el acceso a datos y servicios o la escritura. Ya no nos sabemos los números de teléfono o las direcciones de email de nuestros familiares y amigos más cercanos, sino que los tenemos guardados en la agenda de nuestro móviles o dispositivos, nunca hemos tenido acceso a tanta cantidad de música o películas alojadas en distintas plataformas.
Con el cálculo o la escritura también nos ocurre algo similar. Prácticamente no realizamos operaciones con papel y lápiz -o bolígrafo-, sino con la calculadora, y escribimos mucho más -o exclusivamente- con teclado en lugar de utilizar el bolígrafo. Hemos ganado mucho con los procesadores de texto que tienen nuestros dispositivos y con algunas aplicaciones de mensajería. De hecho, en algunos países nórdicos se ha eliminado hace unos años el uso del lenguaje manuscrito en los planes de estudio. Afortunadamente están dando marcha atrás y volviéndolo a retomar en los últimos años.
En esta publicación te invito a reflexionar sobre la importancia de utilizar la escritura manuscrita o a través de teclado para comunicarnos por escrito. Nos acompañan textos de o sobre Paul Auster, Neruda, J. K. Rowling, Graham Greene y músicas de Giordano y Leroy Anderson. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!


En primer lugar, la escritura es un tema amplio y diverso y debemos considerarlo como tal. No es lo mismo escribir en algunos trabajos que podríamos considerar como de «oficina» (informes, contratos, documentos oficiales...) o de tipo literario o personal como son la poesía, las novelas o determinadas cartas, pese a que estas se han sustituido por otros tipos de mensajes. Aún así, en estos casos veremos cómo el resultado será diferente según el medio que utilicemos.

Cuando el filósofo Friedrich Nietzsche comenzó a perder la visión que le impedía escribir, recibió un regalo que le permitió seguir haciéndolo: una «esfera de escribir Mallin-Hansen», un aparato con teclas predecesor de las máquinas de escribir. Tras un tiempo para hacerse al teclado, continuó escribiendo, aunque uno de sus amigos, el compositor Heinrich Köselitz, comprobó que su lenguaje se había vuelto más escueto y esquemático, así como algunos de sus razonamientos.
Ya en nuestros días se están realizando estudios que muestran que escribir a mano es un acto más integrado en el cuerpo que implica un conjunto de procesos sensoriales y motrices más complejos para cada letra que escribimos, lo que generará una huella en la memoria más profunda y duradera. Además, la escritura con teclado es más costosa en cuanto a los recursos mentales que utilizamos (dónde está la tecla, qué dedo la pulsa, los espacios, la corrección de errores...), lo que nos llevará a procesar mayor cantidad de elementos mientras escribimos.


Muchos escritores como el recientemente fallecido Paul Auster escriben un primer borrador de sus novelas a mano y después lo pasan a máquina, algunos de ellos personalmente, otros gracias a un ayudante que los transcriben para revisiones ulteriores.
Publicado en 2003, Ensayos completos recoge diversos textos que van desde historias reales, ensayos, prefacios, entrevistas y otro tipo de obras del autor de Trilogía de Nueva York o El libro de las ilusiones. El primero de los textos que nos acompañan es el inicio de un artículo escrito en junio de 2000 titulado Historia de mi máquina de escribir en la que el novelista norteamericano explica su historia compartida con un instrumento de escritura que le acompañó durante muchos años. Su apego a su máquina Olympia y su aversión a los teclados se muestran en el texto de esta autor que llegó a manifestar: «Nunca consigo pensar con claridad con los dedos en esa posición. Un lápiz o un bolígrafo son instrumentos mucho más primitivos: sientes cómo las palabras salen de tu cuerpo y luego las entierras en cada página».


Afortunadamente, según algunos estudios, los escritos realizados a través de los procesadores de texto y los teclados suelen ser más extensos y con una mayor calidad en su estructura, además de ser de mucha más utilizad en personas con problemas en la lectoescritura o la psicomotricidad fina.

Una de las piezas más recurrentes y originales referidas a los teclados es The typewriter (La máquina de escribir, 1950) de Leroy Anderson (1908-1975), un compositor especializado en música ligera para orquesta, la mayoría de cuyas obras fueron estrenadas por la Orchestra Boston Pops.
La protagonista de esta composición es una máquina de escribir modificada en la que se utilizan dos teclas, la campana -se puede ser externa o una calabaza musical- y el mecanismo de retorno del carro y que suele ser interpretada por un percusionista por la dificultad que su pone su manejo.
Nos acompaña una versión con la Orquesta y Coro de Voces para la Paz (Músicos Solidarios) con Alfredo Anaya manejando la máquina y la dirección de Miguel Roa en un concierto que se llevó a cabo en el Auditorio Nacional de Música de Madrid en 2011. Para disfrutarlo con una sonrisa.


Escribir a mano implica la participación simultánea de varios sentidos. Mantener y guiar un bolígrafo con los dedos presionando sobre un papel y mover levemente la mano para redactar letras y palabras requiere una gran parte de nuestra atención y suponen una compleja habilidad cognitivo-motora. 
Aprender una nueva palabra supone conectar un símbolo abstracto como un conjunto de letras o un ideograma con una información de tipo visual, auditivo y motor, además de la comprensión de su significado. Según Robert Willey, profesor de psicología de la Universidad de Carolina del Norte Greensboro«La escritura manuscrita puede activar más conexiones a través de estas dimensiones en comparación con la escritura mecanográfica».


Pablo Neruda tuvo un proceso curioso para la escritura de su poesía. Se inició a mano, después la abandonó por la máquina de escribir, pero un percance lo obligó a volver a la manuscrita. Cuando fue candidato a la presidencia de Chile le hicieron una entrevista en The Paris Review que se centró fundamentalmente en ese hecho, aunque tangencialmente se tocaron temas como los momentos y lugares en los que escribía y cómo lo hacía. 
El texto que nos acompaña es un extracto de esa entrevista recogida en el nº 51 publicado en Invierno de 1971 y realizada por Rita Guiber con el título de Pablo Neruda, The art of poetry, nº14, originalmente en inglés. En él reflexiona sobre los cambios que notó en su poesía cuando volvió a escribir a mano.


Hace no muchas décadas no existía esta duda, ya que todo se escribía a mano, con tinta y pluma hasta la aparición de lápices y bolígrafos, aunque en determinados casos, eran los amanuenses y ayudantes los que lo hacían, además del hecho de que algunas personas no sabían leer ni escribir.
Hoy en día la situación es radicalmente distinta. Si pensamos cuándo fue la última vez que hicimos la lista de la compra o tomamos una anotación rápida, posiblemente fuera con el teclado del móvil o con una nota de voz. Las pantallas y los teclados han ido desplazando de forma gradual pero implacable nuestras rutinas habituales.

Estrenada en 1896 en el Teatro alla Scala de Milán, Andrea Chénier es una ópera de Umberto Giordano y libreto de Luigi Illica -colaborador habitual de Puccini- está inspirado libremente en la vida del poeta francés del mismo nombre. Se trata de uno de los hombres que se adhirió pronto a los postulados de la Revolución Francesa y que acabó muriendo en la guillotina en el Periodo del Terror
Dividida en cuatro actos, el último de ellos se desarrolla en la prisión donde está recluido el poeta a la espera del cumplimiento de su condena. Junto a Roucher, que está en su misma celda, Chénier está componiendo con capel y pluma un poema que recita a su compañero de infortunio.
El tenor Franco Corelli interpreta Come un bel di di maggio (Como un bello día de mayo) en una versión cinematográfica de Andrea Chénier realizada en 1973 con subtítulos en castellano. Siguiendo el razonamiento de Neruda, si hubiera tenido la posibilidad de escribir con un teclado, la emoción de sus versos habría sido diferente.


En los estudios que tratan la relación que existe entre la escritura y la memoria se evidencia que las personas recuerdan con más calidad aquello que han escrito de forma manual que lo que han realizado a través de un teclado, según afirma Naomi Susan, profesora emérita de la American University of Washington D.C. 


Dos autores conocidos prefieren también plantear sus novelas de forma manuscrita antes de pasarlas por el teclado y revisarlas.
Graham Greene escribía siempre el primer borrador a mano en sesiones que suponían exactamente 500 palabras -ni una más, ni una menos-, aunque con el paso del tiempo la cifra se redujo a 300. En Editar la vida, el editor Michael Korda trata su relación con personajes como Tennessee Williams, Henry Kissinger, Richard Nixon, Harold Robbins o el propio Graham Greene
Korda pasó unas vacaciones de verano en un barco con el autor de El tercer hombre, Nuestro hombre en la Habana o El factor humano y narra en su libro la rutina de trabajo que seguía mientras escribía El fin del romance.


Una de las escritoras más leídas de nuestros días, J. K. Rowling, la autora de la saga de libros de Harry Potter, utiliza también la escritura manuscrita para planificar y realizar un primer borrador de sus novelas. 
El texto que nos acompaña pertenece a una entrevista realizada a la escritora inglesa y publicada por Amazon.com al comienzo de la primavera de 1999 con el título de Magic, Mistery, and Maynem: An interview with J. K. Rowlling.


El hecho de que la escritura manual una varias tareas simultáneamente como sostener el bolígrafo, acomodar el cuerpo y el papel, desarrollar un conjunto de movimientos con el brazo y la mano y nos obligue a mantener nuestra concentración son algunos de los factores que contribuyen a que nuestra caligrafía muestre los rasgos de nuestra personalidad, como suele ocurrir con las pruebas periciales. La forma en que ligamos las letras, la inclinación, la forma y el tamaño de las mismas son un indicio de la personalidad que mostramos cuando desarrollamos nuestros pensamientos, sentimientos y emociones por escrito.
Estas relaciones nos permiten desde pequeños desarrollar con mayor profundidad nuestra memoria y aprendizaje. Según Lisa Aziz-Zadeh, profesora del Instituto del Cerebro y la Creatividad de la Universidad del Sur de California «nuestro cerebro  evolucionó para procesar información sensorial y motora».
En el sentido contrario, el teclado y los procesadores de texto nos permiten una inmediatez que surge del vertiginoso ritmo de vida en el que estamos inmersos, por lo que con frecuencia debemos conjugar esta velocidad con la pérdida de profundidad.


Estrenada en 1963, Who's minding the store? (Lío en los grandes almacenes) es una comedia dirigida por Frank Tashlin y protagonizada por Jerry Lewis y Jill St. John. En ella, el inimitable actor cómico norteamericano interpreta una de sus escenas más conocidas con la música que iniciaba esta publicación, The typewriter de Leroy Anderson. Jerry Lewis da un giro de vuelta a la pieza al no utilizar la máquina y nos muestra, solo con gestos, que lo más importante para escribir no es el bolígrafo o el teclado, sino poner nuestra inteligencia y pensamiento a su servicio.


En mi caso, suelo escribir prácticamente todo con teclado, utilizando procesadores de texto, notas en el móvil, además de organizar lo que escribo y voy a escribir en diversos documentos online que puedo editar desde cualquiera de los dispositivos que utilizo.
Hasta hace poco utilizaba una pluma para tomar anotaciones sobre las publicaciones del blog o datos sobre el tiempo u otros temas en algunas libretas. Al estropearse con el tiempo, suelo usar ahora bolígrafos de gel que son los que más adecúan la tensión de la mano y la velocidad con la que escribo a mis ideas y pensamientos.
Y tú, ¿te has parado a pensar en esto? ¿Con qué sueles escribir? ¿Utilizas diversas modalidades según las circunstancias, lo haces siempre con los mismos instrumentos? ¿Piensas que si cambiaras de uno a otro cambiaría tu forma de escribir? ¿Qué hacemos, qué haremos, escribimos a mano o con teclado?

No me resisto a dejar inconcluso el artículo de Paul Aster sobre su máquina de escribir, así que finalizo con su continuación. El escritor muestra una faceta inusual en su acompañante mecánico tras ser descubierta por el pintor Sam Messer, descubre que tiene deseos y estados de ánimo propios y finaliza reflexionando sobre el tiempo que llevan juntos.

Paul Auster y su Olympia

Finalizo esta reflexión con una frase de Audrey van der Meer, profesora de Neuropsicología de la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología«Practicar un poco la escritura a mano es una actividad muy buena para el cerebro. Es como hacer trabajos de mantenimiento por una carretera muy transitada».

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Bibliografía y webgrafía consultadas:

Elegía desde el destierro, de Ovidio a Siberia

Durante mucho tiempo, uno de los castigos más duros que se aplicaban a quienes cometían algún tipo de delito, especialmente cuando estaba relacionado con las ideas de quienes ostentaban el poder, era la pena del destierro. 
Pese a que esta pena estaba regulada en algunos lugares de forma estricta, no era infrecuente enviar a una persona al destierro como forma de eliminar a quien podía poner en duda el poder establecido.
Muchos creadores o pensadores han padecido diversos tipos de penas por su actividad creativa, sus opiniones o determinadas infracciones a la lie, siendo la más frecuente la cárcel como en los casos de Fray Luis de León, Quevedoo Cervantes entre los casos de nuestra cultura.
A comienzos de nuestra, uno de los escritores más sobresalientes del Imperio Romano, Ovidio, fue desterrado por el emperador Octavio Augusto. En esta publicación trataremos sobre su condena, las causas y cómo afectó a su obra y su vida, acompañándola con la música de una ópera que trata de una historia sobre los trabajos forzados en el destierro de Siberia. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!

Estatua de Ovidio en Constanza

Autor entre otras obras de Las metamorfosis, Publio Ovidio Nasón nos visitó en este blog en la publicación El amor en tiempos de Roma: Ovidio y Catulo. Allí pudimos apreciar el valor de su poesía y conocer su obra más controvertida, Ars Amatoria (El arte de amar), un libro que se centraba en propuestas que chocaban con las costumbres y usos de este tema de la sociedad romana en tiempos de Augusto.
Precisamente esta obra fue la que sirvió de detonante para el momento más trascendente y definitivo de su vida y una muestra del tipo de poder que se estaba generando en el inicio del imperio romano.
En el año 8 de nuestra era, cuando contaba con cincuenta y dos años, una edad avanzada en la época, Ovidio recibió una drástica condena dictada por el emperador Augusto: Debía abandonar inmediatamente Roma y marchar al destierro en Tomos, una zona que se corresponde actualmente con Constanza, en la ribera rumana del Mar Negro. Se trataba de una  condena estricta y dura, ya que le obligaba a abandonar su patria y sus seres queridos, además de sus posesiones y establecerse en un territorio en los límites del imperio, un recóndito lugar en el frío país de los getas y los sármatas, unos bárbaros ajenos en sus costumbres, idioma y forma de vida a la que el poeta estaba acostumbrado en el epicentro del imperio.
La condena fue más dura por inesperada, ya que surgió tras un proceso secreto en la que no participó el Senado ni juez alguno y del que sólo se conoce la intervención personal de Octavio Augusto y la sentencia condenatoria. Ovidio hubo de agradecer más tarde, buscando el perdón imperial, que no fuera ni una condena a muerte ni un destierro en sentido estricto, sino una Relegatio, una condena en la que no perdía sus derechos o su ciudadanía ni el poder ser agasajado en el lugar de relegación, además de poder ser enterrado en Roma al fallecer. Lo más duro fue lo repentino e inesperado de la condena y el lugar de relegación.
Así, Ovidio, que se encontraba en la isla de Elba hubo de partir para Roma, despedirse de su familia y partir al día siguiente en un viaje que le llevaría, en pleno invierno, por los mares Adriático, Jónico y Negro hasta su lugar de destino.


En esta suerte de destierro, Ovidio escribió dos libros de poemas con los que prácticamente creó un nuevo género literario, la elegía epistolar. El primero de ellos, Tristia (Tristes) está dividido en cinco libros que tratan sobre su marcha de Roma y la llegada a su destino en Tomos. El segundo es un escrito a favor de su poesía y su persona dirigido a Augusto reconociendo su culpa y suplicando indulgencia, además de otros poemas dedicados a su esposa, a sus amigos. Los restantes libros están dedicado a los amigos que no lo han abandonado y que luchan por restablecer su nombre y devolverlo a Roma, a su esposa y diversos temas relacionados con el clima y su situación entre los bárbaros getas.
Tristia comienza con una singular personificación: Ovidio pide al libro que vaya por él a la ciudad de Roma ya que él no puede hacerlo. Trata de su color o el aspecto externo, que han de ser discretos y no le importa que esté cubierto de borrones que evoquen sus lágrimas. Alude en este mensaje a su suerte que le hace seguir con vida evocando el favor de un dios, Augusto, al que sólo le resta pedir clemencia. También le pide al libro que no hable de aquello que no viene a cuento, su Ars Amatoria, para no recordar su delito, recordando que aquella obra ya pagó su castigo; le advierte que encontrará a algunos de los amigos que lo aprecian y se emocionarán, además de recordar que la poesía surge de lo que él carece, de un alma tranquila y serena.


Este tema del destierro con trabajos forzados fue llevado a la ópera por Umberto Giordano en Siberia, una obra basada en Desde la casa de los muertos de Dostoievski y con un libreto de Luigi Illica, habitual letrista de Puccini, que lo rechazó alegando que no se sentía con ánimo de afrontar un argumento ruso. De esta forma, el libreto llegó a Giordano que estrenó la ópera en 1903 en el Teatro Alla Scala de Milán con un gran elenco, pero sin mucho éxito. Más adelante comenzaría a cosechar gran éxito desde su paso por Génova, París o Estados Unidos, siendo, al parecer, la ópera más querida por el autor y estando en la actualidad apenas representada, pese a poseer un argumento bien compensado en el que la dureza y sordidez del argumento alterna con momentos más leves y ligeros, estar la partitura cargada de la profundidad que requiere el tema, salpicada de temas de origen ruso y una pasión amorosa entre los protagonistas que amalgama, enriquece y sublima toda la historia.


Escrita en tres actos, el segundo de ellos, titulado La amante, comienza en la frontera entre Rusia y Siberia, en la posta de Omsk donde aparecerán algunos campesinos y lugareños que se cruzarán con los condenados al destierro siberiano. Giordano nos sitúa con toda su maestría compositiva en este ambiente desolado, gélido y despiadado en el Interludio del Acto II.
La Orchestra Sinfonica Nazionale della RAI di Milano bajo la dirección de Daniele Belardinelli nos ofrece este inquietante interludio en una grabación de 2013 para el sello discográfico Naxos of America.


En Tristias y Epistulae ex Ponto (Pónticas), Ovidio escribe sobre su destierro en las esteparias e insalubres tierras del Ponto. En un tono en el que se cruzan el género epistolar con el elegíaco, el escritor romano no deja de servirse del único arma que posee, la poesía a la que tanto debe por la fama que le creó y por el mal que le causó. 
Poco se sabe sobre las causas de su destierro, aunque quienes han estudiado su vida y obra entienden que el tema y contenido de su Ars Amatoria fue una parte del motivo que lo generó. Hay autores que entienden que la condena fue una medida adoptada por Augusto a un delito cometido por el poeta, ya que no hubo ningún proceso oficial. El propio Ovidio los conocía, al parecer, pero nunca lo llegó a dejar por escrito, siendo siempre enigmática cada vez que aludía al hecho, pensando en que le sería imposible obtener un perdón en el caso de ser más explícito. Según él, los motivos de su condena fueron "Carmen et error" (un poema y una equivocación), quedando meridianamente claro que el poema era su Arte de amar, que Augusto, restaurador de la moralidad pública en Roma, no podía dejar pasar por alto debido a que la consideraba una obra que defendía el adulterio y la obscenidad y negaba los valores morales que defendían su leyes y normas sobre el matrimonio.
Hay estudiosos que entienden que esa obra literaria no fue la verdadera razón de la condena y que habría que buscar un error o equivocación cometido sin intencionalidad alguna del que el escritor se lamenta en algunas ocasiones, aunque manifiesta que "ese otro motivo debía permanecer en silencio, por cuanto su revelación volvía a ofender al Emperador", aunque en Roma debía ser un secreto conocido por todos. 


Posiblemente la elegía más famosa de cuantas forman parte de Tristia es aquella que describe la última noche pasada en Roma junto a los suyos antes de partir al destierro. Escrita con una mezcla de lirismo y dramatismo, evoca de forma patética su recuerdo de aquel momento y, aunque no era la primera ocasión en que trataba en un poema sobre el tema de la despedida, en esta ocasión lo vivía y sufría en su propia vida, en una traumática vivencia personal en la que él es el protagonista, mientras el resto de personajes hacen el papel que los coros representan en las tragedias escenificadas.


Estudiante en los conservatorios de Nápoles MilánUmberto Giordano figura entre los compositores de la ópera verista que surgió en Italia a finales del XIX junto a compositores como MascagniLeoncavallo Puccini, quienes llevaron a la música escénica el naturalismo literario de Zola Ibsen.
Entre sus obras podemos destacar Mala Vita, con la que comenzó su andadura y, sobre todo dos obras que lo catapultaron al éxito internacional, Andrea Chénier, sobre el malhadado poeta de la Revolución francesa y Fedora, también de ambiente ruso.
Continuando con el Acto II, denominado La amante por el compositor, una vez finalizado el interludio, aparece un grupo de campesinos y mujeres con niños que se acercan a presenciar el paso de los prisioneros, algunos de los cuales son familiares. 
A lo lejos, en la ruta transiberiana, se oye un canto lejano que les produce la esperada agitación. Poco a poco el canto se percibe más cercano, hasta que entra en escena la columna de condenados a trabajos forzados, que entona a coro Malori! Dolori! (¡Enfermedades! ¡Dolores!), un desgarrado canto que describe ls situación en que se encuentran desde su llegada.
Una vez finalizado el coro, en un rápido diálogo, Giordano nos muestra la dureza y crueldad a la que son sometidos con la llegada del correo. 


De nuevo es la Orchestra Sinfonica Nazionale con el Coro della RAI di Milano bajo la dirección de Daniele Belardinelli nos ofrece este inquietante interludio en una grabación de 2013 para Naxos of America en una versión de audio.


¿Cuál pudo haber sido ese error que llevó a Publio Ovidio Nasón al destierro? 
En Tristia, Ovidio se refiere a una falta que no llega a ser delito, un hecho debido más a su ingenuidad que a una acción consciente, llegando a manifestar en algún verso que su equivocación había sido presenciar algo que no debía y que ofendió al propio Augusto. De estas palabras han surgido diversas teorías que tratan de explicar qué fue lo que presenció el poeta que le acarreó tan gran infortunio. Algunas de las causas que se han esgrimido son:
-El poeta habría visto desnuda, sin pretenderlo, a Livia, esposa de Augusto, mientras se bañaba en su piscina, o habría entrado en un recinto en que se celebraba una ceremonia a Isis reservada a mujeres, donde pudo contemplarla en idéntica situación.
-Se habría presentado ante el Emperador mientras estaba en un ataque de ira al ser informado del desastre de Varo y lo había ridiculizado en algunos versos que circularon de forma clandestina.
-Había descubierto accidentalmente una situación incestuosa entre el Augusto y su hija Julia.
-Había sido testigo o favorecido el adulterio de esta hija Julia o la nieta del mismo nombre de Augusto.
-Otras ideas aluden a conspiraciones para devolver el derecho de sucesión a un nieto del Emperador, la asistencia a una sesión de adivinación prohibida, aunque en estas teorías no se evidencia la falta de intencionalidad.
El caso es que desconocemos la equivocación que provocó la ira de Augusto y que llevó al confín del imperio al poeta.

Vista de la estatua de Ovidio frente al museo de Constanza

En el Libro III de Tristias, Ovidio envía una epístola a su esposa después de meses de destierro. El texto, escrito posiblemente en el invierno entre el año 9 y 10, está transcrito por un servus litteratus (esclavo letrado) que lo acompañó al destierro, al dictado del poeta enfermo. Se trata, como en muchos de estos textos, de una elegía en la que alude a su propia muerte, una suerte de testamento de un desterrado que anhela su regreso a su añorada Roma, aunque sea ya fallecido. El recuerdo, la enfermedad que lo tiene postrado en el lecho y de la que se recuperaría, el destino de sus restos mortales o su epitafio transitan por esta epístola de Ovidio.


Volviendo a Siberia, el argumento muestra la historia del nihilista Vassili, condenado a trabajos forzados y a quien su amada Stephana seguirá a la desolada región hasta encontrar la muerte, llegando a alcanzar el auténtico sentido y destino de una heroína trágica.
Terminamos este paseo con regreso sobre el destierro con un aria perteneciente de nuevo al Acto II de Siberia.
Tras la llegada del grupo de presos, entre los que se encuentra un agotado Vassili, un grupo de mujeres y niños los esperan por el camino para despedirse de ellos. Stephana, que ha dejado todo para unirse a él y a su destino se acerca a él, que trata de convencerla para que regrese. En este ambiente, le describe la terrible situación en su aria Orride steppe (Estepas horribles).


De nuevo la Orchestra Sinfonica Nazionale della RAI di Milano con la dirección de Daniele Belardinelli nos ofrece este aria Orride steppe con la interpretación del tenor Amedeo Zambon.
Podemos sentirnos afortunados al terminar de leer y encontrarnos de nuevo en nuestro hogar.
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Bibliografía y webgrafía consultadas: